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Cuando todo el argumentario cabe en dos tetas

    Agrupo dos noticias que tienen un «algo» de inquietante, no diré ya para cualquier católico, sino para cualquier persona de bien. De un lado, la estúpida patochada que organizaron las activista del colectivo Femen ante el cardenal Rouco el domingo pasado, incidente que no hubiese traspasado los límites de una anécdota grotesca si no hubiese venido aderezado por una sospechosa cobertura informativa. De otro lado, la apertura de diligencias, por parte de la Fiscalía Provincial de Málaga, contra el cardenal electo Fernando Sebastián, a causa de sus declaraciones acerca de la homosexualidad, las cuales han sido comentadas en el último artículo de este blog.

    Quienes piensen que estas acciones se dirigen sólo contra la Iglesia deberían recapacitar. Cuando colectivos cuyos argumentos más sofisticados son dos tetas o cuatro gritos asumen cada vez más poder en nuestra sociedad, nadie -absolutamente nadie- está a salvo de sus arbitrariedades. No existe defensa posible cuando el sentido común ha sido expulsado del campo de juego social. Si la verdad ha dejado de importar, y el único valor relevante es la capacidad de presión, vivimos bajo la ley del más fuerte.

    El olvido de Dios que aqueja a Occidente desde hace tres siglos tiene mucho que ver en cuanto sucede. Y no me refiero a la catequesis, sino a la antropología -o a la falta de ella- que subyace en estos comportamientos. Si Dios no existe, si no hay trascendencia, si no queda esperanza para un «más allá», vivimos bajo el dominio implacable de la muerte. Y, si vamos a morir, y tan sólo tenemos cuatro días como único horizonte, ¿a quién le importa la verdad? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos (1Co 15, 32). El hombre queda reducido a un ser capaz de gozar durante muy breve tiempo antes de desaparecer. La urgencia de experimentar todo el placer posible antes de morir deja aparcado cualquier interés por conocer la verdad. Y, para poder gozar sin interferencias incómodas, es preciso acallar cualquier voz que nos recuerde que el hombre está llamado a la eternidad, y que sus actos tienen una repercusión trascendente capaz de salvarlo o arruinarlo para siempre. En consecuencia, y por irracional que pueda parecer, hay que emprenderla a palos con la Iglesia, empeñada en alzar su voz para que el hombre no olvide la verdad de su condición y las dimensiones reales de sus actos. Lo último que quieren oír esas mujeres que usan sus pechos como armas es que esos pechos quedarán secos, se pudrirán y serán pasto de gusanos mientras sus almas inmortales tendrán que presentarse ante el Juez. Esa voz no les permite disfrutar a gusto de sus «cuatro días» y debe ser acallada a cualquier precio.

    Nuestra batalla, no obstante, no está en los juzgados, ni tampoco en el griterío de las manifestaciones callejeras. En esos foros lo tenemos todo perdido, porque allí nuestra única arma, la verdad, no juega ningún papel. Nuestras verdaderas bazas son dos: el primer lugar, la santidad de vida. Es preciso que mostremos con amabilidad la felicidad que el hombre puede alcanzar en esta tierra cuando vive con Dios. Y, para ello, es preciso vivir nuestra fe hasta las últimas consecuencias, y, con el mismo descaro con que esas mujeres muestran sus pechos, mostrar nuestras sonrisas y nuestro amor incondicional por cada ser humano. Hay que suscitar envidias y despertar nostalgias, hay que levantar interrogantes. Un cristiano verdaderamente feliz es mucho más poderoso que todos los gritos y todos los cuerpos desnudos vociferantes.

    La segunda baza somos los sacerdotes. Debemos formar muy bien a los católicos, debemos abrir sus inteligencias a la luz de la fe y recordarles la verdadera condición humana. La antropología cristiana es enormemente luminosa, y los presbíteros tenemos una gran responsabilidad. Nadie en este mundo, todavía, puede hablar a tantas personas reunidas cada domingo. Por eso es necesario que recordemos a los hombres la dignidad de su condición, y que lo hagamos de tal forma que nuestros feligreses se ilusionen con ser muy felices y muy santos.

    No será tarea fácil, y habrá mucho sufrimiento -sin duda- en el camino. Pero, si amamos al hombre, debemos renunciar a batallas perdidas de antemano y concentrar nuestros esfuerzos en volver a iluminarlo bajo la luz de Cristo, hombre perfecto y Dios encarnado por Amor.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.   

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