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INTRODUCCIÓN Y CAPÍTULO I DEL “COMENTARIO AL CANTAR DE LOS CANTARES”

INTRODUCCIÓN

Fue durante la Semana Santa del año 2000 cuando escribí las primeras líneas del “Comentario al Cantar de los Cantares”. Son las referidas al v. 12 del primer capítulo: Mientras el rey se recuesta en su diván, mi nardo exhala su fragancia.

Leyendo ese versículo, se me mostró con toda claridad la escena narrada por san Juan en el capítulo 12 de su evangelio, en la que Jesús, sentado a la mesa en Betania, recibe el homenaje del perfume de nardo derramado por María. De tal manera quedé sorprendido ante aquella intuición, que quise escudriñar el libro enero del Cantar, versículo por versículo, buscando allí el anuncio de las bodas de Cristo con su Iglesia.

En su sentido literal, el Cantar de los Cantares es un poema de bodas, referido quizás a los desposorios del rey Salomón, aunque parece ser que se intercalaron versos pertenecientes a otros poemas nupciales. Pero en cada renglón de la Escritura, obra del Espíritu Santo, late Jesucristo, y yo quise buscarlo allí. Por eso me encomendé al mismo Espíritu que inspiró esas letras, y comencé mi tarea.

Desde la primera línea, escrita entonces, hasta la última, escrita hoy, 17 de enero de 2013, no he dejado de sorprenderme ni un solo instante. He comprobado cómo, cuando un cristiano se sitúa en oración ante la Sagrada Escritura, cada versículo se abre como una puerta y muestra la luz de Cristo de una manera muy dulce y muy diáfana. Todo en el Cantar de los Cantares me ha llevado a la Cruz, lugar donde, según los santos padres, se llevó a cabo el desposorio de Cristo con la Iglesia.

Los primeros capítulos de este comentario fueron publicados, mes a mes, en la revista digital Espiritualidad a lo largo de tres años. Después, en 2003, el trabajo parroquial me impidió continuar la labor literaria, y a lo largo de casi diez años este libro ha permanecido inconcluso, a falta de cinco capítulos. Por fin, en los últimos meses, he logrado el sosiego necesario para retomar la tarea y hoy, trece años después de escribir la primera línea, puedo dar por terminado el “Comentario al Cantar de los Cantares”. Laus Deo! Supongo que habrá que tener una dedicatoria especial a San Antonio, abad, en cuya fiesta escribo la última página.

No tengo otro propósito, al publicar este libro, que el de ofrecer al lector lo que Dios me ha regalado a mí. Quisiera poder ayudar a muchos a rezar con la Escritura, a escuchar la palabra que Dios pronuncia en cada verso, y a alcanzar mayor amor al Hijo de Dios que se muestra en las páginas de la Biblia. Buscar a Cristo en la Escritura puede convertir la oración en una “amorosa investigación” que, guiada por el Espíritu y en obediencia a la Iglesia, es capaz de cambiar muchas vidas como ha cambiado la mía. Así espero que suceda a quien se acerque a este pequeño comentario, y de antemano elevo a Dios mi oración por todos aquellos que en él busquen lo que he encontrado yo.

Galapagar, 17 de enero de 2013

Memoria de san Antonio, abad

1

¡Que me bese con los besos de su boca!

Mejores son que el vino tus amores;

mejores al olfato tus perfumes;

ungüento derramado es tu nombre,

por eso te aman las doncellas.

El Rey me ha introducido en sus mansiones;

Llévame en pos de ti: ¡Corramos!

por ti exultaremos y nos alegraremos.

Evocaremos tus amores más que el vino

¡con qué razón eres amado!. (Ct 1, 1-4)

¡Que me bese con los besos de su boca! Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, así será la Palabra que sale de mi boca: no volverá a mi vacía (Is 55, 10-11)

Nuestro Dios, que ha querido llamar a su Hijo Palabra, es un Dios que tiene boca: con ella habla y con sus labios besa. Y, como en Dios todo es uno, beso y Palabra son en Él la misma cosa. La Sagrada Escritura es Palabra para el entendimiento, ansioso de conocer a su Dios, y es beso para el alma, necesitada del Amor como la tierra reseca necesita el agua. El Hijo de Dios hecho carne, salido de la boca del Padre, ilumina ante nosotros el camino que lleva a la vida, pero, a la vez, se posa dulcemente en el alma como un beso de fuego que ya nunca se apaga.

Y así, mientras el beso del hombre se posa en la carne buscando el alma, a la que sólo levemente toca, y, tras un fugaz y triste alivio, pasando de largo, ambas deja cansadas e insatisfechas, el beso de Dios, que es su Palabra, se recuesta en el alma y allí permanece para siempre, sellando la carne y abrasándola con las dulces marcas de la Cruz. El beso de Dios no pasa nunca, mientras el hombre no aparte su rostro, y es su boca un manantial de Amor que jamás se agota ni mengua en su caudal. Por eso se dice en los evangelios que, cuando Cristo hablaba, las gentes le oían absortas, pendientes de las palabras de gracia que brotaban de sus labios (Lc 19, 48). Y si en el salmo escuchamos: en tus labios se derrama la gracia (Sal 44, 3), es porque esa gracia de Dios es el beso divino con que el alma está siempre tocando los labios del Amante.

Cuando Cristo es escuchado como Palabra, la misericordia y bondad de Dios, que Él nos anuncia, son luz que ilumina el camino: lámpara es tu Palabra para mis pasos (Sal 118, 104). Pero cuando el Hijo de Dios es recibido en el alma como beso, la bondad de Dios, más que verse, se gusta y paladea: gustad y ved qué bueno es el Señor (Sal 33, 9).

Mejores son que el vino tus amores; mejores al olfato tus perfumes. Sólo sabiendo que el beso de Dios, con el que ha sellado su amor a los hombres, es su Verbo divino, entendemos lo que sigue: el vino alivia primero olfato y paladar, y, tras ser bebido, alegra fugazmente el corazón. Pero pasan olor y sabor, y la alegría se torna tristeza al cabo de poco tiempo. Por ello entiendo que, en estos versículos, con el vino se señala al amor humano, capaz de embriagar la carne y consolar las penas tan sólo temporalmente. Siguiendo la pista de esta semejanza, el corazón humano se nos muestra como una copa de vino de dulce aroma: mientras se la ve de lejos, se muestra deseable y seductora; pero, al beber en ella, pronto olvidamos el olor, la garganta queda reseca como tierra estéril, y el corazón, al final, cansado e insatisfecho. Pocos conocen la otra copa: la del Amor de Dios, que fue vista por Cristo en el Huerto de los Olivos horas antes de padecer: esa copa divina, tesoro escondido y perla preciosa, muestra a la carne un aspecto repugnante, estremecedor: su aroma asusta y su sabor es amargo, porque es el cáliz sagrado de la Pasión. Pero, al beber de ella con reverencia, la carne recibe el dulce abrazo del Crucificado, queda estigmatizada y sellada con sus llagas, y el alma rebosa para siempre la dulzura del único Amor. Pocos, muy pocos, conocen esta copa, y entre quienes la conocen, menos aún son quienes la han gustado para quedar saciados y poder decir con verdad: mejores son que el vino tus amores; mejores al olfato tus perfumes.

Ungüento derramado es tu nombre, por eso te aman las doncellas. Mi corazón, como agua derramada, se derrite en mis entrañas (Sal 21, 15). En este salmo, Cristo crucificado es comparado al agua derramada, cuyo cántaro se ha roto. Al quebrarse el cántaro de su sagrada humanidad, su Amor quedó entregado y su Sangre derramada sobre el mundo y la Historia entera de los hombres. Tampoco podemos dudar que Cristo es llamado “nombre”, pues así se nos dice en los Hechos de los Apóstoles, cuando se nos cuenta que los discípulos marcharon del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre.(Hch 5, 41). Por eso, cuando leemos ungüento derramado es tu nombre, debemos entender que el Amor de Dios, manifestado en la Cruz, es un derramamiento de la divina Gracia, roto el cántaro de la carne de Cristo, y que esta Gracia es para el alma ungüento capaz de sanar todas sus heridas. Por eso Dios es amado por las doncellas, porque no todas las almas son capaces de recibir su Amor. Cuando un alma vive en adulterio, poseída por sus pecados, y sin querer liberarse de la servidumbre que le imponen, detesta acercarse a aquel lugar en que el Amor es ungüento derramado. La vista del cántaro roto, del cuerpo del Crucificado, le asusta y le hace temer no vaya ella a perder también el vino que celosamente guarda. Sólo la doncella, el alma que, habiendo rechazado las seducciones del mundo y habiendo dicho no a los ídolos, se reserva para el único Dios, es capaz de entrar en Amor con el Amor; y allí, en el Calvario, recibiendo el ungüento de la Gracia, es arrebatada por Cristo y hecha incapaz de amar a nadie sino a Él. Por eso te aman las doncellas.

Llévame en pos de ti: ¡Corramos! El Rey me ha introducido en sus mansiones. Llévame, Señor, en pos de ti; ¡Corramos! Huyamos de esta generación malvada, salgamos corriendo del alcance de las seducciones del mundo, y vayamos a aquel lugar donde sólo tú puedes ser amado. Y si me pides que, para seguirte, para huir contigo, me niegue a mí mismo y cargue con mi Cruz, concédeme la gracia de hacerlo de tal modo que esa cruz mía sea pesada y ligera como las alas de un pájaro, y con ella vuele lejos de toda tentación, hasta que sea introducido en tus mansiones. Sé, Señor, que aquí, en la tierra, esa mansión tuya, cámara real y alcoba nupcial, se llama Calvario. Sólo allí mi alma puede recibir tu Amor, y sólo allí, remontado el egoísmo de la carne, puedo entregarte todo cuanto soy… ¡Cuánto lo deseo, Dios mío y mi único bien, Amor de mi vida! ¡Y qué dolor tan grande, Amante traicionado y fiel, al ver que me introduzco en las moradas de los hombres para embriagarme con un vino de muerte! ¡Cuánto te he fallado! Estás solo en tu mansión, y me llamas, y no acudo… ¡Amor, dame alas de paloma para que vuele y por fin te abrace! ¿Hasta cuándo este desgarro, de amarte y no tenerte, y serte infiel hasta cuando te veo sufrir de Amor por mí? Mil veces, Vida mía, me has introducido en tus mansiones, me has llevado al Calvario, y mil veces he salido huyendo y te he negado… ¡Amor, Amor que dueles!

Y, aunque lleno de sonrojo por mis infidelidades, te diré que nada deseo en este mundo con más fuerza que ser llevado a tu presencia en el Gólgota.

Por ti exultaremos y nos alegraremos. Evocaremos tus amores más que el vino. Allí, cuando al fin te haya sido fiel, me alegraré y exultaré contigo, y tocaré en honor de tu nombre (Cf. Sal 9, 2), y mi alma y la tuya serán una y serán dos, y tu cuerpo y el mío, sufriendo la misma muerte, derramarán el mismo Amor. 

Allí, cuando te haya sido fiel, cuando haya bebido de tu mismo Cáliz, la amargura de la Cruz la recordaré como dulce aroma, y lo que mi carne sintió como látigo de muerte habrá quedado impreso, en mi alma y en mi recuerdo, como perfume de Vida, como buen olor de Cristo (2Cor, 2, 15)

¡Corramos! ¡Corramos, que el peligro está cerca!

¡Con qué razón eres amado! No me atrevo ahora a abrir los labios, porque si pretendiera en mi necedad explicar esas razones con palabra humana, se marchitarían en mis dedos como una flor cortada. Sólo quiero acercarme al Gólgota con el alma virgen, como doncella; abrir los ojos sin apartar ni un instante la vista; y allí, ante la contemplación del Amor en el manantial donde tiene su origen, decir yo también: “¡Con qué razón eres amado!”

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