• Espiritualidad digital

Velando a un Dios dormido

   Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca (Ct 2, 7).

   La Iglesia que peregrina por el mundo es la barca azotada por las olas. El pecado y la muerte la golpean, la zarandean y la cubren. Vivimos la tormenta que no cesa. Y, junto a tantos hombres asustados, esa barca lleva dentro a un Dios dormido. No está muerto, sólo duerme. Míralo en la Eucaristía. ¿No ves allí, en el sagrario, en la custodia, en las manos del sacerdote, a un Cristo silencioso y manso? Como el niño dormido tiene que ser llevado a la cama en los brazos de sus padres, así Jesús, en la Hostia, es llevado al sagrario en volandas por el sacerdote tembloroso, que sabe que entre sus dedos duerme Dios. Si, un día, despertase entre el altar y el tabernáculo, un estallido de luz transfiguraría al propio sacerdote, mientras el pecado y la muerte se tenderían, mansos, en la nada. Pero, día tras día, Jesús se recuesta, dormido, en el altar, entra dormido en los cuerpos y las almas de los fieles, y es llevado dormido a los sagrarios, donde descansa como un niño en una cuna. Entre tanto, la muerte y el pecado cubren la tierra, y es tanto el ruido que provocan, que cualquiera diría que se han hecho con el mundo, y que el día es definitivamente suyo.

   También en mi alma duerme Cristo. Habita en ella; lo sé. Pero allí descansa, porque el alma en gracia es morada de Cristo, y sólo en su morada puede un hombre descansar. Por eso duerme. En ocasiones me preguntan: «¿Qué siente usted mientras celebra la Eucaristía?». Les respondo con la verdad: «Siento unas enorme ganas de fumar. Y, si celebro a última hora de la tarde, siento hambre». Y es que yo a Jesús lo amo con todas mis fuerzas, pero no lo siento, porque duerme y no hace ruido. Sé que está aquí; debo vivir de fe. Pero Él habita el alma en silencio. Un día despertará, y ambos amaneceremos en el Cielo. Mientras tanto, una jauría de perros furiosos rodea su cama y ladra sin cesar. Tentaciones, dolores, urgencias, enfermedades, rebeldías, impaciencias, pasiones que gritan, cansancios que lloran, heridas que se vuelven alaridos… Anda el alma agitada, y es tan sonoro el ruido de los perros que cualquiera diría que hubieran tomado la casa. Sólo Jesús parece descansar allí. Y, sin embargo, mientras Él prolongue su sueño, mi alma es un sagrario.

   Dejad dormir a Dios. No queráis despertarlo. Y no tengáis miedo. Si Dios duerme, ¿por qué andamos nosotros agitados? Su sueño es nuestra paz.

   Cuando le plazca, despertará. Y el día será suyo; Él mismo será el día. Cuidad tan sólo de que, cuando ese momento llegue, no estemos nosotros durmiendo en el pecado. Velemos el sueño de Dios, que un Dios dormido también nos cuida.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Dos parientes lejanos de Pinocho

   Dos bloques de madera. Ambos del mismo árbol, y cortados a la vez. Ambos fueron a parar al mismo taller, y con cada uno de ellos el mismo artista talló una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Idénticas ambas, salvo por leves diferencias que no se aprecian a simple vista. Casualmente, las dos imágenes acabaron expuestas en dos templos vecinos.

   El Sagrado Corazón es siempre el mismo, sea cual sea la madera que lo muestre o el árbol del que salió. Pero, en este caso –y esto no tendría por qué ser relevante– el árbol debió ser talado en el bosque que parió la madera de Pinocho, porque estos bloques de madera tenían vida propia. He escrito que no tendría por qué ser relevante; y es que, por mucha vida propia que tengas, si tallan con ella la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, lo mejor que puedes hacer es abandonarla y entregarla por entero a Aquél cuya faz ha quedado impresa en ti. Pero estos maderos debían estar ocupados en algo cuando se impartió esa lección, y siguieron teniendo vida propia después del policromado.

   El primero de ellos se sorprendió cuando, ya expuesto cerca del presbiterio, una anciana se acercó a él para besarlo. Al no ser muy inteligente (Pinocho tampoco lo era) pensó que lo besaban a él. Cuando, al cabo de los días, hubo recibido más de seiscientos besos, padeció un ataque de algo aún no catalogado, y pensó que, como él era un simple bloque de madera, aquella gente le rendía un culto injusto y humillante para ellos. «¡Qué se habrán creído! –se dijo–. Estas pobres personas han perdido su dignidad. Me están besando a mí, como si fuera yo superior a ellos, cuando no soy nada. No debo permitirlo. Lo mejor que puedo hacer por estos hijos de Adán es impedir que me rindan culto. Así recuperarán su autoestima, y entenderán que yo, un bloque de madera, no soy un ser superior». Y, bajo los efectos de ese ataque de algo aún no catalogado, decidió criar espinas por todo su cuerpo, para que quien quisiera besarlo recibiera un buen pinchazo. Ni que decir tiene que el pobre terminó en un almacén cercano a la sacristía el resto de sus días.

   El segundo bloque de madera experimentó una sorpresa similar a la de su hermano cuando hubo recibido los primeros seiscientos besos. Tampoco él era muy inteligente (como no lo era Pinocho). Pero, en su caso, el ataque que sufrió, catalogado o no, lo movió a creer que aquellas personas lo amaban locamente en cada beso. Primero se creyó guapo. Más tarde, se creyó Dios. Y fue tanta su satisfacción, que de puro gusto comenzó a destilar resina y a volverse pegajoso. Al comprobar que los labios quedaban adheridos a la imagen, e impregnados en algo que no sabía precisamente bien, la gente dejó de besarlo. Y cuando ya no se lo podía ni tocar, porque estaba empapado en satisfacción resinosa, lo acabaron llevando a un almacén cercano a la sacristía, donde permaneció encerrado el resto de sus días.

   Yo creo que, principalmente, la culpa fue del taller. Hay que educar mejor a los bloques de madera. Pero, para ser justos, habrá que decir que el tal Pinocho también se las traía. Las culpas andan muy repartidas.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Urgencia de la filosofía

   Lo que está sucediendo en España no tiene buen aspecto. Pero tendríamos que ser muy necios para pensar que se trata de un estallido, de una reacción más o menos radical y explosiva ante la multiplicación de casos de corrupción y la duración de la crisis económica. No es así. Lo que está sucediendo en España, más bien, tiene que ver con el triunfo del slogan, con la seducción de las masas a través de las emociones, y con la desactivación de los cerebros. Es el fruto de muchas décadas en las que la verdad no ha importado a casi nadie, mientras la «libertad», entendida como acceso fácil al placer, se ha convertido en un valor absoluto. Hay mucho dinero de por medio en este proceso. No debería extrañar la multiplicación de casos de corrupción.

   La televisión, y otros medios de transmisión rápida de contenidos, como Internet o las redes sociales, han creado, finalmente, una sociedad en la que las ideas (pocas) se entregan ya pensadas, como los envases con comida precocinada que compramos en los supermercados. Son muchos quienes se conforman con esas ideas, sin tomarse la molestia de contrastarlas con la realidad, por el mero hecho de que son agradables y prácticas. A nadie le importa el «qué». Pero sabemos del «cómo» más de lo que ninguna generación ha sabido nunca. Las humanidades y las letras casi han desaparecido de los planes de estudio, mientras la tecnología está al alcance de niños de cuatro años. No hay filósofos, no hay metafísicos. La antropología se ha convertido en el estudio de Atapuerca, y la cosmología debe ser algo relacionado con las naves espaciales.

   La gran pitonisa, la oráculo de nuestro siglo, mal que les pese a algunos, fue Leyre Pajín. Ella reveló la clave que desentraña el secreto del Occidente del siglo XXI, cuando habló de la «conjunción cósmica» señalada por la coincidencia de los mandatos de Zapatero y Obama. ¡Tenía razón! Fue ZP quien aportó otra de las claves, al enmendar la plana al mismo Dios encarnado, y corregir su sentencia: «La libertad os hará verdaderos», dijo el oráculo. Y, si tenemos en cuenta, como más arriba he escrito, que «libertad» significa hoy «acceso fácil al placer», este evangelio vuelto del revés quería decir: «¡Olvidaos de la verdad! ¿A quién le importa? Disfrutad de la vida y dad por aprobada la metafísica».

   No es sólo en España. La nube de zapaterismo (llamémoslo así, ya que somos españoles) ha cubierto la Tierra entera, y se ha infiltrado en todo lugar provisto de ventanas. También en nuestra Iglesia, cuyas ventanas se han mostrado especialmente vulnerables a través de la Historia. Santo Tomás de Aquino ha desaparecido de nuestras catequesis y predicaciones. En los seminarios se enseña más sociología y psicología que filosofía. Las prédicas de los sacerdotes, las catequesis, y las formas de desenvolverse de nuestras reuniones litúrgicas u oracionales hablan más al corazón que a la cabeza. En algunos casos, incluso a las vísceras. A lo sumo, se nos proporcionan slogans fáciles, apenas razonados aunque muy sonoros. Hablar sobre materia y forma de los sacramentos a jóvenes de 16 años parece un atentado contra la juventud. Nos preocupamos más de entretener, divertir y emocionar a los fieles que de instruirlos… ¿Qué vamos a esperar de ellos? Si los tomamos por necios, no debería extrañarnos que los convirtamos en necios. Eso sí: necios con emociones religiosas.

   Si nadie lo hace, los cristianos deberíamos tomar la delantera y ser los primeros en convertirnos: es urgente enseñar a los hombres a pensar. Debemos recordarles que tienen alma, entendimiento, y capacidad de raciocinio. Es urgente dejar de divertir a la gente y enseñarles a aburrirse con lo que importa: conocer la verdad. Es preciso instruir a los hombres, y proporcionarles conocimientos sólidos de filosofía y teología que les ayuden a distinguir lo auténtico de lo falso en toda esta maraña de emociones. Porque si nuestros cristianos no saben conocer la verdad, jamás podrán conocer «de verdad» a Dios. Y, sin ese conocimiento, no hay vida eterna. Habrá powerpoints, whatsapp, fibra óptica, música, baile y educación de la afectividad… Pero no habrá vida eterna. Y, en cuanto a la temporal, tal como vienen las cosas, mal asunto.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Fuego que calienta, ilumina y quema

   El Espíritu es fuego porque calienta, es fuego porque ilumina, y es fuego porque quema.

   Como el fuego, el Espíritu calienta a quien se acerca a Él. No es un calor cualquiera, sino calor de Hogar, porque es aire de Cielo. Muchas personas experimentan esa sensación al convertirse y acercarse a la Iglesia después de muchos años de ausencia, o al ser recibidos en ella por primera vez: «¡Me siento en casa!» Otros, que llevan años gozando de ese calor, no lo advierten hasta que un pecado o una rebeldía los aleja de Dios. Entonces sienten frío en el alma.

   Como el fuego, el Espíritu ilumina a quien abre los ojos bajo su resplandor. Se ve la Tierra con luz de Cielo, y cada cosa, cada persona, cada acontecimiento adquiere color y relieve. Todo resplandece, hasta lo que el mundo considera «malas noticias». Y uno experimenta la sensación de haber estado ciego cuando no distinguía más que bultos en cosas y personas, cuando todo se valoraba por su peso y su tacto, pero se desconocía el brillo de la verdad. Especialmente, el don de Ciencia nos hace ver cuanto nos rodea de un modo nuevo.

   Pero, sobre todo, el Espíritu, como el fuego, quema. No quema a todos, sino a quienes se dejan quemar por Él. Porque muchos, que del Espíritu reciben luz y calor, saben quedarse a la distancia justa para beneficiarse de ellos sin quemarse. Se vive mejor con Dios que sin Dios. Y si, además, después te espera el Cielo para siempre, acercarse al Espíritu Santo es la mejor decisión para quien desea vivir bien, hoy y eternamente. Pero acercarse demasiado y quemarse supone morir. Y eso no es de todos. Abrasarse, perderlo todo, dejar que el «yo» quede reducido a cenizas, arriesgar la posición económica, la estima de los hombres, el prestigio, el descanso y las seguridades terrenas son apuestas demasiado fuertes, además de «innecesarias» para la mentalidad de un burgués cristiano. Pero hay algunos –aún quedan algunos– que se enamoran. Y entonces, olvidando prudencias y cautelas, se arrojan a la hoguera, se queman por completo, y queman cuanto tocan con el fuego del Amor de Cristo. Son los santos.

   Si quieres contarte entre ellos, tan sólo mide la distancia que te separa de la Hoguera. Porque tienes luz y calor. Pero tienes muchas más cosas, que perderás si te arrojas al fuego. A cambio… ganarás a todo un Dios.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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¿Quedarán sacerdotes en 2035?

   A nadie se le oculta que, a día de hoy, en España, es mucho mayor el número de sacerdotes que mueren o se retiran a causa de la edad a lo largo de un año que el de aquéllos que reciben las sagradas órdenes ese mismo año. La proporción, en muchos lugares, es de 3 ó 4 bajas por cada alta. El dato lleva a muchos a preocuparse cuando lanzan su mirada veinte o treinta años hacia delante… ¿Podrán los sacerdotes españoles de 2035 cuidar del rebaño con la debida atención? Quienes ahora nos encontramos –según las estadísticas– a mitad de camino, ¿llegaremos vivos a esa fecha, o habremos muerto a causa de un infarto de miocardio provocado por el exceso de trabajo? Sé que los números, así, en bruto, parecen más que preocupantes.

   Sin embargo…

   Lo que escribo a partir de ahora lo escribo apoyado, exclusivamente, en los datos que recojo desde mi pequeño observatorio. Soy párroco español, y trabajo en la provincia de Madrid. Hablo y me reúno con párrocos españoles que trabajan en España. Por tanto, mis palabras tienen un valor relativo y opinable. Son las conclusiones de quien, a lo largo de veinte años de sacerdocio, ha observado cómo se mueve el paisaje a su alrededor en un sentido muy determinado, y se atreve a presumir que ese movimiento continuará, más o menos acelerado, en la misma dirección. Por tanto, rebus sic stantibus

   El número de asistentes a la misa dominical, que descendió drásticamente en los últimos veinte años del siglo pasado, ahora permanece, más o menos, estable. El feligrés que venía a misa por guardar las apariencias, prácticamente, ha desaparecido. Ha dejado de venir, porque, en 2015, venir a misa ya no suscita aprobación social, ni, desde luego, resulta nadie estigmatizado por no ir a misa. Las personas que vienen a misa los domingos en España son personas de fe. Su formación doctrinal, en términos generales, es muy escasa –¡culpa nuestra!–, pero su fe está viva.

   El número de bodas ha descendido estrepitosamente desde el comienzo de la crisis económica. La inmensa mayoría de quienes vienen a la parroquia a casarse llevan años conviviendo. En muchos casos, acuden a la boda acompañados de sus hijos. No son asiduos de la misa dominical, y, para ellos, el matrimonio eclesiástico tiene el aliciente de la belleza formal –mucho más lucida que la frialdad de un juzgado– o de la satisfacción de unos padres –abuelos– que son personas de fe. Para estos «contrayentes», la boda no supone novedad alguna en sus vidas. Ya conviven, ya tienen hijos… Se trata, simplemente, de un acto social bastante oneroso. Por eso, la aparición de la crisis económica ha conllevado la práctica desaparición de las bodas.

   El número de bautizos desciende lentamente. Hasta hace unos años, la pila bautismal era paso obligado para todo niño que nacía en España. Hoy ya no lo es. Quienes se acercan a bautizar a sus hijos son cada vez menos. Y, en gran parte de los casos, el bautismo es una forma de dar satisfacción a los abuelos. En mi parroquia, sólo 1 de cada 100 niños bautizados es hijo de padres asiduos a la misa dominical. No exagero. Y preveo que, con el paso de los años, sólo ese niño (1 entre 100) será traído por sus padres para recibir el bautismo.

   En cuanto a la primera comunión, también desciende lentamente el número de niños que la recibe cada año. Si las cosas siguen evolucionando como hasta ahora, dentro de poco hacer la primera comunión no estará bien visto, como ya no está bien visto venir a misa o casarse en la iglesia. No me extrañaría nada que, al cabo de unos años –no muchos– tan sólo acudan a recibir su primera comunión los hijos de las familias que asisten a la misa del domingo. A ojo de buen cubero, otro 1%.

   Frente a estos datos, a lo largo de estos veinte años he observado cómo, poco a poco, crece el número de personas que asisten a misa diariamente. También puedo decir que son personas cada vez más jóvenes. Si, a finales del siglo pasado, la persona de misa diaria se identificaba con la viejecita vestida de negro que se arrimaba al san Antonio de la iglesia, hoy día la misa de los días laborables se nos llena de padres y madres de familia, trabajadores y amas de casa. En los últimos diez años, me ha sorprendido gratamente ver cómo cada vez más niños vienen con sus padres a misa todos los días. Doy los datos de mi parroquia: en 2002 eran 6 las personas que asistían a misa los días laborables. Hoy son entre 30 y 60.

   También es mucho mayor el número de feligreses que se acerca al sacramento de la Penitencia. Ha bastado con que los sacerdotes ocupásemos unos confesonarios que llevaban años vacíos (desde el postconcilio) para que los feligreses acudieran, no diré en masa, pero sí en grandes cantidades. En mi parroquia, el confesor no puede rezar ni una avemaría en el confesonario antes de las misas ni durante las misas. El tráfico de penitentes es constante.

   Apuntados todos estos datos, pasemos a los pronósticos. Tal como yo lo veo, en 2035 habrá muchas menos bodas, bautizos y comuniones. El árbol de la Iglesia española habrá visto caer todas sus hojas secas (con excepción de las que hayamos podido recuperar en cursillos de bautismo o matrimonio, así como aprovechando las primeras comuniones de los niños). El trabajo del sacerdote estará centrado en ese pequeño porcentaje de feligreses que tienen fe, y ello redundará en una mayor atención a la formación doctrinal y espiritual de esas personas. Tendremos una cristiandad mucho menos numerosa, pero mucho mejor formada y más comprometida con Dios. Y de esa cristiandad, de esas familias, nacerán vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. También espero, de esa cristiandad, que sea la que se inflame en un impulso apostólico que la lleve a cristianizar de nuevo España como hicieron con el mundo los primeros Doce.

   Pero, volviendo al futuro próximo, yo no tendría miedo. La Iglesia producirá, como hasta hoy, exactamente el número de sacerdotes que necesita y merece. Y ese número crecerá conforme crezca esa verdadera Iglesia. Tan sólo deseo que nosotros, los sacerdotes de 2015, nos dediquemos a ser lo que somos, sacerdotes de Jesucristo. Y podamos dejar el pluriempleo que conlleva trabajar de gestores de actos públicos para entregarnos por entero al ministerio.

   Dicho sea, todo esto, con toda reserva…

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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Tratados de san Pedro Damián (Volumen I), ya a la venta

San Pedro Damián

   El siglo X ha sido uno de los más oscuros en la Historia de la Iglesia. Con razón ha sido llamado «siglo de hierro». La corrupción moral anidó en la jerarquía eclesiástica de tal forma que es milagro el que la Esposa de Cristo sobreviviese a una época como aquélla.

   Este milagro, que comenzaría a mostrarse como un atribulado amanecer de reforma moral durante el pontificado de Gregorio VII (1073-1085), comenzó a realizarse, antes que en la cúpula de las jerarquías eclesiásticas, en la base del mismo Templo, en personas sencillas que, iluminadas por Dios, fueron llamadas a sanear todo el edificio a través de su vida penitente y de su santidad personal. Ya en el siglo X surge san Romualdo, a quien tanto debe el autor de estos tratados. Y en el siglo XI, además de los recién nacidos los monjes de Cluny, despunta la figura de san Pedro Damián.

   Canonizado en 1828 por León XII, y nombrado doctor de la Iglesia, sus muchos escritos han permanecido escondidos al público español, salvo para aquéllos que estuvieran dispuestos a leerlos en el latín original. Esta traducción de sus tratados es un intento de poner en manos de los cristianos de habla española el espíritu de un santo en el que Dios quiso mostrar al mundo que una vida penitente y entregada a Él puede renovar la Iglesia de manera escondida, silenciosa y –desde luego– eficaz.

   Para la traducción me he servido de los textos de la Patrología Latina de Migne. Los pasajes confusos he procurado aclararlos en notas al pie. También he reseñado a pie de páginas las citas bíblicas, que muchas veces son inexactas o imprecisas en el original. No obstante, he mantenido en el cuerpo del texto la cita original, consignando en las notas la cita exacta. También aclaro, cuando es necesario, en notas, algunos datos históricos que puedan ayudar al lector a comprender el contexto en que está escrito cada tratado.

   En este primer volumen ofrezco los seis primeros tratados del santo. Quisiera dedicar un segundo volumen exclusivamente al Liber Gomorrhianus, dada la importancia de este opúsculo. El resto de tratados irán siendo publicados en los restantes volúmenes, agrupados según permita su extensión.

   Estos seis primeros tratados son, sobre todo, de carácter dogmático y moral. Todos ellos están fuertemente arraigados en los problemas de la Iglesia en el s. XI: los restos de las herejías arriana y monofisita, que enturbiaban la comprensión de los misterios de la Trinidad y la Encarnación, las disputas con el judaísmo, y la corrupción del clero a causa de la simonía y el nicolaitismo. El sexto tratado, el más extenso de todos los escritos por el santo, aborda con verdadera profusión de datos y argumentos la perversa y extendida costumbre de la simonía, esto es, el comercio con las órdenes sagradas.

   Agradezco al P. Diego Isaac Cadena Vallejo, C.S.J. la traducción de la Vida del santo escrita por su compañero y discípulo san Juan de Lodi. Ha sido una contribución francamente útil para enriquecer los prolegómenos de este primer volumen.

   He procurado hacer la traducción lo más accesible que he podido al lector medio, aunque para ello haya tenido que despegarme ligeramente, en algunas ocasiones, del texto literal. No obstante, ha sido mi intención, en todo momento, no omitir nada de lo dicho por el santo, ni añadir nada a sus palabras.

   El libro se encuentra, de momento, sólo en formato digital. Está disponible en las plataformas de iTunes y Amazon por el precio de 9,99 €. Confío en que pueda ser de ayuda para quienes buscan, en nuestros padres en la fe, las huellas de un camino que, aún hoy, sigue siendo el más recto para llegar a Dios: la santidad personal.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro

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¿Por qué tanta avemaría?

   «Por las noches, cuando rezo, al rezar mi segunda avemaría, (un saludo, al fin y al cabo, aunque seguido de unos ruegos) me pregunto si la Virgen no me dirá un día (¡vaya susto!): “¡Que ya te he oído! ¿Por qué te repites? ¿Piensas, acaso, que ando distraída o te ignoro? ¿Por qué me saludas tantas veces, y luego me pides una y otra vez lo mismo? Pareces un niño desconfiado o cabezota que espera conseguir lo que quiere a base de insistir e insistir. Con una vez que lo pidas, siempre que lo hagas sinceramente, me basta y me sobra”.»

   Copio este párrafo de una carta que he recibido, porque quien la ha escrito ha tenido la feliz ocurrencia de pensar en lo que hace cuando reza, y de buscar sentido a sus plegarias. No es tentación el hacerse preguntas. Lo que es pecado es la soberbia de darlas por respondidas incluso antes de formularlas.

   Quisiera responder a este buen amigo desde aquí, donde podáis leer la respuesta quienes alguna vez os habéis formulado la misma pregunta, y también quienes nunca os la habéis formulado, pero quizá os la formuléis algún día. Cuanto se hace en la Iglesia tiene pleno sentido. Pero sólo preguntando se llega a conocer el porqué.

   Lo primero que habría que decir es que somos demasiado prácticos. Y, cuando se trata de amor, el sentido práctico a veces está de sobra. No todo lo que se hace en el amor persigue un fin productivo o inmediato. El avemaría, como las demás oraciones, no está destinada a proporcionar una información a la Virgen, o a ponerla al día de algo que Ella no sepa, como hacemos cuando hablamos entre nosotros y nos intercambiamos datos de experiencia. Si el cometido del avemaría fuese informar de algo a la Madre de Dios, la salutación angélica sería ociosa. La Virgen ya conoce todo lo que allí le decimos, ya se lo digamos una, tres, o mil veces.

   Pero, en el amor, las palabras son caricias. Especialmente en ese amor en que el rostro del ser amado está oculto y no es asequible ni a las manos ni a los ojos. Cuando no podemos ver al ser amado ni abrazarlo, las palabras se vuelven ofrendas. Cada palabra pronunciada con cariño es un «te quiero», y el corazón, rendido a la Señora, no se cansa de manar avemarías como no se cansa de amar.

   Sé que, en ocasiones, nuestras avemarías son casi mecánicas, y, mientras las pronunciamos, el pensamiento anda enredado en mil asuntos que, aparentemente, nada tienen que ver con lo que decimos. Pero, cuando hay amor, los labios se desligan del pensamiento y se enlazan derechos al corazón. Desde luego que es mejor pensar lo que decimos, pero, aún cuando no lo hagamos, nuestras avemarías llegan a la Virgen como besos filiales. También las madres, muchas veces, acarician al niño que tienen en brazos sin ser muy conscientes de lo que hacen. Pero el niño es consolado, de todas formas, por la caricia de su madre.

   No os canséis nunca de rezar avemarías. Os aseguro que no hay una sola de ellas que no haga sonreír a la Inmaculada.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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