• Espiritualidad digital

Los que nunca están contentos

        A menudo me encuentro con personas que nunca están contentas. Son como caminantes que cruzan senderos estrechos y llenos de ramas en medio de la tormenta, y siguen caminando con la esperanza de alcanzar una llanura en la que poder levantar su casa. No saben dónde está esa llanura, pero sueñan con que, detrás de la próxima loma, la encontrarán. Cuando alcanzan la loma y ven que el camino sigue oscuro y la tormenta no cesa, se decepcionan y siguen caminando por si el lugar que buscan aparece al fin. Rezan para que Dios se lo muestre, y se enfadan con Dios porque no lo encuentran. Pasa el tiempo, y deberían detenerse a pensar que ya han cumplido más años buscando su paraíso terrenal que los que podrán cumplir en él si lo encuentran. Pero parece que no les importa, y siguen buscando. Todos ellos mueren en el camino.

    Deberíamos ser realistas para no perder la vida en sueños fatuos, y emplearla en el único sueño por el que vale la pena morir. Desengañémonos: en esta vida no hay momento de “calma chicha”. No existen esas llanuras, porque la vida sobre la tierra es batalla constante. Cuando termina un problema, no tarda en aparecer el siguiente, y siempre hay otros diez esperando en cola para suplir al que se solucione. Deberíamos dejar de esperar años tranquilos. Los años nunca lo son para los vivos.

    Sin embargo, tenemos un hogar en el Cielo. Allí está la llanura que muchos esperan encontrar aquí, y es mucho más hermosa de lo que piensan. Tan sólo yerran en su impaciencia. El descanso no está en el camino, sino al final del camino. Y cuanto más nos cansemos, antes llegaremos. Pero es preciso recorrerlo con ese Amor que llevó a Cristo, el verdadero Camino, a entregar su vida sin reservas. Quien camina por Él sabe que no hay parte de su cuerpo que no esté llagada. Y que el verdadero descanso de caminante, más que en praderas que no existen aquí, se encuentra, precisamente, en esas llagas. A través de una de ellas, la del Costado, llegaremos a casa. Pero es preciso no volver a pensar en detenerse antes de alcanzarla.

José-Fernando Rey Ballesteros

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