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Amar al mundo desde dentro (IX): la transformación del corazón

    Para muchos cristianos, por desgracia, la vida de fe ha quedado reducida a un problema moral. «Debo procurar ser mejor persona», se dicen, y todo su afán de conversión consiste en realizar propósitos ante Dios para después confesar ante el sacerdote su fracaso a la hora de cumplirlos… Ya es mucho. Son multitud quienes ni siquiera llegan a esto, y dejan reducida su religiosidad a una toma de postura intelectual o a unos ejercicios piadosos que poco tienen después que ver con la vida. Al menos, las personas a quienes me refiero saben que la fe exige conversión y tratan de adecuar su existencia a cuanto profesan en la oración. Pero la disolución de la vida de fe en el esfuerzo moral da como resultado una “fe olímpica”, para esforzados, que no es fuente de gozo más que cuando el esfuerzo resulta coronado por el éxito.

    El problema es mucho más profundo: cambiar la conducta a fuerza de propósitos sin transformar previamente el corazón es tan laborioso e inútil como pretender ir calentando con un mechero el agua fría que brota del grifo. ¿No sería mejor cerrar ese grifo y abrir el del agua caliente?

    Oh, Dios, crea en mí un corazón puro. Renueva en mis entrañas un espíritu firme (Sal 50, 12). La tarea de la cristificación no comienza con el cambio de conducta, sino con la transformación del corazón del cristiano y su identificación con el sagrado Corazón de Jesús. Ya he escrito en anteriores entregas de esta serie que la labor la realizará el Paráclito, y no nosotros. Pero a nosotros nos corresponde crear las condiciones necesarias para que el Espíritu pueda hacer su trabajo sin obstáculos.

    La primera de esas condiciones es el estado de gracia habitual. En un alma en pecado nada puede hacer Aquél que es «Señor y dador de vida». Por ello cobra una enorme importancia la recepción frecuente del sacramento del Perdón, de modo que ni siquiera el pecado venial enquistado o consentido pueda obstaculizar la acción del Espíritu.

    Una segunda condición es la búsqueda de Cristo en la oración. Recodemos que el fin principal de la oración, incluso por encima del cambio de conducta, es alcanzar amor. Y si el tiempo dedicado a la oración se nos va en examinarnos, en pedir perdón, en dar gracias y en hacer propósitos, al final descubriremos que no hemos hablado sino de nosotros mismos, mientras al Señor no lo hemos conocido. Semejante oración no puede tener al amor como fruto, porque no supone sino un repetido movimiento de rotación en torno a nosotros mismos, con Dios como excusa o como garante de nuestros buenos propósitos. Para que el corazón se transforme, semejante movimiento de rotación tiene que transformarse –aunque sea haciéndose violencia- en un movimiento de traslación, en el que sentidos y potencias se agrupen en torno a Cristo, lo contemplen y escuchen hasta quedar rendidos y embelesados ante su Amor. Es preciso que el eje de la oración sea el Evangelio, o algún libro destinado a meditar o a considerar la vida de Cristo. Él tiene que crecer, y nosotros tenemos que menguar (Cf. Jn 3, 30).

    En este tipo de oración, más trabaja la mirada que el pensamiento. Y esa mirada debe ir dirigida al Corazón de Cristo, a sus sentimientos más profundos y los motivos de sus palabras y obras. De este modo, poco a poco el Espíritu empapará también nuestros corazones en esos mismos sentimientos y actitudes. Permítaseme ejemplificarlo con un breve pasaje:

    Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber.» (Jn 4, 7). Ante este versículo, el moralista se apresurará a considerar: «Tengo que dar de beber a Jesús. ¡Oh, pobre Señor, qué sediento lo tengo! Debo saciar su sed con mi generosidad, con mi humildad, con mi alegría»… Yo no digo que esté mal esta forma de oración; al contrario, está repleta de buenas intenciones. Lo que afirmo es que la persona que ha orado así no ha conocido más a Cristo, y, por tanto, no ha podido crecer en amor aunque haya formulado bellos propósitos. El alma contemplativa no se apresurará a sacar conclusiones. Primero se quedará mirando a un Jesús sediento, y se enamorará de quien, siendo Dios y Creador del agua misma, eligió pasar sed para que yo, un miserable pecador, pudiera beber vida eterna en su costado. De aquí brotarán actos de amor y alabanza. Después, esta alma fijará sus ojos en el modo en que Jesús se acerca a la mujer samaritana: siendo Dios, y pudiendo sacar allí mismo agua de las piedras para sorprender a la mujer e hincarla de rodillas, sin embargo prefiere acercarse a ella como un pobre mendigo que le pide una limosna. ¡Oh, qué humildad! Quiere ser amado más que temido, y por ello se arriesga al desprecio. Mientras esto considera, el alma sentirá vergüenza de cuantas veces se ha pavoneado por sus obras ante los demás. Pero esta vergüenza será dulce, porque no es el eje de su oración. El eje de su oración es el Corazón de Cristo. Si la mirada se prolonga y se remansa en ese Jesús arrodillado ante la pecadora, será muy fácil que la próxima vez que esta persona se acerque a sus hermanos lo haga con la misma humildad.

    Si la oración se mantiene así, centrada en el Corazón de Jesús, poco a poco el corazón del hombre se identifica y se amolda a sus latidos hasta configurarse con él. Esta transformación del corazón, obrada en la oración, será el inicio de un verdadero cambio de vida, al que dedicaremos la próxima entrega.

José-Fernando Rey Ballesteros

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