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LOS HIJOS SIN PADRE Y LOS HIJOS DE DIOS

 

    Uno de los mitos más absurdos de nuestro tiempo es el “hombre hecho a sí mismo”, el “self-made-man”: aquél que comenzó de conserje en una pequeña oficina, o de repartidor de pizzas a domicilio, y, hoy día, dirige una multinacional. Entre un extremo y otro, toda una vida de esfuerzo y sacrificio para lograr abrirse un camino hacia la cima. Y, llegado a la cima… ¿Qué?

    Llegado a la cima, el self-made-man se muere como cualquier otro y se lo comen los gusanos. Luego pasas por delante de su sepultura, y te preguntas ¿para qué tanto esfuerzo? ¿dónde quedaron los libros que leíste, el dinero que ganaste, y la fama que te acompañó? Si no has sido más que eso, un “hombre hecho a sí mismo”, tendremos que decir de ti que fabricaste un producto muy perecedero.

    Frente a los titánicos esfuerzos por erguirse sobre la multitud del “hombre hecho a sí mismo”, veneramos hoy a la Mujer que vivió de rodillas; la que decidió llamarse “la Esclava del Señor”. El único deseo que tuvo en su vida, más que ensalzarse a sí misma, fue abajarse, humillarse para dar gloria a Dios; tenderse como un lienzo inmaculado sobre el que el Creador pudiese dibujar su obra maestra. No quiso luchar contra los hombres para sobresalir entre ellos, sino obedecer, someterse en todo a la Voluntad de Dios para que fuese Él quien brillase. Y el propio Dios eligió ensalzarla, librarla de las garras de la muerte, llevarla al Paraíso en cuerpo y alma y sentarla en un trono junto a su propio Hijo, por encima de los coros de los ángeles. ¡Qué paradoja! Mientras quien gastó sus fuerzas en “salirse con la suya” y ensalzarse sobre los hombres es devorado por los pequeños gusanos, quien no quiso sino someterse y obedecer como “hija de Dios Padre” ha sido levantada sobre los ángeles.

    Lo he escrito muchas veces, y lo repetiré de nuevo: la verdadera crisis que está azotando a Occidente no es, principalmente, económica. Suena a burla y a insulto que recibamos noticias sobre la crisis económica en nuestros televisores de plasma, mientras en el Cuerno de África los niños mueren a puñados por las calles. La verdadera crisis de Occidente es de orfandad, y, por tanto, de identidad. Al renegar de Dios, nos hemos quedado sin Padre, y este civilización huérfana y desorientada se cae a pedacitos.

    No es casualidad el que, desde los años 60 del siglo anterior, cuando comenzó la oleada de increencia que ha barrido esta parte del globo, la primera estadística en dispararse haya sido la de los divorcios. En el mismo momento en que Occidente renegó de su Padre, de Dios, sus niños comenzaron a perder también a sus padres, que ya no ejercían la paternidad en el Nombre del Señor. Si no existe un Padre en el Cielo, ¿qué interés tiene ejercer de padres en la tierra? ¿en qué modelo hubieran podido mirarse? Y así, muchos se divorciaron, y otros decidieron que, no habiendo recompensa en el más allá, lo mejor sería vivir regaladamente en el “más acá”, y dedicaron tanto tiempo a ganar dinero que apenas encontraron un momento para criar a sus hijos. Los niños tienen de todo, aunque la crisis económica esté poniendo en un brete el “derecho universal a la nintendo y al ADSL”, pero a sus padres apenas los ven, mientras se crían con una tata que cambia cada ocho meses.

    Desaparecida la figura del padre, con ella cayó también cualquier vestigio de autoridad. Puesto que el padre es quien, en nombre de Dios, nos enseña a distinguir entre el Bien y el Mal, y nos guía en los primeros años de la vida por el camino recto, desaparecido Dios del horizonte, los padres olvidaron que debían ejercer autoridad sobre sus hijos. Son muchos los que se acercan al sacerdote para decirle: “no puedo obligar a mi hijo de ocho años a que vaya a catequesis; no puedo obligar a mi hija de 11 años a que vaya a misa”… Semejantes tomas de postura sólo se entienden en unos padres que han olvidado que actúan en nombre de Dios, y que en ese mismo nombre deben ejercer su autoridad. Lógicamente, cualquier autoridad que no provenga de Dios deviene en tiranía, y ellos no quisieran ser tiranos. El resultado es que los niños y los jóvenes crecen sin más referente moral que uno: “lo que les da la gana”.

    Desde aquí debemos entender los terribles incidentes protagonizados por jóvenes en Londres la semana pasada, y desde aquí debemos entender también los gritos amargos de quienes se llaman “indignados” en España. En el fondo, no es más que una rebeldía ante cualquier tipo de autoridad. Su pretendida “manifestación anti-Papa” no es contra el Papa, sino contra el propio Dios, fuente de toda autoridad. Pero no son ellos los únicos: hemos visto, en España, cómo las propias fuerzas del orden se rendían ante ellos y retrocedían, dejándoles el campo libre para infringir las leyes, porque nuestros gobernantes tampoco creen en la autoridad; tienen miedo de ser tildados de “fascistas”.

    Cada fin de semana, y ahora, en verano, todas las noches, tengo frente a mi ventana a más de cuarenta jóvenes practicando el “botellón” hasta el vómito, hasta la náusea, hasta el desmayo y el navajazo. Aparte del insomnio, he obtenido una resonancia magnética de estas generaciones futuras: están perdidos porque no tienen padres, y no tienen padres porque Dios Padre ha sido borrado de su horizonte. Hace diez días recibí a un joven que venía desangrándose por la pierna a causa de una cuchillada. Estaba completamente drogado, y no me permitió llamar al médico ni a la policía. Llegó, lloró y se marchó descalzo como había venido. Sólo me permitió darle un rosario, que supongo miraría con extrañeza cuando despertase del sueño.

    ¿Para qué seguir relatando? Sin Dios no hay Padre, sin padre no existe autoridad, y sin autoridad todo está permitido. Así de sencillo.

    Las palabras que pronunció David Cameron la semana pasada, cuando dijo que una parte de la sociedad estaba enferma, me parecen insuficientes de todo punto. Occidente comenzará a recuperarse de su verdadera crisis cuando un líder internacional de la talla de Cameron, Sarkozy o Merkel diga: “Nos hemos equivocado. Debemos volver a Dios urgentemente”. Hasta que eso no suceda, seguiremos cayendo en barrena. Y, aún cuando eso suceda, no sabemos con seguridad si ese líder será seguido o abandonado. Pero, sea lo que fuere, al menos habrá dejado un testimonio claro: los tres conceptos que urge recuperar para Occidente son Dios, autoridad, y familia.

    Hay esperanza. En estos próximos días veremos en España a un aluvión de juventud nueva, alegre, limpia y llena de vida. Lo que les distingue de los demás es que ellos vienen, precisamente, buscando al padre, al Papa, a Dios. Y en sus ojos veremos un futuro luminoso, y sabremos que no todo está perdido. Ellos no quieren ensalzarse, sino obedecer, y por eso vienen a escuchar a quien representa la mayor autoridad sobre la Tierra en una Familia Universal, Católica. Ellos son los hijos de María, la Hija del Padre. Viéndolos, recordaremos que hay futuro, mucho futuro, porque quien hace la Voluntad de Dios permanece, como María, para siempre. Ellos son la solución a la verdadera crisis de Occidente.

José-Fernando Rey Ballesteros

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