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LA IMPACIENCIA INTERIOR

 

    “Padre, ¿es pecado la impaciencia interior, aún cuando consiga que apenas se note externamente?”. Copio la pregunta porque creo que nos interesa a todos. Muchas veces, ante determinadas circunstancias de la vida, nos comeríamos las uñas una a una, nos tiraríamos de los pelos, tiraríamos de los pelos al de enfrente o con gusto regalaríamos a alguien un buen sopapo. No hay duda de que dejarnos llevar por el impulso y desahogar la impaciencia con el prójimo constituye un pecado. En cuanto a las uñas y los pelos… Hombre, ni nos dio el Señor las uñas para comerlas ni cubrió nuestra cabeza con cabello para que probáramos su elasticidad. Y, puesto que el cuerpo es templo del Espíritu Santo, ya puestos a emprenderla con algo, mejor elegir los bajos de una mesa, como San Francisco de Sales.

    En cuanto a la impaciencia interior, que nos hace desquiciarnos por dentro y nos sacude a ritmo de taquicardia, no es, en sí misma, pecado, aunque puede ser fuente de un buen número de ellos. No es pecado porque no se trata de algo elegido por nosotros. Cualquiera de las personas que resultan atormentadas por esa impaciencia, si pudiera, se libraría de ella lo antes posible… Pero no pueden. Por ello, hablaremos más bien de tentación.

    El problema de esa impaciencia es que nos hace perder la presencia de Dios y el recogimiento. Si, de verdad, viviésemos recogidos en el Señor, nada nos impacientaría; todo lo veríamos a través de sus serenos ojos, y nuestra paz sería inconmovible. Pero, en gran parte de los casos, un cambio de planes, una respuesta inconveniente de otra persona, o un contratiempo más o menos grave nos hacen salir del santuario interior y nos envuelven en una batalla que no deberíamos estar luchando. No es lo mismo permanecer en oración mientras el demonio lanza piedras contra las vidrieras que salir a recibir las pedradas en la frente. Lo malo es que, por lo general, salimos.

    ¿Qué hacer? Para empezar, vivir con fidelidad y fervor los tiempos dedicados a la oración a lo largo del día. Sólo en ellos podemos introducirnos en ese santuario interior y arrodillarnos allí ante Dios. Y, terminado el tiempo de la oración, hay que procurar permanecer allí, en un recogimiento interior permanente que no nos impida atender las labores cotidianas. El rezo del Santo Rosario, las jaculatorias frecuentes, las miradas a imágenes del Señor o de la Virgen, el coger entre las manos el crucifijo que llevamos en el bolsillo… Todo eso ayuda, pero no es suficiente. Además, hay que pedir con humildad al Señor que nos mantenga recogidos. Y, después, hay que esperar hasta que Dios nos lo conceda. Él sabe cuándo debe hacerlo.

    Y, entretanto… Ofrecer la impaciencia como se ofrecería un sarpullido ¡Qué le vamos a hacer!. Eso sí, procurando respetar las uñas y los pelos –los propios y los del prójimo- que no tienen la culpa.

José-Fernando Rey Ballesteros 

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