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Evangelio 2017

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El año pasado, por estas fechas, salía a la venta Evangelio 2016, una recopilación de las entradas del blog Espiritualidad Digital adaptada a cada día del año que por entonces estaba punto de comenzar.

Puesto que el libro ha tenido una buena acogida, he preparado su continuación para el año próximo: Evangelio 2017. El esquema es el mismo: cada día del año el lector podrá encontrar el texto del evangelio del día y un comentario tomado de mi blog Espiritualidad Digital.

Evangelio 2017 sale a la venta en dos formatos:

La versión digital está disponible, como siempre, en iTunes y en Amazon por el precio de 0,99 €. Cuenta con la ventaja de disponer del texto del evangelio y el comentario sin necesidad de conexión a Internet.

La versión en papel, editada, una vez más por Cobel, podéis adquirirla aquí o solicitarla en las librerías religiosas. Se publica a un precio de 4,95 €, pero hay descuentos disponibles a partir de 50 ejemplares.

Una vez más, espero que este trabajo pueda ayudaros en vuestra oración diaria y en la escucha de esa palabra que Dios pronuncia para nosotros cada día.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

La olvidada gravedad sacerdotal

        Una mesa es suficiente cuando cinco amigos se dan cita. Poco importa el lugar que cada uno ocupe en esa mesa, porque no es difícil verse ni escucharse cuando sólo son cinco quienes se reúnen. Por tanto, si yo tengo algo que decir a cinco amigos, me bastará con sentarme a la mesa con ellos y hablar. Puedo ser uno más entre ellos, porque uno, entre seis, nunca es uno más.

    Si los destinatarios de mi mensaje no son cinco, sino cincuenta, la situación es muy distinta. No existe mesa redonda que permita hablar a cincuenta personas sin evitar que la conversación se fragmente en pequeños grupos. Por eso, necesitaré algo parecido a una clase, donde yo me encuentre un poco separado de los destinatarios de mi mensaje, para que puedan verme y escucharme con claridad. Es probable que, incluso, me ponga en pie, facilitando la atención al elevarme un poco sobre ellos. Si tengo algo que decir a cincuenta personas, ya no puedo permitirme ser uno más. Un profesor que estuviera sentado en un asiento del final de la clase, confundido entre los alumnos, lo tendría muy difícil para enseñarles algo, y les pondría muy difícil a ellos la labor de aprender.

    Si tuviera yo que hablar, no a cinco, ni a cincuenta, sino a cinco mil personas, entonces sería necesario un estrado y un micrófono. Comunicar un mensaje a cinco mil personas mientras uno está mezclado entre semejante muchedumbre es de todo punto imposible. Podría haber una cámara de televisión que retransmitiera, en directo, lo que comento con mi compañero de asiento, pero, si yo estoy preguntándole por la enfermedad de uno de sus hijos, poco importa al resto del auditorio esa conversación privada. Si tengo que hablar a cinco mil personas, no puedo permitirme el lujo de restringir mi discurso a conversaciones privadas, salvo que pudiera mantener una con cada uno de los cinco mil, lo cual resulta imposible. Por tanto, para hablar a cinco mil personas debo subirme al estrado, tomar un micrófono, y hablar en un lenguaje que todos ellos puedan entender.

    Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera (Mt 13, 2). Jesús, que había sido enviado por su Padre a anunciar el Reino de Dios a todos los hombres, pasó los primeros treinta años de su vida viviendo como uno más. Pero, cuando llegó el tiempo de comunicar su mensaje, marcó con los hombres esa distancia que le permitiera ser escuchado por todos. Lo vemos subido a la barca, y separado de los discípulos, para evitar que su enseñanza fuera patrimonio de unos pocos.

    Le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán. Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron (Mt 4, 25 – 5, 1). Una vez más, ante la presencia de la muchedumbre, Jesús toma esa distancia propia del maestro y del pastor. En este caso, se trata de una distancia en vertical, la propia de un estrado, y también la que busca el pastor al subirse a un promontorio para tener a la vista a sus ovejas y ser visto por ellas. Tanto en el ejemplo anterior como en éste, las muchedumbres se contaban por miles de personas. Pero el Señor estaba llamado a instruir y a gobernar a una multitud mayor, y a entablar una distancia más dramática y sagrada que le permitiese llegar a todos:

    Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna (Jn 3, 14-15). Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy (Jn 8, 28). Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32). Para instruir a la Humanidad entera y a los siglos, para atraer a todos, sin excepción, se subió el Señor al estrado de la Cruz, y marcó con los hombres una distancia desgarradora y salvífica a la vez. Desgarradora, porque desde la Cruz ya no hacía milagros que beneficiasen a unos pocos, ni hablaba para quienes pudieran escucharle a metros de distancia, ni tan siquiera podía abrazar a su Madre. Salvífica, porque, subido allí, la Historia entera lo contempla, y quienes lo miran con fe, en cualquier época, quedan salvados por Él. Y es que el amor es el arte de guardar la distancia justa. Jesús habló, por tres veces, de su crucifixión como un “ser levantado” sobre los hombres. Cristo crucificado, por tanto, no es uno más.

    Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres (Heb 5, 1). He hablado de la distancia del maestro y la del pastor. Pero más importante aún es la del sacerdote. La traducción exacta del assumptus ex hominibus de la Carta a los Hebreos sería «segregado de entre los hombres». La distancia del altar separa al sacerdote de los hombres y lo convierte en ofrenda por ellos. Subido al altar de la Cruz, Cristo ofreció su sacrificio, y esa distancia de elevación que marcaron el Gólgota y el Leño santo hicieron que ese sacrificio aspergiera a la Humanidad toda. La Cruz es barca que se adentra en las aguas de la muerte para instruir a quienes escuchamos desde la orilla, y es monte, y Monte Santo, desde el que el Señor pronunció el sermón definitivo de su entrega.

    Unido a Él en un único sacerdocio, el presbítero nunca es, no debe ser, uno más entre los hombres. Está segregado de entre ellos, y configurado con Cristo crucificado. La Cruz es, para él, estrado de maestro, promontorio de pastor, y altar de sacerdote. Por eso debe cuidarse muy bien de marcar la distancia que le permita alcanzar a todos. Semejante distancia, tal como se muestra en la Cruz, será dolorosa y desgarradora, porque tendrá que estar más lejos de lo que quisiera de algunos, para que su vida pueda alcanzar a todos. Deberá hacerse tratar por todos con respeto y reverencia, para que no piensen quienes lo ven que está dedicado a su grupo de amigos, y todos puedan ver en él, no su simpatía o sus rasgos personales, sino a la persona del mismo Cristo. Si lo fieles ven al sacerdote como “Juan”, “Javier” o “Marcos”, es señal de que se ha acercado demasiado, y ha quedado lejos del alcance de la mayoría. Porque ese sacerdote es “Juan”, “Javier” o “Marcos” para quince o veinte personas, que son quienes pueden tomar café con él. Pero al fiel que está en el último banco de la iglesia, “Juan”, “Javier” o “Marcos” no le dicen nada en absoluto. Por doloroso que sea, debe el presbítero marcar tal distancia que lo lleve a ser “Don Juan”, “Don Javier” o “Don Marcos”; el “Padre Juan”, el “Padre Javier” o el “Padre Marcos”, donde lo que importa es el “Don” o el “Padre”, y lo de menos es el “Juan”, “Javier” o “Marcos”. Porque ese “Don” o ese “Padre” significan “Cristo”. Cambiar, en una parroquia, a “Javier” por “Marcos” es un drama para presbítero y feligreses. Cambiar a “Don Javier” por “Don Marcos” no es para tanto.

    A esto se le ha llamado siempre “gravedad sacerdotal”. La gravedad sacerdotal hacía que el presbítero se mostrase siempre a esa distancia a la que inspiraba respeto. Le hacía parecer anciano aunque tuviese veinticinco años. Y le hacía vestir de tal forma que a ninguna catequista se le ocurriera saludarlo con un beso. El sacerdote “grave” –con la misma gravedad de Cristo- no ejercía su ministerio en los bares, ni en los gimnasios, ni en los comedores de las casas, sino en el altar y en el confesonario. Él sabía que el sentido de su sacerdocio residía en la celebración de la Eucaristía, y a ella se dedicaba con todo el amor de su alma. Porque en los bares, en los gimnasios, o en los comedores de las casas podía llegar a cincuenta o cien personas, mientras, subido al altar, su vida, unida la Hostia que ofrecía, alcanzaba a la Humanidad entera, verdadero auditorio del sacerdote. En los bares o comedores podría contar un chiste, pero un chiste lo puede contar cualquiera. Sin embargo, en el confesonario administraba vida eterna, y eso no puede hacerlo cualquiera, sino sólo él. Cuando los fieles pensaban en el sacerdote, lo imaginaban celebrando la santa misa, confesando, o bautizando. No lo imaginaban paseando en chancletas por la piscina.

    Ya sé que hoy no nos gustan las distancias, y que preferimos pensar que todos somos lo mismo y podemos llamarnos de tú. Pero, si Jesús nos hubiese hecho caso, en lugar de ser “levantado” se habría quedado hablando con los suyos, y a nosotros jamás nos hubiera alcanzado. Así es, por desgracia, la vida de muchos sacerdotes: sus amigos los aman apasionadamente, pero sus amigos son cien, quinientos… Y ellos, amados por los quinientos, debería recordar la soledad y el oprobio de Jesús crucificado, “segregado” realmente de entre los hombres.

    Hasta que no recuperemos la gravedad sacerdotal, la Iglesia de Cristo seguirá llena de chiringuitos como un merendero de playa. Y, en cuanto a las vocaciones al sacerdocio… Cualquier joven con sentido común pensará que,  para ser “Javier” no hace falta privarse del matrimonio. Su papá es tan simpático como el cura, o más.

José-Fernando Rey Ballesteros