• Espiritualidad digital

Amar al mundo desde dentro (XI): Apostolado y “santa normalidad”

    Nuestra serie “Amar al mundo desde dentro” está tocando a su fin. Trataremos hoy sobre el apostolado cristiano, y en la próxima entrega sobre la transformación del mundo. Con ello, habremos completado doce artículos, que hacen un número emblemático y creo son suficientes para lograr el objeto de estas consideraciones.

    Lo peor que puede sucederle al apostolado cristiano es que no exista. Ya lo he escrito repetidas veces, y no me alargaré ahora sobre lo mismo: cuando la Fe se convierte en un bien de consumo personal, el apostolado desaparece. Por desgracia, en Occidente, gran parte de los cristianos que acuden los domingos a los templos jamás han atraído a ellos a nadie que estuviera alejado de la Fe. En este sentido, es urgente una conversión masiva si queremos que el catolicismo no desaparezca de Europa en varias generaciones.

    El segundo de los males, en cuanto a su gravedad, que pueden recaer sobre el apostolado es que se convierta en una actividad añadida a la vida cristiana. Cuando se habla de “hacer apostolado” deberían saltar las alarmas: algo malo sucede. Si el apostolado es algo que “se hace”, como se hace deporte, se hace una excursión, o se hace calceta, esto quiere decir que es fruto de una planificación y un propósito, sin los cuales no existiría. Lo cierto es que, para muchos de los cristianos que realmente propagan y transmiten su fe, el apostolado es auténtica virtud: les obliga a salir de ellos mismos, a vencer los respetos humanos, a soportar muchas veces la incomprensión y las burlas, y a esforzarse por encontrar las palabras adecuadas. Todo ello suele ir acompañado de oración y sacrificio. Sin ninguna duda, quienes llevan a cabo esta preciosa labor agradan mucho a Dios, y por su trabajo en extender su Reino se convierten en padres de muchas almas. Pero aún existe un apostolado mejor:

    Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban.
 Pues cada vez que hablo es para clamar: «¡Atropello!», y para gritar: «¡Expolio!». La palabra de Yahveh ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: «No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre.» Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía (Jr 20, 7-9). Para algunas personas, como Jeremías, el apostolado no es fruto de un propósito, ni resultado de un ejercicio de vencimiento personal. Antes al contrario: a la vista de la humillación que conlleva la proclamación de la Palabra, el propósito del profeta es callar y no volver a pronunciar el nombre de Dios. Pero el fuego de Amor que le abrasa las entrañas le impide mantener los labios cerrados. El apostolado es, para él, no una virtud, sino una necesidad imperiosa. San Pablo, que experimentaba lo mismo que Jeremías, llegó a decir: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1Co 9, 16).

    Y es que, cuando existe una verdadera vida interior, el apostolado no requiere propósitos ni esfuerzos. Se trata de una emanación natural del espíritu, de la propagación imperiosa del mismo fuego que abrasa las entrañas. Pedirle a quien está enamorado de Cristo que anuncie el Evangelio es como pedirle a un enfermo que tenga fiebre o a un ser vivo que respire: no le requiere el más mínimo esfuerzo. Lo que le costaría trabajo es evitarlo. El santo emana Dios por todos sus poros, y quien se acerca a él se siente más cerca de Dios. Desde luego que ora y ofrece sacrificios por las almas, porque el celo de Cristo le quema por dentro. Pero, cuando se acerca a sus semejantes, no tiene que hacerse violencia para hablar de Dios. Antes de que abra la boca, su propia vida grita “Dios” ante los hombres. Y aún cuando hable de los asuntos de este mundo, su forma de enfocarlos apunta silenciosamente al Cielo.

    Si queremos transformar el mundo desde dentro (y de ello hablaremos en la próxima entrega) es esencial que no seamos “bichos raros”. El santo que vive en el mundo no se distingue por vestir como monje o como monja, ni por ir cubierto de medallas y crucifijos, ni por saludar en el trabajo diciendo «Ave María Purísima». Ni mucho menos se distingue por ser un compañero pesado y cargante que te asesta una homilía cuando te ve por la calle, o te corrige en cuanto cometes un error. Semejantes especímenes, en ocasiones, desprestigian a Cristo y a la Iglesia.

    El santo que vive en el mundo habla de fútbol o de política, se ríe a carcajadas, bebe cerveza con sus amigos y hace deporte con ellos; para ninguna de estas cosas tiene que hacerse violencia, porque le gustan tanto como a los demás. Él es de “los demás”, porque es uno más de ellos. Pero, además de todo eso, lleva en el pecho una hoguera de Amor que hace que, mientras habla de fútbol o de política, mientras ríe a carcajadas, bebe cerveza o hace deporte, irradie una paz que transforma el ambiente. Y, cuando llega el momento –gran parte de las veces en la confidencia de la verdadera amistad- sabe pronunciar el nombre de Cristo de tal manera que contagia su pasión por Él. De algún modo, los demás, al tratar al santo, adquieren tres certezas: que es un hombre normal, que es un hombre enamorado y que es una persona digna de confianza.

    Cuando se dan estas condiciones, Dios hace el resto.

José-Fernando Rey Ballesteros

Bookmark the permalink.

Comments are closed.