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El terrible doble check azul

   Hace cerca de un mes que cancelé mi cuenta de Whatsapp. Poco antes, había cancelado las cuentas de Facebook y Twitter. No se trataba, ni mucho menos, de una cuestión de principios. Al revés, las cuentas de Facebook y Twitter me habían sido muy útiles a la hora de difundir estos pequeños escritos, que yo quisiera ver esparcidos a los cuatro vientos. Pero, en un momento dado, sentí que tenía demasiados puertos de entrada abiertos hacia el exterior, por los que no cesaba de entrar información que ya no podía procesar con calma. Por eso decidí mantener operativos solamente los canales a los que podía atender sin perder de vista lo esencial en mi vida: Dios, mi parroquia y mi familia. Me quedé, por tanto, con el teléfono fijo, el móvil, y los sms. Incluso me sigue pareciendo demasiado en ocasiones, pero reconozco que, debido a mi ministerio, las personas de mi entorno tienen derecho a localizarme.

   Fue al poco de salir de las citadas plataformas cuando, ya con la distancia del «liberado», comencé a pensar que las denominadas «redes sociales» tienen bien ganado el nombre. Son verdaderas redes que te envuelven, te atrapan y te oprimen entre miles de mensajes que requieren respuesta. Hay personas capaces de escuchar una llamada y mirar hacia otro lado, ignorando a quien los llama y absteniéndose de responder. Yo no soy de ésos. Quizá porque me siento molesto cuando alguien no responde a mis llamadas, soy incapaz de dejar sin respuesta a quien me reclama. Puede –eso sí– que mis respuestas sean secas, breves y aparentemente frías. Pero eso no es más que una exigencia de las muchas llamadas que recibo y de la imposibilidad de bilocarme. Además, prefiero, mil veces, el «cara a cara». Odio a muerte el teléfono, y sólo lo acepto porque, como he dicho, soy incapaz de quedarme quieto cuando alguien me llama.

   En estas cavilaciones andaba yo, cuando la semana pasada comienzan a inundar la prensa decenas de artículos sobre el terrible «doble check azul» de Whatsapp. Y, conforme los leía, cada vez me alegraba más de haber abandonado esa peligrosa plataforma. Al principio, cuando comencé a usarla, confieso que me despertaba interés la información sobre la última hora de conexión de mis contactos. Por eso desactivé la opción, impidiendo que ellos supieran cuando me había conectado yo, y evitando saber, por mi parte, cuándo se habían conectado ellos. Fue la curiosidad misma la que me asustó. Me pareció estar cruzando una línea peligrosa: la de dejar al otro ser quien es, y hacer lo que le venga en gana. No quiero saber nada sobre alguien si él mismo no tiene interés en manifestármelo. Y, aunque me temo que mi vida sería la decepción de cualquier curioso, tampoco quiero que sepan nada sobre mí que yo mismo no desvele. Ahora resulta que Whatsapp ha activado una característica que abre un boquete en el muro de la intimidad. Si tu churri te envía un mensaje, lo lees, y no respondes, churri verá el doble check azul, sabrá que lo has leído hace cuatro horas, y sabrá también que no has respondido en todo este tiempo. Lo que no sabrá es por qué, pero eso no importa: la imaginación es una herramienta maravillosa, y podrá pensar que ya no la quieres, que pasas de ella, que estás con otra, que prefieres la conversación de tus amigos a la suya, que piensas que es una pesada, o que has decidido cortar con ella y el no responderla es el primer paso. La crisis está servida. Cualquiera le dice ahora a churri que estabas en una reunión y, aunque leíste su mensaje, no te era posible responder sin llamar la atención.

   La verdad, me alegro de haber salido de estas redes. He nacido para ser libre, y una avalancha imparable de información no me ayuda a alcanzar ese destino. Dice el evangelio que La verdad os hará libres (Jn 8, 32), pero confundir «verdad» con cantidad de información es una estupidez. Al contrario, el exceso de información provoca, muchas veces, más confusión que claridad. Para encontrar la verdad no hace falta mucha información: basta con saber seleccionar la que realmente importa. Y ésa es muy poca, y muy luminosa. Quien la conoce, no necesita exceso de palabras, sino silencio para contemplarla. Éste es el verdadero motivo por el que prescindiré de las redes sociales, y del doble check azul: necesito silencio.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Los «lapsi», los divorciados vueltos a casar, y mis miedos

   A lo largo del siglo III tuvo lugar, en el seno de la Iglesia, la discusión sobre los «lapsi». Durante la persecución de Decio, muchos cristianos habían cedido a la violencia de los perseguidores y, para conservar la vida, habían ofrecido sacrificios a los ídolos romanos. Esto los convertía en apóstatas, y, por tanto, en reos de excomunión. Pasada la persecución, una buena parte de ellos volvieron a la Iglesia en busca de misericordia, y entonces se suscitó la polémica. ¿Debía la Iglesia acoger en su seno a quienes, por miedo al martirio, habían renegado de Cristo? ¿No se abriría, con ello, una puerta de fácil acceso para todo aquél que, en futuras persecuciones, viera como más cómodo sacrificar y pedir después perdón que morir violentamente por ser fiel? San Cipriano propuso que se perdonase a los apóstatas sólo después de una vida entera de penitencia, y cuando ya estuvieran al borde de la muerte. Frente a él, Novaciano clamó diciendo que estos pecadores no deberían encontrar perdón jamás. Una tercera vía la representaron Novato y Felicísimo, quienes proponían otorgar el perdón si la penitencia venía avalada por un confesor de la Fe (el llamado «billete de paz»). Por resumir la cuestión, quien finalmente se separó de la Iglesia fue Novaciano, al percatarse de que su excesivo rigorismo no sería aceptado por la Esposa de Cristo. Ésta, fiel a la misericordia de su Señor, acabó por aceptar de nuevo en su seno a quienes habían pecado gravemente y volvían arrepentidos.

   Sería muy tentador equiparar la discusión que se ha originado en los últimos años a raíz de la comunión de los divorciados vueltos a casar con la que tuvo lugar hace dieciocho siglos. Pero hay que tener mucho cuidado con la ligereza a la hora de comparar situaciones.

   Entonces se trataba de acoger en la Iglesia a quienes, tras haber pecado, volvían a su seno arrepentidos y con el propósito de no incurrir de nuevo en las mismas culpas. Si planteásemos la polémica actual en los mismos términos, habría que decir que no ha lugar la discusión, puesto que quedó zanjada por la instrucción que, en 1994, promulgó la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el entonces Cardenal Ratzinger. Allí se establecía que los divorciados vueltos a casar por contrato civil podían acceder a los sacramentos siempre y cuando su pecado no fuese público y tuviesen la intención de convivir, en adelante, «como hermano y hermana». La doctrina es clara: como cualquier pecador, el divorciado que ha contraído matrimonio civil con otra persona puede confesar y comulgar siempre y cuando reniegue de su pecado y se proponga no repetirlo en adelante.

   El problema es que la discusión que hoy está en el candelero va referida a divorciados vueltos a casar que no tienen intención de volverse atrás de su pecado, sino que buscan hacer compatible la convivencia «como esposo y esposa» con la práctica de los sacramentos. No es esto lo que sucedió en el siglo III. Entonces pudo triunfar la misericordia, porque había arrepentimiento y deseo de enmienda. La pregunta que habría que hacerse hoy es: ¿puede hablarse de misericordia con quien no viene arrepentido de sus culpas a obtener el perdón, sino que pretende que la Iglesia cambie su doctrina y deje de llamar pecado a lo que en el mismo Evangelio se denomina como tal?

   Algo semejante ocurre con la homosexualidad. Ésta, en cuanto tendencia física o afectiva, no es ni pecado ni virtud, dado que no es fruto de una elección personal. El pecado es la lujuria. El que un hombre se sienta atraído por otros hombres no es pecado, ni tampoco el que una mujer se sienta atraída por otras mujeres. Tanto ese hombre como esa mujer son dignos de todo el respeto y el cariño que merecen los hijos de Dios, y una tendencia sexual o afectiva no resta un ápice al cariño y respeto que se les debe. El que convivan juntos dos hombres o dos mujeres no tiene por qué ser pecado necesariamente, si esa convivencia discurre en el clima de un afecto cordial y sano. El que se emplee una facultad tan digna y santa como la sexualidad para un fin distinto de aquél que Dios le asignó al crear al hombre sí es pecado, y pecado grave. Nuestros cuerpos no nos pertenecen, y nuestra sexualidad no es un juguete ni un instrumento al servicio de nuestros fines personales, sino un don otorgado por Dios para el amor conyugal y la fecundidad matrimonial. El pecado no reside en que a un hombre le guste otro, ni en que una mujer se sienta atraída por otra, sino en apoderarse de la sexualidad propia y sustraerla al fin para el que nos ha sido otorgada. Este fin es la unión fecunda entre hombre y mujer. Si una madre le entrega a su hijo 20 euros con el encargo de que compre leche para la familia y el niño gasta el dinero en dulces para su disfrute particular, hay que decirle a ese niño que ha robado. Se podrá ser más o menos duro en el castigo, según las circunstancias, pero el niño debe saber que ha cometido una mala acción.

   Nadie cuestiona que la Iglesia debe acoger con cariño a los homosexuales, como acoge a los rubios, a los gordos, a los solteros y a los calvos. El mero planteamiento de esa cuestión es ofensivo para una Iglesia que es madre. Pero el modo que tiene la Iglesia de acoger con cariño a sus hijos es alimentándolos con la verdad. La pregunta, por tanto, es: ¿Puede la Iglesia ocultar a los homosexuales que la sodomía es pecado? ¿Puede bendecir uniones en las que la intención de llevar a cabo prácticas sexuales ilícitas se sobreentiende?

   No me asusta una Iglesia crucificada por las gentes. No me asusta el que la Iglesia pierda todas sus riquezas y su influencia en este mundo. No me asusta –nunca me ha asustado– la posibilidad de quedarnos sin «adeptos» por la impopularidad de nuestro mensaje. No me asusta que se nos tache de cerriles, de reaccionarios o de opuestos al progreso. No me asusta que se nos insulte, ni que pueda llegar un día en que nuestros templos se vacíen. Al fin y al cabo, Cristo llegó al fin de sus días sin discípulos, y afrontó la deserción masiva que tuvo lugar tras el discurso en la sinagoga de Cafarnaúm. No me asusta nada de eso, con tal de saber que hemos hecho y dicho lo correcto, que hemos sido fieles a la gracia recibida.

   Me asusta, sin embargo, una Iglesia arrodillada ante el mundo, pidiendo perdón por ser cristiana, y prometiendo portarse bien en adelante y decirle al mundo lo que el mundo quiere oír. Me asusta una Iglesia gimiendo ante los hombres para que no abandonen los templos y dispuesta a «lo que sea» con tal de no perder aforo (incluso me sentiría tentado de sospechar que lo que no quisieran perder algunos son sus privilegios). Me asusta la moral de conveniencia que ya no es fiel a la verdad, sino a la estadística. Me asusta una Iglesia esclava de las encuestas. Me asusta una Iglesia más empeñada en halagar los oídos del pecador para captarlo como cliente que en denunciarle cariñosamente su pecado para moverlo a penitencia. Me asusta una Iglesia que tras ser, durante veinte siglos, un faro anclado firmemente en la tierra de la verdad cuya luz mostraba el camino a las gentes en medio de las tormentas, sea finalmente arrancada de cuajo de su roca por los vientos y quede a merced de las olas de la popularidad terrena. Si esto sucediera algún día, nada podría consolar mi llanto hasta la muerte.

   No obstante, mi susto es sólo eso, un susto. Confío y espero firmemente, en Dios, que nada de eso sucederá. Pero también estoy convencido de que ha llegado el tiempo de las grandes santidades. Es urgente que despertemos. Después de nosotros, despertará el Señor.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

 

“Guía

La verdadera epidemia

   Al igual que millones de españoles, sigo con atención todas las noticias que se precipitan en los medios digitales (los impresos, por razones obvias, son más tranquilos) sobre la ya conocida como «crisis del ébola» en nuestro país. Y, aunque se nos ha dicho que no nos encontramos en riesgo de epidemia, un servidor, sin entender nada de medicina, se atreve a pensar que el riesgo no es tal porque la epidemia hace mucho años que se ha cebado con nosotros. Y entenderán ustedes que me refiero a una epidemia mucho peor que la del ébola.

   La noticia no es la enfermedad en sí misma. Esa enfermedad lleva años segando vidas en el continente africano sin ocupar puestos de portada en nuestros medios de comunicación. La noticia es que el ébola está en España, y que se ha producido un primer contagio en nuestro país. Es decir: lo que llena de preocupación no es tanto que la infección exista, como el que la infección esté cerca. El español se siente hoy más amenazado que hace cuatro meses. Ésa es la cuestión principal.

   Antes de este primer contagio, han muerto en España dos personas a causa del ébola. Eran dos misioneros cuyas vidas, mucho antes de contraer la infección, habían sido entregadas para gloria de Dios y para bien de los más necesitados. Han muerto en silencio, como quien consuma la vocación más noble del ser humano y se entrega hasta la extenuación. Y, mientras morían, la principal preocupación de muchos españoles era si su muerte nos ponía en riesgo a todos…

   Ahora resulta contagiada una persona que no contaba con ello. Nos ha cogido a todos de sorpresa. Al fin y al cabo, el misionero es un ser que da la vida. Pero los demás nos dedicamos a vivirla, y vemos en este contagio a alguien más cercano a nuestro modo de estar en el mundo que resulta alcanzado por la enfermedad. El riesgo, entonces, nos parece mayor, y en proporción crece el tipo de letra y el número de columnas de los titulares. De algún modo, la noticia se resume así: «¡Cuidado! ¡Está más cerca!»

   En definitiva: tenemos miedo. Y tenemos miedo por nuestras vidas. Alguien lanzó el grito en un medio de comunicación: «Todos somos Teresa». Es verdad. Eso no se dijo respecto a los dos misioneros. Debían ser gente especial. Pero Teresa… Es como nosotros. Y eso es lo que nos asusta. Todos podemos morir contagiados.

   Nuestra principal preocupación no son los miles que han muerto en África, ni las personas que desinteresadamente los cuidan… Ni tampoco nos sirven las noticias para calibrar la fragilidad de la vida presente y lanzar los ojos más allá. No he leído llamamientos a la oración, ni he visto páginas dedicadas a cómo atender espiritualmente a los enfermos.

   Tan sólo estamos asustados porque podemos morir de algo con lo que no contábamos, y porque sólo creemos en esta pobre vida que ha de terminar de todas formas.

   La epidemia no llegará. Lleva tiempo aquí. Y la infección letal se llama egoísmo y ceguera espiritual. Lo peor es que el virus ha entrado en nosotros con tanto sigilo que ni siquiera podemos detectarlo. Vamos sin protección.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

“Guía

Olor a guerra en Europa. Cuestiones morales

   Huele a guerra en Europa, circundada de conflictos por todas sus fronteras terrestres, es decir, por el este y por el sur. Rusia, Afganistán, Libia, Israel, Siria, Irak, y la facilidad con que la atmósfera bélica pueda extenderse a Egipto y al norte de África, donde la religión musulmana convierte el territorio en campo de batalla. No sabemos lo que aguantará el cascarón de este huevo con yema de oro llamado Europa en quebrarse, sometido a la presión de esa mano que se cierra vigorosamente en torno a él. Sobre todo, porque la presión no es sólo externa. Las democracias europeas, con sus garantías y su entramado de libertades, han mostrado su debilidad a la hora de convertirse en paso franco para todos los fanáticos procedentes del entorno musulmán que han querido asentarse en ellas. El enemigo, por tanto, se encuentra también dentro. Los ejércitos del viejo continente llevan muchas décadas sin combatir en misiones que no sean «de paz», y no parece que hayan empleado los últimos años, marcados por la crisis económica, precisamente en reforzarse. La impresión que tiene un simple lector de prensa es que, al final, todo es cuestión del tiempo que tarde en crujir el cascarón del huevo con yema dorada.

   Pido a Dios que cambie el viento, que se apaguen los fuegos y se refresque el aire que nos circunda. Pero, si esto no sucediera, si finalmente Europa se viese envuelta en un conflicto bélico de dimensiones inimaginables… ¿Cuál sería la toma de postura de la Iglesia, y cuál debería ser la actitud de un cristiano que se viera envuelto en una guerra?

   En cuanto a la toma de postura de la Iglesia, como institución, poco tengo que decir, porque ya está dicho. Tanto el papa Francisco como el secretario de Estado del Vaticano, mons. Parolin, han expresado de forma clara la postura de la Iglesia: es preciso frenar al agresor, pero debe tratar de hacerse por medios no violentos, es decir, diplomáticos. Como institución, la Iglesia no puede decir otra cosa a día de hoy. Pero cualquiera que haya visto las imágenes de las decapitaciones de los periodistas americanos comprenderá que a ese señor encapuchado con un machete en la mano la diplomacia le dice más bien poquito. No acabo yo de verlo sentado a una mesa con el embajador americano. Por tanto, el cuadro es el siguiente: una persona está agrediendo a otra, y el Papa se acerca y les pide que se sienten a hablar. Eso es normal; no va el pobre Papa a jalear al ofendido para que tome otro machete y le rebane el pescuezo al ofensor. Pero, una vez pronunciadas las palabras del Papa, el de la capucha negra se niega a escuchar y sigue a lo suyo… ¿Qué hacer?

   Hay mucho escrito, en la Biblia y en las enseñanzas de los papas, acerca de la guerra justa. También el Catecismo de la Iglesia Católica se refiere a ella. Del mismo modo, hay muchísimo escrito sobre las excelencias del martirio. A primera vista, dado que uno tiene que elegir entre defenderse y dejarse matar, guerra justa y martirio parecen incompatibles entre sí… ¿Lo son?

   No lo son. El motivo es que ambas doctrinas van dirigidas a distintos sujetos. La doctrina de la guerra justa debe aplicarse a los Estados, mientras la del martirio se refiere a las personas. Además, la doctrina de la guerra justa marca los límites de la licitud, mientras la del martirio apunta a los horizontes de la santidad. No es lo mismo. No todo lo que es lícito es heroico, ni basta para canonizar a una persona. Por defenderse de manera proporcionada ante una agresión nadie peca (ésta es la doctrina de la guerra justa), pero tampoco canonizan a nadie por haberse defendido. Por morir mártir sí puede ser uno canonizado.

   Como la santidad es atributo de las personas, no de las instituciones, un Estado no puede decidir morir mártir. Más bien, tiene la obligación de defenderse y proteger a sus ciudadanos. Por eso los ejércitos son lícitos, y la profesión militar es tan adecuada para un cristiano como cualquier otra profesión honrada. El cristiano que, en el marco de una guerra justa, sale al campo de batalla y dispara su arma no peca. Paradójicamente, pecaría si decidiese morir mártir en el campo de batalla y tirase el arma, porque con ello faltaría a la obediencia debida, desprotegería a aquellos a quienes tiene obligación de proteger, y rompería el compromiso contraído cuando libremente se alistó en el Ejército. Si ese cristiano quiere ser santo, debe procurar ser un buen soldado. Y, probablemente, lo más difícil para él sea cuidar su propio corazón: no debe albergar odio hacia sus enemigos. He ahí su horizonte de santidad.

   Segundo caso: supongamos que la guerra se extiende y los Estados europeos movilizan a la población. ¿Tiene un cristiano obligación de obedecer, vestir el uniforme, y servir como soldado en el campo de batalla? La única respuesta posible es que, en ese caso, debe actuar en conciencia. Por un lado, tiene obligación, como ciudadano, de obedecer a las autoridades que lo movilizan. Por otro lado, nadie puede obligarle a matar a un semejante. Por ello, debe escuchar la voz de Dios en su interior y tomar su decisión. La objeción de conciencia no es pecado. Pero, cuando en Europa había guerras, ese tipo de objeción llevaba aparejada la pena de muerte. Comparta o no comparta su postura (es asunto opinable), me merecen mucho respeto quienes no temen morir por ser fieles a sus principios. Esto abre otro horizonte de santidad.

   Tercer caso: el invasor entra en mi casa y me amenaza de muerte si no reniego de mis creencias (nada raro, teniendo en cuenta el tipo de invasor del que hablamos). En ese caso, se abren ante mí dos posibilidades: tengo derecho a defender mi vida usando la violencia, y también puedo elegir no resistirme por la fuerza, ser fiel a Dios, y morir por Él. En el primer caso, tengo lo que me quede de vida para seguir aspirando a la santidad. En el segundo, la consigo por la vía rápida, y fecundo con mi sangre –semilla de cristianos– el campo de este mundo. Cada cual sabrá…

   En los tres supuestos se abren para el cristiano caminos de santidad. Hay otros que están cerrados para quienes desean ser santos: el de vestir el uniforme y disparar al aire es uno de ellos (para eso mejor objetar). Y hay también caminos que conducen al pecado: el de odiar al enemigo y –desde luego– el de renegar de la fe o blasfemar para salvar la vida.

   Espero, de corazón, que estas líneas que acabo de escribir no sirvan absolutamente para nada en los próximos doscientos años… O más.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Liberty Valance en la Universidad Complutense

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    He estado siguiendo, durante estos días, la polémica organizada por el traslado de la capilla de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense. No es una polémica aislada. Aún pervive la que enfrenta a la Iglesia con los grupos políticos de izquierda en Andalucía por la Catedral de Córdoba. Y, antes de ésta, hace pocos años, se mantuvo encendida otra polémica similar a cuenta del Valle de los Caídos.

    Me temo que vamos a ver a la Iglesia mezclada en muchas polémicas a causa de las piedras en los próximos años. Durante siglos, España ha sido casi unánimemente católica. La inmensa mayoría de los ciudadanos, con fervor o con tibieza, se sentían miembros de esta Iglesia nuestra, y, como tales, acreedores de unas necesidades religiosas tan connaturales como las necesidades sociales o biológicas. La cafetería, la capilla y los retretes (perdón por la equiparación) eran fáciles de encontrar en casi todos los edificios públicos. No sonaba extraño el nombre de Dios en labios de políticos y empresarios; se escuchaba con la misma naturalidad con que escucharíamos menciones a la climatología o a la salud, porque la fe estaba perfectamente integrada en nuestro sistema de valores.

    Lamentablemente, las cosas han cambiado. No es éste el lugar para analizar las causas de ese cambio que ha inoculado una enfermedad de muerte en nuestra España. Tan sólo dejaré constancia -y no creo que muchos me lo discutan- de que el cambio se ha producido. Las necesidades religiosas del ser humano -español o checo- son las mismas, pero, en nuestro país, a día de hoy, ya no somos mayoría quienes las sentimos como verdaderas necesidades. Y eso hace que la capilla de una Universidad sea vista por muchos como el local de un club privado que está ubicado allí meced a una serie de privilegios históricos que han dejado de tener sentido. Ante unos ojos sin fe, y contaminados por ideologías, el Valle de los Caídos aparece como el monumento levantado por los vencedores de una guerra; y la Catedral de Córdoba aparece como el lugar arrebatado al Islam por una cultura cristiana opresora de cualquier vestigio de otra religión (el dato de que, anteriormente, esa mezquita fue arrebatada a la Iglesia, apenas se tiene en cuenta).

    Con más o menos matices, todo lo expresado en el párrafo anterior es verdad, y probablemente sobran argumentos para defender la pervivencia de esa capilla en la Universidad, la asignación al culto católico de la Catedral de Córdoba, y la identidad del Valle de los Caídos como lugar de oración y cementerio de víctimas de ambos bandos de la Guerra Civil. Pero una tonelada de argumentos, hoy día, no vale ni veinte céntimos de euro. Como fruto de la enfermedad a la que antes aludí, la verdad ha dejado de interesar a nuestros conciudadanos. Las fuerzas que mueven hoy a la sociedad no se dirigen a los entendimientos, sino a las vísceras, que son el principal objetivo de nuestros televisores. Por triste que pueda parecer, los combates no los gana quien tiene razón, sino quien grita más, quien es más guapo, o quien domina mejor el arte de la presión. Vivimos en la edad de los lobbies, y estos lobbies no son, precisamente, academias de intelectuales, sino agrupaciones de intereses y presiones. Por eso, para lograr los objetivos propios, es preciso manifestarse, gritar, presionar y, sobre todo, aparecer en televisión y saber dar la imagen adecuada. Así han actuado quienes, con sentadas y protestas, han clamado por la pervivencia de la capilla de Geografía e Historia.

    Yo me pregunto si vale la pena luchar esas batallas. Sobre todo, teniendo en cuenta dos datos: el primero de ellos es que van decididamente a por nosotros. De momento, quieren nuestras piedras. Hay quien dice que, después, querrán también nuestras vidas, pero eso está por ver. No sería la primera vez, pero no hay por qué adelantar acontecimientos. Lo que no dudo es que, detrás de esas fuerzas ideológicas, está el Diablo en persona manejando los hilos, y sirviéndose de almas que han renegado del Dios que los creó. Tengo por seguro que no van a rendirse hasta erradicar cualquier vestigio de cristianismo de la vida pública española. El segundo dato que tengo en cuenta es que ellos manejan sus armas mucho mejor de lo que lo hacemos nosotros cuando se las pedimos prestadas; al fin y al cabo, son suyas. El «hacer fuerza», el presionar, manifestarse y gritar, o el uso de la imagen como sustitutivo del razonamiento son armas de los hijos de las tinieblas, no de los hijos de la luz. Los hijos de la luz emplean, como única arma, la verdad; y hoy, si la verdad es tu única arma, la batalla está perdida. Estamos ante el dilema de Ransom Stoddard ante Liberty Valance en la célebre película de Ford. Stoddard -recordarán ustedes- acabó por claudicar de sus principios para emplear las armas del enemigo, como única forma de vencer (de ahí el tinte de tristeza de la película). Por el contrario, en la misma situación, Jesús prohibió a Pedro defenderlo con las armas, renunció a defenderse en un proceso en que la verdad no interesaba a los acusadores, y se dejó despojar y matar.

    Sé que hay quienes quisieran ver a la Iglesia convertida en lobby. Ignoro los propósitos últimos de estas personas, y no soy quién para juzgarlos. Pero yo creo que una Iglesia convertida en lobby sería el fin del reino de Dios en la Tierra. La dinámica de un lobby consiste en agruparse, ejercer presión y defenderse. La misión de la Iglesia, sin embargo, consiste en expandirse, proporcionar alivio al oprimido y conquistar almas, lo cual es, exactamente, lo contrario. Si para lograr ese fin, asignado por el propio Cristo, hay que perder las piedras… que se queden con ellas, y nos dejen a nosotros las almas. No sería la primera vez.

    Supongamos, por un instante, que, como Stoddard, empleando las armas del contrario venciéramos la batalla (con o sin la ayuda de un Tom Doniphon), conserváramos las piedras, e incluso obtuviéramos también el triunfo en las demás batallas ideológicas. ¿De qué nos servirían todas las capillas de la Universidad, si acaban siendo el trofeo de unos pocos, y el resto de alumnos sigue sin tener el menor interés por rezar? ¿De qué nos serviría conseguir una ley que penalizase el aborto en todas sus formas, si las mujeres españolas siguen abortando de manera clandestina? ¿De qué nos serviría la abolición del matrimonio homosexual, si la lujuria continúa reinando en todos los ambientes? Eso sin contar con que, al final de la batalla, nosotros mismos encontrásemos que nos hemos llenado de odio hacia el adversario, pasándonos así, definitivamente, al bando del Enemigo.

    El tesoro de la Iglesia no está en las piedras ni en las leyes; el verdadero tesoro lo llevamos en nuestras almas en gracia, y nadie puede arrebatárnoslo si nosotros no renegamos de él. Todo lo demás es prescindible. No me importa volver a las catacumbas (no me apetece, pero no me importa). No me importa morir mártir (tampoco me apetece, pero no me importa) con tal de saber que no he renegado del Espíritu que llevó a Cristo a la Cruz.

    Sé que es materia discutida, y probablemente opinable. Pero, como en esta página consigno mi opinión… Por mí, que se lleven las piedras, las leyes y las estructuras, y que nos dejen las almas a nosotros. Tal y como yo lo veo, nos estamos equivocando de guerra, de enemigo, y de campo de batalla. El verdadero combate, el único necesario, es el de la santidad personal y el apostolado. El auténtico enemigo es nuestro pecado y nuestra tibieza. Y tengo miedo de que, con tanto empeño en defender piedras y reivindicar leyes, vayamos a abandonar -¡o a perder!- esa única batalla urgente.

    Ford no nos contó lo que hubiera sido de Shinbone si la sangre de un Stoddard que renunciaba a emplear las armas del enemigo se hubiera derramado en sacrificio por el pueblo. No hacía falta que nos lo contase. Ya estaba escrito.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

¡Si estos ateos supiesen lo cristianos que son!

    No recuerdo si andaba yo ocupado preparando el desayuno, o si era la cena. Pero recuerdo que pegué un respingo. Escuchaba una tertulia en esRadio (ellos lo escriben así, como el iPad), y José García Domínguez, hablando sobre el fulgurante ascenso de Pablo Iglesias, dijo algo parecido a esto: «Con este chico está pasando lo mismo que pasó en los años 70 con el icono del Che Guevara: el comunismo estaba representado por personajes soviéticos ancianos, obesos y rancios, incapaces de seducir a la juventud. Pero alguien levantó la figura del Ché, que era guapo y hablaba bien, y el comunismo empezó a hacer furor entre los jóvenes. Con Iglesias está sucediendo lo mismo: su ideología es ridícula y no se tiene en pie, pero él es guapo y habla bien. Además, tanto el Ché como él tienen algo en común: ambos se parecen a Jesucristo». Ahí fue donde salté. ¡Es verdad!

    Claro que es verdad. Aquellos carteles del Ché que, en los años 70, adornaban las carpetas de tantos compañeros míos de estudios, eran muy parecidos a otros que mostraban el rostro de Jesús sobre la frase «se busca». Ambos eran igual de horteras, según la estética de entonces, pero eran muy parecidos. Ahora, la formación «Podemos» ha presentado a las elecciones europeas, como logotipo, la cara de su líder. Igualito que los dos anteriores.

    Me hace gracia. Porque precisamente aquellos que abominan de la religión y echan pestes de la Iglesia acaban, inconscientemente, buscando un líder parecido, físicamente, a Jesús de Nazaret. Tendría que resucitar el Dr. Freud (quizá mejor el Dr. Jung) para desvelarles su propio secreto: siguen buscando un mesías. Más aún: siguen buscando al Mesías, al que rechazaron. Y su líder actúa, realmente, como un salvador, enviado a redimir, no a los individuos, sino a las masas, y no del pecado, sino de lo que él llama «la casta».

    Huye el hombre de Dios, y termina arrodillado ante algo o alguien que sea lo más semejante posible al Dios del que huye. Si escalo el cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro (Sal 138, 8). ¿Podríamos ir más allá, y pensar que el rostro de Cristo está secretamente impreso en el alma de todo hombre, y que personas como ésta no hacen sino «engañar el hambre» que toda alma tiene de contemplar esa divina faz?

    Llegado a este punto, ya me pierdo. Porque no sé si tomármelo a risa, y pensar en lo que dirían estos ateos si supiesen lo religiosos que son, o si echarme a temblar, porque estoy seguro de que estos métodos serán las armas del Anticristo. Él engañará a las gentes haciéndoles creer que es el Señor.

    Por tanto, como no sé si reír o temblar, aquí lo dejo, y que cada cual haga lo que estime oportuno. Como si quieren bajar a la playa a darse un baño. Hace calor.

José-Fernando Rey Ballesteros

Leyes justas y manzanas veloces

    El 20 de septiembre de 1792, la Asamblea Legislativa surgida de la Revolución Francesa aprobó la primera ley de divorcio de la era moderna. Lo que sucedió aquel día en el país galo fue mucho más que la consagración civil de un texto legal. Podría decirse que aquel 20 de septiembre, más que aprobarse una ley de divorcio, se consumó el más dramático de los divorcios: las leyes europeas quebraron el vínculo que las unía a la verdad para unirse en concubinato con ese acuerdo de voluntades al que Rousseau había bautizado como «contrato social». A partir de aquel día, y hasta hoy, el orden legal dejó de querer ser un reflejo normativo del orden natural, y abandonó sus intentos de responder a la pregunta «¿qué es lo bueno?» para pasar a responder otra pregunta muy distinta: «¿qué queremos?». Las leyes abandonaron el ideal de la justicia y de desposaron con un nuevo ideal: la conveniencia de los abajo firmantes.

    Es preciso explicar esto, porque, hoy día, en Europa, hablar de leyes justas tiene tanto sentido como hablar de manzanas veloces. La ley ya nada tiene que ver con esa justicia que está inserta en el orden natural, sino, simplemente, con el equilibrio de intereses de quienes conforman el pacto social, es decir, el número exacto de adultos con derecho a voto en cada país. Quienes alzamos la voz contra ciertas leyes (despenalización del aborto, divorcio, matrimonio homosexual…) gritando que son injustas deberíamos darnos cuenta de la extrañeza que provocamos en los hijos de Rousseau: «¿De qué hablas? -nos responden- Me estás diciendo que abortar es una mala acción, y puede que yo esté de acuerdo contigo, pero eso nada tiene que ver con las leyes. Es como si me pides que incluya una cláusula anti-aborto en el contrato de compraventa de mi casa. Aquí de lo que se trata es de procurar que los firmantes -entre quienes no están los fetos- podamos vivir tranquilos y no nos molestemos unos a otros. Prohibiremos que el vecino entre en mi casa y me mate o me robe, pero si el vecino quiere matar a su hijo no nacido, allá él con su conciencia. Irá al Infierno, pero yo no voy a meterlo en la cárcel por eso, porque no afecta a mi vida». Por cruel que pueda parecer, éste es el planteamiento del Occidente post-rousseauniano. Y más vale que lo conozcamos antes de pedirles a los occidentales manzanas veloces. Creo, sinceramente, que la batalla de las leyes, a día de hoy, está perdida para nosotros, porque somos minoría y eso nos impide influir decisivamente en el contrato social. Primero debemos ganar otra batalla mucho más importante: la de la verdad, la de la vuelta a la realidad como guía que sustituya a una libertad sin anclajes ni puntos de referencia fuera de sí misma.

    En ese terreno, el del anclaje en la realidad, se sitúa la gran tragedia de Occidente. Al quebrar ese anclaje, que operaba como valioso freno, el hombre quedó a merced de la fuerza descomunal de las pasiones, y resultó esclavizado por ellas. Paradójicamente, buscando la libertad, Occidente ha resultado atrapado en el torbellino de los instintos por haber perdido pie en la verdad. Un joven podía frenarse a la hora de mantener relaciones sexuales prematuras, pensando en un posible embarazo y las responsabilidades que conllevaba, hasta que la máquina de condones del instituto rompió sus amarras y le dijo: «¡Tranquilo, no pasa nada!» Una joven podía recatarse pensando en las consecuencias de ese embarazo, hasta que la farmacia le aseguró una pastilla a su disposición y el sistema de salud le garantizó un aborto más o menos sencillo. Un matrimonio difícilmente pensaba en romper el vínculo, a la vista de la gravedad de semejante acción en múltiples aspectos de la vida personal y social, hasta que el Código Civil les garantizó a los cónyuges un divorcio servido en tres meses… El resultado no ha sido una sociedad más libre, sino, al revés, una sociedad formada por seres incapaces de sacrificio alguno, esclavizados de sus propias pasiones, y abocados a una vida propia de animales evolucionados con conexión a Internet. Nuestros conciudadanos tienen más «libertad» que nunca para hacer lo que les place, pero son menos libres y mucho menos felices.

    Si queremos volver a tener, un día, leyes justas en Occidente, habrá que devolver a nuestros semejantes el anclaje con la verdad. Y la forma de hacerlo no es gritando ni vociferando por las calles consignas que los hijos de Rousseau no pueden entender, sino a través de un auténtico apostolado personal. Es preciso que nosotros vivamos de acuerdo con la verdad, que seamos coherentes con lo que profesamos, y que mostremos al mundo lo feliz que puede ser el ser humano cuando vive en respetuoso diálogo con la realidad. El mundo lo transforman los santos, no los políticos, y, en un sistema democrático como el nuestro, es preciso crear una mayoría entre los contratantes antes de exigir el cambio de las cláusulas del contrato. Debemos ser muy santos, y, por ello, muy felices, y mostrarnos así al mundo, para que muchos, movidos por nuestro ejemplo, vuelvan a echar el ancla en la realidad y miren de nuevo hacia la verdad. Ésa es nuestra tarea: la de la levadura en la masa. Y, hasta que no la realicemos, podremos desgañitarnos gritando desde los estrados: no van a hacernos caso. Y la culpa será nuestra, por no haber sabido comunicarnos adecuadamente con la sociedad real, no con la que añoramos.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

“Cristo

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