• Espiritualidad digital

Mi última palabra

    Como cristiano, y como sacerdote, me siento llamado a gritar, porque tengo algo que anunciar a los hombres, y ese algo me quema por dentro. Pero si fuese a quedarme afónico, y sólo tuviera aliento para decir una frase, concentraría todo mi aliento en proclamar que hemos sido redimidos.

    Sé que la verdad central de nuestra Fe confiesa que Cristo ha resucitado. Pero de poco sirve hablar de las cosas del cielo a quienes tienen sus ojos puestos en la tierra. Es como pasear en globo ante una procesión de hormigas. Si sólo me quedase una palabra por decir, yo procuraría hincarla en tierra con todas mis fuerzas, y elegirla muy bien para que, una vez clavada profundamente en el suelo, se elevase desde allí, como una escala para los ojos, levantando las miradas hacia las mayores alturas. Por eso elegiría “redención”.

    Puede que también hubiera que dejar un diccionario a mano, pero asumiré ese coste. El lenguaje whatsapp con el que hoy día nos comunicamos es tan calculadamente flácido que no sirve ni para plantar una estaca. Por eso, mi última palabra sería arriesgada: para ser entendida, necesitaría un poco de esfuerzo en el oyente. Ahora bien, quienes se molestasen en averiguar su significado podrían atestiguar que el esfuerzo mereció la pena.

    Con whatsapp o sin whatsapp, en 3D o bajo los efectos de un botellón, la gente sufre. Y todos, sin excepción, buscan salida a su sufrimiento. Unos creen que maltratando a los demás sufrirán menos, otros se refugian en el alcohol, otros se cobijan en la tecnología en busca de mundos virtuales, y otros se cubren de dinero y de bienes materiales para tratar de aliviar su dolor. Si las palabras “libertad” y “amor” se repiten incesantemente en nuestros días, es porque los hombres se sientes cautivos y solos. A nadie le gusta que se le diga, y por eso no gastaría yo mi última frase diciendo «sois unos desgraciados». Todos lo saben. ¿Para qué decir que existe lo que todos tocan? No. Yo les diría: «Han pagado por ti. Han cubierto tu rescate, y ahí fuera te esperan para llevarte a casa. Se acabó tu condena».

    Sé que muchos no lo creerían. No basta una palabra, aunque sea la última. Sería necesario mostrar que hay vida más allá de los muros de la cárcel. Pero, con que dos o tres lo creyesen, y a la vista de todos cruzaran esos muros y vivieran en libertad, la buena noticia se propagaría rápidamente, y la escala que planté en tierra se llenaría de presos en fuga. De manera natural surgiría en el ambiente la pregunta: «¿Quién ha pagado por mí? ¿Quién me espera para llevarme a casa?». Y, entonces, esa palabra que hasta entonces no despertaba sino desconfianza y hastío entre los hombres, pronunciada llena de alegría por quienes son ya libres, se convertiría, de repente, en la palabra más acariciada, más gritada y proclamada del presidio: ¡Cristo!

José-Fernando Rey Ballesteros

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