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AL AGUA, Y DE CABEZA

    ¡Es el Señor! Como el ¡Rabbuní! de María Magdalena (cf. Jn20, 26) estas palabras de Juan tienen la virtud de cambiar la noche en día. Horas de pesca baldía, insomnio estéril, cansancio estúpido… Pero Cristo está en la orilla pidiendo pescado y todo cambia. ¿A quién le importan ya los peces? Simón se lanza al agua; de repente, su barca le parece el trasto más lento e inútil del mundo. ¿Por qué no va más deprisa, si languidece en la muerte y en la orilla está su Vida? Llega empapado y gozoso. ¡Jesús!

    Es lo que te sucedió cuando viste al Señor. La vida se te presentaba como un cansancio estéril, y todos tus esfuerzos, en esos momentos de tristeza, te parecían coronados por el fracaso. Sólo quedaba seguir esperando a la muerte e intentar sufrir lo menos posible. Pero se abrieron tus ojos, viste a Jesús en la orilla, sonriendo y abriendo sus brazos, pidiéndotelo todo y dándote lo que te pedía… Y la vida se volvió camino hacia el Amor. ¡Qué gozo! ¡Es el Señor! Te lanzaste al agua alborozado. Ya no quieres esperar a la muerte. Ahora quieres entregar la vida a Dios y a tus hermanos, desgastarte y darlo todo con inmensa alegría, porque vas hacia Él. También tú llegarás a la orilla empapado. En sangre y en agua. Recién bautizado.

(TPC03)

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