• Espiritualidad digital

Una invasión sin conquista previa

   Hace un año, en este mismo blog, publiqué un artículo llamado «Olor a guerra en Europa. Cuestiones morales». Lo he releído antes de escribir éste. Muchas de las cuestiones que allí se consideraban pueden retomarse ahora, un año después.

   La cáscara del huevo con yema de oro que constituía el Viejo Continente se ha quebrado definitivamente. Y no ha sido por la fuerza de las armas. Realmente, no era necesaria tanta presión. La pérdida de las raíces espirituales de Europa con su consiguiente crisis de identidad y la debilidad inherente a nuestros sistemas democráticos han logrado que la mera presión migratoria baste para hacer caer los muros de nuestra Jericó particular. En lugar de armas se han empleado los medios de comunicación, los cuales, con el disparo de una sola fotografía perfectamente preparada y certera han hincado emocionalmente de rodillas a la mayoría de los europeos. En este punto me pierdo: uno tiene la impresión de que todo este movimiento mediático está muy bien orquestado y previsto, con sus tiempos medidos y sus eslóganes prefabricados. Pero no es fácil, al menos para mí, saber quién dirige la orquesta. Sin duda alguna, hay mucho dinero detrás. No se mueve a tantos millones de personas sin emplear en ello poderosos medios económicos.

   ¿Qué viene ahora? Cualquiera sabe. Pero todo apunta a un cambio de era. Parece que fuéramos a asistir a la islamización de Europa. Quienes ahora entran en el Viejo Continente –y no sólo desde Siria– son una primera oleada. Millones vendrán después, ahora que los muros han caído. Y el principal problema que estas masas migratorias representan no es el económico; es el social y cultural. Se trata de la infiltración de una cultura fuerte en una cultura débil. A las pruebas me remito: el telediario de ayer nos mostraba a una ministra española cubierta con el velo durante una reunión celebrada en Irán. Reto a cualquiera a que me muestre una fotografía de esta misma ministra realizando una genuflexión en las múltiples ocasiones en que ha visitado de manera oficial un templo católico. Nuestro cristianismo nos avergüenza; ellos se sienten orgullosos del Corán. Ellos tienen hijos, y nosotros no. Ellos creen en una trascendencia, y están dispuestos a perderlo todo aquí por alcanzarla, mientras nosotros sólo creemos en un efímero nivel de vida que no estamos dispuestos a abandonar por nada del mundo. La superioridad moral y cultural de nuestros huéspedes es inmensa. Y, por ello, también su fuerza. No necesitan armas para invadirnos sin conquista previa. No seremos nosotros quienes influyamos en ellos, sino ellos quienes acaben por islamizar el terreno que pisen.

   La gran ilusión de Francisco de Asís y de Antonio de Padua (por citar sólo a dos santos bien conocidos) era evangelizar a los musulmanes, incluso a precio de su propia sangre. Pero hace siglos que los cristianos hemos renunciado a ese ideal. Por no evangelizar, no evangelizamos ni al vecino del piso del al lado. ¿Ofreceremos ahora a nuestros huéspedes lo mejor que tenemos, es decir, el Evangelio? Me temo que no. Antes de que estos huéspedes llegasen, ya nos habían convencido de que semejante intentona sería un ataque a su libertad de conciencia y una vuelta a las Cruzadas.

   No acaba ahí la manipulación informativa: el pontificado de Francisco está siendo utilizado por los medios para convencer con malas artes a los europeos de que el catolicismo se disuelve como un azucarillo en las aguas de lo políticamente correcto. Sumen ustedes: el Papa –así nos lo quieren hacer creer– se ha arrodillado ante el nuevo «european way of life», las raíces cristianas de Europa desaparecen, y el aire se llena con un grito: «Welcome, refugees!».

   El panorama no es, precisamente, halagüeño. Si los acontecimientos continúan por el rumbo que actualmente llevan, parece que, en dos generaciones, viviremos en una Europa islámica. Y ser cristiano en una Europa islámica no va a ser algo precisamente tranquilo. En España ya hemos pasado por ello durante siete siglos. No sé cuánto durará ahora, aunque no creo que ni yo ni ninguno de quienes hoy me leen lo veamos terminar en esta vida.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Urgencia de la filosofía

   Lo que está sucediendo en España no tiene buen aspecto. Pero tendríamos que ser muy necios para pensar que se trata de un estallido, de una reacción más o menos radical y explosiva ante la multiplicación de casos de corrupción y la duración de la crisis económica. No es así. Lo que está sucediendo en España, más bien, tiene que ver con el triunfo del slogan, con la seducción de las masas a través de las emociones, y con la desactivación de los cerebros. Es el fruto de muchas décadas en las que la verdad no ha importado a casi nadie, mientras la «libertad», entendida como acceso fácil al placer, se ha convertido en un valor absoluto. Hay mucho dinero de por medio en este proceso. No debería extrañar la multiplicación de casos de corrupción.

   La televisión, y otros medios de transmisión rápida de contenidos, como Internet o las redes sociales, han creado, finalmente, una sociedad en la que las ideas (pocas) se entregan ya pensadas, como los envases con comida precocinada que compramos en los supermercados. Son muchos quienes se conforman con esas ideas, sin tomarse la molestia de contrastarlas con la realidad, por el mero hecho de que son agradables y prácticas. A nadie le importa el «qué». Pero sabemos del «cómo» más de lo que ninguna generación ha sabido nunca. Las humanidades y las letras casi han desaparecido de los planes de estudio, mientras la tecnología está al alcance de niños de cuatro años. No hay filósofos, no hay metafísicos. La antropología se ha convertido en el estudio de Atapuerca, y la cosmología debe ser algo relacionado con las naves espaciales.

   La gran pitonisa, la oráculo de nuestro siglo, mal que les pese a algunos, fue Leyre Pajín. Ella reveló la clave que desentraña el secreto del Occidente del siglo XXI, cuando habló de la «conjunción cósmica» señalada por la coincidencia de los mandatos de Zapatero y Obama. ¡Tenía razón! Fue ZP quien aportó otra de las claves, al enmendar la plana al mismo Dios encarnado, y corregir su sentencia: «La libertad os hará verdaderos», dijo el oráculo. Y, si tenemos en cuenta, como más arriba he escrito, que «libertad» significa hoy «acceso fácil al placer», este evangelio vuelto del revés quería decir: «¡Olvidaos de la verdad! ¿A quién le importa? Disfrutad de la vida y dad por aprobada la metafísica».

   No es sólo en España. La nube de zapaterismo (llamémoslo así, ya que somos españoles) ha cubierto la Tierra entera, y se ha infiltrado en todo lugar provisto de ventanas. También en nuestra Iglesia, cuyas ventanas se han mostrado especialmente vulnerables a través de la Historia. Santo Tomás de Aquino ha desaparecido de nuestras catequesis y predicaciones. En los seminarios se enseña más sociología y psicología que filosofía. Las prédicas de los sacerdotes, las catequesis, y las formas de desenvolverse de nuestras reuniones litúrgicas u oracionales hablan más al corazón que a la cabeza. En algunos casos, incluso a las vísceras. A lo sumo, se nos proporcionan slogans fáciles, apenas razonados aunque muy sonoros. Hablar sobre materia y forma de los sacramentos a jóvenes de 16 años parece un atentado contra la juventud. Nos preocupamos más de entretener, divertir y emocionar a los fieles que de instruirlos… ¿Qué vamos a esperar de ellos? Si los tomamos por necios, no debería extrañarnos que los convirtamos en necios. Eso sí: necios con emociones religiosas.

   Si nadie lo hace, los cristianos deberíamos tomar la delantera y ser los primeros en convertirnos: es urgente enseñar a los hombres a pensar. Debemos recordarles que tienen alma, entendimiento, y capacidad de raciocinio. Es urgente dejar de divertir a la gente y enseñarles a aburrirse con lo que importa: conocer la verdad. Es preciso instruir a los hombres, y proporcionarles conocimientos sólidos de filosofía y teología que les ayuden a distinguir lo auténtico de lo falso en toda esta maraña de emociones. Porque si nuestros cristianos no saben conocer la verdad, jamás podrán conocer «de verdad» a Dios. Y, sin ese conocimiento, no hay vida eterna. Habrá powerpoints, whatsapp, fibra óptica, música, baile y educación de la afectividad… Pero no habrá vida eterna. Y, en cuanto a la temporal, tal como vienen las cosas, mal asunto.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Olor a guerra en Europa: cuestiones morales (II)

   Hemos bajado la guardia, y el mundo se nos pudre a marchas forzadas. Hace meses escribí que Europa está muy cerca de una guerra, y cada día que pasa me ratifico más en ello. No sé cómo será esa guerra. Hay quien dice que ya ha comenzado. Pero, de ser cierto, desde el 11 de septiembre de 2001 hasta hoy no se habría escrito, de esa contienda, más página que la de un largo prólogo de trece años. Si no se detiene el curso de los acontecimientos, lo peor está por llegar. El atentado de ayer en Francia supone otra línea más, otro «punto y seguido» de esta interminable obertura.

   Lo peor es que es muy difícil tomar partido. No hablo de leyes; hace tiempo que sólo veo en ellas síntomas. Las verdaderas enfermedades, por desgracia, anidan mucho más hondo, en las conciencias de las personas. Y, en ese mundo interior de las conciencias, ni puedo situarme al lado de quienes se sienten con derecho a ofender los sentimientos religiosos del prójimo, ni –mucho menos– puedo aliarme con quienes matan en nombre de Dios.

   No sé si nos damos cuenta de que, en este conflicto, los cristianos –de nuevo– estamos llamados al martirio. Los dos bandos nos tendrán como enemigos, y, si somos coherentes con nuestra fe, a los dos bandos los tendremos que denunciar en voz alta. Como los profetas en tiempos del antiguo Israel, acabaremos perseguidos por ambos.

   Es cierto que no hay proporción entre la caricatura que ofende los sentimientos religiosos y el derramamiento de sangre de los dibujantes. Es mil veces más abominable lo segundo que lo primero. Pero ambos pecados son hijos del mismo demonio: el de la falta de respeto por los semejantes.

   Quisiera decir que, en esta guerra que se nos echa encima, nuestro partido es Cristo. Pero quienes no tienen fe no me entenderían, y a ellos especialmente quisiera hablarles. Por eso, tendremos que reivindicar el partido del hombre, el de la dignidad humana. Tendremos que gritar, a grandes voces, que cada ser humano es una realidad de valor infinito. Y que merece ser tratado con cuidado y con enorme respeto. Que nos destruimos a nosotros mismos cuando derramamos la sangre de un semejante, y también cuando tratamos a patadas algo tan sensible como son sus sentimientos religiosos. Que pervertimos lo más noble cuando tomamos en las manos un arma embriagados de cólera. Que esta guerra es un suicidio colectivo, y que la única muerte digna para quien se encuentre en medio de ella será la del mártir.

   Occidente es hijo del Cristianismo. Pero, desde hace tres siglos, ha renegado de su madre. Y sucedió, también, en Francia. Lo único que podría parar la hecatombe que se avecina es que Occidente vuelva los ojos a su Historia para rectificar sus errores, y que quienes, en nombre de Dios, matan a sus semejantes, se detengan un momento a preguntarse, serenamente, quién es Dios.

José–Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Las llagas de la Iglesia sangran en Granada

   Cuando, hace cinco años, inauguré este blog con el título «De un tiempo a esta parte», lo hice a conciencia, pensando en «un tiempo» –el tiempo de Dios– y en «esta parte» –nuestra historia, el día a día en que vivimos inmersos–. Me propuse abordar, en la misma página, los misterios eternos y la actualidad rabiosa, dejando que se iluminasen mutuamente.

   Toda esta explicación viene a cuento para decir que, muy a mi pesar, me veo obligado a escribir sobre los sucesos que están teniendo lugar en la diócesis de Granada, y que supongo de sobra conocidos por todos vosotros. Recalco el «muy a mi pesar». Ojalá jamás tuviera que escribir líneas como éstas. Pero callar sería vivir en otro mundo. Cualquier cristiano que encienda un televisor o se asome a las páginas de un periódico se siente herido por lo que allí encuentra. ¿Cómo no hablar de ello?

   En ellos –en vosotros– pienso: en los cristianos «corrientes», que rezan en su casa y van a misa a su parroquia los domingos. ¿Qué sentirán cuando el domingo que viene se acerquen a la iglesia de su barrio? ¿Cómo mirarán a sus sacerdotes? Pienso en las madres que traen a sus hijos a nuestras catequesis. ¿Habrán relacionado los supuestos abusos cometidos por ministros de Dios en Granada con lo que pueda suceder cuando sus niños cruzan las puertas de los salones parroquiales? Pienso en los padres y madres de nuestros monaguillos. ¿Se habrán sentido inquietos al saber que las supuestas víctimas de esos terribles abusos eran, precisamente, monaguillos? ¿Tendrán la fuerza y la fe suficiente esos padres para seguir fiándose de nosotros? Pienso también en los padres de los niños que, después de la Misa Mayor, corren a nuestras sacristías a recibir un caramelo de manos del sacerdote. ¿Seguirán esperándoles tranquilos en el templo pensando que sus hijos van a recibir sólo la bendición de Dios y un dulce?

   No escribo todo esto en un exceso de preocupación. Me consta que muchos de nuestros feligreses de domingo dedican más horas –con diferencia– a la televisión que al templo. Y no siempre siguen la actualidad en la cadena televisiva de la Conferencia Episcopal. Si yo fuera padre de familia y estuviese sometido a semejante bombardeo de noticias sobre el caso de Granada, creo que no podría evitar pensar en los sacerdotes de mi parroquia… Eso me preocupa.

   Antes de plasmar por escrito mis sentimientos en torno a casos tan graves, quisiera plasmar mis desconsuelos. No me consuela el pensar que estas perversiones no suceden sólo en la Iglesia, sino que se dan también en otro tipo de ámbitos como colegios, gimnasios o campamentos de verano. Por el mensaje que proclamamos, por la gracia que hemos recibido de lo Alto, y –sobre todo– por el carácter sagrado del sacramento del Orden Sacerdotal, la gente espera mucho más de nosotros, los sacerdotes. Y lo espera con toda razón. Tampoco me consuela el pensar que los sacerdotes pervertidos, comparados con los sacerdotes entregados a Dios y al prójimo, son un porcentaje mínimo, y que por cada oveja negra hay cien pastores –de quienes nadie habla– que dedican su vida generosamente a su ministerio. No me consuela en absoluto este pensamiento porque, aunque sea verdad –y puede que lo sea– un pequeño tumor, insignificante por su tamaño en comparación con el resto del cuerpo, supone una enfermedad –a veces mortal– para todo el organismo. Los pecados de los sacerdotes que abusan sexualmente de los niños me afectan y me manchan a mí y a todos los demás presbíteros. En este sentido, comprendo muy bien la postración del Arzobispo de Granada ante el altar de la Catedral. Ningún sacerdote ni obispo podemos desentendernos de culpas tan graves como si fueran algo ajeno a nosotros. Por último, tampoco me consuela la cautela de quienes alegan la presunción de inocencia y nos piden que esperemos a los jueces antes de llorar o de juzgar. En primer lugar, la mera suposición de faltas tan graves ya es un daño irreparable. En segundo lugar, lo peor de las noticias que atestan nuestros telediarios no es el daño que unos sacerdotes de Granada hayan podido hacer, sino el que noticias como ésa ponen en pie un sinfín de casos probados y demostrados que se han ido sucediendo en el seno de la Iglesia a lo largo de los últimos años. Sean culpables o inocentes los llamados «Romanones», la acusación ha despertado a todos nuestros fantasmas. Y esos fantasmas, por desgracia, existen y claman contra nosotros. Son los mejores y más temibles fiscales en casos como éste. Ellos son los que me duelen. ¿Cómo voy a consolarme presumiendo la inocencia de tres personas cuando ya se ha demostrado la culpabilidad de tantos?

   Siento un dolor inmenso. Siento unos grandes deseos de pedir perdón por semejantes escándalos. No pido perdón por los «pecados de la Iglesia»; la Iglesia es inmaculada y santa, y ni siquiera nuestros pecados pueden manchar el traje virginal de la Esposa de Cristo, nacida en las aguas del costado del Salvador. Como sacerdote, pido perdón por los pecados de mis hermanos sacerdotes que han roto su vínculo sagrado con la Iglesia cuando se han lanzado a atrocidades semejantes. Siento una indescriptible lástima por el cuerpo mancillado y la confianza defraudada de las víctimas; por el dolor de sus padres; y por el dolor causado al Corazón taladrado de Cristo con semejantes ofensas. Siento un incontenible deseo de hacer penitencia. Siento vergüenza. Siento ganas de llorar. Y, con todo, no me siento mejor que los culpables. Respecto a ellos, desconozco todo sobre sus vidas; Dios los juzgará. Pero también yo debería ser más santo, y cuando escribo esto sí sé de lo que hablo.

   Muchos cristianos que acuden regularmente a sus parroquias y veneran a sus presbíteros se habrán preguntado cómo es posible que unos sacerdotes cometan semejantes infamias. A ellos –y a todos– les pediré que oren para que los sacerdotes tengamos vida espiritual, seamos almas de oración, frecuentemos el sacramento del Perdón, y contemos, también nosotros, con un director espiritual a quien nos sometamos. Porque el sacerdote, bendecido con el celibato, renuncia a formar una familia carnal, y desde ese momento no tiene en este mundo nada ni a nadie más que a Cristo. Pero si ese sacerdote no reza, si no cuenta con la ayuda de otro sacerdote amigo que lo anime a ser santo, si no se confiesa con frecuencia, y no ama hasta la locura el sagrario de su parroquia… Entonces ese sacerdote puede caer en abismos insondables de perversión y de tinieblas.

   Vosotros, los laicos, sois hijos de Dios. Merecéis sacerdotes santos, muy santos. Orad día y noche por nosotros, para que Dios os dé lo que, como hijos suyos, os pertenece: unos sacerdotes enamorados de Cristo, que lo hagan presente en medio de su pueblo.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

El lobo feroz

   Se oyen cada vez más voces, en España, alertando contra la llegada al poder del un nuevo «Frente Popular» que podría provocar estragos semejantes a los de 1936. Cunde la voz de alerta, y suenan profecías sobre los devastadores efectos que un gobierno de «Podemos» tendría en la posición de la Iglesia en nuestro país. Áreas tan vitales como la enseñanza concertada, las manifestaciones públicas de fe, el estatus económico de la administración eclesiástica o la misma libertad de expresión para los predicadores estarían en peligro.

   Sea más o menos sólido el fundamento de estos avisos, de primeras diré que, a lo largo de los últimos veinte años, he escuchado más de diez anuncios del Apocalipsis a plazo fijo. Ninguno se ha cumplido, pero en algún momento vendrá de verdad el lobo y quizá lamentemos no haber tomado en serio a Pedrito. O a Pablito, vaya usted a saber. En todo caso, tomaré estos avisos a beneficio de inventario, como hice con los demás. Los verdaderos profetas saben que el futuro está en manos de Dios.

   Hasta ahora he sostenido que no puede hablarse de persecución religiosa en España en nuestros días. Hubo persecución religiosa durante la Guerra Civil, pero comparar aquella situación con la situación actual es un ultraje a los mártires. ¿Podríamos estar en vísperas de una auténtica persecución religiosa, semejante a la de hace ochenta años? Podríamos, o, si quieren ustedes, «Podemos». Pero hacer sonar las sirenas de alarma no creará sino confusión. Al fin y al cabo, ante un bombardeo, las sirenas tienen el cometido de enviar a la gente civil a los refugios. Pero, en nuestro caso, una Iglesia que corriese a recluirse en refugios o barricadas por temor al enemigo ya estaría muerta sin necesidad de ninguna otra violencia. Hemos nacido para vivir aire libre y, si se tercia, para morir bajo el cielo, como los soldados. No hacen falta, por tanto, sirenas ni alarmas.

   Además, no hay motivo para la preocupación, aunque lo haya para el dolor. Nadie sobre la tierra, por mucha violencia que emplee o por mucho odio que destile, puede quitarnos nuestro tesoro. Pueden llevarse las piedras, pueden cambiar las leyes, pueden demoler los templos y pueden hasta arrebatarnos la libertad o la vida. Todo eso ya ha sucedido antes. Pero a Cristo no pueden arrancarlo de nuestras almas. En cuanto a lo demás, vamos a perderlo de todas formas antes o después. ¿Por qué preocuparse?

   Escribo estas líneas a causa de las muchas personas que se me acercan en los últimos días con preocupación por el futuro; supongo que otro tanto les estará sucediendo a muchos sacerdotes españoles que trabajen, como yo, en parroquias. Y digo aquí lo que les digo a ellos: que nadie, salvo Dios, conoce el futuro, y que nadie, salvo nuestra propia estupidez, puede arrebatarnos nuestro tesoro. De ella, principalmente, le pido al Señor que nos libre.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

El terrible doble check azul

   Hace cerca de un mes que cancelé mi cuenta de Whatsapp. Poco antes, había cancelado las cuentas de Facebook y Twitter. No se trataba, ni mucho menos, de una cuestión de principios. Al revés, las cuentas de Facebook y Twitter me habían sido muy útiles a la hora de difundir estos pequeños escritos, que yo quisiera ver esparcidos a los cuatro vientos. Pero, en un momento dado, sentí que tenía demasiados puertos de entrada abiertos hacia el exterior, por los que no cesaba de entrar información que ya no podía procesar con calma. Por eso decidí mantener operativos solamente los canales a los que podía atender sin perder de vista lo esencial en mi vida: Dios, mi parroquia y mi familia. Me quedé, por tanto, con el teléfono fijo, el móvil, y los sms. Incluso me sigue pareciendo demasiado en ocasiones, pero reconozco que, debido a mi ministerio, las personas de mi entorno tienen derecho a localizarme.

   Fue al poco de salir de las citadas plataformas cuando, ya con la distancia del «liberado», comencé a pensar que las denominadas «redes sociales» tienen bien ganado el nombre. Son verdaderas redes que te envuelven, te atrapan y te oprimen entre miles de mensajes que requieren respuesta. Hay personas capaces de escuchar una llamada y mirar hacia otro lado, ignorando a quien los llama y absteniéndose de responder. Yo no soy de ésos. Quizá porque me siento molesto cuando alguien no responde a mis llamadas, soy incapaz de dejar sin respuesta a quien me reclama. Puede –eso sí– que mis respuestas sean secas, breves y aparentemente frías. Pero eso no es más que una exigencia de las muchas llamadas que recibo y de la imposibilidad de bilocarme. Además, prefiero, mil veces, el «cara a cara». Odio a muerte el teléfono, y sólo lo acepto porque, como he dicho, soy incapaz de quedarme quieto cuando alguien me llama.

   En estas cavilaciones andaba yo, cuando la semana pasada comienzan a inundar la prensa decenas de artículos sobre el terrible «doble check azul» de Whatsapp. Y, conforme los leía, cada vez me alegraba más de haber abandonado esa peligrosa plataforma. Al principio, cuando comencé a usarla, confieso que me despertaba interés la información sobre la última hora de conexión de mis contactos. Por eso desactivé la opción, impidiendo que ellos supieran cuando me había conectado yo, y evitando saber, por mi parte, cuándo se habían conectado ellos. Fue la curiosidad misma la que me asustó. Me pareció estar cruzando una línea peligrosa: la de dejar al otro ser quien es, y hacer lo que le venga en gana. No quiero saber nada sobre alguien si él mismo no tiene interés en manifestármelo. Y, aunque me temo que mi vida sería la decepción de cualquier curioso, tampoco quiero que sepan nada sobre mí que yo mismo no desvele. Ahora resulta que Whatsapp ha activado una característica que abre un boquete en el muro de la intimidad. Si tu churri te envía un mensaje, lo lees, y no respondes, churri verá el doble check azul, sabrá que lo has leído hace cuatro horas, y sabrá también que no has respondido en todo este tiempo. Lo que no sabrá es por qué, pero eso no importa: la imaginación es una herramienta maravillosa, y podrá pensar que ya no la quieres, que pasas de ella, que estás con otra, que prefieres la conversación de tus amigos a la suya, que piensas que es una pesada, o que has decidido cortar con ella y el no responderla es el primer paso. La crisis está servida. Cualquiera le dice ahora a churri que estabas en una reunión y, aunque leíste su mensaje, no te era posible responder sin llamar la atención.

   La verdad, me alegro de haber salido de estas redes. He nacido para ser libre, y una avalancha imparable de información no me ayuda a alcanzar ese destino. Dice el evangelio que La verdad os hará libres (Jn 8, 32), pero confundir «verdad» con cantidad de información es una estupidez. Al contrario, el exceso de información provoca, muchas veces, más confusión que claridad. Para encontrar la verdad no hace falta mucha información: basta con saber seleccionar la que realmente importa. Y ésa es muy poca, y muy luminosa. Quien la conoce, no necesita exceso de palabras, sino silencio para contemplarla. Éste es el verdadero motivo por el que prescindiré de las redes sociales, y del doble check azul: necesito silencio.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Los «lapsi», los divorciados vueltos a casar, y mis miedos

   A lo largo del siglo III tuvo lugar, en el seno de la Iglesia, la discusión sobre los «lapsi». Durante la persecución de Decio, muchos cristianos habían cedido a la violencia de los perseguidores y, para conservar la vida, habían ofrecido sacrificios a los ídolos romanos. Esto los convertía en apóstatas, y, por tanto, en reos de excomunión. Pasada la persecución, una buena parte de ellos volvieron a la Iglesia en busca de misericordia, y entonces se suscitó la polémica. ¿Debía la Iglesia acoger en su seno a quienes, por miedo al martirio, habían renegado de Cristo? ¿No se abriría, con ello, una puerta de fácil acceso para todo aquél que, en futuras persecuciones, viera como más cómodo sacrificar y pedir después perdón que morir violentamente por ser fiel? San Cipriano propuso que se perdonase a los apóstatas sólo después de una vida entera de penitencia, y cuando ya estuvieran al borde de la muerte. Frente a él, Novaciano clamó diciendo que estos pecadores no deberían encontrar perdón jamás. Una tercera vía la representaron Novato y Felicísimo, quienes proponían otorgar el perdón si la penitencia venía avalada por un confesor de la Fe (el llamado «billete de paz»). Por resumir la cuestión, quien finalmente se separó de la Iglesia fue Novaciano, al percatarse de que su excesivo rigorismo no sería aceptado por la Esposa de Cristo. Ésta, fiel a la misericordia de su Señor, acabó por aceptar de nuevo en su seno a quienes habían pecado gravemente y volvían arrepentidos.

   Sería muy tentador equiparar la discusión que se ha originado en los últimos años a raíz de la comunión de los divorciados vueltos a casar con la que tuvo lugar hace dieciocho siglos. Pero hay que tener mucho cuidado con la ligereza a la hora de comparar situaciones.

   Entonces se trataba de acoger en la Iglesia a quienes, tras haber pecado, volvían a su seno arrepentidos y con el propósito de no incurrir de nuevo en las mismas culpas. Si planteásemos la polémica actual en los mismos términos, habría que decir que no ha lugar la discusión, puesto que quedó zanjada por la instrucción que, en 1994, promulgó la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el entonces Cardenal Ratzinger. Allí se establecía que los divorciados vueltos a casar por contrato civil podían acceder a los sacramentos siempre y cuando su pecado no fuese público y tuviesen la intención de convivir, en adelante, «como hermano y hermana». La doctrina es clara: como cualquier pecador, el divorciado que ha contraído matrimonio civil con otra persona puede confesar y comulgar siempre y cuando reniegue de su pecado y se proponga no repetirlo en adelante.

   El problema es que la discusión que hoy está en el candelero va referida a divorciados vueltos a casar que no tienen intención de volverse atrás de su pecado, sino que buscan hacer compatible la convivencia «como esposo y esposa» con la práctica de los sacramentos. No es esto lo que sucedió en el siglo III. Entonces pudo triunfar la misericordia, porque había arrepentimiento y deseo de enmienda. La pregunta que habría que hacerse hoy es: ¿puede hablarse de misericordia con quien no viene arrepentido de sus culpas a obtener el perdón, sino que pretende que la Iglesia cambie su doctrina y deje de llamar pecado a lo que en el mismo Evangelio se denomina como tal?

   Algo semejante ocurre con la homosexualidad. Ésta, en cuanto tendencia física o afectiva, no es ni pecado ni virtud, dado que no es fruto de una elección personal. El pecado es la lujuria. El que un hombre se sienta atraído por otros hombres no es pecado, ni tampoco el que una mujer se sienta atraída por otras mujeres. Tanto ese hombre como esa mujer son dignos de todo el respeto y el cariño que merecen los hijos de Dios, y una tendencia sexual o afectiva no resta un ápice al cariño y respeto que se les debe. El que convivan juntos dos hombres o dos mujeres no tiene por qué ser pecado necesariamente, si esa convivencia discurre en el clima de un afecto cordial y sano. El que se emplee una facultad tan digna y santa como la sexualidad para un fin distinto de aquél que Dios le asignó al crear al hombre sí es pecado, y pecado grave. Nuestros cuerpos no nos pertenecen, y nuestra sexualidad no es un juguete ni un instrumento al servicio de nuestros fines personales, sino un don otorgado por Dios para el amor conyugal y la fecundidad matrimonial. El pecado no reside en que a un hombre le guste otro, ni en que una mujer se sienta atraída por otra, sino en apoderarse de la sexualidad propia y sustraerla al fin para el que nos ha sido otorgada. Este fin es la unión fecunda entre hombre y mujer. Si una madre le entrega a su hijo 20 euros con el encargo de que compre leche para la familia y el niño gasta el dinero en dulces para su disfrute particular, hay que decirle a ese niño que ha robado. Se podrá ser más o menos duro en el castigo, según las circunstancias, pero el niño debe saber que ha cometido una mala acción.

   Nadie cuestiona que la Iglesia debe acoger con cariño a los homosexuales, como acoge a los rubios, a los gordos, a los solteros y a los calvos. El mero planteamiento de esa cuestión es ofensivo para una Iglesia que es madre. Pero el modo que tiene la Iglesia de acoger con cariño a sus hijos es alimentándolos con la verdad. La pregunta, por tanto, es: ¿Puede la Iglesia ocultar a los homosexuales que la sodomía es pecado? ¿Puede bendecir uniones en las que la intención de llevar a cabo prácticas sexuales ilícitas se sobreentiende?

   No me asusta una Iglesia crucificada por las gentes. No me asusta el que la Iglesia pierda todas sus riquezas y su influencia en este mundo. No me asusta –nunca me ha asustado– la posibilidad de quedarnos sin «adeptos» por la impopularidad de nuestro mensaje. No me asusta que se nos tache de cerriles, de reaccionarios o de opuestos al progreso. No me asusta que se nos insulte, ni que pueda llegar un día en que nuestros templos se vacíen. Al fin y al cabo, Cristo llegó al fin de sus días sin discípulos, y afrontó la deserción masiva que tuvo lugar tras el discurso en la sinagoga de Cafarnaúm. No me asusta nada de eso, con tal de saber que hemos hecho y dicho lo correcto, que hemos sido fieles a la gracia recibida.

   Me asusta, sin embargo, una Iglesia arrodillada ante el mundo, pidiendo perdón por ser cristiana, y prometiendo portarse bien en adelante y decirle al mundo lo que el mundo quiere oír. Me asusta una Iglesia gimiendo ante los hombres para que no abandonen los templos y dispuesta a «lo que sea» con tal de no perder aforo (incluso me sentiría tentado de sospechar que lo que no quisieran perder algunos son sus privilegios). Me asusta la moral de conveniencia que ya no es fiel a la verdad, sino a la estadística. Me asusta una Iglesia esclava de las encuestas. Me asusta una Iglesia más empeñada en halagar los oídos del pecador para captarlo como cliente que en denunciarle cariñosamente su pecado para moverlo a penitencia. Me asusta una Iglesia que tras ser, durante veinte siglos, un faro anclado firmemente en la tierra de la verdad cuya luz mostraba el camino a las gentes en medio de las tormentas, sea finalmente arrancada de cuajo de su roca por los vientos y quede a merced de las olas de la popularidad terrena. Si esto sucediera algún día, nada podría consolar mi llanto hasta la muerte.

   No obstante, mi susto es sólo eso, un susto. Confío y espero firmemente, en Dios, que nada de eso sucederá. Pero también estoy convencido de que ha llegado el tiempo de las grandes santidades. Es urgente que despertemos. Después de nosotros, despertará el Señor.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

 

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