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Amar al mundo desde dentro (y XII): La transformación de la sociedad

    Es posible que nunca hayan existido tantos instrumentos para transformar la sociedad como los que se han puesto en funcionamiento en Occidente en los últimos decenios. La irrupción de los medios de comunicación modernos en los hogares de los ciudadanos ha puesto a disposición de quienes saben utilizarlos una valiosísima herramienta de ingeniería social. Los resultados son tan sorprendentes, que, en España, si alguien hubiese preguntado hace treinta años por la posibilidad del matrimonio homosexual, el propio entrevistador habría pasado por estrafalario. Hoy día, por desgracia, ni siquiera el partido político que dice representar al centro-derecha se ha atrevido a cambiar la ley que introduce en nuestro ordenamiento el matrimonio homosexual. Y treinta años es muy poco tiempo.

    Los cristianos estamos llamados por Dios a transformar la Tierra y a propagar en ella el reinado de Cristo. Pero ¿contamos con las armas necesarias para hacer frente a quienes, a través del manejo de los medios de comunicación social, han demostrado poder moldear la sociedad como si fuera arcilla? ¿Podremos implantar el Evangelio del mismo modo que otros han implantado el laicismo en Europa?

    “Del mismo modo” no. Esta respuesta es clave. Y la razón que la motiva lo es aún más: Mi Reino no es de este mundo (Jn 18, 36). Si pretendemos entablar la batalla por la conquista de la sociedad con las mismas armas del enemigo, debemos saber, de antemano, que la batalla está perdida. Y, si aún no hemos comprendido esto, entonces deberíamos pasar más tiempo mirando el Crucifijo. No es el siervo más que su señor.

    De entre los medios modernos de influencia social, hay algunos que son perfectamente incompatibles con el cristianismo. Me refiero a todos aquéllos que se basan en el marketing, es decir, en el silencio sobre lo desagradable de un producto y el debido realce de lo agradable, para presentar dicho producto de forma cautivadora a los sentidos. Este procedimiento, tan común en publicidad, está basado en una mentira socialmente admitida, pero mentira al fin y al cabo, que es lo opuesto de nuestro signo de identidad: la Cruz. La Cruz es repugnante a los sentidos y cautivadora sólo para el espíritu. Cruz y publicidad o marketing, tal como hoy se entienden, son incompatibles. Esa batalla la tienen ganada las tinieblas. Al fin y al cabo, juegan en su terreno.

    Existen otros medios modernos que, al no ser incompatibles con el Evangelio, pueden y deben ser empleados al servicio del Reino de Dios. La presencia de cristianos en la política, en la vida pública, en los distintos movimientos sociales o en Internet es necesaria para que el mundo pueda ser devuelto a Cristo. Sin embargo, no es suficiente. Y, si me apuran, aunque esa batalla debe lucharse, admitamos que también está perdida de antemano. Por ejemplo: un cristiano coherente que, desde dentro, quiera ejercer su influencia en la política, sabe que no puede renunciar a los principios que conforman su fe. No puede transigir con el aborto, ni con el divorcio, ni con la eutanasia, ni con el matrimonio homosexual. Y, después de la obra de ingeniería social que se ha realizado en Europa y en España, un político con semejantes ideas por bandera está llamado, en primera instancia, al fracaso. En este aspecto, la salida en falso del “mal menor”, que ha llevado a algunos a ceder en puntos esenciales con la esperanza de recuperar terreno no deja de ser un pacto con las tinieblas. No me parece que sea ése el camino.

    En cuanto a otras formas de influencia social, como pueda ser la presencia de cristianos en Internet, en medios de comunicación, y en redes sociales, se me antoja imprescindible, pero del todo insuficiente. Esa batalla, a día de hoy, también está perdida. Esta misma página que están ustedes leyendo puede animar a quienes ya creen y –ojalá- fortalecerlos en su fe. Pero jamás he pensado que, con esta página, pueda un servidor cambiar el mundo. Deseo cambiar el mundo, pero no es esta web, precisamente, la punta de lanza. Esta web ha nacido para clavarse en la Cruz, y la Cruz es, en primera instancia, un fracaso y una derrota.

    Sírvanos, precisamente, la Cruz como punto de partida para hablar de la verdadera transformación de la realidad. Porque hay en ella una fuerza infinitamente más poderosa que la que puedan tener todos los medios modernos de ingeniería social juntos. Esa fuerza la han tenido, y la tienen, los santos. Son ellos, y no los políticos ni los expertos en agit-prop, quienes pueden cambiar el mundo.

    La forma de hacerlo no es nueva: está perfectamente detallada en el Evangelio y en la historia de los primeros siglos de existencia de la Iglesia. Es la de la levadura en la masa (Cf. Lc 23, 21). Después de la Resurrección de Cristo, apenas un puñado de personas habían sido transformadas por Él. Pero la entrega de estas personas a Cristo era absoluta y sin resquicios. No fueron príncipes ni gobernantes, pero emplearon su vida en propagar el Evangelio con su testimonio y, llegado el caso, con su muerte. Poco a poco, la sociedad se fue transformando desde abajo, como se transforma la masa bajo la acción de la levadura. Y cuando, en el siglo IV, un emperador romano se convierte, ya eran cristianas su madre y su esposa. La ascensión del evangelio a las cimas de la política fue, como la espuma en la cerveza, el último paso, no el primero. El primero fue el de los ciudadanos de a pie, quienes, de uno en uno, fueron acercados a la Iglesia.

    La verdadera transformación de la sociedad no la realizan ni los políticos ni los agitadores, sino los santos. Son ellos quienes, dando testimonio del Evangelio, ejercen su silenciosa influencia en quienes tienen alrededor. Poco a poco, ese testimonio va cundiendo, y la sociedad se va transformando desde abajo. En una sociedad democrática sometida a este influjo, llega un momento, tras una o dos generaciones, en que un político coherente con el Evangelio encuentra ya una base social suficiente para poder ejercer su influencia sin renunciar a sus principios. Entonces la batalla, esa misma batalla que estuvo perdida, está ganada.

    ¿Qué es, por tanto, lo que hace falta? Santos, tiempo, y el auxilio divino. El tiempo y el auxilio divino los tenemos. En cuanto a los santos… A ver si perdemos el miedo de una vez. Claro que, junto al miedo, hay que estar dispuestos a perder también todo lo demás; todo lo que no sea Cristo.

José-Fernando Rey Ballesteros

Amar al mundo desde dentro (XI): Apostolado y “santa normalidad”

    Nuestra serie “Amar al mundo desde dentro” está tocando a su fin. Trataremos hoy sobre el apostolado cristiano, y en la próxima entrega sobre la transformación del mundo. Con ello, habremos completado doce artículos, que hacen un número emblemático y creo son suficientes para lograr el objeto de estas consideraciones.

    Lo peor que puede sucederle al apostolado cristiano es que no exista. Ya lo he escrito repetidas veces, y no me alargaré ahora sobre lo mismo: cuando la Fe se convierte en un bien de consumo personal, el apostolado desaparece. Por desgracia, en Occidente, gran parte de los cristianos que acuden los domingos a los templos jamás han atraído a ellos a nadie que estuviera alejado de la Fe. En este sentido, es urgente una conversión masiva si queremos que el catolicismo no desaparezca de Europa en varias generaciones.

    El segundo de los males, en cuanto a su gravedad, que pueden recaer sobre el apostolado es que se convierta en una actividad añadida a la vida cristiana. Cuando se habla de “hacer apostolado” deberían saltar las alarmas: algo malo sucede. Si el apostolado es algo que “se hace”, como se hace deporte, se hace una excursión, o se hace calceta, esto quiere decir que es fruto de una planificación y un propósito, sin los cuales no existiría. Lo cierto es que, para muchos de los cristianos que realmente propagan y transmiten su fe, el apostolado es auténtica virtud: les obliga a salir de ellos mismos, a vencer los respetos humanos, a soportar muchas veces la incomprensión y las burlas, y a esforzarse por encontrar las palabras adecuadas. Todo ello suele ir acompañado de oración y sacrificio. Sin ninguna duda, quienes llevan a cabo esta preciosa labor agradan mucho a Dios, y por su trabajo en extender su Reino se convierten en padres de muchas almas. Pero aún existe un apostolado mejor:

    Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban.
 Pues cada vez que hablo es para clamar: «¡Atropello!», y para gritar: «¡Expolio!». La palabra de Yahveh ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: «No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre.» Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía (Jr 20, 7-9). Para algunas personas, como Jeremías, el apostolado no es fruto de un propósito, ni resultado de un ejercicio de vencimiento personal. Antes al contrario: a la vista de la humillación que conlleva la proclamación de la Palabra, el propósito del profeta es callar y no volver a pronunciar el nombre de Dios. Pero el fuego de Amor que le abrasa las entrañas le impide mantener los labios cerrados. El apostolado es, para él, no una virtud, sino una necesidad imperiosa. San Pablo, que experimentaba lo mismo que Jeremías, llegó a decir: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1Co 9, 16).

    Y es que, cuando existe una verdadera vida interior, el apostolado no requiere propósitos ni esfuerzos. Se trata de una emanación natural del espíritu, de la propagación imperiosa del mismo fuego que abrasa las entrañas. Pedirle a quien está enamorado de Cristo que anuncie el Evangelio es como pedirle a un enfermo que tenga fiebre o a un ser vivo que respire: no le requiere el más mínimo esfuerzo. Lo que le costaría trabajo es evitarlo. El santo emana Dios por todos sus poros, y quien se acerca a él se siente más cerca de Dios. Desde luego que ora y ofrece sacrificios por las almas, porque el celo de Cristo le quema por dentro. Pero, cuando se acerca a sus semejantes, no tiene que hacerse violencia para hablar de Dios. Antes de que abra la boca, su propia vida grita “Dios” ante los hombres. Y aún cuando hable de los asuntos de este mundo, su forma de enfocarlos apunta silenciosamente al Cielo.

    Si queremos transformar el mundo desde dentro (y de ello hablaremos en la próxima entrega) es esencial que no seamos “bichos raros”. El santo que vive en el mundo no se distingue por vestir como monje o como monja, ni por ir cubierto de medallas y crucifijos, ni por saludar en el trabajo diciendo «Ave María Purísima». Ni mucho menos se distingue por ser un compañero pesado y cargante que te asesta una homilía cuando te ve por la calle, o te corrige en cuanto cometes un error. Semejantes especímenes, en ocasiones, desprestigian a Cristo y a la Iglesia.

    El santo que vive en el mundo habla de fútbol o de política, se ríe a carcajadas, bebe cerveza con sus amigos y hace deporte con ellos; para ninguna de estas cosas tiene que hacerse violencia, porque le gustan tanto como a los demás. Él es de “los demás”, porque es uno más de ellos. Pero, además de todo eso, lleva en el pecho una hoguera de Amor que hace que, mientras habla de fútbol o de política, mientras ríe a carcajadas, bebe cerveza o hace deporte, irradie una paz que transforma el ambiente. Y, cuando llega el momento –gran parte de las veces en la confidencia de la verdadera amistad- sabe pronunciar el nombre de Cristo de tal manera que contagia su pasión por Él. De algún modo, los demás, al tratar al santo, adquieren tres certezas: que es un hombre normal, que es un hombre enamorado y que es una persona digna de confianza.

    Cuando se dan estas condiciones, Dios hace el resto.

José-Fernando Rey Ballesteros

Amar al mundo desde dentro (X): el combate del cambio de vida

    La transformación de corazón, a la que dedicábamos la anterior entrega de esta serie, se va operando poco a poco en el alma del cristiano, conforme alcanza intimidad con Cristo. Me gustaría poder decir que, a medida que el espíritu se identifica cada vez más con los sentimientos del Señor, dicha identificación va dando como resultado un pacífico cambio de vida y un dulce sometimiento de toda la persona a la conversión operada en su interior. Pero no puedo decirlo, porque, sencillamente, no es verdad. Antes al contrario, a la transformación del corazón le sigue una lucha a muerte.

    Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros (Rom 7, 22-23).

    Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais (Gál 5, 17).

    Basten estas dos citas de san Pablo para entender que, si la transformación del corazón es dulce y amorosa, la verdadera conversión de vida requiere violencia y muerte. Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias (Gál 5, 24).

    También me gustaría poder decir que, conforme el alma alcanza mayor intimidad con Dios, los pecados se derriten como la cera cuando se acerca al fuego. Pero tampoco puedo decirlo, porque es mentira. Antes al contrario, cuando el alma se acerca a Dios, los pecados se defienden y se resisten a desaparecer, obedeciendo a esa ley de muerte que ha dejado impresa en nosotros la culpa original. Se entabla entonces ese combate entre el espíritu y la carne al que hace referencia el Apóstol, combate que durará, en muchos casos, hasta el fin de la vida terrena del cristiano. Si no se aparta el alma de Dios, poco a poco irá conquistando terreno a la carne y ganando batallas, que se traducirán en cambios de vida. Pero siempre habrá frentes abiertos donde la guerra llegará a ser terriblemente violenta.

    Si, para muchas personas, la vida cristiana es tranquila y pacífica, sin grandes tentaciones ni grandes pecados, el motivo en una buena parte de los casos es que la mediocridad los ha vuelto poco molestos para el Demonio. Con los tibios, Satanás no necesita movilizar sus recursos; le basta sentarse y aplaudir. Se conforma con que mantengan la convivencia pacífica con el pecado venial. Pero cuando un cristiano se lanza decididamente a la santidad, batallones de demonios se movilizan contra él. Afortunadamente, no todos esos demonios son igual de listos. Algunos, incluso, son de lo más estúpido con que cuenta en sus filas en Príncipe de las Tinieblas. Otros son, a semejanza suya, ángeles de luz. Los distinguimos por cómo se defienden.

    – Los “demonios tontos” y “pecados tontos”. Que sean tontos no significa, en todo caso, que sean fáciles de vencer ni que sean de poca monta. Tan sólo significa que son tontos. Y por eso, ante la cercanía de Dios en el alma de oración, se defienden gritando y profiriendo alaridos, pataleando y ocasionando dolor, como se ve frecuentemente en el Evangelio. No es extraño –y así ha sucedido con los santos- que personas que alcanzan elevados grados de oración hayan experimentado violentísimas tentaciones de lujuria (así le sucedió, por ejemplo, a san Jerónimo o a san Antonio) o de ira (en el caso de san Pío X). En otros casos, como el de san Romualdo o el Cura de Ars, los mismos diablos se aparecen e incordian con violencia al santo. Todo lo que consiguen estos “demonios tontos” es causar dolor o hacer temblar al alma entre tentaciones e insidias que Dios permite. Pero el propio Dios, que ya ha hecho morada en esa alma, se encargará de todo sirva para bien y de que la casa asentada sobre roca, por mucho que tiemble, no se derrumbe (Cf. Mt 7, 24-27).

    – Los ángeles de luz y los “pecados mimetizantes”:  personalmente, los “demonios tontos” no me dan miedo. Cuando Satanás se acerca con el rabo, los cuernos y el tridente es tan fácilmente identificable que el combate sucederá a la luz del día. Y el día no es su terreno. Cuando me da miedo el Demonio es cuando, en medio de la noche, se comporta como ángel de luz. Como director espiritual, trato diariamente a personas “piadosas” condenadas a la mediocridad por culpa de estos diablos. Su técnica es mucho más sofisticada que la de los “demonios tontos”, y, por desgracia, más eficaz: conforme el alma se acerca a Dios, en lugar de gritar y producir dolor, guardan silencio y se dedican al camuflaje de los pecados para evitar que desaparezcan. Ese camuflaje tiene lugar por la vía del mimetismo. Es decir: al igual que hay insectos que logran confundirse con las ramas de los árboles, gracias a estos demonios los pecados se mimetizan y adoptan apariencia de virtud. De este modo, el alma, al no reconocerlos o tomarlos por virtudes, no luchará contra ellos. Ofrezcamos un ejemplo: Una persona, antes de acercarse a Dios, comete habitualmente el pecado de la murmuración, y saca a relucir en conversaciones las miserias ajenas. Pero, después de convertida, se acercará a otra alma “piadosa” y de dirá: «reza por x, que ha abandonado a su marido y se ha marchado con un aventurero al que Dios perdone». Realmente ha hecho lo mismo que hacía antes de convertirse, pero ya no va a confesarse de ello. ¿Cómo confesarse de rezar y pedir oraciones? Otros desobedecerán al director espiritual a causa de revelaciones particulares en la oración. Otros llamarán “santo celo” a la ira…

    La lucha requiere dedicación y astucia. Pero, si el alma no se aparta de Dios, y se obedece al director espiritual en todo, la victoria se irá alcanzando, y el cristiano se irá transformando, realmente, en “otro Cristo”. Ahora bien, si no se experimenta tentación ni se lleva a cabo lucha alguna; si el Demonio no da señales de estar molesto… Algo va mal con esa alma. Cuidado.

José-Fernando Rey Ballesteros

Amar al mundo desde dentro (IX): la transformación del corazón

    Para muchos cristianos, por desgracia, la vida de fe ha quedado reducida a un problema moral. «Debo procurar ser mejor persona», se dicen, y todo su afán de conversión consiste en realizar propósitos ante Dios para después confesar ante el sacerdote su fracaso a la hora de cumplirlos… Ya es mucho. Son multitud quienes ni siquiera llegan a esto, y dejan reducida su religiosidad a una toma de postura intelectual o a unos ejercicios piadosos que poco tienen después que ver con la vida. Al menos, las personas a quienes me refiero saben que la fe exige conversión y tratan de adecuar su existencia a cuanto profesan en la oración. Pero la disolución de la vida de fe en el esfuerzo moral da como resultado una “fe olímpica”, para esforzados, que no es fuente de gozo más que cuando el esfuerzo resulta coronado por el éxito.

    El problema es mucho más profundo: cambiar la conducta a fuerza de propósitos sin transformar previamente el corazón es tan laborioso e inútil como pretender ir calentando con un mechero el agua fría que brota del grifo. ¿No sería mejor cerrar ese grifo y abrir el del agua caliente?

    Oh, Dios, crea en mí un corazón puro. Renueva en mis entrañas un espíritu firme (Sal 50, 12). La tarea de la cristificación no comienza con el cambio de conducta, sino con la transformación del corazón del cristiano y su identificación con el sagrado Corazón de Jesús. Ya he escrito en anteriores entregas de esta serie que la labor la realizará el Paráclito, y no nosotros. Pero a nosotros nos corresponde crear las condiciones necesarias para que el Espíritu pueda hacer su trabajo sin obstáculos.

    La primera de esas condiciones es el estado de gracia habitual. En un alma en pecado nada puede hacer Aquél que es «Señor y dador de vida». Por ello cobra una enorme importancia la recepción frecuente del sacramento del Perdón, de modo que ni siquiera el pecado venial enquistado o consentido pueda obstaculizar la acción del Espíritu.

    Una segunda condición es la búsqueda de Cristo en la oración. Recodemos que el fin principal de la oración, incluso por encima del cambio de conducta, es alcanzar amor. Y si el tiempo dedicado a la oración se nos va en examinarnos, en pedir perdón, en dar gracias y en hacer propósitos, al final descubriremos que no hemos hablado sino de nosotros mismos, mientras al Señor no lo hemos conocido. Semejante oración no puede tener al amor como fruto, porque no supone sino un repetido movimiento de rotación en torno a nosotros mismos, con Dios como excusa o como garante de nuestros buenos propósitos. Para que el corazón se transforme, semejante movimiento de rotación tiene que transformarse –aunque sea haciéndose violencia- en un movimiento de traslación, en el que sentidos y potencias se agrupen en torno a Cristo, lo contemplen y escuchen hasta quedar rendidos y embelesados ante su Amor. Es preciso que el eje de la oración sea el Evangelio, o algún libro destinado a meditar o a considerar la vida de Cristo. Él tiene que crecer, y nosotros tenemos que menguar (Cf. Jn 3, 30).

    En este tipo de oración, más trabaja la mirada que el pensamiento. Y esa mirada debe ir dirigida al Corazón de Cristo, a sus sentimientos más profundos y los motivos de sus palabras y obras. De este modo, poco a poco el Espíritu empapará también nuestros corazones en esos mismos sentimientos y actitudes. Permítaseme ejemplificarlo con un breve pasaje:

    Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber.» (Jn 4, 7). Ante este versículo, el moralista se apresurará a considerar: «Tengo que dar de beber a Jesús. ¡Oh, pobre Señor, qué sediento lo tengo! Debo saciar su sed con mi generosidad, con mi humildad, con mi alegría»… Yo no digo que esté mal esta forma de oración; al contrario, está repleta de buenas intenciones. Lo que afirmo es que la persona que ha orado así no ha conocido más a Cristo, y, por tanto, no ha podido crecer en amor aunque haya formulado bellos propósitos. El alma contemplativa no se apresurará a sacar conclusiones. Primero se quedará mirando a un Jesús sediento, y se enamorará de quien, siendo Dios y Creador del agua misma, eligió pasar sed para que yo, un miserable pecador, pudiera beber vida eterna en su costado. De aquí brotarán actos de amor y alabanza. Después, esta alma fijará sus ojos en el modo en que Jesús se acerca a la mujer samaritana: siendo Dios, y pudiendo sacar allí mismo agua de las piedras para sorprender a la mujer e hincarla de rodillas, sin embargo prefiere acercarse a ella como un pobre mendigo que le pide una limosna. ¡Oh, qué humildad! Quiere ser amado más que temido, y por ello se arriesga al desprecio. Mientras esto considera, el alma sentirá vergüenza de cuantas veces se ha pavoneado por sus obras ante los demás. Pero esta vergüenza será dulce, porque no es el eje de su oración. El eje de su oración es el Corazón de Cristo. Si la mirada se prolonga y se remansa en ese Jesús arrodillado ante la pecadora, será muy fácil que la próxima vez que esta persona se acerque a sus hermanos lo haga con la misma humildad.

    Si la oración se mantiene así, centrada en el Corazón de Jesús, poco a poco el corazón del hombre se identifica y se amolda a sus latidos hasta configurarse con él. Esta transformación del corazón, obrada en la oración, será el inicio de un verdadero cambio de vida, al que dedicaremos la próxima entrega.

José-Fernando Rey Ballesteros

Amar al mundo desde dentro (VIII): Otros Cristos

    Existen, en Occidente, millones de personas que jamás van a visitar un sagrario si no se produce un cambio en sus vidas. A esas personas, la presencia real de Cristo en la Eucaristía les tiene absolutamente sin cuidado, y no influye para nada en su quehacer cotidiano. Por tanto, el único encuentro posible de multitud de hombres y mujeres con el Señor no será el de María Magdalena, quien acudió al sepulcro en busca de Cristo, sino, más bien, el de los discípulos de Emaús, quienes habían comenzado a vivir como si Jesús no hubiese resucitado y a quienes el propio Señor abordó en plena calle. Siempre queda algún ingenuo convencido de que el mejor apostolado, con quienes viven lejos de Dios, consiste en pegar, en el andén del Metro, el anuncio de un acto de adoración eucarística. Y, como la Providencia no conoce límites, puede que esos carteles hayan atraído a la Iglesia a algún ateo. Pero no creo equivocarme si afirmo que el camino ordinario para que los paganos se encuentren con Cristo no pasa por papeles muertos pegados en las paredes, sino por el trato con un Cristo  vivo que ha salido del sagrario para buscar a la oveja perdida. Y ese Cristo debe ser, precisamente, el cristiano seglar, que busca la santidad dentro del mundo y se ofrece al Señor para ser, en el mundo, otro Cristo.

    El laico que, dentro del mundo, ama al mundo y aspira decididamente a la santidad, es –¡debe ser!- el vivo icono de Cristo resucitado en la mañana del Domingo, quien, tras salir del sepulcro, recorre las calles y entra en las casas buscando al hombre, comiendo y bebiendo con el hombre, y compartiendo con él los mil quehaceres y afanes nobles de la existencia humana. Eso requiere todo un proceso de “cristificación”, una transformación interior que lleve al laico a hacer suyas las palabras del Apóstol: No soy yo quien vive. Es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 20).

    Dedicaremos algunos artículos a este proceso. En esta primera entrega, a modo de prólogo, tan sólo despejaremos un primer obstáculo y responderemos a una primera pregunta. Y más adelante hablaremos de la transformación del corazón y la de la vida.

    – Un primer obstáculo que impide a muchas personas ser verdaderos cristianos es el miedo a perder la propia personalidad. Como toda tentación, tiene detrás una mentira urdida con partes de verdad. Y es que el ya no soy yo quien vive del Apóstol lo interpretan como una disolución de la propia persona en Cristo, al modo que el azucarillo se disuelve en la taza del café. A esto habrá que responder que la verdadera “imitación del Cristo” no es la externa. Como podrá suponer el lector, ser “otro Cristo” no pasa por dejarse crecer la barba, embutirse en un manto, y calzar sandalias. ¿Qué harían entonces las mujeres? ¿Y los calvos? ¡Ay de quienes usamos gafas! Esa cristificación que supone la santidad consiste en infundir, en el corazón del cristiano, los sentimientos del Corazón de Cristo (Cf. Flp 2, 5). No soy yo quien vive significa que todo sentimiento o actitud incompatible con los latidos de ese Corazón debe morir para ser sepultada en Él: rencores, odios, sensualidad, soberbia, envidias… Todo ello deberá ser crucificado, hasta que en corazón del cristiano habiten los mismos sentimientos que pueblan el del Señor. Pero, a la hora de manifestarse al exterior, esa vida espiritual se volcará, en cada uno, en gestos y palabras distintos, según la personalidad que Dios le ha dado. Esa personalidad no desaparece, sino que, más bien, es llevada a plenitud al ser canal del transmisión de la vida del propio Cristo. No es necesario, por tanto, cambiar el plato, aunque sea de barro. Tan sólo hace falta limpiarlo y ofrecer en él un Manjar mucho mejor para que el mundo viva.

    – Una primera pregunta: ¿Cómo se lleva a cabo este proceso de cristificación? Respuesta rápida: no estorbando. La santificación es obra del Espíritu Santo. Todo lo que debe hacer el cristiano es dejarle actuar. Por eso hemos tratado, en las anteriores entregas de esta serie, de la vida espiritual y la mortificación. Por la vida de oración y los sacramentos abrimos de par en par las puertas al Paráclito, de modo que pueda llegar hasta el fondo mismo del alma, y desde allí realizar su obra. Y por la mortificación corporal y la interior removemos los obstáculos que pudieran impedirle obrar. Ahora tan sólo se trata de escuchar y obedecer: estar atentos a las inspiraciones que alienta en el interior del alma a través de la oración, y a las que nos llegan por medio de la dirección espiritual, y arrodillar reverentemente la propia voluntad para poner por obra cuanto escuchamos y configurar nuestras vidas con la de Cristo.

José-Fernando Rey Ballesteros

Amar al mundo desde dentro (VII): La mortificación interior

    Para hablar de mortificación interior, quizá convenga primero aclarar a qué nos referimos cuando decimos «interior». Porque, muchas veces, empleamos esa palabra para señalar la zona más honda del alma del hombre, el «santuario interior» donde Dios habita en las almas en gracia. Ahora, sin embargo, tomaremos como frontera la expresión corporal por la que el hombre se comunica con el entorno, y llamaremos «interior» a todo lo que sucede «de puertas para dentro» en el ser humano, antes de ser comunicado. Tan interior es un pensamiento, como una emoción o un dolor de cabeza, y dejan de serlo cuando se transmiten a los demás mediante una palabra o un gesto. En ese momento se convierten en «exteriores».

    Centremos la atención en el rostro. El rostro del hombre es el mayor panel de comunicación a nuestro alcance para enviar mensajes al exterior. Del rostro brotan las palabras, las miradas, las sonrisas, las muecas y los gestos. A través del rostro hacemos saber al mundo lo que sucede dentro de nosotros, y a través del rostro, también, nos convertimos en protagonistas ocasionales de la vida de quienes reciben nuestros mensajes.

    El santo que vive en medio del mundo, y que ama apasionadamente al mundo, sabe que está allí con una misión: anunciar el Amor de Dios a quienes no lo conocen. Y descubre en su propio rostro el más adecuado medio de difusión del mensaje que ansía transmitir. Dice san Pablo: Con el rostro descubierto, reflejamos como en un espejo la gloria del Señor (2Cor 3, 18). No es fácil, porque el “yo” no se deja arrebatar tan fácilmente su medio de expresión. Cuesta menos trabajo quitarle el teléfono móvil a un adolescente que arrebatarle el rostro al hombre viejo. Con el adolescente, si eres su padre, quizá tengas que forcejear un poco, pero al hombre viejo tienes que matarlo por falta de oxígeno. Por eso hablamos de «mortificación interior».

    Supongamos que una persona te ha infligido un daño grave, te ha traicionado, o calumniado, y de repente la ves acercarse por la calle o te la encuentras en una reunión. El hombre viejo, herido, luchará por hacerse con el control del rostro y mostrarle una mala cara o dirigirle unas palabras hirientes. Te hará creer que, si no le dejas expresarse, morirás de quemazón. Es a lo que nos referimos con la frase «si no lo digo, reviento». Pero tú caes en la cuenta de que a esa persona Cristo la ha perdonado y la ama. Entonces, con la ayuda de Dios, tienes que dejar que el hombre viejo «reviente», hacerte con el panel publicitario, y sonreír mientras saludas con cariño a aquél a quien desearías estrangular. Realmente te sientes morir por dentro, pero, a la vez, puedes decir, con razón, que Cristo vive en ti (Cf. Gál 2, 20).

    Podríamos poner infinidad de ejemplos: una sonrisa cuando te duele la cabeza, no quejarte ante las inclemencias del tiempo, tratar con especial cariño a quien te resulta desagradable, bromear cuando te has levantado de mal humor, callar cuando quisieras decir un chiste que te haría protagonista, escuchar con atención cuando deseas hablar…

    Por último, respondamos a una pregunta: ¿Es esto hipocresía? No. La hipocresía es mostrar en el rostro ser mejor de lo que uno es con el fin ser honrado por los hombres. Esto es santidad: preferir anunciar a los hombres el Amor de Cristo en lugar de anunciarles nuestras pobres emociones, para que sea Él el amado, mientras nosotros nos escondemos.

José-Fernando Rey Ballesteros

Amar al mundo desde dentro (VI): Mortificación y templanza

    Una de las primeras herejías en aparecer, y de las últimas en marcharse –aún sigue entre nosotros- fue la gnosis. En la incipiente Iglesia surgió como el fruto de la filtración de la cultura griega en la espiritualidad cristiana, y pronto dio lugar incluso a varios evangelios apócrifos. De acuerdo con esta doctrina, la carne y todo lo que conlleva es malo en sí mismo, mientras sólo el espíritu libera de ella al hombre. La purificación que el ser humano estaría llamado a realizar en esta tierra consistiría en desligarse cada vez más de lo carnal y elevarse por la vía del espíritu hasta dejar atrás esa “cárcel del alma” que llamamos cuerpo. A esta herejía le nacerían, en muy poco tiempo, varias hijas, como el docetismo o el modalismo, que niegan –como era de esperar- la Encarnación del Verbo Divino y la dejan reducida a una mera apariencia o a un simple modo de manifestación de la Divinidad. Para los gnósticos, las actividades carnales como comer y beber, o la unión carnal entre hombre y mujer son malas en esencia, y sólo permisibles como una etapa del camino hacia la perfecta purificación, donde nada de eso será necesario.

    Pero la herejía es siempre enemiga de la verdad. La carne es obra de Dios, y, aunque ha sido fuertemente herida por el pecado del hombre, también ha sido asumida por el propio Dios y por Él redimida. El Verbo Divino, aunque fue célibe –por motivos que ahora llevaría mucho tiempo explicar- comió, bebió, y fue incluso acusado de comilón y borracho (Mt 11, 18). Para que nadie dude de que los placeres carnales son buenos y santos en sí mismos, san Pablo exhortará a los Corintios: ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para gloria de Dios (1Cor 10, 31). Difícilmente podría dar gloria a Dios una actividad que constituyese un pecado.

    Ya quedó explicado en el artículo anterior: el problema no reside en comer, beber, o unirse carnalmente, sino en ser arrastrado por la concupiscencia, fruto del pecado, que anula la voluntad del hombre y le vuelve esclavo de la carne. Por eso el cristiano aprende a moderar, con la virtud de la templanza, los placeres carnales, de modo que pueda conservar, entre él y las demás criaturas, esa distancia que ponga a salvo su libertad. Jesús comió y bebió, pero jamás se lo vieron ebrio ni harto de comida. Y –no lo olvidemos- Jesús también ayunó, porque tanto valor divino da el cristiano al ayuno como a la comida.

    La virtud de la templanza se concreta, muchas veces, en ejercicios sencillos pero constantes de mortificación, que moderan la atracción de lo carnal sazonando con la Cruz todo cuanto lleva a cabo un hijo de Dios. No es una contradicción, aunque pueda parecerlo: porque la carne es buena, la crucificamos. Y la crucificamos para redimirla, precisamente porque es buena y porque ha sido herida por el pecado. Por eso la crucificamos con cariño, y con cariño deben realizarse los ejercicios de mortificación, que nunca nacen del odio a la carne, sino del deseo de sanación.

    Tal como prometí, anoto aquí algunos ejemplos de mortificaciones sencillas, que puedan servir a cualquiera para hacer presente en su vida el misterio de la Cruz, incluso –y especialmente- cuando goza de los placeres carnales. Suelo sugerir a quienes me preguntan que realicen, cada día un número concreto de mortificaciones –no muchas- y que, para unirlas a la Cruz de Cristo, las ofrezcan con Él a Dios Padre en reparación por todos los pecados cometidos en el mundo. Además de las que aquí anoto, el lector puede idear otras que sean más acordes con su modo de vida, pero recuerde siempre que estas mortificaciones no deben dañar a la salud. Se trata de dar muerte a la concupiscencia, no a la carne misma.

    La primera del día: levantarse de la cama al primer sonido del despertador. Es el sacrificio de las primicias. Y conlleva, obviamente, prescindir de esa función tan simpática del snooze que tienen algunos de estos artefactos para que sigas durmiendo hasta que, pasados quince minutos, te vuelvan a despertar.

    Mortificaciones relativas a la comida: Evitar comer entre horas. Comer siempre un poco menos de lo deseado. Comer un poco de algo que nos resulte desagradable. Prescindir de cuando en cuando de lo que nos resulte más agradable…

    Mortificaciones relativas a la bebida: Retrasar cinco o diez minutos el vaso de agua que deseamos. No beber, en las comidas, hasta el segundo plato. Evitar el alcohol en ciertos días o a ciertas horas. No refrescar demasiado el agua en verano.

    Mortificaciones relativas al tabaco: Establecer una cantidad de tabaco para fumar a lo largo de día, y ceñirse a ella. También se puede dejar de fumar, pero cuando se consiga habrá un campo menos de mortificación.

    Mortificaciones relativas a las cosas: Restringir el tiempo de televisión, y no encenderla nunca sin saber lo que se va a ver. Prescindir de ciertos programas. Establecer una hora fija para levantarse del sillón de la TV. Acotar el tiempo que se pasa frente al ordenador. Marcar como favoritos las páginas por las que se pueda navegar sin peligro y no salir de ellas. Tener un tiempo fijo de conexión a Internet al día y no sobrepasarlo nunca. Marcar determinadas horas del día como “horas sin ordenador”.  Salir a la calle sin el teléfono móvil. No excederse de un número concreto de llamadas a lo largo del día. Eliminar el sonido de las notificaciones de SMS o Whatsapp y nunc responder al momento…

    Mortificaciones relativas a las personas: Dedicar más tiempo a quienes peor nos caen. Escuchar y no cortar las frases del interlocutor. No quejarse ni hacer comentarios negativos. No hablar de uno mismo si no le preguntan. No dar la propia opinión si no se la piden. Sonreír aunque no apetezca. Disimular los propios dolores o achaques…

    Creo que es suficiente con este repertorio. Cada cual elija cuatro o cinco prácticas del muestrario, y, después, procure cumplirlas cada día. Al igual que los días de fiesta se puede disminuir el número de mortificaciones, los viernes conviene hacer alguna más, o alguna especial más centrada en el ayuno. Pero cada cual lo vea con su confesor.

    En la próxima entrega, si Dios quiere, hablaremos de la más valiosa de las mortificaciones: la mortificación interior.

José-Fernando Rey Ballesteros