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El lobo feroz

   Se oyen cada vez más voces, en España, alertando contra la llegada al poder del un nuevo «Frente Popular» que podría provocar estragos semejantes a los de 1936. Cunde la voz de alerta, y suenan profecías sobre los devastadores efectos que un gobierno de «Podemos» tendría en la posición de la Iglesia en nuestro país. Áreas tan vitales como la enseñanza concertada, las manifestaciones públicas de fe, el estatus económico de la administración eclesiástica o la misma libertad de expresión para los predicadores estarían en peligro.

   Sea más o menos sólido el fundamento de estos avisos, de primeras diré que, a lo largo de los últimos veinte años, he escuchado más de diez anuncios del Apocalipsis a plazo fijo. Ninguno se ha cumplido, pero en algún momento vendrá de verdad el lobo y quizá lamentemos no haber tomado en serio a Pedrito. O a Pablito, vaya usted a saber. En todo caso, tomaré estos avisos a beneficio de inventario, como hice con los demás. Los verdaderos profetas saben que el futuro está en manos de Dios.

   Hasta ahora he sostenido que no puede hablarse de persecución religiosa en España en nuestros días. Hubo persecución religiosa durante la Guerra Civil, pero comparar aquella situación con la situación actual es un ultraje a los mártires. ¿Podríamos estar en vísperas de una auténtica persecución religiosa, semejante a la de hace ochenta años? Podríamos, o, si quieren ustedes, «Podemos». Pero hacer sonar las sirenas de alarma no creará sino confusión. Al fin y al cabo, ante un bombardeo, las sirenas tienen el cometido de enviar a la gente civil a los refugios. Pero, en nuestro caso, una Iglesia que corriese a recluirse en refugios o barricadas por temor al enemigo ya estaría muerta sin necesidad de ninguna otra violencia. Hemos nacido para vivir aire libre y, si se tercia, para morir bajo el cielo, como los soldados. No hacen falta, por tanto, sirenas ni alarmas.

   Además, no hay motivo para la preocupación, aunque lo haya para el dolor. Nadie sobre la tierra, por mucha violencia que emplee o por mucho odio que destile, puede quitarnos nuestro tesoro. Pueden llevarse las piedras, pueden cambiar las leyes, pueden demoler los templos y pueden hasta arrebatarnos la libertad o la vida. Todo eso ya ha sucedido antes. Pero a Cristo no pueden arrancarlo de nuestras almas. En cuanto a lo demás, vamos a perderlo de todas formas antes o después. ¿Por qué preocuparse?

   Escribo estas líneas a causa de las muchas personas que se me acercan en los últimos días con preocupación por el futuro; supongo que otro tanto les estará sucediendo a muchos sacerdotes españoles que trabajen, como yo, en parroquias. Y digo aquí lo que les digo a ellos: que nadie, salvo Dios, conoce el futuro, y que nadie, salvo nuestra propia estupidez, puede arrebatarnos nuestro tesoro. De ella, principalmente, le pido al Señor que nos libre.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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