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INSÍPIDA, PEQUEÑA, BLANCA Y MARAVILLOSA

    Cada uno tiene sus obsesiones. Aquellos hebreos parecían no cansarse de pedir un signo a Jesús. Delante de sus narices, cinco panes y dos peces habían saciado a una multitud… Pero nunca tenían bastante. Eran hijos de aquéllos que, tras ver caer maná del cielo, tras comer codornices en el desierto y contemplar cómo una roca les daba agua, aún se preguntaban ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros? (Éx 17, 7). Realmente, lo que querían era un signo tan espectacular que los postrase por tierra y les arrebatase la libertad. Pero sin libertad no hay amor…

    Es mi Padre el que os da el verdadero pan del Cielo. La Sagrada Hostia es, a los ojos, insignificante. Y, al paladar, resulta insípida. Por eso no se entretienen con ella los sentidos y le abren paso hasta el fondo del alma. Hay que mirarla despacito en la custodia, hay que recibirla en los labios con silencio y devoción. Entonces ella, como de incógnito, cruza todas las puertas y llega a lo profundo del alma. Allí despliega toda la luz del Amor. ¡Qué delicia! Mira a la Hostia mientras la eleva el sacerdote. Comulga con fervor… Y disfruta.

(TP03M)

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