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El dios ciego y el Dios que mira

    El malvado escucha en su interior un oráculo del pecado, porque se hace la ilusión de que su culpa no será descubierta ni aborrecida (Sal 35, 1-3)

    Pecado y mentira, en la Sagrada Escritura, van siempre de la mano, como aspectos de un mismo misterio que siempre conduce a la esclavitud y a la muerte. No en vano es llamado Satanás el «padre de la mentira». Por el contrario, en el Evangelio, virtud y verdad conforman el misterio de salvación que conduce a la libertad y a la vida.

    La mentira que reside en el fondo de todo pecado es la de que Dios no está mirando al hombre mientras éste peca. La supuesta “ceguera” de Dios ante el mal hace que el hombre no tenga que rendir cuentas de sus actos. Un dios que no sabe lo que hace el pecador no podrá juzgarlo por ello. Y así, desvinculado de juicio de su Creador y actuando a sus espaldas, el hombre se convierte en autónomo, es decir, en ley para sí mismo. Pero, al endiosarse de esta manera, una vez liberado en su interior de la mirada escrutadora de Dios, el hijo de Adán queda preso del mal que habita en sus entrañas. Se envolvió en la mentira buscando una supuesta liberación, y acabó esclavizado por el pecado que reina en sus miembros mortales.

    Asesinan a viudas y forasteros, 
degüellan a los huérfanos, 
y comentan: «Dios no lo ve, 
el Dios de Jacob no se entera» (Sal 93, 6-7).

    No deja de ser revelador que, durante la Pasión de Cristo, aquéllos que en la noche del Jueves Santo lo abofetearon tuvieran que cubrir su rostro con un velo (Cf. Mc 14, 65). Un dios con los ojos vendados, el dios que no se entera, deja de ser dios.

    La existencia del pecado original no requiere fe para ser creída. Esa impronta heredada de nuestros primeros padres la tocamos cada día. Hacer el bien requiere esfuerzo; para hacer el mal, basta con dejarse llevar por las pasiones. Aunque no sea un experimento edificante, cualquiera que se convenza a sí mismo de que Dios no existe comprobará cómo, conforme adquiere ese convencimiento, la bestia que lleva en su interior (el “hombre viejo”) va tomando posesión de él e inundándolo en deseos de pecado. Y es que cuando ignoramos la mirada de Dios nos precipitamos vertiginosamente hacia el mal y hacia la muerte. Pero, si queremos admitir la verdad, no es Dios quien se ha quedado ciego, sino nosotros, al perderlo de vista a Él.

    Enteraos, los más necios del pueblo, 
ignorantes, ¿cuándo discurriréis? 
El que plantó el oído ¿no va a oír? 
El formó el ojo ¿no va a ver? (vv. 8-9).

        Debido a esa semilla del mal que habita en nosotros, nadie puede ser justo por sí mismo. Por eso el camino hacia la vida pasa necesariamente por la verdad más consoladora: la mirada de un Dios que se interesa por nosotros. Para el justo, la mirada de Dios no es amenaza, sino consuelo.

    Mírame, ¡oh Dios!, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido (Sal 24, 16).

    La mirada amorosa de Dios constituye, para el justo, la ventana abierta a la verdad y a la vida. La verdad no es el pecado, que pasa y lo deja todo sembrado de muerte y esclavitud. La verdad es esa mirada tierna de Dios que permanece, que libera al hombre de sus esclavitudes, y que le da vida eterna. Si Dios me está mirando, y ese Dios me ama, no tengo miedo. Y, si no tengo miedo, entonces soy libre.

    Cristo participó de nuestra carne y sangre para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasaban la vida como esclavos (Cf. Heb 2, 14-15).

    La oración colecta del domingo 24º del Tiempo Ordinario realiza una petición tan sencilla como sublime:

    Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos.

    Todos deseamos ver a Dios. Él es la Verdad, y hemos sido creados para contemplar la verdad, más que para hozar en el lodazal de la mentira y de la muerte. Pero, hasta que llegue el día en que podamos ver a Dios, necesitamos saber que Él nos ve. Y por eso la oración, muchas veces, más que hablar con Dios, descansa en ser mirados amorosamente por Aquél que habita en el sagrario.

José-Fernando Rey Ballesteros

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