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Amar al mundo desde dentro (V): Las cosas, el cuarto enemigo del hombre

    El mundo, ese mundo al que ama y donde vive el cristiano seglar, está lleno de cosas. Ellas, las cosas, deberían haber pasado a los catecismos como el cuarto enemigo del hombre, a sumar al mundo, al demonio y a la carne. Porque, al igual que sucede con los otros tres enemigos, las cosas fueron pensadas buenas por el Creador, pero, a causa del pecado, se han convertido en todo un peligro para el ascenso del alma a Dios.

    El religioso, llamado por Dios a salir del mundo, mediante el voto de pobreza se aleja de las cosas en la medida de lo posible. Una carmelita descalza no ve la televisión, ni lee el periódico, ni navega por Internet, ni conduce un coche, ni usa teléfono móvil, ni falta que le hace. Pero si un seglar me dice que, por pobreza voluntaria, se priva de todo eso, yo le contesto que tendrá que preguntar muy seriamente a Dios por su vocación. Porque la del cristiano seglar es la de vivir en el mundo y emplear las cosas buenas que pueblan el mundo y estén a su alcance, sin que por ello se debilite su unión con Dios.

    He ahí nuestro reto, nuestra llamada y nuestra aventura. Me incluyo, porque, como sacerdote secular, vivo también en el mundo, y, el día de mi ordenación, hice una promesa de celibato y otra de obediencia, pero, en cuanto a la pobreza, nada me distingue de cualquiera de los feligreses de mi parroquia. También los sacerdotes seculares debemos ser santos en medio de cosas.

    El peligro de las cosas reside en la poderosa atracción que pueden ejercer sobre los sentidos, la afectividad, e incluso el entendimiento. Por eso, cuando el hombre no mide muy bien la distancia y se aproxima a ellas en exceso, resulta capturado por esa atracción y atrapado en una perversa tela de araña. De repente, las cosas, que son instrumentos para realizar la misión que Dios nos ha confiado, se convierten en cepos que atan al hombre a la tierra y le impiden ascender al Cielo llevando el mundo consigo. A día de hoy, en un Occidente más lleno de cosas de lo que ha estado jamás, son muchedumbre quienes han generado las adicciones más diversas: al alcohol, a las drogas, al sexo, a Internet, a las compras, al juego, al trabajo… Estas personas han quedado incapacitadas, no sólo para la vida espiritual, sino, en una buena parte de los casos, también para la vida social.

    Repito que es crucial la distancia. Una vez que la persona se acerca a las cosas, y siente el poder de atracción que éstas generan, necesita un freno que le haga detenerse en ese punto justo en que puede usarlas sin ser atrapado por ellas. Algunos dirán que ese freno reside en la fuerza de voluntad, y que es preciso ejercitarse desde niños para formar una voluntad fuerte que nos haga dueños de nosotros mismos en todo momento. No digo que les falte razón, pero creo que semejante planteamiento no es realista. Al menos, no ha contado con el pecado original. Venimos dañados de fábrica, y ese daño abarca también a la voluntad, que no responde con docilidad a los dictados del entendimiento. Puede que algunas personas más dotadas sean capaces de robustecerla con grandes esfuerzos, pero semejante logro no está a alcance de todos.

    Personalmente, y dado que no me considero una persona con la suficiente fuerza de voluntad para alistarme en esas olimpiadas en que compiten los fuertes, he optado por descargar semejante responsabilidad en una fuerza ajena a mí: la de Dios. Se trata, en definitiva, de someterme a otro campo de atracción de signo contrario que haga de contrapeso, o, si lo prefieren, de “ancla” que me ate al Señor y me impida entregarme al dominio de las cosas. No es ningún descubrimiento excepcional: Ulises se ató al mástil de su barco para no resultar seducido por las sirenas, y yo, que ni tengo barco ni creo en las sirenas, prefiero atarme a la Cruz para no ser seducido por las cosas. Desde la Cruz se puede usar todo sin ser cautivado por nada.

    No digo que sea fácil. Principalmente, porque la batalla de los sentidos la tiene ganada el mundo con sus cosas. Dios ha desaparecido voluntariamente de ese campo de batalla, y nos ha dejado la apariencia sacramental, capaz de embelesar al alma, pero ridícula si tiene que competir con un home cinema para conquistar los sentidos. Por eso hablo de atarse a la Cruz: la gracia de Dios es la cuerda que nos ata, en este mundo, a Jesús Crucificado, y, sin ella, la guerra está perdida.

    Incluso viviendo en gracia de Dios, sin vida espiritual no se puede permanecer en ella por mucho tiempo. Sin vida espiritual no hay amor verdadero a Dios, y, sin ese amor, el poder de atracción de las cosas pronto hará que la cuerda que nos ata a la Cruz se nos torne cadena. El siguiente paso será desembarazarnos de ella y arrojarnos en brazos de las criaturas. Paradójicamente, para ello no será necesario el uso de una cizalla. Al fin y a cabo, las llaves de esa “cadena” las tenemos nosotros, porque Dios nunca fuerza nuestra voluntad. Por eso, cuando no existe vida espiritual, poco tarda el hombre en soltar los lazos que le unen a Dios para acabar atrapado en los lazos con que le atan las cosas. Pero, a partir de entonces, habrá perdido la llave, y una cizalla no será suficiente para desatarlo.

    Sin embargo, cuando hay vida espiritual, la cuerda que nos ata a la Cruz se muestra como es: el abrazo amoroso de Jesús Crucificado que nos une a Sí en Amor para la redención de todas las almas. Si no nos retiramos de ese abrazo, podremos usar las cosas, y llevarlas a su verdadero fin, que es proclamar la gloria de Dios, sin resultar atrapados por ellas.

    ¿Significa eso que la vida espiritual nos garantice una aproximación inmune a las criaturas, como si pudiéramos acercarnos al lobo con la seguridad de no ser mordidos por él? De ningún modo. Una vez asegurada la unión interior y amorosa con Dios, es necesaria, ahora, toda una ascética de la templanza que nos impida correr riesgos temerarios. Y vendrán bien unas pautas muy concretas que ayuden a saber sazonar con mortificación todas nuestras relaciones con las cosas. Pero a esas pautas dedicaré el próximo artículo, porque el presente ya se me ha ido de las manos.

    No obstante, y antes de que lean esa pautas, deben recordar esto: sin verdadera vida espiritual, no sirven absolutamente para nada… Salvo para frustrarse una y otra vez.

José-Fernando Rey Ballesteros

Amar al mundo desde dentro (IV): Crucificado con Cristo

    Después de trazar los rudimentos básicos de la vida espiritual, tan necesaria para que el laico pueda amar al mundo desde sin ser devorado por él, tratamos ahora de la mortificación. Explicaremos primero su sentido, consideraremos después la virtud de la templanza, y entraremos, en sucesivos artículos, en las distintas formas concretas de mortificación al alcance del seglar.

    El mundo es un crucificado para mí, y yo un crucificado para el mundo (Gál 6, 14). El Apóstol nos señala, con toda exactitud, ese lugar en el cual podemos vivir dentro del mundo sin llegar a ser mundanos: la Cruz. Desde que Cristo murió crucificado, la Cruz está inserta en la entraña de la Tierra como fuente de salvación para todos los hombres. Y cualquier cristiano que quiera ser santo en medio del mundo debe encontrar en ella su hogar y su descanso. Por los leños, los clavos y la corona de espinas, puede parecer el lugar más inhóspito del Orbe. Pero la presencia en ella de Jesús amante la convierte, para el hijo de Dios, en el único palmo de terreno al que se atreva a llamar suyo. Nuestro hogar es Cristo, y Cristo, en este mundo, está crucificado. La Cruz es el habitáculo que el mundo reserva para el cristiano; pero el cristiano no acude a ella como resignado y quejumbroso. Aún a costa de su propia carne, acude a ella como a su hogar.

    Para el mundo, un crucificado es un maldito, un indeseable y –según san Pablo- la basura del mundo (1Cor 4, 13). Todo ello converge en el cristiano, que elige para sí lo que el mundo desprecia: la pobreza, el hambre, la sed, la soledad, el oprobio y la humillación por amor a Cristo. Pero, a su vez, es el mundo un crucificado para el cristiano, puesto que cuanto el mundo desea (honores, placeres, riquezas, alabanzas…) lo tiene el cristiano por despreciable. De nuevo lo diremos con palabras del Apóstol: todo lo doy por perdido y lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8). Sólo viviendo así, como un crucificado en medio del mundo, puede el discípulo de Cristo mantenerse fiel y santificar la tierra.

    Como siempre, la primera y más importante batalla se juega en el terreno de los deseos. La vida de oración tiene que conformar nuestros deseos con los de Jesús crucificado, porque si la Cruz no se vuelve deseable (aunque nunca llegue a ser apetecible) la mortificación se convertirá en ejercicio impuesto y sin alma, que no tendrá otro resultado que el de amargarnos la existencia. La mortificación es labor de enamorados, no de atletas. Y, si lo es de atletas, será de atletas enamorados. Sin vida de oración, puede incluso convertirse la mortificación en ejercicio de soberbia, y de la soberbia más estúpida. Puestos a gloriarse, mejor gloriarse de comer seis platos de fabada en una hora que de ser capaz de pasar dos semanas sin comer.

    El deseo del cristiano no se dirige al dolor. No deseamos sufrir ni morir, sino gozar y vivir. Por ello, el deseo se dirige a Aquél que, con su Amor, nos da vida eterna: Jesús. Y así nos dirigimos a la Cruz, el lugar que este mundo ha reservado para Él. No buscamos la Cruz, sino el Crucifijo, y a Él nos abrazamos. Entonces el Amor volverá dulce el dolor, de acuerdo con lo anunciado por el propio Señor: mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 30). Unida a la suya, nuestra mortificación será penitencia por nuestras culpas y ofrenda que repare por todos los pecados cometidos por los hombres. Por eso, al dar muerte a nuestros miembros terrenos (Cf. Col 3, 5) y completar en nosotros lo que falta a la Pasión de Cristo (Cf. Col 1, 24), ejercemos el sacerdocio común de los fieles y somos pueblo sacerdotal.

    A estos tres motivos (la unión amorosa con Cristo, la penitencia y la expiación) podríamos añadir otro, que es un referente clásico a la hora de hablar de mortificación: el dominio de nosotros mismos. Es cierto que la mortificación ayuda al hombre a enseñorearse de sus instintos y pasiones, y le permite amar de verdad. Nadie da lo que no tiene, y quien no es dueño de sí no puede entregarse a Dios ni al prójimo. Pero no incidiré mucho en esta motivación, a pesar de tenerla por cierta. Creo de corazón que logra más la mirada amorosa que el propósito firme. Y sé que si el propósito firme no ha nacido de una mirada amorosa, podemos, con los mismos pasos, estar recorriendo caminos muy distintos con metas muy distantes. Por ello centraré mi exposición en el Amor.

    En la próxima entrega, y antes de entrar en las prácticas y formas concretas de mortificación, consideraremos la virtud de la templanza. Sin ella, puede la mortificación acabar buscando compensaciones que la vuelvan más perjudicial que beneficiosa. Pero quedémonos hoy con una mirada amorosa a la Cruz que nos haga desear vivir abrazados al Crucifijo.

José-Fernando Rey Ballesteros 

Amar al mundo desde dentro (III): La estrategia del caracol

    La expresión “presencia de Dios” resulta engañosa, especialmente si hablamos de “mantener” o “perder” la “presencia de Dios”. Porque Dios está presente siempre y en todas partes, y ni podemos nosotros suprimir su presencia, ni necesita Él que hagamos algo para garantizarla. En sentido literal, la presencia de Dios no está en juego.

    Cosa distinta es la atención que nosotros prestamos a esa presencia. Aunque Dios está siempre presente, nosotros podemos vivir “como si Dios no existiera” porque su presencia es sumamente silenciosa y respetuosa con nuestra libertad. Por eso dice la Escritura que el necio, cuando hace el mal, piensa: Dios no lo ve, el Dios de Jacob no se entera (Sal 93). Y prosigue diciendo: Enteraos, los más necios del pueblo, ignorantes ¿cuándo discurriréis? El que plantó el oído ¿no va a oír? El que formó el ojo ¿no va a ver? (Ibid.)

    Las monjas y los monjes contemplativos, llamados por Dios a salir del mundo y consagrados por Él a la oración, vuelcan en esta presencia las veinticuatro horas de cada uno de sus días. Por eso, en el monasterio todo coopera a elevar el corazón a Dios: el silencio, las imágenes sagradas, el tañer de la campana, los hábitos y las formas… Aún así, el monje también tendrá que luchar contra las distracciones todos los días de su vida.

    La pregunta que he venido formulando las dos últimas semanas, y que ahora me dispongo a responder, es si puede un seglar, en medio del ruido, del tráfico, de los mil quehaceres diarios y de la velocidad de crucero de su vida mantener su pensamiento tan sumergido en la presencia de Dios como un monje contemplativo. También he adelantado la respuesta: “Desde luego que puede”. Pero esa respuesta, a su vez, hace surgir la pregunta principal: “¿Cómo?”

    El primer requisito para mantener el pensamiento y el corazón llenos de Dios es tener encendidos los radiadores. Como sobre ello ya me explayé la semana pasada, remito al lector al artículo anterior. Si no se es fiel a las prácticas de piedad, resulta imposible mantenerse en presencia de Dios durante el día.

    Pero tener los radiadores encendidos no basta. El día es largo y veloz, y el tiempo entre una práctica de piedad y otra fácilmente se llena de mundo si no vivimos de forma que seamos nosotros quienes llenemos el mundo de Dios. Tenerlo presente siempre es tan importante para el cristiano como lo es para el navegante conocer su rumbo o divisar los signos que le indiquen el Norte. Y es aquí donde el seglar tropieza con lo que le parece un gran obstáculo: las ocupaciones. “Si quiero realizar bien mi trabajo, como me pide Dios, debo poner en él los cinco sentidos. Y si dedico los cinco sentidos a mi trabajo, no puedo pensar en Dios. ¿Cómo entonces me mantendré conscientemente en su presencia?”

    La pregunta contiene una trampa que la orienta irremisiblemente a una única respuesta: “es imposible pensar en Dios y prestar atención al trabajo, salvo que sea usted sacerdote y esté celebrando misa”. Pero la trampa consiste en identificar el “mantenerse en la presencia de Dios” con el “estar pensando en Dios todo el día”. No es necesario que esté “pensando en Dios” todo el día. Lo que es necesario es que logre llegar a pensar “desde Dios”, es decir, a “estar en Dios pensando en su trabajo”, e incluso, dando un paso más, a pensar en su trabajo con la mente de Dios, según lo que dice el Apóstol: nosotros tenemos la mente de Cristo (1Cor 2, 16).

   ¿Que cómo se hace? Recogiéndose. Y recogerse es lo contrario de dispersarse. La presencia de Dios a la que debemos prestar atención primeramente es la que hay dentro de nosotros, no la que hay fuera. Dios habita en nuestra alma por su Espíritu, si vivimos en estado de gracia, y es allí, en lo profundo del alma, donde debemos replegarnos y desde donde debemos ver el mundo, hablar al mundo, y entregar nuestra vida a Dios en el mundo. Cuando el hombre sale fuera de su alma, las criaturas lo devoran y se pierde. Cuando se mantiene recogido, es él quien eleva a las criaturas a  Dios.

    Para mantener ese recogimiento, tendremos que adoptar la estrategia del caracol: ¿han visto como esos animalitos se refugian en su concha al menor contacto con un cuerpo sólido? Cualquier niño con un palito lo sabe. Pues bien: bastará con que encontremos un buen número de “palitos” que, a lo largo del día, nos recojan en lo profundo del santuario interior. Y es que el claustro del seglar es su alma. Pero, a diferencia del monje, desde ese claustro actúa en el mundo en que vive sumergido con los cinco sentidos, y sólo desde él es capaz de derramar Dios en el mundo hasta inundarlo.

    Vamos con los “palitos”, es decir, con esos recordatorios que nos empujen hacia dentro cuando el mundo tire de nosotros hacia fuera. Anoto varios ejemplos que a un servidor le han salvado la vida en más de una ocasión:

    – Una sencilla frase tomada de la Escritura (quizá de las lecturas de la misa del día) que nos haya llamado especialmente la atención en la oración de la mañana. Bastará con repetirla interiormente muchas veces a lo largo de la jornada.

    – Imágenes del Señor o de la Virgen, discretamente distribuidas por la casa o el lugar de trabajo, a las que poder dirigir la mirada en numerosas ocasiones. Recalco lo de “discretamente”. No se trata de convertir la casa en un santuario, ni de mover a quien entre a saludar con un “Ave María Purísima”. Pero no tenga usted miedo de tener una imagen de la Virgen en la mesa de trabajo, como otros compañeros suyos tienen enmarcada la foto de Pocholita o de los pocholitos.

    – Un crucifijo en el bolsillo, que poder apretar en ocasiones entre las manos sin llamar la atención.

    – Pequeños parones de apenas segundos, para dar gracias a Dios muchas veces al día.

    – Una bobada que a un servidor le ha ayudado muchísimo: ajuste su reloj para que emita un breve pitido a las horas en punto. Y convierta interiormente el pitido en jaculatoria.

    – Unas gafas “imaginarias” para mirar a las personas con quienes comparte el día, de modo que, ante cada una de ellas, aparezca el letrero “conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Esto le recordará que en cualquiera de sus semejantes tiene usted la oportunidad de tratar al propio Cristo.

    – Una pequeña oración de desagravio que se dispare automáticamente en su interior cada vez que escuche una blasfemia o presencie algún pecado. Por desgracia, no le faltarán ocasiones de usarla.

    Y, luego… Los palitos de que usted mismo, amigo lector, pueda hacer acopio, para no abandonar la estrategia del caracol hasta que llegue la hora de la siguiente práctica de piedad y pueda de nuevo sumergirse por entero en Dios. Se dará cuenta de que, llegado ese momento, reza usted mejor si se ha mantenido recogido durante el día. ¡Ah, y durante la noche…! Duérmase rezando el rosario. Que no debe el caracol dormir fuera de la concha para que no lo pisen los gatos.

José-Fernando Rey Ballesteros

Amar al mundo desde dentro (II): Distribuyendo radiadores

    Vivir como hijos de Dios en medio de un mundo que cada vez olvida más a su Creador no consiste en impermeabilizarse. Quien se marca, como único objetivo, evitar el contagio del pecado del mundo, se arriesga a recibir la paga del «empleado negligente y holgazán» que enterró su talento (Cf. Mt 25, 26). Nuestra actitud hacia el mundo no es de defensa –jamás lo olvidemos- sino de conquista. Ni odiamos al mundo, ni tememos al mundo. Amamos al mundo y deseamos conquistarlo para Cristo. Lejos de evitar el contagio, somos nosotros quienes pretendemos provocar una epidemia de Amor de Dios en la Tierra. Por eso nos importa, y mucho, mantener viva la fiebre. El mundo está muy frío, y en él debemos ser hogueras que enciendan el fervor en los corazones de los hombres. Allí donde entrase un cristiano, la temperatura espiritual debería subir hasta lograr que el ambiente fuese humana y sobrenaturalmente habitable.

    Eso es la vida espiritual: temperatura interior, medida en términos de Amor de Dios. Y, para alcanzar esa temperatura dentro del alma, sumergida como está en la frialdad del mundo, necesitaremos unos cuantos “radiadores” que caldeen la estancia. Aquí es donde entran en juego las prácticas de piedad.

    Un cristiano seglar, como vosotros, ni puede ni debe pasar el día dentro de un templo, arrodillado y entregado en exclusiva a la oración. Debéis obtener el mismo recogimiento que obtiene el religioso contemplativo, pero no fuera del mundo, sino dentro de él. Por eso tratamos hoy de la distribución adecuada de radiadores en la estancia del alma, de modo que se mantenga en ella el calor del Amor de Cristo, y que ella misma pueda operar a modo de radiador en el ambiente donde esté sumergida, cristianizando esa parte del mundo en que vivís. Os señalo unas cuantas prácticas de piedad que debéis realizar todos los días si no queréis perder temperatura. Y os sugiero que, al igual que se hace con los radiadores, las distribuyáis ordenadamente a lo largo de la jornada, para que su calor alcance a todas las horas que la forman. Sobre todo, tened en cuenta que no ofrezco un muestrario para que elijáis qué prácticas realizar y cuáles no. Es preciso realizarlas todas. ¿Que no tenéis tiempo? Volved a las FAQ, por favor.

    – Oración mental. Al menos media hora. Debéis escoger media hora en que podáis rezar en silencio y recogidos. Si es delante de un sagrario, mejor que mejor. Si no, podéis hacerlo en vuestra casa, en un momento de tranquilidad. La peor solución es hacer la oración en el transporte público. Pero, si no tenéis otro remedio, servirá. Lo que no sirve es hacer la oración mientras se remueven los espagueti.

    Es bueno que empleéis, para la oración mental, algún libro de espiritualidad que anime vuestro diálogo con Dios, o el mismo evangelio. Las lecturas de la misa del día son una preciosa fuente de oración.

    – Santa Misa. Es el Pan nuestro de cada día. Sin comunión diaria, no tendréis las fuerzas suficientes para ser santos en medio del mundo. La Santa Misa es el mayor generador de calorías espirituales que podáis suponer. Cuidad que no os falte jamás.

    – Santo Rosario. Conviene que lo recéis todos los días, si queréis manteneros unidos al calor de la Virgen. Podéis rezarlo mientras paseáis, mientras conducís, mientras plancháis… Se trata de alabar y amar a la Madre durante las tareas diarias.

    – Lectura espiritual. Aunque sea un ratito, conviene que todos los días paséis las páginas de algún libro de los autores clásicos de espiritualidad. Os ayudará a formar el espíritu y a aprender a amar a Dios con el ejemplo de los santos.

    – Ofrecimiento de obras. Lo primero que debemos hacer al levantarnos por la mañana: poner en marcha la calefacción, y avivar el fuego del Amor con una entrega a Dios del día que comienza.

    – Examen de conciencia y oraciones de la noche. Bastarán dos o tres minutitos de examen para buscar la contrición por las infidelidades de la jornada. Así no os sucederá que lleguéis al confesonario con la pamplina del «no tengo pecados». Además, de esta forma podréis formular, cada noche, un pequeño propósito que os ayude a corregir, al día siguiente, los errores de día que termina. Concluidlo con unas breves oraciones a la Virgen y al ángel de la guarda, y olvidaos de las pastillas para dormir. No las necesitaréis. Y, sobre todo, no perderéis temperatura durante la noche.

    Éstos son los radiadores que todo cristiano que desee ser santo en medio del mundo debe distribuir a lo largo del día para mantener vivo el Amor de Dios. Pero ¿basta con esto? ¿Se puede mantener, a lo largo de toda la jornada, el mismo recogimiento interior que a veces se obtiene en la oración o en la Misa? Se puede. No es fácil, pero se puede. Y explicaremos cómo en una próxima entrega.

José-Fernando Rey Ballesteros

Amar al mundo desde dentro (I): Vida espiritual. FAQ

    Tras el artículo de la semana pasada, estoy por lanzar una serie dedicada a la aventura de amar al mundo desde dentro. Recalco el «desde dentro» porque escribo, sobre todo, para seglares. Los religiosos también aman al mundo con el Amor de Dios, pero lo hacen desde fuera, como quien ha salido de él. El seglar, sin embargo, tiene ante sí el reto divino de estar en contacto permanente con el mundo, amarlo apasionadamente, y mantenerse, a la vez, limpio interiormente como templo de Dios, sin dejarse contaminar por el siglo. No es fácil, como tampoco lo es la santidad, pero contamos con toda la ayuda divina. Por ello iré exponiendo, en próximos artículos, algunas pautas que puedan ayudar a vivir santamente en medio de un mundo contaminado por el pecado.

    El reto podría convertirse en insensatez si el laico no está pertrechado con una sólida vida interior. A ella dedicaremos los primeros artículos. Sin vida espiritual, el cristiano resulta devorado por el mundo y convertido en mundano. Y es que, sumergido en las aguas del siglo, si la presión interior no es mayor que la exterior, la piedad cede, la fe se resquebraja, y el alma, al fin, se inunda. Nadie aspire a ser santo en medio del mundo si no está dispuesto a tener la misma vida espiritual que un monje de clausura.

    Trataré hoy de los obstáculos más frecuentes a la hora de adquirir esa vida interior. Y, en artículos posteriores, sobre los instrumentos necesarios para adquirirla y el modo de llegar a un recogimiento inalterable en medio del bullicio más ruidoso (¡Que sí! ¡Que se puede!). Y como ya va el presente bien surtido de prolegómenos, tan sólo añadiré, antes de entrar en materia, que cuanto escriba en estos artículos es fruto de la espiritualidad de san Josemaría Escrivá, a quien guardo eterna devoción y gratitud por abrirme el Cielo ante los ojos. No voy a citarlo literalmente, ni falta que hace; sus libros están al alcance de quien desee leerlos. Pero, aunque escribo desde mi propia alma, llevo en ella sus “genes espirituales”. La referencia es de justicia.

    En cuanto a los obstáculos más frecuentes para adquirir vida espiritual, valga este pequeño compendio a modo de FAQ (ya saben, frequently asked questions):

     1.- Precisamente porque estoy en el mundo, y no en el del siglo XIV sino en el del XXI, tengo el día lleno de cosas-que-hacer: el trabajo, los niños, la compra, las cuentas, los problemas domésticos, las revisiones médicas, los emails y mi suegra, que vive en casa. ¿De dónde quiere que saque tiempo para rezar?

    De donde sea. Se juega usted la Vida en ello. Porque, si no reza, todo lo que haga queda en este mundo, como empresa humana, y las muchas ocupaciones le irán quitando la vida. En resumen: todo lo que usted hace le está matando. Pero si, a través de la oración, lo convierte usted en ofrenda a Dios, cada tarea diaria, en lugar de matarle, le dará Vida (con mayúscula), y con ella amontonará tesoros en el Cielo (Cf. Mt 6, 20). Quizá tenga que dar por sentado que siempre va a quedarse algo sin hacer. Procure que ese “algo” no sea la oración, y no se preocupe demasiado. Si Dios quisiera que lo hiciese, le habría dado días de 36 horas. Y si Dios no quería que lo hiciese… ¿para qué quiere usted hacerlo?

    2.- Estoy muy cansado para rezar.

    Eso significa que reza usted mal. La oración bien hecha es descanso, no fatiga. Vivir cansa, rezar descansa. Y cuando llega el momento de orar, es el propio Dios quien le dice: «anda, ven a un sitio tranquilo a descansar un poco» (Cf. Mc 6, 31). ¿Por qué no hace caso a Dios, si es su Padre y le quiere? ¡No sea tan cruel con usted mismo!

    3.- Ya estoy hablando con Dios todo el día, desde que me levanto hasta que me acuesto. ¿Por qué tengo que pararme a rezar?

    En primer lugar, para que no le dé a usted un infarto. En segundo lugar, porque tiene a Dios aturullado de tanto hablarle, y aún no le ha dejado hablar a Él. Siéntese a escucharlo, por lo menos. Igual va y se sorprende. Quien no escucha a Dios no tiene vida espiritual.

    4.- No hago mal a nadie y ayudo a todo el que puedo. ¿No es suficiente con eso?

    A todas luces, no. Ser santo no se identifica con ser “buen chico”. Ser santo es enamorarse perdidamente de Dios y derramar el Amor que de Él reciba sobre sus semejantes. Para eso es necesario tener vida espiritual.

    5.- ¿La vida espiritual me ayudará a sufrir menos?

    No. Mire a la Cruz y entenderá. La vida espiritual le ayudará a convertir el sufrimiento en amor. Pero, probablemente, sufrirá usted más. Experimentará dolores que no ha conocido nunca, como el dolor por los pecados o el oprobio de las gentes. Y lo “peor” de todo es que se sentirá orgulloso y feliz de sufrir por Dios. No le engaño. Ya sabe a lo que se arriesga.

    6.- La oración no me dice nada.

    ¿No le dice nada… O nunca se ha parado a escuchar lo que le dice?

    7.- Me da muchísima pereza.

    Pues no haga nada… Quédese sentado envejeciendo y esperando a la muerte lo más entretenido posible. Pero, en fin…

    8.- ¿Cuánto tiempo hace falta para adquirir vida espiritual?

    Para adquirirla, un segundo. En cuanto cruce usted la puerta de una iglesia, se confiese, y se arrodille ante el sagrario, la ha adquirido. Otra cosa es conservarla y hacerla crecer. Eso lleva toda la vida.

    9.- ¿Me va a costar algo?

    La vida. Entregando la vida se obtiene la Vida.

    10.- Estoy dispuesto a sacrificar lo que haga falta por adquirir vida espiritual. Pero, ¿y si luego todo es mentira? ¿y si después me muero y no hay nada?

    No tendrá que esperar a morirse para comprobarlo, no se preocupe. Pero yo no se lo puedo demostrar aquí. Por más que le demuestre que puede flotar en la piscina, no lo sabrá hasta que no se haya lanzado al agua. Láncese y luego me vuelve a preguntar.

    Hasta aquí llegamos hoy, que ya ha salido largo el artículo. En el siguiente, de forma más breve, hablaremos de los instrumentos necesarios para adquirir una verdadera vida interior.

José-Fernando Rey Ballesteros

El primer “amador del mundo”: Dios

    Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16).

    Dirijo especialmente estas líneas a todos aquéllos que gustan de escribir contra los “amadores del mundo”. Yo, que, aunque no me doy por aludido, soy un gran “amador del mundo” quisiera decirles, tan sólo, que deberían tener mucho cuidado con lo que escriben, porque Dios, en palabras de su propio Hijo, es el primer “amador del mundo”… Las brochas gordas tienen su peligro. Y el asunto, francamente, es para brocha fina.

    Sé que, en resumidas cuentas, se trata de una cuestión semántica, pero también sé que la semántica es un arma de destrucción masiva cuando se emplea al servicio de ideas preconcebidas.

    En la expresión “amador del mundo”, o, si lo prefieren en latín, amator mundi, hay dos palabras: amator y mundi. Contra lo que pudiera parecer, la clave está en la primera, no en la segunda.

    En cuanto a la segunda, el mundo es lo que es: un lugar sometido a maldición a causa del pecado de nuestros primeros padres, y redimido por la muerte y resurrección de Cristo, pero en el que aún, hasta el momento de la victoria definitiva, persiste la huella del pecado. Antes de la Redención, el Demonio era llamado “Príncipe de este mundo”, y con razón: Adán y Eva se lo entregaron. Por eso, cuando Satanás encara al Hijo de Dios en el desierto, le dice: Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y yo se la doy a quien quiero (Lc 4, 6). Por desgracia, el padre de la mentira, en esta ocasión, dijo la verdad. Pero, después de la Redención, el Demonio ya no puede ser llamado con propiedad “Príncipe de este mundo”. Es cierto que, tanto directamente como a través de las almas en pecado, ejerce su maléfica influencia y mantiene el poder sobre muchas zonas de la Creación. Pero su fin está escrito porque el mundo ha sido comprado al precio de la Sangre de Cristo.

    No obstante, como la Redención aún no ha llegado a su consumación, el mundo sigue siendo un lugar hostil para el cristiano, como lo fue para el propio Cristo. El Catecismo de Trento lo enumera como uno de los tres enemigos del hombre: el mundo, el Demonio y la carne. Basta leer el evangelio de san Juan para entender que el mismo mundo que no quiso recibir a Cristo nos odiará igualmente a nosotros. Pero también al evangelio de san Juan pertenecen las palabras que encabezan estas líneas. Y es que el Hijo de Dios nos enseñó a amar a nuestros enemigos, como Él mismo hizo.

    El mundo, por tanto, nos odia y, si puede, nos matará, pero nosotros debemos amar al mundo, lo cual nos constituye en amatores mundi. Y es que Cristo ha redimido el mundo, precisamente, con su Amor, derramado desde dentro del mundo. Y es tarea del cristiano llevar a plenitud esa obra redentora amando al mundo con el Corazón del Cristo: no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal (Jn 17, 15). Desde dentro del mundo, amamos al mundo, y amándolo con el Amor de Cristo, lo redimimos.

    Es aquí donde debemos abordar en el significado de la primera palabra: “amar”. Citemos unas palabras del apóstol Santiago que parecen contradecir a las que Jesús dijo a Nicodemo:

    ¡Adúlteros!, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios (St 4, 4).

    Partimos de un principio que es axiomático para un cristiano: no puede fallar la Escritura (Jn 10, 35), y no cabe contradicción en ella. Por tanto, debemos pensar que el amor al que se refiere Cristo es un amor muy distinto del citado por Santiago. Nos viene bien, para este caso, la traducción de la Biblia de Jerusalén, según la cual el apóstol habla de “amistad”. Podríamos decir, entonces, que el cristiano debe amar al mundo sin ser “amigo del mundo”, y aquí traeríamos a colación otras palabras de Cristo referidas por san Juan: Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo (Jn 17, 14). El amor con que amamos al mundo es el amor misericordioso con que Cristo amó a sus enemigos, pero quien ama al mundo con amor de amistad pasa a “ser del mundo”, lo cual es lo mismo que mundanizarse.

    Ese “amor de amistad” supone, más que verdadera amistad, compadreo. Lo practica quien pacta con el mundo para convivir con él, renunciando a vivir su fe con esa radicalidad que el mundo no soporta. Y es que, peor que ser perseguido y llevado a la muerte por el mundo, es coexistir pacíficamente con él. Se trata del signo más claro de una silenciosa apostasía.

    La siguiente cita es aún más delicada, por provenir del propio san Juan:

    No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
 Puesto que todo lo que hay en el mundo – la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas – no viene del Padre, sino del mundo (1Jn 2, 15-16).

    Si no puede fallar la Escritura, tendremos ahora que dilucidar cómo es posible que, en el mismo autor sagrado, se diga a la vez que si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él, y que, sin embargo, Dios amó al mundo. La clave está en las palabras no améis al mundo ni lo que hay en el mundo. En este tipo de amor, muy del gusto del mundo, no se ama al mundo por haber salido de las manos de Dios, ni se le profesa un amor redentor. En definitiva, no se ama al mundo por lo que es, sino por lo que hay en él. Y lo que hay en él es la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas. Se trata del “amor” con que se ama a las cosas. Pero, más que de amor, hablamos de lo que el mundo llama “amor”, porque, afectado por el egoísmo de la carne, el mundo ama así: si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya (Jn 15, 19). Obviamente, si uno “ama” al mundo así, el amor del Padre –es decir, el verdadero amor- no está en él.

    Concluyo: no creo que sea acertado escribir contra los “amadores del mundo”, ni contra quienes “aman al mundo”, ni contra los amatores mundi, ni aunque lo escriban en griego. Semejantes filípicas corren el riesgo de incluir –involuntariamente- al propio Dios entre los blancos de sus flechas. Me parece mucho más acertado, si es que se quiere asaetear algún blanco que se mueva, dirigir los proyectiles contra los “amigos del mundo”. Pero como incluso esa expresión, en español, sigue adoleciendo de cierta ambigüedad, si de verdad los arqueros quieren estar seguros de acertar, apunten mejor a los “mundanos”, que esa palabra todo el mundo la entiende. Así evitamos víctimas colaterales o bajas de fuego amigo (¿ven? Aquí “amigo” tiene un significado más agradable). Por mi parte, estos pequeños “dardos de goma” no tienen más intención que la de pronunciar una “amigable advertencia”. Al fin y al cabo, militamos en el mismo bando, gracias a Dios.

José-Fernando Rey Ballesteros

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