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VENGO “PRONTO”, NO “MAÑANA”. DATE PRISA

 

    Yo vengo pronto (Ap 22, 12)

    Cuando Dios dice “pronto”, el hombre suele responder “mañana”. Martín estudia segundo de Económicas, y ha descubierto que Dios le llama al sacerdocio. Sus padres, tan sensatos, le han aconsejado que termine primero los estudios. Nunca se sabe, siempre es bueno tener una licenciatura “por si acaso”. Martín será sacerdote cuando acabe la carrera, si Dios quiere. El domingo pasado, durante la santa misa, Ana sintió, con gran fuerza, que el Señor le pedía que comulgase a diario. ¿Cómo resistirse? Lo ha decidido: cuando su hijo pequeño tenga un año más, y pueda dejarlo en casa con los hermanos mayores y su padre, Ana irá a misa todos los días… Si Dios quiere. Antonio ha recibido una herencia, y tiene pensado hacer un donativo a la parroquia. Primero cancelará la hipoteca, después comprará un coche nuevo, y, con lo que sobre, hará un sustancioso donativo… Si Dios quiere.

    Yo vengo pronto.

    No lo hemos entendido bien, o quizá no hemos querido entenderlo. A “pronto” se debe responder con “prisa”, no con “mañana”. Se tarda mucho en decir “mañana”; es más rápido decir “ya”. El tren llega pronto y aún no estoy vestido; deprisa, ponte lo que puedas, cálzate y sal, que pierdes el tren. La serie de televisión empieza pronto y aún estoy en el trabajo; deprisa, déjalo todo como está y márchate, que te vas a perder el principio. La tienda cierra pronto y no tenemos pan para la cena; deprisa, baja antes de que cierren y compra pan.

    Yo vengo pronto.

    Estas tres palabras resumen el anuncio del Adviento. Cuando es Dios quien dice “pronto”, responder “mañana” es no estar a la altura. El amor de Cristo nos urge (2Cor 5, 14), y no hay prisa más justa que la prisa por servir a Dios; el tiempo es breve (1Cor 7, 29). Pero, ante al anuncio de Dios, “prisa” no debe significar jamás “atropello” ni “atolondramiento”. Simplemente significa que no hay tiempo que perder. Dios no nos pide que hagamos dos cosas a la vez. De ser así, nos habría otorgado el don de la bilocación. Pero nos ha dado el tiempo para que lo empleemos en buscar su gloria, y un minuto de vida empleado en otra cosa se parece mucho a un robo y a un pecado.

    El atolondramiento y los agobios aparecen cuando nos empeñamos en emplear un solo día para vivir dos: el de Dios y el nuestro. Queremos rezar, queremos atender al prójimo como Dios nos pide, y queremos hacer bien nuestro trabajo por amor al Señor… Pero, a la vez, queremos encontrar tiempo para nuestras cosas, arañar unos minutos de descanso, y cumplir con nuestros empeños personales. Y, claro, en el mismo día, cumplir con dos horarios superpuestos acaba con la tranquilidad de cualquiera.

    Yo vengo pronto.

    No hay tiempo que perder. Rompe de una vez la lista de tus “cosas que hacer”, olvídala para siempre, y dedícate sólo a lo que Dios quiere. Porque Él está a punto de llegar y, cuando aparezca, desea encontrarte haciendo su Voluntad. Permíteme que te lo recuerde: no ha dicho “vengo mañana”, sino “vengo pronto”. Responde “ya”.

José-Fernando Rey Ballesteros

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