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ADVIENTO PARA IMPACIENTES

 

    Nos traicionan muchas veces las palabras, y nos hemos creído que el Adviento consiste en “esperar al Señor”… La verdad, “esperar al Señor”, tal y como Él se las gasta en cuestión de plazos, puede ser agotador. No en vano dice la sabiduría popular en España que “el que espera, desespera”. Si yo estoy sufriendo por cualquier motivo, y alguien me dice que espere al Señor, porque el Señor vendrá a aliviar mu sufrimiento, quizá se lo agradezca, y hasta puede que me alegre durante los diez primeros minutos… Pero creo que ese tiempo, diez minutos, es el máximo plazo que un servidor es capaz de esperar sin impacientarse. Por tanto, al comienzo del minuto once ya estaría mordiéndome las uñas y pensando que el tal Señor no va a venir nunca. Mi adviento sería tristísimo.

    Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse (Is 40, 31). No es lo mismo “esperar al Señor” que “esperar en el Señor”. Porque, mientras “esperar a” significa dejar pasar tiempo hasta que llegue, “esperar en” significa confiar, abandonarme, descansar en la persona en quien espero y dejarle hacer a él. Si, en mi sufrimiento, alguien me anima a “esperar en el Señor” y yo le hago caso, esa persona no necesita decirme nada más, porque su anuncio me habrá llenado de esperanza. Y, ya que las palabras nos traicionan, diré que la esperanza no es lo mismo que la espera. Yo sabré que mi dolor no se le escapa a Dios, que Él me está mirando y me ama, que en mi sufrimiento estoy rodeado de su cariño y que, si Él permite que sufra, necesariamente será para un bien mayor. A partir de ese momento, mi dolor se habrá llenado de sentido. Desde luego, sigo esperándole, porque sé que Él no quiere que sufra y, tarde o temprano, pondrá fin a mi dolor. Pero, en la situación presente, mientras la contrariedad persiste, yo sabré que no estoy solo y que mi sufrimiento tiene un inmenso sentido. Los peores padecimientos, cuando se viven con Dios, pueden volverse inmensamente dulces, aún sin dejar de doler.

    El Adviento es el tiempo de la esperanza, más que el de la espera. Las promesas que Dios nos regala cada día en la Liturgia no son sólo para ilusionarnos con un futuro más o menos lejano, sino para pregustarlas hoy, para dejar que endulcen el alma y vivir, ya en la tierra, bañados por los gozos del cielo. Y uno de los mayores es el de pensar, precisamente, que si ya en esta vida se puede disfrutar tanto del Amor de Dios en medio de las contrariedades y a pesar de nuestros pecados… ¡Qué no será el Cielo, donde el dolor, la muerte y el pecado habrán sido vencidos por completo! Se enciende, entonces, el alma en deseos eternos, y todo parece nada lo que no es Dios. Y, así inflamado el corazón, no como quien está desesperado y angustiado, sino como quien está enamorado y nunca tiene bastante, grita: “¡Ven, Señor Jesús!”

José-Fernando Rey Ballesteros

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