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Dos parientes lejanos de Pinocho

   Dos bloques de madera. Ambos del mismo árbol, y cortados a la vez. Ambos fueron a parar al mismo taller, y con cada uno de ellos el mismo artista talló una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Idénticas ambas, salvo por leves diferencias que no se aprecian a simple vista. Casualmente, las dos imágenes acabaron expuestas en dos templos vecinos.

   El Sagrado Corazón es siempre el mismo, sea cual sea la madera que lo muestre o el árbol del que salió. Pero, en este caso –y esto no tendría por qué ser relevante– el árbol debió ser talado en el bosque que parió la madera de Pinocho, porque estos bloques de madera tenían vida propia. He escrito que no tendría por qué ser relevante; y es que, por mucha vida propia que tengas, si tallan con ella la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, lo mejor que puedes hacer es abandonarla y entregarla por entero a Aquél cuya faz ha quedado impresa en ti. Pero estos maderos debían estar ocupados en algo cuando se impartió esa lección, y siguieron teniendo vida propia después del policromado.

   El primero de ellos se sorprendió cuando, ya expuesto cerca del presbiterio, una anciana se acercó a él para besarlo. Al no ser muy inteligente (Pinocho tampoco lo era) pensó que lo besaban a él. Cuando, al cabo de los días, hubo recibido más de seiscientos besos, padeció un ataque de algo aún no catalogado, y pensó que, como él era un simple bloque de madera, aquella gente le rendía un culto injusto y humillante para ellos. «¡Qué se habrán creído! –se dijo–. Estas pobres personas han perdido su dignidad. Me están besando a mí, como si fuera yo superior a ellos, cuando no soy nada. No debo permitirlo. Lo mejor que puedo hacer por estos hijos de Adán es impedir que me rindan culto. Así recuperarán su autoestima, y entenderán que yo, un bloque de madera, no soy un ser superior». Y, bajo los efectos de ese ataque de algo aún no catalogado, decidió criar espinas por todo su cuerpo, para que quien quisiera besarlo recibiera un buen pinchazo. Ni que decir tiene que el pobre terminó en un almacén cercano a la sacristía el resto de sus días.

   El segundo bloque de madera experimentó una sorpresa similar a la de su hermano cuando hubo recibido los primeros seiscientos besos. Tampoco él era muy inteligente (como no lo era Pinocho). Pero, en su caso, el ataque que sufrió, catalogado o no, lo movió a creer que aquellas personas lo amaban locamente en cada beso. Primero se creyó guapo. Más tarde, se creyó Dios. Y fue tanta su satisfacción, que de puro gusto comenzó a destilar resina y a volverse pegajoso. Al comprobar que los labios quedaban adheridos a la imagen, e impregnados en algo que no sabía precisamente bien, la gente dejó de besarlo. Y cuando ya no se lo podía ni tocar, porque estaba empapado en satisfacción resinosa, lo acabaron llevando a un almacén cercano a la sacristía, donde permaneció encerrado el resto de sus días.

   Yo creo que, principalmente, la culpa fue del taller. Hay que educar mejor a los bloques de madera. Pero, para ser justos, habrá que decir que el tal Pinocho también se las traía. Las culpas andan muy repartidas.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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