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VERDADERAS Y FALSAS CONVERSIONES

 

    Ayer fue San Pablo, y hoy los santos Timoteo y Tito. Los tres obispos, los tres apóstoles, los tres entregados del todo a Jesucristo.

    Llevo tiempo dándole vueltas al misterio de la conversión. En más de quince años de sacerdocio, Dios me ha concedido presenciar ya un buen número de conversiones. Y, recapitulando, compruebo que no todas han llegado a buen término. En algunos casos, porque el barco que zarpó presuroso y entusiasmado el día de su conversión recaló en las aguas cenagosas de la tibieza poco después. Y, en otros casos, porque aquella conversión no fue verdadera. Nunca hubo, en esa persona, un verdadero cristiano.

    La “falsa conversión” no da como resultado un apóstol, sino un “consumidor” de la religión. Normalmente, se trata de personas que lo tienen todo, o casi todo, y que, un buen día, descubren los beneficios de la religión para la salud espiritual: uno se siente mejor, duerme mejor, tiene la conciencia tranquila y resulta más cultivado en una faceta como la espiritual, bastante poco cuidada en nuestros días. Por añadidura, uno ve resuelto el engorroso problema de la muerte, puesto que se le promete el Cielo para toda la eternidad si se porta como un buen chico. Y, además, ¡Es gratis! ¿Qué más puede pedirse? El “converso” se abona sin dudarlo. Nunca lo reconocerá (éste es su peor problema), pero su planteamiento es profundamente egoísta. Ha convertido la religión en un bien de consumo, y se beneficia de sus efectos. La única manera de situar a una persona así ante su propia realidad es llevarlo ante un crucifijo y preguntarle: “¿Qué has sacrificado tú por Él? ¿Qué has perdido?”… Pero el sistema no es infalible. El falso converso tiene respuestas para todo, y no es infrecuente que haya creado, en torno a su pretendida fe, todo un entramado de justificaciones.

    La verdadera conversión siempre da como resultado un apóstol y un mártir. Anoto algunos síntomas de esa verdadera conversión, para quien pueda hallar en ellos algo de luz:

        – Cuando una persona se convierte, siente que ha dejado de pertenecerse a sí mismo. Su vida, de repente, no le importa lo más mínimo, porque se siente arrebatado y “robado” por el Amor de Otro. El instinto natural del verdadero converso es la obediencia: “¿Qué tengo que hacer?”, preguntaba San Pablo. Si Jesús le hubiese dicho que se lanzara al Mar de cabeza, lo habría hecho sin dudar un instante.

        – La verdadera conversión enciende en el alma el deseo urgente e incontenible de proclamar el nombre de Cristo a los demás. Para el burgués, el apostolado es virtud ardua, que conlleva vencer pereza y respetos humanos. Para el verdadero converso, el apostolado es necesidad urgente e inaplazable. A estas personas, como a los apóstoles, no hay quien los calle.

        – La verdadera conversión conlleva una necesidad de entrega, una profunda gratitud que hace que el converso nunca sienta que ha dado suficiente; siempre quiere dar más; todo le parece poco. Aunque se sepa humanamente incapaz del martirio, le encantaría dar la vida por Quien ha entregado la suya para salvarlo.

    Gracias a Dios, conversiones verdaderas suceden todos los días… Pero también todos los días alguien se convierte “en falso”. El hastío que nuestra sociedad está dejando en muchos corazones propicia el que muchos acudan a la Iglesia como acudirían al psicoanalista. A personas así se les debe advertir, desde el principio, que no están acercándose al Dr. Freud, sino a un Crucificado. La Cruz es, al final, la piedra de toque que nos ayudará a distinguir la Verdad de lo que sólo parece “verdad”.

José-Fernando Rey Ballesteros

LOS ANTI-UNIVERSITARIOS

 

    Entre los años 1983 y 1988 fui feligrés de la Capilla de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. Si no recuerdo mal, cada mañana se celebraba la misa a las ocho en punto, lo cual nos permitía emprender las clases a las ocho y media con toda la fuerza que otorga la Comunión recién recibida. En aquellos años, presidía la Eucaristía el entonces obispo auxiliar de Madrid D. Javier Martínez, actualmente obispo de Granada. Conservo de aquellas misas un recuerdo a la vez somnoliento y entrañable. La no siempre breve homilía que nos regalaba el obispo, que a veces nos obligaba a mirar inquietos al reloj con miedo a llegar tarde a la primera clase y siempre nos edificaba, así como el recogimiento de la Comunión, constituían el verdadero despertar a la jornada tras casi una hora de atascos por las calles de Madrid. Cuando el sermón era de verdad breve, incluso nos permitíamos saludarnos después de la misa, y allí conocí a profesores y alumnos, no sólo de Derecho, sino de muchas otras facultades, que acudían cada mañana a esa capilla para recibir la fuerza de Dios.

    Lo que he escrito en el párrafo anterior no es un mero recuerdo, sino un dolor y una esperanza. Tras la reciente clausura de la Capilla de la Facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona debido a la presión de piquetes violentos, el siguiente objetivo de los llamados “laicistas” es la Facultad de Derecho de la Complutense de Madrid. Y los métodos serán los mismos que se han probado con éxito en Barcelona: provocar incidentes, uno tras otro, hasta poner en peligro la seguridad de los asistentes a la Eucaristía, y forzar así al Decanato a decretar un “cierre encubierto” bajo la excusa de garantizar la seguridad o promover reformas en la capilla… En fin, ya conocen la historia del Valle de los Caídos.

    Albergo, no obstante, una gran esperanza. Aunque hayan pasado veintitrés años, la fuerza espiritual de la que fui testigo entonces y que tanto me sostuvo no puede haber decrecido. Estoy convencido, más bien, de que se ha incrementado exponencialmente. Y contra semejante fuerza espiritual lo van a tener muy difícil quienes quieran luchar con la violencia física.

    Responder a las falacias de quienes “piensan” con las vísceras es entrar en un diálogo de besugos, y uno aún no ha criado suficientes escamas como para aceptar el reto. Pero sí conviene dejar negro sobre blanco que posturas como la de quienes se llaman “laicistas” son lo más opuesto al verdadero espíritu universitario. La universidad conlleva “universalidad”, amplitud de miras, respeto por quienes son diferentes y apertura mental para abarcarlo todo. El uso de la violencia, la exclusión de quien piensa de manera distinta, o la presión irracional son la negación misma de la libertad y del pensamiento. Personas así deberían campar en zoológicos más que en universidades, siempre y cuando las rayas de las cebras no se les antojen reaccionarias y decidan acabar con ellas. Llamar “ultracatólico” a quien va a misa es como llamar “ultravivo” a quien respira. El único uso adecuado del prefijo “ultra” (“más allá”, por si en su ignorancia no lo saben) nos llevaría a hablar de “ultrazopencos”, “ultramerluzos” y “ultraignorantes”, porque quienes actúan de forma semejante han ido mucho más allá de donde irían los pobres animalitos o los sencillos iletrados que no han mezclado su ignorancia con el más rancio sectarismo.

    Nada nuevo bajo el sol. Si la capilla molesta a personas de esta categoría, algo bueno, muy bueno, se sigue alimentando entre las paredes de ese local que tanto frecuenté. Recuerdo unas palabras que entonces nos decía Mons. Martínez, y que vienen al pelo en una situación así: “si viviésemos nuestros cristianismo hasta las últimas consecuencias, seríamos una bofetada para el mundo”. Parece, entonces, que lo hemos hecho bien. Y, ya saben, quien da primero da dos veces. Enhorabuena a los verdaderos universitarios.

José-Fernando Rey Ballesteros

SE ENFADA JESÚS

 

    “Jesús, echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación…” (Mc 3, 5).

    Se enfada Jesús. Jesús, tan dulce con los publicanos y prostitutas que lloraban sus pecados, tan tierno con los pobres, con los sordos, con los ciegos y los leprosos, se enfada y abrasa con el fuego de sus ojos a los fariseos. Sé que a algunos les gustaría borrar del Evangelio frases como ésta. Quisieran un Dios incapaz de enfadarse, siempre complaciente y contemporizador…. Pero éste es Jesús, y éste es el Evangelio. Yo no lo he escrito; yo, simplemente, lo amo.

    Hace enfadar a Jesús, más que la debilidad humana, la falsa religión. Mucho habría que escribir acerca de ella. Pero bástenos decir, por ahora, que es falsa esa religión que aleja al hombre de su prójimo en lugar de acercarlo a él. Cuando la piedad se convierte en pedestal sobre el que el hombre se sitúa por encima de sus semejantes, Dios abomina de esa religión. Cuando el templo se convierte en refugio que busca el hombre para huir de su prójimo, como diciendo: “¡Aquí sí que se está bien, en la iglesia, y no fuera, soportando a mi familia o a mis compañeros de trabajo!”, Dios quisiera echar del templo a quien huye de su hermano.

    “¿Es lícito en sábado hacer el bien o el mal, salvar la vida de un hombre o dejarlo morir?” (v. 4).

    Aquellos fariseos hubieran dejado morir a un hombre en sábado mientras ellos rezaban el salterio. No os extrañe. Muchos hay que, diciéndose “cristianos”, son capaces de vivir tranquilos mientras la persona que vive en el piso de al lado, o quien trabaja junto a ellos cada mañana se están condenando porque han abandonado a Dios. Y, mientras ellos rezan, ni siquiera piensan en salir a su encuentro, ni en deslizar en sus oídos una palabra que los anime a mirar al Cielo… Siempre encuentran mil excusas. Los dejan morir, y, entre tanto, quizá rezan, rezan mucho… Pero no hacen nada.

    La falsa religiosidad convierte la fe un bien de consumo personal; una forma de alcanzar cierta paz de espíritu y de dormir con la conciencia tranquila. Una pastilla más, al fin y al cabo, aunque no entre por la boca con el desayuno. Pero la fe verdadera no es un bien de consumo personal, sino el despilfarro de un manirroto enamorado que quiere entregarlo todo y entregarse a sí mismo. Se debería notar que tenemos más fe porque tenemos más vida social, porque no resistimos el impulso de salir al encuentro de los hombres. Cuando existe verdadera fe, el cristiano puede poner en sus labios las palabras de la Escritura que la Iglesia pone en boca de Cristo: “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres” (Prov 8, 13). Sin embargo, algunos parecen decir: “Desde que tengo fe, me siento muy lejos de esos paganos con quienes antes compartía mi vida; ya nada tengo en común con ellos”… Jesús, entonces, como a aquellos, fariseos, los mira con ira y se duele de su obstinación.

    No hagamos enfadar a Jesús; ya bastante tiene, el pobre. Salgamos, iluminados nuestros ojos con la luz de la Fe verdadera, al encuentro de los hombres, para distribuir a manos llenas, como Él hizo, el Tesoro que hemos recibido de Dios.

José-Fernando Rey Ballesteros

EL PURGATORIO, MOSTRADO POR BENEDICTO XVI

 

    El Demonio es un gran anestesista. Su oficio no se limita, como creen algunos, a ofrecerle al hombre placeres terrenos a cambio de su alma inmortal. También conoce el arte de amortiguar dolores y paliar angustias, arte que ejercita por el mismo precio y que, en muchas ocasiones, le ha rendido mejores resultados que el catálogo de orgías con que sedujo al mismísimo Fausto. Un claro ejemplo de ello es el modo en que ha extirpado, en las conciencias de muchos católicos, el miedo a su propia existencia. En la magistral película “Sospechosos habituales” (Bryan Singer, 1955), Kevin Spacey sentencia ante un atónito inspector de policía: “La mejor estrategia del Demonio ha sido convencer a la gente de que no existe”. De este modo, el hombre no se defiende de él, y le abre las puertas de par en par. El resto del trabajo, para Satanás, en un mero paseo triunfal. En la misma línea de acción, el gran anestesista ha logrado infiltrar en muchas mentes “piadosas” el lenitivo que apacigüe la angustia provocada por el gran drama de la vida: la salvación del alma. Lo ha logrado con un argumento tan burdo como tranquilizador: “Dios, que es muy bueno, no permitirá que nadie se condene. Al final, todos se salvarán y nadie irá al Infierno”. Una vez que este pensamiento se ha alojado en la conciencia, la vivencia de la fe se transforma radicalmente. Eliminado, por la vía de la anestesia, el “problema” del más allá, la religiosidad se centrará en el “más acá”, y todo el discurso religioso versará sobre las realidades terrenas. El hombre ya no tiene que preocuparse por su salvación eterna; ese asunto está solventado gracias a la bondad de Dios. Lo que debe hacer el hombre es esforzarse por transformar el mundo presente en un lugar más justo. No es urgente, en adelante, hablar de Dios a quienes no creen, puesto que su salvación está garantizada; lo que es urgente es paliar sus necesidades temporales y aliviar sus sufrimientos. De este modo, hemos transformado el sentimiento religioso en una mera inquietud social, y hemos convertido a la Iglesia en una enorme y milenaria ONG. En resumen, hemos decapitado la Fe, amputando en ella todo lo que se eleve por encima de nuestras cabezas.

    Por eso se agradece que el Papa, a quien Cristo ha encargado confirmarnos en la Fe, nos ayude a eliminar de nuestra sangre la anestesia inyectada por el Maligno y nos invite a levantar la vista hacia el verdadero drama de la Historia: la salvación. En su alocución del miércoles pasado, refiriéndose a Santa Catalina de Génova, aprovechó la ocasión para impartir una valiosa catequesis sobre el Purgatorio. En una Iglesia en que, para multitud de cristianos, la curación del cáncer de un familiar se presenta como más urgente que la confesión sacramental que ayude a ese enfermo a evitar el Infierno, las palabras del Pontífice no dejan de ser un soplo de aire fresco derramado a través de la azotea. Como en la curación de aquel paralítico que vio perdonados sus pecados en Cafarnaúm, alguien tenía que levantar las losetas del techo, y el Papa no ha dudado en hacerlo. Ahora vemos el Cielo.

    “En Catalina, en cambio, el purgatorio no está presentado como un elemento del paisaje de las entrañas de la tierra: es un fuego no exterior, sino interior. Esto es el purgatorio, un fuego interior. La Santa habla del camino de purificación del alma hacia la comunión plena con Dios, partiendo de su propia experiencia de profundo dolor por los pecados cometidos, en contraste con el infinito amor de Dios”. Esquivando la simpleza de considerar el Purgatorio como un lugar más allá de las nubes o bajo la corteza terrestre, Benedicto XVI nos acerca a la realidad más cercana e insoslayable: la trascendencia eterna de los actos realizados en esta vida. El pecado ciega el alma y la incapacita para el goce de las realidades divinas. Aún alcanzado el perdón en el Sacramento de la Penitencia, la herida infligida no será cauterizada sin el fuego. Y ese fuego es el deseo insatisfecho de la contemplación de Dios, el querer ver su Rostro por el deseo natural del alma y no poder gozarlo por la ceguera causada tras el pecado. El mismo dolor, que es dolor de amor y arrepentimiento, representado en forma de fuego, al abrasar el alma anhelante de la contemplación divina, la va purificando y eliminando en ella todo apego a las realidades de este mundo. Ese dramático proceso de purificación es lo que conocemos como Purgatorio.

    Tras la escucha de las palabras del Pontífice, debería encenderse, en muchos cristianos, una llama de ese mismo fuego que los llevase a liberarse de las ataduras de este mundo. La oración frecuente, la contemplación asidua, la meditación diaria de las realidades divinas va, en esta vida, desprendiendo el alma de los apegos y urgencias de la tierra para vincularla amorosamente a los gozos del Cielo. Unida a la santa práctica del ayuno y la mortificación, esa oración será la que nos permita, ahora, realizar la purificación que, de otro modo, sería necesario llevar a cabo tras la muerte.

    Pero, claro… ¿Cuántas personas, hoy día, están preocupadas por “ahorrarse” el Purgatorio?

José-Fernando Rey Ballesteros

LA DESDICHA DE NO TEMBLAR

 

    “Tus pecados están perdonados” (Mc 2, 5). Son sólo cuatro palabras. Quizá las escuchamos muchas veces. Yo las pronuncio siempre que un penitente recibe de mis manos la absolución sacramental. Y ni tiemblo yo al pronunciarlas, ni tiembla el pecador ante la noticia.

    Sin embargo, ambos deberíamos temblar. La tierra misma debería temblar, aunque ella pagó su tributo de escalofrío cuando se estremeció al recibir sobre sus lomos la Sangre del Cordero que quita el pecado del mundo.

    Los fariseos, al escuchar esas palabras en boca de Jesús de Nazareth, se escandalizaban… Y les comprendo. Ellos sabían que el pecado era asunto muy grave. Desde los tiempos de Adán, la Humanidad entera había caminado con esa terrible losa sobre sus espaldas. Israel agrupaba, en su conciencia herida, todos los pecados de sus hijos, y también los de sus padres: “Tengo siempre presente mi pecado”(Sal 50, 5).

    Y, de repente, bajo el sol de Cafarnaúm, un hombre se atrevía a encarar miles de años de maldición y, a través de unos labios sonrientes, dejaba escapar ante un pobre paralítico cuatro palabras que nadie se había atrevido a pronunciar jamás: “Tus pecados están perdonados”. O aquel hombre era un blasfemo y un inconsciente, y entonces merecía ser lapidado, o era el propio Dios encarnado, y había que caer de rodillas ante Él: “¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?” (v. 7).

    Era, efectivamente, Dios encarnado. Y el precio de aquellas cuatro palabras sería su Sangre, derramada por nosotros desde lo alto de una Cruz. Por eso la Tierra tembló al recibir aquel tributo, y se estremeció en un terremoto de vértigo al sentir, mientras esa Sangre la recorría, que habían finalizado, para ella, siglos de oscura maldición.

    Hoy escucha el penitente la noticia, y apenas lo advierte. Otra confesión. Toda su inquietud, si tiene alguna, pasa por que el sacerdote le recuerde la penitencia impuesta… Estaba despistado. La Sangre de Cristo se ha derramado sobre su alma, y él estaba, quizás, pensando en otra cosa. Luego, cuando sale de la iglesia… La vida sigue. Y volverá a pecar, ya se sabe, somos así… Menos mal que puede uno confesarse, ¿verdad? Pero ni tiembla antes de pecar, ni tiembla mientras peca, ni -de nuevo- temblará cuando escuche la cuatro palabras: “Tus pecados están perdonados”.

    Yo quisiera estremecerme al pronunciarlas, y quisiera morir de amor al recibirlas. También soy de esas almas burdas, capaces de acostumbrarse a lo extraordinario. Y no me alegro de ello. Dios me conceda la gracia de volver a temblar.

José-Fernando Rey Ballesteros

MI VIDA TRAS LA LEY ANTI-TABACO

 

    Diez días después de la entrada en vigor de la ley “anti-tabaco”, permítase a este pernicioso fumador dejar constancia, por escrito, de alguna que otra conclusión serenamente alcanzada, a la vista de los acontecimientos.

    He procurado escuchar las mil y una tertulias que se han entretenido, día tras día, en las consecuencias y la puesta en práctica de la citada ley. Y, dejando a salvo alguna excepción, he comprobado que, mientras los defensores de la situación anterior a la ley argumentaban con razonamientos serenos y ponderados, quienes aplaudían la ley actual lo hacían con rabia, con más vísceras que cerebro, y, en muchas ocasiones, con un sospechoso fanatismo. No me extraña. Ese dato lo he podido constatar más de una vez anteriormente, dado que, en España, ser “ultra” está mal visto, salvo para quienes defienden a “ultranza” lo políticamente correcto. En ese caso, todo vale.

    Permítaseme ilustrar mi afirmación con dos ejemplos vividos en primera persona antes de la entrada en vigor de la ley:

    En el puerto de Navacerrada, hace cerca de dos años, entré a comer en un restaurante con unos amigos. Pregunté educadamente al encargado del local si disponían de una sala de fumadores, y la respuesta que obtuve fue, literalmente, la siguiente: “como aquí mando yo, a fumar a la puta calle”. Obviamente, dirigí mis pasos a la calle para no volver a entrar.

    Hace unos meses, en un magnífico restaurante de Burgos, pude almorzar en un comedor habilitado para fumadores. Pregunté a la camarera acerca de la ley que se avecinaba, dado que ellos, los camareros, estaban siendo empleados como motivo para prohibir el consumo del tabaco en los locales de concurrencia pública. La respuesta de la camarera fue de lo más significativa: “yo estoy sirviendo en esta sala por voluntad propia. Como no me dejan salir a fumar durante las horas de trabajo, al menos aquí aspiro el humo del ambiente y me consuelo”. Tal como se lo cuento. Añadiría el nombre de la camarera y del restaurante, pero no lo haré por respeto. Por el mismo motivo omito el nombre del restaurante del ejemplo anterior. El del encargado no quise saberlo.

    Dirán que esos casos no son representativos; para mí lo son, porque me han sucedido a mí. Y, en términos generales, los peores modales, el sectarismo más acérrimo, y la visceralidad más desatada la he encontrado en los detractores del tabaco, no en sus defensores. Dejo a salvo, como dije al principio, alguna excepción, como la del periodista que dice estar dispuesto a ir echando el humo a la cara de los no fumadores por la calle alegando que en la vía pública se puede fumar. Omito también su nombre, aunque es posible que muchos de ustedes le hayan escuchado.

    En cuanto a mi vida ordinaria… Nunca fumo en la calle, salvo en las terrazas de los bares mientras realizo alguna consumición. En la parroquia tampoco fumo, ni -obviamente- en la iglesia, ni en los locales y despachos. Mis lugares de consumo de tabaco han sido siempre mi domicilio y los restaurantes. Por tanto, el cambio que esta ley supone en mi vida es que dejaré de frecuentar los restaurantes, salvo para comidas de trabajo. Las que hasta ahora eran “comidas de recreo”, sin poder fumar después de la comida, se convertirían en momentos de ansiedad o de humillación -si decidiese salir del restaurante para fumar-. Y no estoy dispuesto a gastar dinero en padecer ansiedad o ser humillado.

    No me sumo a ninguna protesta pública fuera de estas líneas. Estoy dispuesto al martirio, pero por una causa que valga la pena; no por el tabaco. Si algunos han decidido que en España reine la intolerancia, peor para ellos. Yo me quedo en casa fumando, observando, y lamentando vivir en un país así.

José-Fernando Rey Ballesteros

ES FÁCIL ORAR EN NAVIDAD

 

    No hacen falta palabras para orar en Navidad… ¿Qué palabras le dirás a un niño? Pocas, y muy tiernas: Te amo… Niño mío… Ricura de Dios… Guapo…

    Pero, por encima de todo eso, en estos días santos oramos con los ojos. Así oraba la Virgen María: miraba al Niño y se dejaba cautivar. Ésa, y no otra, es la oración de la Navidad: abrir bien los ojos, llenar el alma con la imagen de un Dios de rodillas, agachadito, enternecido y loco de Amor por el hombre. Contemplar asombrados, y en silencio, a ese Dios que tirita, que moquea, que llora y que agarra con fuerza el dedo del hombre en sus manitas. No digas nada, que ahogarás con tu ruido a la Palabra pronunciada en voz baja por tu Hacedor. Sólo mira, mira y mira hasta que esa imagen derrita en tu alma las costras causadas por el pecado.

    Si la grandeza de Dios hace estremecer al hombre en un vértigo, la pequeñez de Dios sobrecoge hasta las lágrimas. ¿Cómo es posible, Señor mío, que estés tan humillado, tan rendido, tan postrado a los pies de una criatura formada con barro de la tierra? No busques respuestas; no las encontrarás. Sólo calla, mira, y escucha a la Palabra, que, en Navidad, es el “te quiero” de Dios.

    No te obsesiones con la ofrenda; ya sabemos que nada tienes. Abre ante el Niño Dios tu corazón de hombre, y deja, simplemente, que Él lo llene con ese Amor que ha venido a traerte desde el Cielo. Ésa será tu mejor ofrenda.

    Y, mientras tanto, calla… Calla y mira. Porque a la Palabra sólo el silencio puede recibirla.

    Si sientes que las lágrimas se agolpan en tus ojos, llora. Y que ese llanto purifique corazón y alma hasta volverlos estanque de Dios.

    ¿Ves como es fácil orar en Navidad?

José-Fernando Rey Ballesteros