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Lo mejor de Jesús… Es Jesús

Muchos acudían donde estaba Jesús… Lo hacían porque allí los panes se multiplicaban y los vientres se llenaban (de vez en cuando); porque los cojos andaban y los ciegos veían (de vez en cuando); porque pronunciaba palabras hermosas (de vez en cuando).  Pero Jesús no dijo que daría vida eterna a quien acudiera donde Él estaba, sino a quien viene a mí.

“Ir a Jesús” es distinto de “ir donde está Jesús”. Porque yo también “voy donde está el tendero” y le compro dos paquetes de café; pero no por eso me enamoro de él. El tendero es parte de mi plan, pero mi plan es el café. Quien “va a Jesús” encuentra en Él su punto de llegada. Le dice: “Jesús, no vengo a por nada en particular, aunque necesito muchas cosas que Tú bien conoces. Pero yo vengo por ti, porque te amo y quiero vivir contigo. Lo de las cosas lo dejo en tus manos, pero si te pierdo a ti, me muero”. Quien acude así a Jesús ya tiene vida eterna, porque la vida eterna es Él. Y, además –dice el Señor- yo lo resucitaré en el último día. ¿De verdad se puede desear algo más?

(TP03J)

Rezando al revés

Jesús no ha venido –así nos dice hoy- a hacer su voluntad, sino la voluntad de Padre, que le envió. Por eso también a nosotros nos enseñó a pedir, en el Padrenuestro: Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo. Él, como hombre, obedeció a Dios en la Tierra del mismo modo que los ángeles le obedecen en el Cielo. Y así fue dócil en sus manos, llevó a cabo su obra, y volvió al Padre sin haber hecho otra cosa que obedecer amorosamente, como Hijo amado. Por eso la voluntad de Dios se hizo y el Género Humano quedó redimido.

¿Y tú? ¿Crees lo que dices en el Padrenuestro? ¿Procuras, como Jesús, obedecer siempre, de modo que, cuando mueras, no hayas llevado a cabo tu obra -¡vaya chapuza!- sino la de Dios? ¿Te sometes libremente a un director espiritual? ¿O quizá toda tu oración es para mover a Dios a secundar tus planes? “¡Señor, que me salga bien esto… y esto otro!” O sea –seamos francos-, “que Dios haga mi voluntad en el Cielo, como ya me encargo yo de que los que me rodean la hagan en la Tierra”. Me parece que estás rezando al revés…

(TP03M)

INSÍPIDA, PEQUEÑA, BLANCA Y MARAVILLOSA

    Cada uno tiene sus obsesiones. Aquellos hebreos parecían no cansarse de pedir un signo a Jesús. Delante de sus narices, cinco panes y dos peces habían saciado a una multitud… Pero nunca tenían bastante. Eran hijos de aquéllos que, tras ver caer maná del cielo, tras comer codornices en el desierto y contemplar cómo una roca les daba agua, aún se preguntaban ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros? (Éx 17, 7). Realmente, lo que querían era un signo tan espectacular que los postrase por tierra y les arrebatase la libertad. Pero sin libertad no hay amor…

    Es mi Padre el que os da el verdadero pan del Cielo. La Sagrada Hostia es, a los ojos, insignificante. Y, al paladar, resulta insípida. Por eso no se entretienen con ella los sentidos y le abren paso hasta el fondo del alma. Hay que mirarla despacito en la custodia, hay que recibirla en los labios con silencio y devoción. Entonces ella, como de incógnito, cruza todas las puertas y llega a lo profundo del alma. Allí despliega toda la luz del Amor. ¡Qué delicia! Mira a la Hostia mientras la eleva el sacerdote. Comulga con fervor… Y disfruta.

(TP03M)

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CRISTISTAS Y CRISTIANOS

    Aquellos hombres seguían a Jesús apasionadamente… Con la misma pasión que sentían por sus vientres. En el fondo, toda su pasión se reducía a eso: al multiplicar los panes, Jesús les había resuelto, al menos por un día, el problema alimenticio. No digo que sea poco, pero…

    Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna. Si toda tu religiosidad se reduce a mejorar tu calidad de vida (con minúscula), o incluso a obtener un «bienestar espiritual» que te ayude a sentirte mejor en esta tierra, no me será fácil distinguir tu religión de cualquier superstición al uso. Pero si, a través de los dones de Dios, has aprendido a desear al propio Dios, a Jesús mismo,  y estás dispuesto a renunciar a todo en esta vida por alcanzarlo a Él para toda la eternidad… Entonces has conocido el Amor, y eres, en verdad, cristiano. Le perteneces a Cristo. Bienaventurado tú.

(TP03L)

AL AGUA, Y DE CABEZA

    ¡Es el Señor! Como el ¡Rabbuní! de María Magdalena (cf. Jn20, 26) estas palabras de Juan tienen la virtud de cambiar la noche en día. Horas de pesca baldía, insomnio estéril, cansancio estúpido… Pero Cristo está en la orilla pidiendo pescado y todo cambia. ¿A quién le importan ya los peces? Simón se lanza al agua; de repente, su barca le parece el trasto más lento e inútil del mundo. ¿Por qué no va más deprisa, si languidece en la muerte y en la orilla está su Vida? Llega empapado y gozoso. ¡Jesús!

    Es lo que te sucedió cuando viste al Señor. La vida se te presentaba como un cansancio estéril, y todos tus esfuerzos, en esos momentos de tristeza, te parecían coronados por el fracaso. Sólo quedaba seguir esperando a la muerte e intentar sufrir lo menos posible. Pero se abrieron tus ojos, viste a Jesús en la orilla, sonriendo y abriendo sus brazos, pidiéndotelo todo y dándote lo que te pedía… Y la vida se volvió camino hacia el Amor. ¡Qué gozo! ¡Es el Señor! Te lanzaste al agua alborozado. Ya no quieres esperar a la muerte. Ahora quieres entregar la vida a Dios y a tus hermanos, desgastarte y darlo todo con inmensa alegría, porque vas hacia Él. También tú llegarás a la orilla empapado. En sangre y en agua. Recién bautizado.

(TPC03)

PERSECUCIÓN NOCTURNA

 

    Noche cerrada y mar agitado por las olas… Parece que se los traga la muerte, y los apóstoles tiritan mientras intentan mantener la barca a flote. Y, de repente… Jesús, sereno, caminando sobre las aguas. Soy yo, no temáis. Los ojos de aquellos hombres, empapados de tinieblas, se fijan en Él y una extraña y sosegada claridad los baña en Dios. «¡Sube, Maestro! ¡Quédate con nosotros!». Pero, antes de que pudieran atraparlo, la barca, al fin, besa la tierra. Paz.

    El sufrimiento, la enfermedad, el pecado… La vida tiembla y no ves la luz. ¿Quién conoce un momento de calma que dure más de dos horas? Y, en medio de la tormenta, se te ocurre ir a misa y tus ojos se fijan en el Señor… ¡Qué sosiego! Le dices: «¡Quédate conmigo!», pero, diez minutos después del «podéis ir en paz» se ha marchado. Decides convertir la vida en amorosa persecución, y rezas cada mañana y casi lo tocas con el alma. Suéltame, que todavía no he subido al Padre (Jn 20, 17). Vuelves a misa, y de nuevo rezas a la mañana siguiente, y se te vuelve a escapar. Pero ya no tienes más que un deseo en tu alma: alcanzarlo. Cuando te quieres dar cuenta, has llegado a la orilla, que es el Cielo. Ahora ya es tuyo para siempre. Ha valido la pena.

(TP02S)

TOMAD, SEÑOR…

 

    Aquel niño entregó a Jesús cuanto tenía: cinco panes y dos peces. No se guardó nada para sí. Ten por seguro que, si hubiese entregado cuatro panes y un pez y medio, no habría habido milagro.

    Cuando acudas a misa, recoge allí todas tus potencias y sentidos. Deposita en el altar cuanto eres y cuanto tienes, sin reservarte nada: “Tomad, Señor, y recibid, toda mi libertad. Mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad” (Oración de S. Ignacio). Y entonces tu vida, unida a la de Cristo y con ella ofrecida al Padre en la patena, redimirá las almas de aquéllos por quienes rezas y después alcanzará a la Humanidad entera.

(TP02V)