• Espiritualidad digital

APRENDIENDO A DECIR “NO”.

 

    Me causan tanto miedo las personas que dicen “sí” a todo el mundo como aquellos que van por la vida con el “no” en la boca. A quienes siempre dicen “sí” muchos los tienen por santos; yo los tengo por “agradadores” que nunca acaban de agradar a nadie.

    Quisiera yo que todos dijéramos siempre “sí” a Dios; que nada le negásemos de cuanto nos pide. Así han crecido los santos. Pero en ningún sitio está escrito que, además de a Dios, haya que decir “sí” a todo el que nos sale al paso pidiéndonos algo, ni que haya que resolver todos los problemas de todas las personas que nos rodean. No somos Dios. Y más nos vale darnos cuenta de ello cuanto antes.

    Somos criaturas. Por tanto, somos finitos (algunos más que otros) y limitados. Si nuestras vidas fueran una tarta, tendríamos que entender que no hay tarta para todos, aún contando con que nosotros no probemos ni un bocado. Y, por encima de todo, tendríamos que saber que ni siquiera la tarta nos pertenece; Dios la puso en nuestra bandeja y nos nombró camareros de la Humanidad. Pero, antes de salir de la cocina, el camarero debe saber a qué mesa tiene que llevar el plato. Si, mientras recorre el comedor, todos lo clientes a su paso se enamoran de la tarta y le piden un bocado, y el camarero “agradador” va distribuyendo el dulce por todas las bocas, ¿qué sucederá cuando llegue a su destino y al cliente a quien la tarta iba destinada no le queden sino las migas? ¿Tendrá también ese cliente que sumarse a los aplausos de la sala que ensalza a tan generoso camarero? ¿O más bien tendrá motivos para enfadarse, y pensar que no ha sido bien servido?

    Conozco personas casadas que se quejan, con razón, de que su cónyuge, a base de hacer el bien a todo el mundo, no permanece en casa ni un minuto. Todos tienen por santo al bendito cónyuge, menos quien tendría que compartir su vida… Y, me temo, menos el propio Dios que le encargó darle a él lo mejor de la tarta. Conozco a sacerdotes que, a fuerza de prodigarse en “obras buenas”, no paran un minuto en la parroquia a la que han sido enviados. Ya cuentan algunos con multitudes de discípulos… Pero, curiosamente, ninguno de ellos es de su parroquia, porque allí apenas lo ven. ¡Está tan ocupado haciendo el bien!

    Dios no nos ha pedido que realicemos muchas “obras buenas”; nos ha pedido, simplemente, que obedezcamos, que hagamos lo que nos mandó. Y, como la tarta es finita y limitada, muchas veces la obediencia pasa por decir “no”: “Lo siento, no puedo ayudarle; me gustaría hacerlo, de verdad, pero no soy Dios. Lo que tengo no es mío y pertenece a otros. Rezaré por usted, y Dios, que sí es Dios, Él le ayudará. Rece usted también y lo comprobará”.

    El problema de decir “no” es que la gente se te enfada… Ya lo sé. Pero también sé que, muchas veces, hay que elegir entre ser santo y ser popular. Es difícil ser ambas cosas a la vez. Por eso es importante que sepamos a quién queremos agradar: a Dios o a los hombres. No siempre coincide.

José-Fernando Rey Ballesteros