Inicio » Amar al mundo desde dentro » Amar al mundo desde dentro (VIII): Otros Cristos

Amar al mundo desde dentro (VIII): Otros Cristos

    Existen, en Occidente, millones de personas que jamás van a visitar un sagrario si no se produce un cambio en sus vidas. A esas personas, la presencia real de Cristo en la Eucaristía les tiene absolutamente sin cuidado, y no influye para nada en su quehacer cotidiano. Por tanto, el único encuentro posible de multitud de hombres y mujeres con el Señor no será el de María Magdalena, quien acudió al sepulcro en busca de Cristo, sino, más bien, el de los discípulos de Emaús, quienes habían comenzado a vivir como si Jesús no hubiese resucitado y a quienes el propio Señor abordó en plena calle. Siempre queda algún ingenuo convencido de que el mejor apostolado, con quienes viven lejos de Dios, consiste en pegar, en el andén del Metro, el anuncio de un acto de adoración eucarística. Y, como la Providencia no conoce límites, puede que esos carteles hayan atraído a la Iglesia a algún ateo. Pero no creo equivocarme si afirmo que el camino ordinario para que los paganos se encuentren con Cristo no pasa por papeles muertos pegados en las paredes, sino por el trato con un Cristo  vivo que ha salido del sagrario para buscar a la oveja perdida. Y ese Cristo debe ser, precisamente, el cristiano seglar, que busca la santidad dentro del mundo y se ofrece al Señor para ser, en el mundo, otro Cristo.

    El laico que, dentro del mundo, ama al mundo y aspira decididamente a la santidad, es –¡debe ser!- el vivo icono de Cristo resucitado en la mañana del Domingo, quien, tras salir del sepulcro, recorre las calles y entra en las casas buscando al hombre, comiendo y bebiendo con el hombre, y compartiendo con él los mil quehaceres y afanes nobles de la existencia humana. Eso requiere todo un proceso de “cristificación”, una transformación interior que lleve al laico a hacer suyas las palabras del Apóstol: No soy yo quien vive. Es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 20).

    Dedicaremos algunos artículos a este proceso. En esta primera entrega, a modo de prólogo, tan sólo despejaremos un primer obstáculo y responderemos a una primera pregunta. Y más adelante hablaremos de la transformación del corazón y la de la vida.

    – Un primer obstáculo que impide a muchas personas ser verdaderos cristianos es el miedo a perder la propia personalidad. Como toda tentación, tiene detrás una mentira urdida con partes de verdad. Y es que el ya no soy yo quien vive del Apóstol lo interpretan como una disolución de la propia persona en Cristo, al modo que el azucarillo se disuelve en la taza del café. A esto habrá que responder que la verdadera “imitación del Cristo” no es la externa. Como podrá suponer el lector, ser “otro Cristo” no pasa por dejarse crecer la barba, embutirse en un manto, y calzar sandalias. ¿Qué harían entonces las mujeres? ¿Y los calvos? ¡Ay de quienes usamos gafas! Esa cristificación que supone la santidad consiste en infundir, en el corazón del cristiano, los sentimientos del Corazón de Cristo (Cf. Flp 2, 5). No soy yo quien vive significa que todo sentimiento o actitud incompatible con los latidos de ese Corazón debe morir para ser sepultada en Él: rencores, odios, sensualidad, soberbia, envidias… Todo ello deberá ser crucificado, hasta que en corazón del cristiano habiten los mismos sentimientos que pueblan el del Señor. Pero, a la hora de manifestarse al exterior, esa vida espiritual se volcará, en cada uno, en gestos y palabras distintos, según la personalidad que Dios le ha dado. Esa personalidad no desaparece, sino que, más bien, es llevada a plenitud al ser canal del transmisión de la vida del propio Cristo. No es necesario, por tanto, cambiar el plato, aunque sea de barro. Tan sólo hace falta limpiarlo y ofrecer en él un Manjar mucho mejor para que el mundo viva.

    – Una primera pregunta: ¿Cómo se lleva a cabo este proceso de cristificación? Respuesta rápida: no estorbando. La santificación es obra del Espíritu Santo. Todo lo que debe hacer el cristiano es dejarle actuar. Por eso hemos tratado, en las anteriores entregas de esta serie, de la vida espiritual y la mortificación. Por la vida de oración y los sacramentos abrimos de par en par las puertas al Paráclito, de modo que pueda llegar hasta el fondo mismo del alma, y desde allí realizar su obra. Y por la mortificación corporal y la interior removemos los obstáculos que pudieran impedirle obrar. Ahora tan sólo se trata de escuchar y obedecer: estar atentos a las inspiraciones que alienta en el interior del alma a través de la oración, y a las que nos llegan por medio de la dirección espiritual, y arrodillar reverentemente la propia voluntad para poner por obra cuanto escuchamos y configurar nuestras vidas con la de Cristo.

José-Fernando Rey Ballesteros

Libros digitales:

 

 

 

 

 

Colabora al mantenimiento de la página:

Reciba el blog en su buzón:

Introduzca su dirección de correo:

Recibirá las actualizaciones del blog en su correo electrónico

Archivos

enero 2021
L M X J V S D
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031
Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de sus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad