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Amar al mundo desde dentro (X): el combate del cambio de vida

    La transformación de corazón, a la que dedicábamos la anterior entrega de esta serie, se va operando poco a poco en el alma del cristiano, conforme alcanza intimidad con Cristo. Me gustaría poder decir que, a medida que el espíritu se identifica cada vez más con los sentimientos del Señor, dicha identificación va dando como resultado un pacífico cambio de vida y un dulce sometimiento de toda la persona a la conversión operada en su interior. Pero no puedo decirlo, porque, sencillamente, no es verdad. Antes al contrario, a la transformación del corazón le sigue una lucha a muerte.

    Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros (Rom 7, 22-23).

    Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais (Gál 5, 17).

    Basten estas dos citas de san Pablo para entender que, si la transformación del corazón es dulce y amorosa, la verdadera conversión de vida requiere violencia y muerte. Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias (Gál 5, 24).

    También me gustaría poder decir que, conforme el alma alcanza mayor intimidad con Dios, los pecados se derriten como la cera cuando se acerca al fuego. Pero tampoco puedo decirlo, porque es mentira. Antes al contrario, cuando el alma se acerca a Dios, los pecados se defienden y se resisten a desaparecer, obedeciendo a esa ley de muerte que ha dejado impresa en nosotros la culpa original. Se entabla entonces ese combate entre el espíritu y la carne al que hace referencia el Apóstol, combate que durará, en muchos casos, hasta el fin de la vida terrena del cristiano. Si no se aparta el alma de Dios, poco a poco irá conquistando terreno a la carne y ganando batallas, que se traducirán en cambios de vida. Pero siempre habrá frentes abiertos donde la guerra llegará a ser terriblemente violenta.

    Si, para muchas personas, la vida cristiana es tranquila y pacífica, sin grandes tentaciones ni grandes pecados, el motivo en una buena parte de los casos es que la mediocridad los ha vuelto poco molestos para el Demonio. Con los tibios, Satanás no necesita movilizar sus recursos; le basta sentarse y aplaudir. Se conforma con que mantengan la convivencia pacífica con el pecado venial. Pero cuando un cristiano se lanza decididamente a la santidad, batallones de demonios se movilizan contra él. Afortunadamente, no todos esos demonios son igual de listos. Algunos, incluso, son de lo más estúpido con que cuenta en sus filas en Príncipe de las Tinieblas. Otros son, a semejanza suya, ángeles de luz. Los distinguimos por cómo se defienden.

    – Los “demonios tontos” y “pecados tontos”. Que sean tontos no significa, en todo caso, que sean fáciles de vencer ni que sean de poca monta. Tan sólo significa que son tontos. Y por eso, ante la cercanía de Dios en el alma de oración, se defienden gritando y profiriendo alaridos, pataleando y ocasionando dolor, como se ve frecuentemente en el Evangelio. No es extraño –y así ha sucedido con los santos- que personas que alcanzan elevados grados de oración hayan experimentado violentísimas tentaciones de lujuria (así le sucedió, por ejemplo, a san Jerónimo o a san Antonio) o de ira (en el caso de san Pío X). En otros casos, como el de san Romualdo o el Cura de Ars, los mismos diablos se aparecen e incordian con violencia al santo. Todo lo que consiguen estos “demonios tontos” es causar dolor o hacer temblar al alma entre tentaciones e insidias que Dios permite. Pero el propio Dios, que ya ha hecho morada en esa alma, se encargará de todo sirva para bien y de que la casa asentada sobre roca, por mucho que tiemble, no se derrumbe (Cf. Mt 7, 24-27).

    – Los ángeles de luz y los “pecados mimetizantes”:  personalmente, los “demonios tontos” no me dan miedo. Cuando Satanás se acerca con el rabo, los cuernos y el tridente es tan fácilmente identificable que el combate sucederá a la luz del día. Y el día no es su terreno. Cuando me da miedo el Demonio es cuando, en medio de la noche, se comporta como ángel de luz. Como director espiritual, trato diariamente a personas “piadosas” condenadas a la mediocridad por culpa de estos diablos. Su técnica es mucho más sofisticada que la de los “demonios tontos”, y, por desgracia, más eficaz: conforme el alma se acerca a Dios, en lugar de gritar y producir dolor, guardan silencio y se dedican al camuflaje de los pecados para evitar que desaparezcan. Ese camuflaje tiene lugar por la vía del mimetismo. Es decir: al igual que hay insectos que logran confundirse con las ramas de los árboles, gracias a estos demonios los pecados se mimetizan y adoptan apariencia de virtud. De este modo, el alma, al no reconocerlos o tomarlos por virtudes, no luchará contra ellos. Ofrezcamos un ejemplo: Una persona, antes de acercarse a Dios, comete habitualmente el pecado de la murmuración, y saca a relucir en conversaciones las miserias ajenas. Pero, después de convertida, se acercará a otra alma “piadosa” y de dirá: «reza por x, que ha abandonado a su marido y se ha marchado con un aventurero al que Dios perdone». Realmente ha hecho lo mismo que hacía antes de convertirse, pero ya no va a confesarse de ello. ¿Cómo confesarse de rezar y pedir oraciones? Otros desobedecerán al director espiritual a causa de revelaciones particulares en la oración. Otros llamarán “santo celo” a la ira…

    La lucha requiere dedicación y astucia. Pero, si el alma no se aparta de Dios, y se obedece al director espiritual en todo, la victoria se irá alcanzando, y el cristiano se irá transformando, realmente, en “otro Cristo”. Ahora bien, si no se experimenta tentación ni se lleva a cabo lucha alguna; si el Demonio no da señales de estar molesto… Algo va mal con esa alma. Cuidado.

José-Fernando Rey Ballesteros

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