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Ante la Semana Santa: ojos y corazón

   No sé si llegaremos a conocer las oscuras motivaciones que llevaron al copiloto Lubitz a estrellar un avión con 150 personas a bordo. Pero, muy probablemente, si hace tan sólo un año le hubiesen vaticinado que cometería un acto como ése, habría negado cualquier posibilidad de perpetrar semejante abominación, e incluso se habría ofendido con quien realizaba el vaticinio.

   Vengo ahora a las multitudes que, a las puertas del pretorio de Pilato, gritaron enloquecidos pidiendo la muerte cruel de un inocente, del único Inocente de la Historia. Muchos de ellos, quizá meses antes, habían recorrido largas distancias para escuchar las palabras de aquel hombre. También muchos de ellos conocían a enfermos que habían sido curados por Jesús, o incluso los tenían en su propia familia. ¿Estaba también allí, alzando la voz contra el Rey de los judíos, alguno de esos enfermos, sanado por su poder? ¿Por qué no? En todo caso, es muy probable que ninguno de ellos –salvo los sumos sacerdotes, escribas y fariseos– hubiese admitido, un año antes, la posibilidad de estar pidiendo a gritos semejante asesinato.

   No necesito un año. El propio Simón Pedro, horas antes de negar a Jesús, había jurado que lo acompañaría hasta la cárcel y la muerte.

   La Historia, no obstante, está escrita. Pedro negó a Jesús, Jerusalén pidió a gritos la crucifixión de Cristo, y Lubitz estrelló el avión con 150 personas a bordo. Hay algo peor que la semilla del mal sembrada en cada hombre por Adán, y es la ceguera, gran parte de las veces voluntaria y consentida, que le hace negar su propia miseria. Hasta que no nos demos cuenta de que hay una bestia en cada uno de nosotros, seguiremos contemplando la Pasión de Cristo como espectadores conmovidos que nada tuvieron que ver con aquello. Y seguiremos leyendo la prensa como quien asiste al Apocalipsis desde el palco de lujo.

   Personalmente, le pediré al Espíritu Santo, para estos días de Semana Santa, dos gracias necesarias: la de los ojos y la del corazón.

   Necesito ojos para encontrarme en el tumulto y acercar la escena; para verme a mí mismo gritando y exigiendo la crucifixión del inocente; para reconocerme en esa bestia que ha pecado una y otra vez, sabiendo que con ello llevaba a la muerte al Hijo de Dios. Necesito ojos para ver a mi hombre viejo.

   Necesito corazón para horrorizarme ante lo que vea y arrepentirme de lo que hice; para llorar lágrimas de contrición; para abominar para siempre del pecado y amar hasta la muerte a Aquél que fue a la muerte por mí. Necesito un corazón para romperlo y derramarlo, hecho añicos, al pie de la Cruz.

   No quisiera ser, este año, el espectador conmovido de la Semana Santa. Quisiera ser el buen ladrón.

José–Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Entre ángeles y alimañas

   Vivía entre alimañas, y los ángeles le servían (Mc 1, 13).

   Con estas breves palabras describe san Marcos los cuarenta días que Nuestro Señor pasó en el Desierto. Me gusta el estilo de Marcos. Es difícil ser, a un tiempo, tan lacónico y tan expresivo.

   Porque cualquiera que intente practicar el ayuno y la penitencia, cualquiera que procure dejar atrás los consuelos sensibles y las compensaciones terrenas para experimentar el «sólo Dios» en el Desierto habrá de soportar los zarpazos y rugidos de las alimañas mientras goza las caricias de los ángeles.

   Comenzaré por el principio. Hace algunos días, una persona, que me había oído predicar sobre el ayuno, se encaraba conmigo: «Padre, aquello que nos dijo no funciona; no es verdad. He comenzado a ayunar los viernes, y no noto que mi espíritu sea más libre para acercarse a Dios en oración. Lo que noto es un terrible mal humor, un apetito insaciable, y una ansiedad descontrolada hasta que llega la hora de romper el ayuno y poder echarme algo de nuevo entre los dientes».

   Claro. Mientras al cuerpo lo tienes contento, y le aportas las satisfacciones que reclama, el cuerpo se queja poco, salvo que exista algún problema de salud. Con el corazón sucede lo mismo: cuando las necesidades afectivas están cubiertas, uno puede incluso dedicarse a otra cosa, sabiendo que tiene las espaldas bien guardadas. Es cierto que, a largo plazo, tanto el cuerpo como el corazón irán pidiendo cada vez más, y será más difícil satisfacer todas sus necesidades. Pero, a corto plazo, un vientre saciado y un corazón satisfecho sumen al hombre en un estado de «paz animal». El problema es que el «hombre viejo» está contento, y hará lo posible para que Dios no le complique excesivamente la vida. Hay sequedad en la oración, el trato con Dios se convierte en un esfuerzo de voluntad, y, si no aparecen los consuelos sensibles, el hecho de rezar se vuelve una obligación más o menos penosa. Es el torpor espiritual del «joven rico». «¡Que me quede como estoy!», parece decir. Este tipo de personas, satisfechas y aburguesadas, buscan mucho el sentimiento en la oración. Al fin y al cabo, es la única forma de no aburrirse. El problema es que no están dispuestas a dar la vida. ¡Cómo van a darla, si tienen de todo!

   Un buen día, por sugerencia de un sacerdote, o por una gracia actual del Espíritu, una persona «satisfecha» decide salir al Desierto, prescindir de consuelos sensibles, ayunar y buscar verdaderamente a Dios. Y, en primer lugar, descubre el verdadero rostro del «hombre viejo». Con sorpresa constata que ese cuerpo suyo, que apenas le causaba problemas, se convierte en una fiera cuando no se le da lo que pide. La gula, la lujuria y la pereza salen de la espesura como alimañas, atacan con sus zarpas y braman desesperadas. Después viene la ira, incluso el odio hacia los demás, hacia todo el mundo… Y el corazón, privado de su abrigo de sensiblería, tirita y llora. El espíritu se encuentra rodeado de alimañas hambrientas y furiosas. ¿Cómo rezar?

   Es preciso huir. Dar de comer a las alimañas nos llevaría de nuevo al punto de partida y nos alejaría del Desierto. Luchar contra ellas supondría acabar despedazado. Por eso, se hace necesario huir, y huir en la única dirección posible: hacia dentro, hacia el silencio de ese santuario interior que es el alma en gracia. Hay que arrodillarse ante un sagrario, dirigir hacia él los ojos, y rezar desde muy dentro, incluso sin palabras. No debe uno, en ese momento, dejarse alterar por los ruidos, los llantos y los rugidos de las fieras; debe tratar de no prestarles atención, o de oírlos como se escuchan los truenos que caen en el campo mientras anda uno recogido en casa. No debe extrañar que, en medio de la oración, se experimenten sensaciones incómodas, como aburrimiento, ansiedad, hambre o incluso lujuria… No pasa nada. Pero tampoco debe esperar sentir consuelo. No hace falta. Allí, en el hondón del alma, donde se conoce más que se siente, donde todo son tinieblas y la única luz es la verdad, aparecerá el ángel. Y no será un ángel cualquiera. Será el Ángel del Señor. Ese Ángel del Señor es el propio Cristo, que se unirá amorosamente al alma mientras la tormenta arrecia fuera.

   Ya no hay prisa para nada. Pero, si uno no sale de allí, al cabo de los años, las alimañas morirán de hambre. Y, entonces, Cristo lo será todo en todo. Es la hora de los frutos. Si esa hora no llega, tampoco importa. Llegará el Cielo.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Cuaresma, soledad, conversión, ayuno… Descanso

   Entramos en Cuaresma. Porque en Cuaresma es preciso entrar. No basta con llegar y dejar que pase el calendario. Uno abre sus puertas de ceniza, y se introduce en el desierto. Todo queda inundado de silencio. Y no porque callen los ruidos, ni las autopistas, ni las voces de los niños en los parques. Es, sencillamente, que uno, estando presente, se recoge y se cubre de silencio.

   Otra Cuaresma… Mentira. La conozco bien, es la misma de siempre. No ha cambiado. Soy yo quien vuelvo a ella, porque la necesito. Necesito la verdad desnuda de su desierto, y el alimento provechoso de su ayuno. Y, en medio de todo ello, a Cristo, que da sentido a la Cuaresma. Necesito, por encima de cualquier otra cosa, la soledad con Él. ¡Bendito desierto! ¡Huyamos, salgamos de aquí, quedémonos solos y hablemos de Amor!

   Conversión. Así dicho, suena a volver a intentarlo, a topar de nuevo con el mismo muro, a estrellarse otra vez con las mismas limitaciones y miserias. Y cansa. Pero también es mentira. Conversión es mirar a Dios de frente, girarse y entrar en Amor a primera vista. Es retirar los ojos de las criaturas, dejar de intentar mantener en pie la bola del mundo y arriesgarse a que se caiga o se pulverice, actuar como un perfecto irresponsable y devolverle a Dios la mirada. En realidad, convertirse es descansar. Hacer de Dios tu delicia, y dejarle a Él gobernar la Tierra.

   ¡Vamos! Dios nos espera en el desierto. Y aquí ya no se nos ha perdido nada. Lo hemos probado todo mil veces, y lo que no hemos probado es más de lo mismo con otro sabor. ¿Para qué seguir? Ya hemos descubierto que no sacia. Deberíamos perderle el miedo al ayuno. A ver si así, haciendo hueco, limpiamos por dentro y dejamos que todo lo llene Dios. Él sabe mejor que nosotros lo que aprovecha.

   ¡Oh, Dios! Concédenos cuarenta días de Ti. En realidad, Cuaresma significa vacaciones.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Un pulpo a la gallega y una semana romántica

   Hijo, tus pecados están perdonados… ¿Qué es más fácil, decirle a un hombre «tus pecados están perdonados», o decirle «levántate, toma tu camilla y anda»?… Sólo Jesús conocía la respuesta a esa pregunta. Y pensar en ella le provocaba escalofríos. Para sanar a un hombre de la parálisis bastaba su poder de Dios; para perdonar los pecados sería preciso derramar toda su sangre. Unas piernas enfermas recobrarán el movimiento, obedientes, ante la voz de Creador y Dueño de todo; un alma encerrada en su pecado puede rechazar el perdón obtenido por Cristo en la Cruz. Para Dios, curar enfermedades es fácil; perdonar pecados, sin embargo… Jesús temblaba por dentro.

   Desde que, el pasado domingo, Dios Padre nos presentara a su Hijo en el Jordán, nuestros ojos y oídos han quedado presos en Jesús de Nazaret. La humanidad santísima de Cristo, ventana abierta a su divinidad, es sumamente seductora para el hombre que busca a Dios. ¿Quién no lo busca, aún sin saberlo? Uno de los pecados de los que tendremos que dar cuenta será el de haber dedicado más empeño a mostrar al mundo un sistema de normas morales o un modo «piadoso» de vida que el maravilloso rostro humano de Jesús de Nazaret. Cenando el sábado pasado con dos amigos, les comenté mi intención de viajar a Tierra Santa en las próximas fechas. Uno de ellos me decía: «No necesito viajar a Israel. Me basta con conocer el mensaje de Jesús, y para eso no me hace falta visitar los lugares donde estuvo». No respondí nada. Pero pensé en nuestro pecado: hemos difundido más el mensaje de Cristo –preferentemente, su mensaje moral– que su propia persona. ¿Cómo explicarle a mi amigo, ante una ración de pulpo a la gallega, que lo que nos define no es tanto el seguir las enseñanzas de Jesús como el amarlo desesperadamente, y que cualquier enamorado entiende el poder evocador de los lugares donde el romance ha tenido sus momentos más hermosos? Quizá debí hacerlo, pero en ese momento fue más fuerte en mí la sensación de fracaso que el deseo de una enmienda rápida. El caso es que callé y bebí un trago de cerveza.

   Después llegó el domingo, y, con él, esa presentación de lujo, en la que Dios Padre, enviando el Espíritu sobre su Hijo en un lugar tan evocador como el Jordán, nos llamaba la atención sobre Él. No he querido, desde entonces, prestar atención a nada más. Pienso que ni el mejor y más imaginativo de los novelistas hubiera podido, en el culmen de su creatividad, crear un personaje como Jesús. Asombra a las gentes por la autoridad con que enseña. Hasta tal punto impone respeto con su modo de hablar, que unos soldados enviados por los fariseos para prenderlo quedaron paralizados al escucharlo: Jamás hombre alguno habló como este hombre. Y, sin embargo, el mismo que impone temor reverencial con sus palabras será el que se deje escupir, insultar y abofetear por sus enemigos sin pronunciar una sola queja. También es el mismo que, ante el sufrimiento y la debilidad humana, se desmorona y se enternece hasta llegar a tocar con sus manos al leproso –aún sabiendo que contraía con ello su impureza– y sanarlo con una caricia; el mismo que toma de la mano a la suegra de Simón y la levanta de sus fiebres… ¡Qué «obsesión» con tocar, con palpar y llegar al «cuerpo a cuerpo»! Pero ¿acaso no se ha hecho hombre para eso, para tocar al hombre?

   Cuando se mira así la humanidad santísima de Cristo, es el alma la que se enamora. No los sentimientos, ni la carne, sino el alma, lo más elevado del espíritu. Y, entonces, ante ella, la humanidad de Cristo se vuelve transparente a su divinidad. La fe abre horizontes eternos de amor, y ya no quiere uno retirar la mirada por nada de este mundo. La promesa de entrar en su descanso –nos dirá hoy la carta a los Hebreos– es para quienes se adhieren por la fe a los que lo habían escuchado. Tal como nos dijo el Padre: Éste es mi Hijo, el amado. Escuchadlo.

José–Fernando Rey Ballesteros, pbro.

¿Nace Dios el 25 de diciembre?

   Vamos a recorrer, en esta última parte del Adviento, el «camino que lleva a Belén», y quizá convendría dedicar unas líneas a la esperanza que llena las cuatro semanas de este tiempo litúrgico, y a evitar ingenuidades que suelen conducir a grandes decepciones.

   Por resumirlo en una sola frase: la esperanza del Adviento no está centrada en el 25 de diciembre. Y con ello quiero decir que no nos ocupamos, durante cuatro semanas, en esperar ilusionados que, a su término, suceda algo maravilloso y todas las expectativas resulten colmadas. Si así fuera, deberíamos contar los advientos por fracasos. ¿A alguno de ustedes se le ha resuelto la vida en un 25 de diciembre? O quizá deberíamos pensar que los advientos pasados no fueron buenos, que acaso no rezamos lo suficiente o no tuvimos suficiente fe, y renovar las esperanzas caídas por si este año fuéramos capaces de aprovechar la nueva oportunidad. Pero –y no quisiera desanimarles–, muy probablemente, el día 26 de diciembre nuestras vidas sigan siendo las mismas, con los mismos problemas y los mismos dolores. No es culpa de nadie. Es, sencillamente, que ni el Adviento ni la Navidad son eso.

   La gracia de la liturgia reside en que, estando fuertemente arraigada en el tiempo, y trenzada en los meses, las estaciones y los días, nos abre a la eternidad. Eso es, precisamente, la liturgia: el desposorio entre los tiempos del hombre y la eternidad de Dios. Por eso, la esperanza anunciada y vivida en el Adviento no mira hacia delante en la línea temporal, como espera un niño el día de su cumpleaños, sino que mira hacia arriba, hacia los Cielos, de donde vendrá la salvación. Se nos dice «¡El Señor viene! ¡El Señor está cerca!», y ello no significa que vaya a venir el 25 de diciembre, sino que Él es el que siempre «está viniendo», el que siempre se acerca y desea encontrar abiertas las puertas y ventanas del alma. Y, aunque ya ha venido en el tiempo para redimir al hombre, y ya ha venido a nuestras almas cada vez que recibimos los sacramentos o nos recogemos en oración, sigue viniendo, como la lluvia que no cesa de caer, y quiere ser recibido a cada instante. La única irrupción «a fecha fija» que se nos anuncia en estos días es la que tendrá lugar al fin de los tiempos, o la que sucederá el día de nuestra muerte… Pero desconocemos cuál es esa fecha. Tan sólo se nos invita a estar preparados para gozarla hoy mismo.

   ¿Nace Dios el 25 de diciembre? Más bien diremos que, el 25 de diciembre, celebramos que Dios nace. No sólo recordamos que nació, al modo en que se añoran tiempos pasados. En la liturgia, el recuerdo tiene un misterioso poder de actualización de lo recordado. El «memorial» que es la santa Misa trae ante nosotros realmente la ofrenda del Calvario. Del mismo modo, el memorial litúrgico de la Navidad nos lleva, si nos dejamos conducir, al misterio del nacimiento del Salvador, y lo sitúa real y místicamente ante nuestras almas. Volviendo a la pregunta: ¿Nace Dios el 25 de diciembre? Más bien, tendremos que decir –como antes dijimos que Cristo es el que siempre está viniendo– que Cristo es el que siempre «está naciendo», y que el 25 de diciembre la Iglesia reúne a sus hijos ante el pesebre donde se recuesta el Salvador recién nacido. En la vida terrena de Cristo, Dios y hombre verdadero, cada momento desposa tiempo y eternidad, merced al misterio sobrecogedor de la Encarnación. Él siempre está naciendo, Él siempre es niño, Él siempre es joven, Él renueva sus milagros cada día, y Él –¡también!– siempre está muriendo en la Cruz para salvarnos, como celebramos durante la Semana Santa y presenciamos en cada misa.

   Ya lo veis: la realidad de la vida cristiana es mucho más rica que el hecho de esperar milagros a fecha fija. Vivimos inmersos en el tiempo, que fluye sin detenerse, pero nuestros gozos, nuestras ilusiones y esperanzas están en la eternidad. El Señor viene, el Señor nace, el Señor muere y resucita. Merced a la liturgia, todo ello sucede hoy y sucederá mañana. Cristo es, definitivamente, Señor de la Historia. Suyo es el tiempo y la eternidad.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Para este Adviento, sólo una cosa…

   Este año, y de cara al Adviento que da sus primeros pasos, sólo te daré una indicación: vive de tal manera que, cuando el Señor venga, te encuentre con santos deseos de verlo.

   Porque, si andas encerrado en tus preocupaciones, y toda tu oración es para pedirle a Dios que las resuelva, podría suceder que viniese el Señor y le dijeras: «¡No hace falta que vengas, Jesús! Basta con que me arregles la vida, y yo la viviré solito». Pero si tu principal preocupación es amar a Dios en todo cuanto haces, su venida será fiesta para ti.

   Y si viniera el Señor y te encontrase salvando el mundo por tu cuenta, puede que le dijeras: «¡Espera un poco, Jesús! Déjame intentar salvar el mundo otra vez». Pero si te encontrara gritando: ¡Venga a nosotros tu Reino!, su venida sería fiesta para ti.

   Y si viniera el Señor y te encontrara saliendo de una de esas comidas navideñas de empresa, ebrio y harto de comida, puede que le pidieses a Jesús que volviera después de la siesta. Pero, si te encuentra viviendo con sobriedad, ansioso de saciarte sólo con Él, su venida será fiesta para ti.

   Y si viniera de repente, y te encontrase enfadado con el universo mundo –como sueles estar–, quizá le dijeras: «¡Ahora no estoy para nadie!». Pero si te encuentra alegre en tu dolor, esperanzado en que vendrá quien te resarza, su venida será fiesta para ti.

   Y –por último– si viniera y no supieras quién ha llegado, porque hace años que no rezas y ya no te acuerdas de cómo es Dios, puede que lo confundieras con otro y no prestases atención a su venida. Pero si te encuentra en oración y cantando su alabanza, su venida será fiesta para ti.

   Por tanto, este año, y aún en la primera semana del Adviento, sólo te doy esa breve indicación: vive de tal manera que, cuando el Señor venga, su venida sea fiesta para ti.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Hijos del Cielo, no sacos de tierra

   Cada año, llegado el mes de noviembre, nos recuerda la Iglesia la necesidad de levantar la vista y mirar por encima, más allá de las piedras y las flores del camino, hacia los horizontes de eternidad que se alzan frente a nosotros. Al igual que aquella mujer del Evangelio, que andaba encorvada, sin poderse enderezar (Lc 13,11), caminamos nosotros con la vista puesta en tierra, y olvidamos que hemos sido creados para el Cielo.

   ¡Qué fácil es, y qué terrible error supone, crear una religión centrada en esta vida! Oramos, y le pedimos al Señor que nos facilite las cosas, que sane nuestras heridas, que alivie nuestras penas y resuelva nuestros problemas. Le damos gracias por la salud, por el trabajo, por el afecto humano. Y le presentamos las necesidades materiales de aquellos a quienes amamos. No digo que esté mal; el Evangelio está repleto de personas que acudían a Jesús en busca de consuelo terrenal. Pero, si todo queda aquí, más parece nuestra fe superstición que anhelo de eternidad.

   Para el último momento reservamos las plegarias más sublimes. Llega la vejez, y seguimos pidiendo salud, aún con más intensidad cuando notamos frágil el cuerpo y débil la mente. Aparece entonces el diagnóstico fatal, la enfermedad sin cura… Y aún imploramos, a gritos, el milagro, la sanación. Sólo cuando la sanación no llega y la enfermedad avanza, levantamos al fin los ojos al Cielo y pensamos en nuestro destino eterno. Confesamos los pecados, nos preparamos para la muerte… pero más lo hacemos con el deseo de sortearla que con el de alcanzar un Amor que llene de luz nuestra eternidad.

   ¡Cuántos errores! ¡Cuánta necedad, y qué forma de perder la vida en lo que no aprovecha!

   Desde niños deberíamos aprenderlo: estamos creados para el Cielo, y nada en esta tierra podrá saciar nuestro corazón. El Cielo no es sólo un territorio situado más allá de la línea de la última enfermedad, aunque sí puede decirse que es preciso pasar por la muerte para alcanzarlo. Pero, por encima de todo, el Cielo debe iluminar los ojos del alma en cada momento de la vida. Debemos vivir, hoy, como quien ha muerto al mundo y goza ya las dulzuras eternas. Nuestras mentes, nuestros corazones y nuestras almas deben vivir ya en el Cielo, mientras los sentidos quedan clavados en la Cruz, unidos a Cristo en su muerte. Entre los hombres, debemos vivir como quien ya ha alcanzado la meta, aunque sigue caminando para morar en ella en plenitud. De tal modo deberían nuestras vidas tocar el Paraíso con el alma, que quienes nos rodean, al vernos, no pudieran evitar levantar la vista para atisbar la fuente de nuestra alegría.

   No tiene sentido que nuestra oración esté tan llena de tierra; parecemos sacos terreros, y no hijos de Dios. ¡Si al menos en noviembre recordásemos cuál es nuestro destino! Nuestra oración, entonces, sería anhelo de Cielo, nostalgia y gozo, vuelo ligero y gracioso hasta el regazo de Dios. Necesitamos sentirnos en Casa. Aquí hace demasiado frío.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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