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El terrible doble check azul

   Hace cerca de un mes que cancelé mi cuenta de Whatsapp. Poco antes, había cancelado las cuentas de Facebook y Twitter. No se trataba, ni mucho menos, de una cuestión de principios. Al revés, las cuentas de Facebook y Twitter me habían sido muy útiles a la hora de difundir estos pequeños escritos, que yo quisiera ver esparcidos a los cuatro vientos. Pero, en un momento dado, sentí que tenía demasiados puertos de entrada abiertos hacia el exterior, por los que no cesaba de entrar información que ya no podía procesar con calma. Por eso decidí mantener operativos solamente los canales a los que podía atender sin perder de vista lo esencial en mi vida: Dios, mi parroquia y mi familia. Me quedé, por tanto, con el teléfono fijo, el móvil, y los sms. Incluso me sigue pareciendo demasiado en ocasiones, pero reconozco que, debido a mi ministerio, las personas de mi entorno tienen derecho a localizarme.

   Fue al poco de salir de las citadas plataformas cuando, ya con la distancia del «liberado», comencé a pensar que las denominadas «redes sociales» tienen bien ganado el nombre. Son verdaderas redes que te envuelven, te atrapan y te oprimen entre miles de mensajes que requieren respuesta. Hay personas capaces de escuchar una llamada y mirar hacia otro lado, ignorando a quien los llama y absteniéndose de responder. Yo no soy de ésos. Quizá porque me siento molesto cuando alguien no responde a mis llamadas, soy incapaz de dejar sin respuesta a quien me reclama. Puede –eso sí– que mis respuestas sean secas, breves y aparentemente frías. Pero eso no es más que una exigencia de las muchas llamadas que recibo y de la imposibilidad de bilocarme. Además, prefiero, mil veces, el «cara a cara». Odio a muerte el teléfono, y sólo lo acepto porque, como he dicho, soy incapaz de quedarme quieto cuando alguien me llama.

   En estas cavilaciones andaba yo, cuando la semana pasada comienzan a inundar la prensa decenas de artículos sobre el terrible «doble check azul» de Whatsapp. Y, conforme los leía, cada vez me alegraba más de haber abandonado esa peligrosa plataforma. Al principio, cuando comencé a usarla, confieso que me despertaba interés la información sobre la última hora de conexión de mis contactos. Por eso desactivé la opción, impidiendo que ellos supieran cuando me había conectado yo, y evitando saber, por mi parte, cuándo se habían conectado ellos. Fue la curiosidad misma la que me asustó. Me pareció estar cruzando una línea peligrosa: la de dejar al otro ser quien es, y hacer lo que le venga en gana. No quiero saber nada sobre alguien si él mismo no tiene interés en manifestármelo. Y, aunque me temo que mi vida sería la decepción de cualquier curioso, tampoco quiero que sepan nada sobre mí que yo mismo no desvele. Ahora resulta que Whatsapp ha activado una característica que abre un boquete en el muro de la intimidad. Si tu churri te envía un mensaje, lo lees, y no respondes, churri verá el doble check azul, sabrá que lo has leído hace cuatro horas, y sabrá también que no has respondido en todo este tiempo. Lo que no sabrá es por qué, pero eso no importa: la imaginación es una herramienta maravillosa, y podrá pensar que ya no la quieres, que pasas de ella, que estás con otra, que prefieres la conversación de tus amigos a la suya, que piensas que es una pesada, o que has decidido cortar con ella y el no responderla es el primer paso. La crisis está servida. Cualquiera le dice ahora a churri que estabas en una reunión y, aunque leíste su mensaje, no te era posible responder sin llamar la atención.

   La verdad, me alegro de haber salido de estas redes. He nacido para ser libre, y una avalancha imparable de información no me ayuda a alcanzar ese destino. Dice el evangelio que La verdad os hará libres (Jn 8, 32), pero confundir «verdad» con cantidad de información es una estupidez. Al contrario, el exceso de información provoca, muchas veces, más confusión que claridad. Para encontrar la verdad no hace falta mucha información: basta con saber seleccionar la que realmente importa. Y ésa es muy poca, y muy luminosa. Quien la conoce, no necesita exceso de palabras, sino silencio para contemplarla. Éste es el verdadero motivo por el que prescindiré de las redes sociales, y del doble check azul: necesito silencio.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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