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¿Por qué tanta avemaría?

   «Por las noches, cuando rezo, al rezar mi segunda avemaría, (un saludo, al fin y al cabo, aunque seguido de unos ruegos) me pregunto si la Virgen no me dirá un día (¡vaya susto!): “¡Que ya te he oído! ¿Por qué te repites? ¿Piensas, acaso, que ando distraída o te ignoro? ¿Por qué me saludas tantas veces, y luego me pides una y otra vez lo mismo? Pareces un niño desconfiado o cabezota que espera conseguir lo que quiere a base de insistir e insistir. Con una vez que lo pidas, siempre que lo hagas sinceramente, me basta y me sobra”.»

   Copio este párrafo de una carta que he recibido, porque quien la ha escrito ha tenido la feliz ocurrencia de pensar en lo que hace cuando reza, y de buscar sentido a sus plegarias. No es tentación el hacerse preguntas. Lo que es pecado es la soberbia de darlas por respondidas incluso antes de formularlas.

   Quisiera responder a este buen amigo desde aquí, donde podáis leer la respuesta quienes alguna vez os habéis formulado la misma pregunta, y también quienes nunca os la habéis formulado, pero quizá os la formuléis algún día. Cuanto se hace en la Iglesia tiene pleno sentido. Pero sólo preguntando se llega a conocer el porqué.

   Lo primero que habría que decir es que somos demasiado prácticos. Y, cuando se trata de amor, el sentido práctico a veces está de sobra. No todo lo que se hace en el amor persigue un fin productivo o inmediato. El avemaría, como las demás oraciones, no está destinada a proporcionar una información a la Virgen, o a ponerla al día de algo que Ella no sepa, como hacemos cuando hablamos entre nosotros y nos intercambiamos datos de experiencia. Si el cometido del avemaría fuese informar de algo a la Madre de Dios, la salutación angélica sería ociosa. La Virgen ya conoce todo lo que allí le decimos, ya se lo digamos una, tres, o mil veces.

   Pero, en el amor, las palabras son caricias. Especialmente en ese amor en que el rostro del ser amado está oculto y no es asequible ni a las manos ni a los ojos. Cuando no podemos ver al ser amado ni abrazarlo, las palabras se vuelven ofrendas. Cada palabra pronunciada con cariño es un «te quiero», y el corazón, rendido a la Señora, no se cansa de manar avemarías como no se cansa de amar.

   Sé que, en ocasiones, nuestras avemarías son casi mecánicas, y, mientras las pronunciamos, el pensamiento anda enredado en mil asuntos que, aparentemente, nada tienen que ver con lo que decimos. Pero, cuando hay amor, los labios se desligan del pensamiento y se enlazan derechos al corazón. Desde luego que es mejor pensar lo que decimos, pero, aún cuando no lo hagamos, nuestras avemarías llegan a la Virgen como besos filiales. También las madres, muchas veces, acarician al niño que tienen en brazos sin ser muy conscientes de lo que hacen. Pero el niño es consolado, de todas formas, por la caricia de su madre.

   No os canséis nunca de rezar avemarías. Os aseguro que no hay una sola de ellas que no haga sonreír a la Inmaculada.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

“La

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