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Olor a guerra en Europa. Cuestiones morales

   Huele a guerra en Europa, circundada de conflictos por todas sus fronteras terrestres, es decir, por el este y por el sur. Rusia, Afganistán, Libia, Israel, Siria, Irak, y la facilidad con que la atmósfera bélica pueda extenderse a Egipto y al norte de África, donde la religión musulmana convierte el territorio en campo de batalla. No sabemos lo que aguantará el cascarón de este huevo con yema de oro llamado Europa en quebrarse, sometido a la presión de esa mano que se cierra vigorosamente en torno a él. Sobre todo, porque la presión no es sólo externa. Las democracias europeas, con sus garantías y su entramado de libertades, han mostrado su debilidad a la hora de convertirse en paso franco para todos los fanáticos procedentes del entorno musulmán que han querido asentarse en ellas. El enemigo, por tanto, se encuentra también dentro. Los ejércitos del viejo continente llevan muchas décadas sin combatir en misiones que no sean «de paz», y no parece que hayan empleado los últimos años, marcados por la crisis económica, precisamente en reforzarse. La impresión que tiene un simple lector de prensa es que, al final, todo es cuestión del tiempo que tarde en crujir el cascarón del huevo con yema dorada.

   Pido a Dios que cambie el viento, que se apaguen los fuegos y se refresque el aire que nos circunda. Pero, si esto no sucediera, si finalmente Europa se viese envuelta en un conflicto bélico de dimensiones inimaginables… ¿Cuál sería la toma de postura de la Iglesia, y cuál debería ser la actitud de un cristiano que se viera envuelto en una guerra?

   En cuanto a la toma de postura de la Iglesia, como institución, poco tengo que decir, porque ya está dicho. Tanto el papa Francisco como el secretario de Estado del Vaticano, mons. Parolin, han expresado de forma clara la postura de la Iglesia: es preciso frenar al agresor, pero debe tratar de hacerse por medios no violentos, es decir, diplomáticos. Como institución, la Iglesia no puede decir otra cosa a día de hoy. Pero cualquiera que haya visto las imágenes de las decapitaciones de los periodistas americanos comprenderá que a ese señor encapuchado con un machete en la mano la diplomacia le dice más bien poquito. No acabo yo de verlo sentado a una mesa con el embajador americano. Por tanto, el cuadro es el siguiente: una persona está agrediendo a otra, y el Papa se acerca y les pide que se sienten a hablar. Eso es normal; no va el pobre Papa a jalear al ofendido para que tome otro machete y le rebane el pescuezo al ofensor. Pero, una vez pronunciadas las palabras del Papa, el de la capucha negra se niega a escuchar y sigue a lo suyo… ¿Qué hacer?

   Hay mucho escrito, en la Biblia y en las enseñanzas de los papas, acerca de la guerra justa. También el Catecismo de la Iglesia Católica se refiere a ella. Del mismo modo, hay muchísimo escrito sobre las excelencias del martirio. A primera vista, dado que uno tiene que elegir entre defenderse y dejarse matar, guerra justa y martirio parecen incompatibles entre sí… ¿Lo son?

   No lo son. El motivo es que ambas doctrinas van dirigidas a distintos sujetos. La doctrina de la guerra justa debe aplicarse a los Estados, mientras la del martirio se refiere a las personas. Además, la doctrina de la guerra justa marca los límites de la licitud, mientras la del martirio apunta a los horizontes de la santidad. No es lo mismo. No todo lo que es lícito es heroico, ni basta para canonizar a una persona. Por defenderse de manera proporcionada ante una agresión nadie peca (ésta es la doctrina de la guerra justa), pero tampoco canonizan a nadie por haberse defendido. Por morir mártir sí puede ser uno canonizado.

   Como la santidad es atributo de las personas, no de las instituciones, un Estado no puede decidir morir mártir. Más bien, tiene la obligación de defenderse y proteger a sus ciudadanos. Por eso los ejércitos son lícitos, y la profesión militar es tan adecuada para un cristiano como cualquier otra profesión honrada. El cristiano que, en el marco de una guerra justa, sale al campo de batalla y dispara su arma no peca. Paradójicamente, pecaría si decidiese morir mártir en el campo de batalla y tirase el arma, porque con ello faltaría a la obediencia debida, desprotegería a aquellos a quienes tiene obligación de proteger, y rompería el compromiso contraído cuando libremente se alistó en el Ejército. Si ese cristiano quiere ser santo, debe procurar ser un buen soldado. Y, probablemente, lo más difícil para él sea cuidar su propio corazón: no debe albergar odio hacia sus enemigos. He ahí su horizonte de santidad.

   Segundo caso: supongamos que la guerra se extiende y los Estados europeos movilizan a la población. ¿Tiene un cristiano obligación de obedecer, vestir el uniforme, y servir como soldado en el campo de batalla? La única respuesta posible es que, en ese caso, debe actuar en conciencia. Por un lado, tiene obligación, como ciudadano, de obedecer a las autoridades que lo movilizan. Por otro lado, nadie puede obligarle a matar a un semejante. Por ello, debe escuchar la voz de Dios en su interior y tomar su decisión. La objeción de conciencia no es pecado. Pero, cuando en Europa había guerras, ese tipo de objeción llevaba aparejada la pena de muerte. Comparta o no comparta su postura (es asunto opinable), me merecen mucho respeto quienes no temen morir por ser fieles a sus principios. Esto abre otro horizonte de santidad.

   Tercer caso: el invasor entra en mi casa y me amenaza de muerte si no reniego de mis creencias (nada raro, teniendo en cuenta el tipo de invasor del que hablamos). En ese caso, se abren ante mí dos posibilidades: tengo derecho a defender mi vida usando la violencia, y también puedo elegir no resistirme por la fuerza, ser fiel a Dios, y morir por Él. En el primer caso, tengo lo que me quede de vida para seguir aspirando a la santidad. En el segundo, la consigo por la vía rápida, y fecundo con mi sangre –semilla de cristianos– el campo de este mundo. Cada cual sabrá…

   En los tres supuestos se abren para el cristiano caminos de santidad. Hay otros que están cerrados para quienes desean ser santos: el de vestir el uniforme y disparar al aire es uno de ellos (para eso mejor objetar). Y hay también caminos que conducen al pecado: el de odiar al enemigo y –desde luego– el de renegar de la fe o blasfemar para salvar la vida.

   Espero, de corazón, que estas líneas que acabo de escribir no sirvan absolutamente para nada en los próximos doscientos años… O más.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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