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«Doña Fenomenal» y el síndrome TDT

   «Doña Fenomenal» era una mujer que ya había cumplido los 30, y aún no se había atrevido con los 40. Misa diaria, como sus amigas. Oración diaria, como sus amigas. Rosario diario, como sus amigas. Seis hijos; su mejor amiga tenía cinco.

   La bauticé como «Doña fenomenal» porque fue lo primero que me llamó la atención en ella: el modo en que respondía a mi sencilla pregunta «¿cómo estás?» con una sonrisa de oreja a oreja y un «fenomenal» tan sonoro, tan impostado y tan pronunciado que –desde luego– no me lo creí. Era la palabra más gastada de su diccionario; la repetía una y otra vez. Pero, tras habérsela escuchado mil veces, acabé temiendo que, el día menos pensado, fuese a echarse a llorar entre el «no» y el «me», y acabase pronunciando el «nal» entre hipos y sollozos. Estaba claro que aquella mujer de tan amplia sonrisa no era feliz. Desde luego, fingía serlo, pero también me di cuenta de que lo fingía para sí misma, y no sólo para quienes la rodeábamos. Estaba tan convencida de que, matemáticamente, los sumandos que ella le había echado a la vida debían dar como resultado la suma de la dicha absoluta, que ya la adelantaba en la cara, esperando que esa dicha apareciese de un momento a otro en el corazón y le compensase el esfuerzo.

   «Doña fenomenal» nunca me dejó entrar en su vida; al menos, no más allá de los finísimos espacios que mostraba entre algunos de sus dientes cada vez que sonreía. Por eso nunca puede decirle lo que pensaba de ella. Bueno, por eso… y porque «Doña Fenomenal» no existe. Es un personaje ficticio que yo dibujo aquí con tinta «de realidad». O sea, que no existe, pero existe. «Doña Fenomenal» es una abstracción, un universal. Y, si hubiese podido decirle a ese universal lo que pensaba de ella, le habría dicho que, por su propio bien, no siguiera esperando que la felicidad amaneciese dentro de su alma. Si seguía viviendo así, no podría esperar más amanecer que el del tímido faro de una de aquellas bicicletas cuya luz encendíamos matándonos a dar pedales por la noche.

   «Doña Fenomenal» sufría el síndrome TDT. No me refiero a la televisión. TDT significa «Tengo que Dar la Talla». Es un síndrome frecuente entre personas que pertenecen a algún colectivo, y no es específico de colectivos religiosos. Sucede en el fútbol, en la política, en los grupos de teatro, y, del mismo modo, sucede también en las parroquias e instituciones religiosas de todo pelaje.

   Para explicárselo con un ejemplo, el síndrome TDT es semejante al cadáver del Cid. Cuentan que, después de morir, montaron a don Rodrigo en su caballo para que pareciese vivo, y, así montado, ganó su última batalla. Del mismo modo, quienes padecen el síndrome TDT ofrecen la perfecta apariencia de vida mientras están muertos. ¿Cómo lo hacen? Con hilos, como las marionetas. Son movidos desde fuera por la vida de los demás.

   «Doña Fenomenal» se introdujo un día entre mujeres piadosas, y las vio tan felices que decidió que quería ser como ellas. Quizá no se lo explicaron bien, o puede que ella no quisiera entenderlo. Lo lógico hubiera sido imbuirse del espíritu que animaba a aquellas mujeres, y dejar que el espíritu manase, por sí mismo, vida en ella. Pero como estas cosas del espíritu llevan su tiempo y ella tenía prisa por ser feliz, «Doña Fenomenal» prefirió el camino rápido: imitó exteriormente todo lo que hacían sus compañeras, y, como el gesto de felicidad no salía solo, se pintó uno calcado al de su mejor amiga. ¿Que hay que rezar? ¡Se reza! ¿Que hay que ayunar? ¡Se ayuna! ¿Que hay que tener hijos? ¡Yo más!… En lo único que no pudo imitar a sus amigas fue en el amor. Los muertos no aman.

   He aquí el secreto: «Doña Fenomenal» no tenía vida interior. Su oración era maquinal, y duraba lo que tarda en cruzar la esfera del reloj el segundero. Todo lo que hacía lo hacía a fuerza de voluntad, y por eso todo le cargaba… Pero no sabía amar.

   Creo, de corazón, que «Doña Fenomenal» se irá al Cielo cuando muera, pero me da lástima que pueda morir sin haber encontrado el Cielo en esta vida. Y es que «Doña Fenomenal» nunca está sola. Hasta cuando reza en el templo sin compañía, la acompañan sus amigas: le dice a Dios lo que le dice Juanita, se arrodilla como se arrodilla Paquita, y medio suspira porque una vez se lo vio hacer a Antoñita y le pareció monísimo. He ahí los hilos que mueven desde fuera el cadáver insepulto de «Doña Fenomenal». En medio de tan gran nube de testigos, ella sólo tiene una secreta obsesión: «¡Tengo que dar la talla!» Es el síndrome TDT.

   Si yo hubiera podido dar un consejo a «Doña Fenomenal» –aunque ella nunca me dejaría hacerlo– le habría dicho que hiciese unos ejercicios espirituales. Y, aunque me hubiera respondido que ya hacía unos «fenomenales» todos los años con sus amigas, yo le hubiese pedido que hiciese unos algo distintos. Que comenzase arrodillada ante el sagrario cuando sus amigas no estaban, y que se echase a llorar de una vez y soltase toda la muerte que llevaba dentro. Después, le habría aconsejado que le suplicase a Jesús una gracia especial con palabras parecidas a éstas:

   «Jesús, no me levantaré de aquí hasta que no me concedas amarte. Aquí estamos Tú y yo solos. Ahora no hay amigas, ni parroquia, ni grupo, ni nadie más que nosotros. ¡Oh, Jesús, libérame! No quiero dar la talla más que ante Ti».

   Y, aunque ella estaba convencida de que tenía que ser muy chipiripangui y muy hipermegaapostólica, le hubiera sugerido, de todo corazón, que hiciese vida de carmelita descalza durante una temporada… Hasta que se fuese toda esa gente y se quedara, al fin, a solas con Jesús. Luego tendría que volver con sus amigas, claro. Pero, ya, sin hilos; enamorada de Jesús con un amor personal e intransferible.

   Y, terminada esta pequeña parábola, permitidme que os recuerde que, sin verdadera vida interior, todas las obras de piedad que uno pueda hacer no son sino cargas para ser llevadas por titanes y gigantes capaces de sonreír mientras sudan. Pero, cuando hay vida interior, la piedad es la leche con la que son alimentados los niños. Que, aunque vivamos rodeados de hermanos, la aventura de amor de cada uno con Dios debe ser personal e intransferible.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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