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ENTREGAR LA HORA Y GANAR EL DÍA

    Abrahán, vuestro padre, saltó de gozo pensando en ver mi día. Lo vio y se llenó de alegría (Jn 8, 56). Me gusta la expresión mi día. Es épica, guerrera, triunfante. La empleaban los grandes generales después de vencer una batalla: «el día es nuestro». Quien se alzaba con la victoria, no sólo se apoderaba del terreno en liza; también obtenía el día como botín.

    En labios de Cristo, mi día es, sin ninguna duda, el domingo, el día de su triunfo. Éste es el día en que actuó el Señor (Sal 118). La misma promesa con que Dios ofreció a Abrahán la tierra que pisaba era anuncio de la nueva tierra, la del Cielo, que el propio Dios entregará a quienes compartan la victoria, el día de Cristo.

    Pero, antes de que Jesús alcance el esplendor de su día, tendrá que atravesar las tinieblas de la hora, la temida y esperada hora que, en el evangelio de san Juan, parece actuar como un reloj en cuenta atrás, cuyo tictac se dirige dramáticamente hacia el cero. Ésta es vuestra hora –dirá, en el relato de san Lucas, a quienes vienen a prenderlo- y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Antes de que el día fuese definitivamente de Cristo, la hora, desde luego, fue de Satanás. Por un instante, el mal pareció vencer y hacerse con la partida: el Redentor del Género Humano yacía en una cruz, su voz se apagaba, las tinieblas cubrían la tierra, los discípulos de Jesús se habían dispersado a causa del miedo, y la muerte lo llenaba todo. Desde su oscura cátedra, el Maligno impartía una lección que el mundo no debe olvidar jamás: bajo el sol, el triunfo es suyo. Nadie se llame a engaño en este sentido cuando ve cómo el mal, en este mundo, vence al bien una y otra vez. En muchas ocasiones he citado en esta página la película de Ford El hombre que mató a Liberty Valance. Allí queda meridianamente claro que el bien, si quiere vencer en este mundo, tiene que romper sus propias reglas y pedirle prestadas, al menos por un momento, sus armas a la muerte. Pero, entonces, ¿podrá seguir llamándose «bien», o toda su bondad habrá quedado neutralizada al haber nacido del mal por vía bastarda? Por mi parte –y creo que Ford pensaba lo mismo- las cosas están claras: todo el bien que pudo hacer Ransom Stodart desde la muerte de Liberty estuvo podrido de raíz. Y el constante remordimiento que le acompañó hasta la muerte se encargó de atestiguarlo. Su negativa a aceptar el martirio a causa de la verdad no hizo sino recalcar lo que era evidente: bajo el sol, el triunfo es del Maligno.

    Pero no todo termina bajo el sol. La hora que pasamos bajo el sol es, en labios de Santa Teresa, una mala noche en una mala posada. La victoria del bien tiene lugar una vez cruzada la línea de la muerte. Los justos brillarán como el sol –afirma Jesús- pero en el Reino de su Padre (Mt 13, 43). Aquí, en esta hora, la luz de los justos parecerá extinguirse después de haber brillado apenas un momento: vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz (Jn 5, 35).

    Vamos a sumergirnos en las tinieblas de la hora. Debemos, durante los días santos que se avecinan, acoger todo el dolor de Jesús en su Pasión, llorar nuestros pecados y sumergirnos en el silencio sagrado de la muerte, dormir con Él en la Cruz para con Él resucitar al nuevo día que será suyo. Quien no quiera abrazar aquí al Crucificado no merecerá triunfar con Él. Perdamos el miedo al dolor, y hagamos compañía a quien muere por nosotros. Son días de muerte: muramos ahora con Él, y, cuando llegue el domingo, el día será nuestro.

José-Fernando Rey Ballesteros

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