• Espiritualidad digital

MI VIDA TRAS LA LEY ANTI-TABACO

 

    Diez días después de la entrada en vigor de la ley “anti-tabaco”, permítase a este pernicioso fumador dejar constancia, por escrito, de alguna que otra conclusión serenamente alcanzada, a la vista de los acontecimientos.

    He procurado escuchar las mil y una tertulias que se han entretenido, día tras día, en las consecuencias y la puesta en práctica de la citada ley. Y, dejando a salvo alguna excepción, he comprobado que, mientras los defensores de la situación anterior a la ley argumentaban con razonamientos serenos y ponderados, quienes aplaudían la ley actual lo hacían con rabia, con más vísceras que cerebro, y, en muchas ocasiones, con un sospechoso fanatismo. No me extraña. Ese dato lo he podido constatar más de una vez anteriormente, dado que, en España, ser “ultra” está mal visto, salvo para quienes defienden a “ultranza” lo políticamente correcto. En ese caso, todo vale.

    Permítaseme ilustrar mi afirmación con dos ejemplos vividos en primera persona antes de la entrada en vigor de la ley:

    En el puerto de Navacerrada, hace cerca de dos años, entré a comer en un restaurante con unos amigos. Pregunté educadamente al encargado del local si disponían de una sala de fumadores, y la respuesta que obtuve fue, literalmente, la siguiente: “como aquí mando yo, a fumar a la puta calle”. Obviamente, dirigí mis pasos a la calle para no volver a entrar.

    Hace unos meses, en un magnífico restaurante de Burgos, pude almorzar en un comedor habilitado para fumadores. Pregunté a la camarera acerca de la ley que se avecinaba, dado que ellos, los camareros, estaban siendo empleados como motivo para prohibir el consumo del tabaco en los locales de concurrencia pública. La respuesta de la camarera fue de lo más significativa: “yo estoy sirviendo en esta sala por voluntad propia. Como no me dejan salir a fumar durante las horas de trabajo, al menos aquí aspiro el humo del ambiente y me consuelo”. Tal como se lo cuento. Añadiría el nombre de la camarera y del restaurante, pero no lo haré por respeto. Por el mismo motivo omito el nombre del restaurante del ejemplo anterior. El del encargado no quise saberlo.

    Dirán que esos casos no son representativos; para mí lo son, porque me han sucedido a mí. Y, en términos generales, los peores modales, el sectarismo más acérrimo, y la visceralidad más desatada la he encontrado en los detractores del tabaco, no en sus defensores. Dejo a salvo, como dije al principio, alguna excepción, como la del periodista que dice estar dispuesto a ir echando el humo a la cara de los no fumadores por la calle alegando que en la vía pública se puede fumar. Omito también su nombre, aunque es posible que muchos de ustedes le hayan escuchado.

    En cuanto a mi vida ordinaria… Nunca fumo en la calle, salvo en las terrazas de los bares mientras realizo alguna consumición. En la parroquia tampoco fumo, ni -obviamente- en la iglesia, ni en los locales y despachos. Mis lugares de consumo de tabaco han sido siempre mi domicilio y los restaurantes. Por tanto, el cambio que esta ley supone en mi vida es que dejaré de frecuentar los restaurantes, salvo para comidas de trabajo. Las que hasta ahora eran “comidas de recreo”, sin poder fumar después de la comida, se convertirían en momentos de ansiedad o de humillación -si decidiese salir del restaurante para fumar-. Y no estoy dispuesto a gastar dinero en padecer ansiedad o ser humillado.

    No me sumo a ninguna protesta pública fuera de estas líneas. Estoy dispuesto al martirio, pero por una causa que valga la pena; no por el tabaco. Si algunos han decidido que en España reine la intolerancia, peor para ellos. Yo me quedo en casa fumando, observando, y lamentando vivir en un país así.

José-Fernando Rey Ballesteros

ES FÁCIL ORAR EN NAVIDAD

 

    No hacen falta palabras para orar en Navidad… ¿Qué palabras le dirás a un niño? Pocas, y muy tiernas: Te amo… Niño mío… Ricura de Dios… Guapo…

    Pero, por encima de todo eso, en estos días santos oramos con los ojos. Así oraba la Virgen María: miraba al Niño y se dejaba cautivar. Ésa, y no otra, es la oración de la Navidad: abrir bien los ojos, llenar el alma con la imagen de un Dios de rodillas, agachadito, enternecido y loco de Amor por el hombre. Contemplar asombrados, y en silencio, a ese Dios que tirita, que moquea, que llora y que agarra con fuerza el dedo del hombre en sus manitas. No digas nada, que ahogarás con tu ruido a la Palabra pronunciada en voz baja por tu Hacedor. Sólo mira, mira y mira hasta que esa imagen derrita en tu alma las costras causadas por el pecado.

    Si la grandeza de Dios hace estremecer al hombre en un vértigo, la pequeñez de Dios sobrecoge hasta las lágrimas. ¿Cómo es posible, Señor mío, que estés tan humillado, tan rendido, tan postrado a los pies de una criatura formada con barro de la tierra? No busques respuestas; no las encontrarás. Sólo calla, mira, y escucha a la Palabra, que, en Navidad, es el “te quiero” de Dios.

    No te obsesiones con la ofrenda; ya sabemos que nada tienes. Abre ante el Niño Dios tu corazón de hombre, y deja, simplemente, que Él lo llene con ese Amor que ha venido a traerte desde el Cielo. Ésa será tu mejor ofrenda.

    Y, mientras tanto, calla… Calla y mira. Porque a la Palabra sólo el silencio puede recibirla.

    Si sientes que las lágrimas se agolpan en tus ojos, llora. Y que ese llanto purifique corazón y alma hasta volverlos estanque de Dios.

    ¿Ves como es fácil orar en Navidad?

José-Fernando Rey Ballesteros