• Espiritualidad digital

Fuego que calienta, ilumina y quema

   El Espíritu es fuego porque calienta, es fuego porque ilumina, y es fuego porque quema.

   Como el fuego, el Espíritu calienta a quien se acerca a Él. No es un calor cualquiera, sino calor de Hogar, porque es aire de Cielo. Muchas personas experimentan esa sensación al convertirse y acercarse a la Iglesia después de muchos años de ausencia, o al ser recibidos en ella por primera vez: «¡Me siento en casa!» Otros, que llevan años gozando de ese calor, no lo advierten hasta que un pecado o una rebeldía los aleja de Dios. Entonces sienten frío en el alma.

   Como el fuego, el Espíritu ilumina a quien abre los ojos bajo su resplandor. Se ve la Tierra con luz de Cielo, y cada cosa, cada persona, cada acontecimiento adquiere color y relieve. Todo resplandece, hasta lo que el mundo considera «malas noticias». Y uno experimenta la sensación de haber estado ciego cuando no distinguía más que bultos en cosas y personas, cuando todo se valoraba por su peso y su tacto, pero se desconocía el brillo de la verdad. Especialmente, el don de Ciencia nos hace ver cuanto nos rodea de un modo nuevo.

   Pero, sobre todo, el Espíritu, como el fuego, quema. No quema a todos, sino a quienes se dejan quemar por Él. Porque muchos, que del Espíritu reciben luz y calor, saben quedarse a la distancia justa para beneficiarse de ellos sin quemarse. Se vive mejor con Dios que sin Dios. Y si, además, después te espera el Cielo para siempre, acercarse al Espíritu Santo es la mejor decisión para quien desea vivir bien, hoy y eternamente. Pero acercarse demasiado y quemarse supone morir. Y eso no es de todos. Abrasarse, perderlo todo, dejar que el «yo» quede reducido a cenizas, arriesgar la posición económica, la estima de los hombres, el prestigio, el descanso y las seguridades terrenas son apuestas demasiado fuertes, además de «innecesarias» para la mentalidad de un burgués cristiano. Pero hay algunos –aún quedan algunos– que se enamoran. Y entonces, olvidando prudencias y cautelas, se arrojan a la hoguera, se queman por completo, y queman cuanto tocan con el fuego del Amor de Cristo. Son los santos.

   Si quieres contarte entre ellos, tan sólo mide la distancia que te separa de la Hoguera. Porque tienes luz y calor. Pero tienes muchas más cosas, que perderás si te arrojas al fuego. A cambio… ganarás a todo un Dios.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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