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¡OH, JESÚS!

 

    La meditación de los dolores que Jesús de Nazareth sufrió durante su Pasión requiere una explicación. No es fácil entender, a primera vista, por qué los cristianos contemplamos los misterios dolorosos del Santo Rosario, o por qué cada viernes, y, con más intensidad, cada Semana Santa, volvemos nuestra mirada sobre los latigazos, la corona de espinas, los insultos, humillaciones y escupitajos, los clavos en manos y pies, y el tormento último de la muerte en cruz. ¿Qué sentido tiene? No basta con alegar que Jesús sufrió aquellos tormentos por salvarnos de la muerte. Si alguien, por ejemplo, se arrojase a las vías del ferrocarril para salvarme de un atropello, y a cambio resultase él mismo aplastado por el tren, desde luego le guardaría gratitud perpetua… Pero no creo que, cada año, en el aniversario de su muerte, me entretuviese yo en recordar cómo su sangre empapó el suelo, o cómo fue aplastada su cabeza, o cómo resultaron triturados sus huesos. Francamente, sería de pésimo gusto. Sin embargo, durante dos mil años, la Iglesia parece empeñada en no olvidar todos y cada uno de los padecimientos que Jesús sufrió por nosotros… ¿Por qué? ¿No basta saber que entregó su vida por salvarnos para guardarle gratitud perpetua? ¿Qué sentido tiene recordar lo más desagradable y doloroso, cuando ya no hay remedio para ello?

    Si la Pasión de Cristo fuese un acontecimiento pasado y, por tanto, ya cerrado, la memoria de sus tormentos sería el ejercicio más triste e inútil del mundo. Yo también prefiero llenar mi álbum de recuerdos con fotografías alegres. Pero si Cristo está crucificado hoy, y lo está hasta el final de la Historia, dirigir la mirada hacia otro lugar representa la suma ingratitud.

    La Pasión de Cristo no quedó cerrada en el intervalo de tres horas. Sobre la Cruz abarcó los tiempos y abrazó el cosmos entero, cargando sobre sí todos los pecados cometidos por todos los hombres de todas las épocas. Eso nos incluye, desde luego, a cada uno de nosotros. Somos contemporáneos de Jesús crucificado. Y lo que hacemos cada vez que pasamos la cuentas del Rosario sobre los misterios dolorosos, o cada viernes al rezar el Via Crucis, o cada Semana Santa al meditar la Pasión, no es recordar algo que sucedió hace dos mil años, sino contemplar el dolor de quien nos está salvando hoy. La Pasión de Cristo, como sus llagas, está abierta ante nosotros, y no sumergirnos de lleno en ella supondría, además de dejar solo a quien sufre nuestras culpas, quedar fuera de la salvación que ha venido a traernos y hacer inútil el derramamiento de su preciosa sangre. No somos amantes del dolor que gocemos ante la contemplación del sufrimiento; somos pecadores que nos asimos a la mano amorosa y llagada que nuestro Divino Salvador nos tiende desde la Cruz.

    ¡Oh, Jesús! ¡Que tanto hayas sufrido por nosotros, para que, a cambio, aprovechemos tu Pasión para salir de vacaciones! Tú, que jamás pecaste, que eres la santidad misma encarnada y amante, has subido al patíbulo de la Cruz para pagar nuestros pecados, y, a cambio, nosotros te dejamos solo o nos conformamos con llorar desde la distancia sin querer poner los hombros bajo el leño. Van los hombres mendigando amor unos de otros, como pobrecitos sedientos de cariño, y el Amor que tú derramas a borbotones por la llaga de tu costado, el único Amor que puede saciar el corazón del ser humano, cae al suelo porque no quieren dirigir los ojos a tu Cruz. ¡Oh, Jesús! ¿Dónde van a descansar nuestras miradas si no es en tu rostro ensangrentado? ¿Dónde va a saciarse nuestra sed si no es en la fuente que mana agua y sangre de tu pecho? ¿Dónde encontraremos refugio que nos ponga a salvo de nuestros enemigos, si no es en las cinco grutas de tus sagradas llagas? No permitas, Señor, que busquemos otro hogar aquí en la Tierra lejos de tu Cruz, porque sólo allí donde Tú estás puede el hombre decir “hogar”. Y así será este hogar, el Calvario, nuestra tienda, hasta que la peregrinación termine y de allí pasemos al Hogar del Cielo, donde no habrá dolor, ni luto, ni llanto, ni muerte. Pero, entre tanto, Dios nos libre de apartar nuestros ojos de este sagrado Gólgota. ¡Oh, Jesús!

José-Fernando Rey Ballesteros

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