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No somos de plastilina: RTFM

    Es posible que me equivoque, pero creo que, cuando reivindicamos unas leyes justas en lo referido al aborto, al matrimonio o a la familia, vamos -según se mire- unos pasos por delante, o unos pasos por detrás, de esta sociedad occidental que camina erráticamente hacia ninguna parte. Unos pasos por delante, porque damos por sabido lo que ya nadie sabe: que existe una ley natural. Unos pasos por detrás, porque actuamos como lo haríamos hace cien años, cuando casi todo el mundo sabía lo que hoy casi todo el mundo desconoce. Con adelanto o con retraso, la consecuencia es la misma: no hay diálogo posible. Por eso, antes de hablar del aborto, del matrimonio o de la familia, es preciso hablar del hombre. La antropología es la única base que puede permitir un diálogo.

    La verdad básica que es preciso gritar es ésta: no somos de plastilina. Éste es el axioma necesario para entablar cualquier diálogo, y, hasta que no logremos que sea entendido y aceptado, no tenemos nada que hacer más que gritar. Pero gritar no sirve de gran cosa.

    Me explico: no es lo mismo un bloque de plastilina que un horno microondas. El bloque de plastilina es amorfo y moldeable; podemos convertirlo en cualquier cosa, según nuestro capricho. Tanto puede servir para moldear una jirafa como un castillo. Sin embargo, un horno microondas es un artilugio perfectamente diseñado para un fin, dotado de un orden interno y necesitado de un manejo concreto que le ayude a cumplir su función. A diferencia del bloque de plastilina, no admite cualquier tipo de manipulación. No da igual calentar el café en el horno que aplastar el horno, fundirlo, y darle forma de jirafa. Lo segundo significa destruirlo.

    Occidente está tratando al hombre como si fuera un bloque de plastilina en manos de una voluntad caprichosa con apariencia de libertad. Y adoctrina a sus hijos diciéndoles que pueden hacer con sus vidas lo que quieran, salvo impedir que el niño de la mesa de al lado pueda hacerlo de igual modo. Somos hijos de Rousseau, y el valor supremo -y único- es la «libertad» de quienes han firmado el contrato social. Da igual casado que divorciado, con un hombre que con una mujer, acostarse con la amiga o con el amigo, tener al hijo que matarlo… No se molesten en reivindicar los derechos de ese hijo, porque, para Occidente, no los tiene. Matarlo -dirá Occidente- podrá ser un pecado para quien elija vivir según la fe, pero nunca un delito, porque el feto no ha firmado el «contrato social», es decir, aún no es del club. Y lo único que le importa al club es que permitan a sus miembros hacer lo que deseen con su bloque de plastilina.

    Por eso, antes de alzar la voz sobre ningún asunto concreto, hay que mostrarle a esta sociedad el gravísimo error antropológico sobre el que está fundada: no somos bloques de plastilina. El ser humano está dotado de unas leyes internas, y la ruptura de esas leyes destroza al hombre. Vivir sin respetar el «manual de instrucciones» aboca al ser humano y a la sociedad a la desdicha y a la destrucción. No se trata de tener fe o no tenerla, sino de conocer y respetar la naturaleza humana, para poder ser felices. Si logramos reconocer que esa naturaleza humana existe, el siguiente paso será procurar que las leyes se amolden a ella y la promuevan. Perdonémosle la vida a Rousseau, y aceptemos el contrato. Pero expliquemos a los miembros del club que, si quieren ser felices, no les darán igual unas leyes que otras.

    Por eso, si tuviera que elegir un lema para una campaña, elegiría «no somos de plastilina». Pero, para que me entendieran los angloparlantes, usaría unas siglas que a menudo emplean los americanos a la hora de hablar de tecnología y de informática: RTFM. Es decir, «read the fucking manual».

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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