Inicio » Amar al mundo desde dentro » Amar al mundo desde dentro (y XII): La transformación de la sociedad

Amar al mundo desde dentro (y XII): La transformación de la sociedad

    Es posible que nunca hayan existido tantos instrumentos para transformar la sociedad como los que se han puesto en funcionamiento en Occidente en los últimos decenios. La irrupción de los medios de comunicación modernos en los hogares de los ciudadanos ha puesto a disposición de quienes saben utilizarlos una valiosísima herramienta de ingeniería social. Los resultados son tan sorprendentes, que, en España, si alguien hubiese preguntado hace treinta años por la posibilidad del matrimonio homosexual, el propio entrevistador habría pasado por estrafalario. Hoy día, por desgracia, ni siquiera el partido político que dice representar al centro-derecha se ha atrevido a cambiar la ley que introduce en nuestro ordenamiento el matrimonio homosexual. Y treinta años es muy poco tiempo.

    Los cristianos estamos llamados por Dios a transformar la Tierra y a propagar en ella el reinado de Cristo. Pero ¿contamos con las armas necesarias para hacer frente a quienes, a través del manejo de los medios de comunicación social, han demostrado poder moldear la sociedad como si fuera arcilla? ¿Podremos implantar el Evangelio del mismo modo que otros han implantado el laicismo en Europa?

    “Del mismo modo” no. Esta respuesta es clave. Y la razón que la motiva lo es aún más: Mi Reino no es de este mundo (Jn 18, 36). Si pretendemos entablar la batalla por la conquista de la sociedad con las mismas armas del enemigo, debemos saber, de antemano, que la batalla está perdida. Y, si aún no hemos comprendido esto, entonces deberíamos pasar más tiempo mirando el Crucifijo. No es el siervo más que su señor.

    De entre los medios modernos de influencia social, hay algunos que son perfectamente incompatibles con el cristianismo. Me refiero a todos aquéllos que se basan en el marketing, es decir, en el silencio sobre lo desagradable de un producto y el debido realce de lo agradable, para presentar dicho producto de forma cautivadora a los sentidos. Este procedimiento, tan común en publicidad, está basado en una mentira socialmente admitida, pero mentira al fin y al cabo, que es lo opuesto de nuestro signo de identidad: la Cruz. La Cruz es repugnante a los sentidos y cautivadora sólo para el espíritu. Cruz y publicidad o marketing, tal como hoy se entienden, son incompatibles. Esa batalla la tienen ganada las tinieblas. Al fin y al cabo, juegan en su terreno.

    Existen otros medios modernos que, al no ser incompatibles con el Evangelio, pueden y deben ser empleados al servicio del Reino de Dios. La presencia de cristianos en la política, en la vida pública, en los distintos movimientos sociales o en Internet es necesaria para que el mundo pueda ser devuelto a Cristo. Sin embargo, no es suficiente. Y, si me apuran, aunque esa batalla debe lucharse, admitamos que también está perdida de antemano. Por ejemplo: un cristiano coherente que, desde dentro, quiera ejercer su influencia en la política, sabe que no puede renunciar a los principios que conforman su fe. No puede transigir con el aborto, ni con el divorcio, ni con la eutanasia, ni con el matrimonio homosexual. Y, después de la obra de ingeniería social que se ha realizado en Europa y en España, un político con semejantes ideas por bandera está llamado, en primera instancia, al fracaso. En este aspecto, la salida en falso del “mal menor”, que ha llevado a algunos a ceder en puntos esenciales con la esperanza de recuperar terreno no deja de ser un pacto con las tinieblas. No me parece que sea ése el camino.

    En cuanto a otras formas de influencia social, como pueda ser la presencia de cristianos en Internet, en medios de comunicación, y en redes sociales, se me antoja imprescindible, pero del todo insuficiente. Esa batalla, a día de hoy, también está perdida. Esta misma página que están ustedes leyendo puede animar a quienes ya creen y –ojalá- fortalecerlos en su fe. Pero jamás he pensado que, con esta página, pueda un servidor cambiar el mundo. Deseo cambiar el mundo, pero no es esta web, precisamente, la punta de lanza. Esta web ha nacido para clavarse en la Cruz, y la Cruz es, en primera instancia, un fracaso y una derrota.

    Sírvanos, precisamente, la Cruz como punto de partida para hablar de la verdadera transformación de la realidad. Porque hay en ella una fuerza infinitamente más poderosa que la que puedan tener todos los medios modernos de ingeniería social juntos. Esa fuerza la han tenido, y la tienen, los santos. Son ellos, y no los políticos ni los expertos en agit-prop, quienes pueden cambiar el mundo.

    La forma de hacerlo no es nueva: está perfectamente detallada en el Evangelio y en la historia de los primeros siglos de existencia de la Iglesia. Es la de la levadura en la masa (Cf. Lc 23, 21). Después de la Resurrección de Cristo, apenas un puñado de personas habían sido transformadas por Él. Pero la entrega de estas personas a Cristo era absoluta y sin resquicios. No fueron príncipes ni gobernantes, pero emplearon su vida en propagar el Evangelio con su testimonio y, llegado el caso, con su muerte. Poco a poco, la sociedad se fue transformando desde abajo, como se transforma la masa bajo la acción de la levadura. Y cuando, en el siglo IV, un emperador romano se convierte, ya eran cristianas su madre y su esposa. La ascensión del evangelio a las cimas de la política fue, como la espuma en la cerveza, el último paso, no el primero. El primero fue el de los ciudadanos de a pie, quienes, de uno en uno, fueron acercados a la Iglesia.

    La verdadera transformación de la sociedad no la realizan ni los políticos ni los agitadores, sino los santos. Son ellos quienes, dando testimonio del Evangelio, ejercen su silenciosa influencia en quienes tienen alrededor. Poco a poco, ese testimonio va cundiendo, y la sociedad se va transformando desde abajo. En una sociedad democrática sometida a este influjo, llega un momento, tras una o dos generaciones, en que un político coherente con el Evangelio encuentra ya una base social suficiente para poder ejercer su influencia sin renunciar a sus principios. Entonces la batalla, esa misma batalla que estuvo perdida, está ganada.

    ¿Qué es, por tanto, lo que hace falta? Santos, tiempo, y el auxilio divino. El tiempo y el auxilio divino los tenemos. En cuanto a los santos… A ver si perdemos el miedo de una vez. Claro que, junto al miedo, hay que estar dispuestos a perder también todo lo demás; todo lo que no sea Cristo.

José-Fernando Rey Ballesteros

Libros digitales:

 

 

 

 

 

Colabora al mantenimiento de la página:

Reciba el blog en su buzón:

Introduzca su dirección de correo:

Recibirá las actualizaciones del blog en su correo electrónico

Archivos

enero 2021
L M X J V S D
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031
Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de sus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad