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MUJER SE DICE “MARÍA”

 

Creó Dios al ser humano a imagen suya. A imagen de Dios los creó, hombre y mujer los creó. (…) Vio Dios cuanto había hecho, y todo era bueno (Gén 1, 27. 31).

    El hombre y la mujer estaban dotados de esa perfección en su entendimiento, en su voluntad y en sus afectos, que los hacía semejantes a Dios. El corolario de aquellas perfecciones era la libertad, que convertía al ser humano en capaz de amar y le permitía unirse en amor a su propio Creador. Pero fue precisamente la libertad la que el hombre volvió hacia las criaturas, dándole a Dios la espalda. En aquel momento, todo se vino abajo.

    Quien dude del pecado original debe tener los párpados pegados entre sí con cera. Basta abrir los ojos para darse cuenta de que el estado actual del ser humano dista mucho de la perfección para la que fue creado por Dios. Tras aquella primera caída, la apetencia del hombre quedó vuelta hacia el mal, entregada de modo desordenado a las criaturas y apartada de los bienes celestiales. Desde entonces surgen en el hombre deseos de mentira, odios, envidias, soberbia, pereza, lascivia… ¡Para qué seguir!

    Dijo Dios a la serpiente: enemistad pongo entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te pisará la cabeza mientras tú acechas su talón (Gén 3, 15). Compadecido, prometió Dios un remedio a tanto daño, y prometió que ese remedio vendría a través de la mujer, la misma que había sido mediadora en el pecado. Y, pasados los siglos –que así, con esta “pachorra”, se las gasta Dios- en el vientre de Ana cubrió con sus manos a una pequeña criatura para que Satanás no la marcase con el sello que Eva había puesto en sus manos. Volvía a la tierra el Paraíso; volvía a existir un lugar bajo el sol donde el Maligno no tenía poder alguno; el Paraíso Terrenal se llamó María.

    ¿Puede Dios crear una piedra tan pesada que Él mismo no la pueda levantar? No tengo la menor idea. Pero, si la crease, no sería Dios; sería un idiota. Sin embargo, ¿puede Dios crear un ser tan hermoso que Él mismo caiga rendido de Amor ante sus encantos? Puede. Puede, y lo hizo. Esa criatura es María. La belleza de la Inmaculada brilla en las tres llamadas con que Dios distinguió a la mujer. En Ella se unieron las tres, y las tres recibieron un “sí”. Dijo “sí” a ser Virgen, consagrada por entero al Amor del Dios amante. Dijo “sí” a ser madre, que entrega su cuerpo como tierra fértil y da su vida para que una nueva vida nazca. Dijo “sí” a ser esposa, y creadora, con su amor y su abnegación, del hogar más cálido que jamás ha existido en la tierra: el Hogar de Nazareth. De este modo, dejando, con su sencillez y su obediencia, que el Poderoso hiciera obras grandes por Ella, (cf. Lc , 49) lució y luce hoy ante Dios como la más hermosa de las criaturas.

    Si a través de la mujer vino la perdición, también a través de ella ha venido la salvación. A día de hoy, la crisis moral que padece Occidente ha tenido su inicio y su causa en la crisis de identidad (¿o debería decir “de fidelidad”?) de la mujer. La mujer que se ha convertido en modelo y prototipo, la que llena los telediarios y las portadas de las revistas, la que protagoniza nuestras películas y llena las series de TV, es la mujer que ha dicho “no” a las tres llamadas de Dios sobre ella. Es la mujer que se avergüenza de la virginidad como de un baldón; la que, a los 15 años, no se atreve en el instituto a decir que es virgen porque se reirán de ella, y procura hacer lo posible para desprenderse de su virginidad como de una erisipela. Es la mujer capaz de matar a su hijo en sus entrañas con tal de no afrontar el sacrificio de ser madre; la que piensa que la maternidad es un obstáculo para su “realización personal y profesional”, y la que grita que tiene derecho a planificar su progenie en razón de sus planes egoístas. Es la mujer que ya no quiere ser la esposa que crea hogar, sino la que trabaja fuera de casa, como el hombre; pero es también la misma que, a la vez que se le llena la boca hablando de la igualdad de sexos, siempre buscará a otra mujer para que cuide a sus hijos y realice las tareas domésticas a cambio de dinero. Es curioso, nadie quiere un “tato”; todas quieren una “tata”…

    Por el mismo motivo, la crisis moral que padecemos llegará a su fin cuando la mujer deje de mirarse en las portadas de las revistas y vuelva a mirarse en la Inmaculada. Ese día, cuando, quizá asqueada de su estúpida aventura, lleve sus ojos de nuevo a Dios y se sienta reflejada en María, Occidente comenzará de nuevo a amar a Cristo. Y lo hará como siempre se ha hecho todo: a través de la mujer.

José-Fernando Rey Ballesteros

P.D.- ¿Han comprado ya Las redes en la Red?

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