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Velando a un Dios dormido

   Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca (Ct 2, 7).

   La Iglesia que peregrina por el mundo es la barca azotada por las olas. El pecado y la muerte la golpean, la zarandean y la cubren. Vivimos la tormenta que no cesa. Y, junto a tantos hombres asustados, esa barca lleva dentro a un Dios dormido. No está muerto, sólo duerme. Míralo en la Eucaristía. ¿No ves allí, en el sagrario, en la custodia, en las manos del sacerdote, a un Cristo silencioso y manso? Como el niño dormido tiene que ser llevado a la cama en los brazos de sus padres, así Jesús, en la Hostia, es llevado al sagrario en volandas por el sacerdote tembloroso, que sabe que entre sus dedos duerme Dios. Si, un día, despertase entre el altar y el tabernáculo, un estallido de luz transfiguraría al propio sacerdote, mientras el pecado y la muerte se tenderían, mansos, en la nada. Pero, día tras día, Jesús se recuesta, dormido, en el altar, entra dormido en los cuerpos y las almas de los fieles, y es llevado dormido a los sagrarios, donde descansa como un niño en una cuna. Entre tanto, la muerte y el pecado cubren la tierra, y es tanto el ruido que provocan, que cualquiera diría que se han hecho con el mundo, y que el día es definitivamente suyo.

   También en mi alma duerme Cristo. Habita en ella; lo sé. Pero allí descansa, porque el alma en gracia es morada de Cristo, y sólo en su morada puede un hombre descansar. Por eso duerme. En ocasiones me preguntan: «¿Qué siente usted mientras celebra la Eucaristía?». Les respondo con la verdad: «Siento unas enorme ganas de fumar. Y, si celebro a última hora de la tarde, siento hambre». Y es que yo a Jesús lo amo con todas mis fuerzas, pero no lo siento, porque duerme y no hace ruido. Sé que está aquí; debo vivir de fe. Pero Él habita el alma en silencio. Un día despertará, y ambos amaneceremos en el Cielo. Mientras tanto, una jauría de perros furiosos rodea su cama y ladra sin cesar. Tentaciones, dolores, urgencias, enfermedades, rebeldías, impaciencias, pasiones que gritan, cansancios que lloran, heridas que se vuelven alaridos… Anda el alma agitada, y es tan sonoro el ruido de los perros que cualquiera diría que hubieran tomado la casa. Sólo Jesús parece descansar allí. Y, sin embargo, mientras Él prolongue su sueño, mi alma es un sagrario.

   Dejad dormir a Dios. No queráis despertarlo. Y no tengáis miedo. Si Dios duerme, ¿por qué andamos nosotros agitados? Su sueño es nuestra paz.

   Cuando le plazca, despertará. Y el día será suyo; Él mismo será el día. Cuidad tan sólo de que, cuando ese momento llegue, no estemos nosotros durmiendo en el pecado. Velemos el sueño de Dios, que un Dios dormido también nos cuida.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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