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La importancia de agradar

    No todo vale.

    Cuando, en la Iglesia, tratamos de adoptar las artes que este mundo emplea para la captación de masas, pensando que, con ello, engrosaremos las filas de nuestras asambleas y haremos crecer el Reino de Dios, nos equivocamos de parte a parte. Podremos llenar, ocasionalmente, templos y estadios de fútbol, pero el resultado no será el crecimiento del Reino de Dios, sino la mundanización de la propia Iglesia, cuya vocación consiste en estar en el mundo sin ser jamás mundana.

    Estoy leyendo Fuego y cenizas, de Michael Ignatieff, un político canadiense que narra la historia de su fracaso en la vida pública. Una de las primeras lecciones que aprendió, al llegar a la política activa, fue la crucial importancia de sintonizar con el elector, y darle, precisamente, lo que él desea. Permítanme que les copie un fragmento del libro:

    Si uno no se ha presentado para un cargo electivo no puede entender del todo lo dependiente que te vuelves de ese plebiscito diario, de las claves, las miradas de reconocimiento, los gestos de desaprobación que los ciudadanos te envían cuando estás ahí fuera, en la calle. Yo me apoyaba más en esto que en las encuestas. El antiguo alcalde de Nueva York, Ed Koch, era conocido por preguntar cientos de veces al día en sus recorridos por la ciudad: «¿Qué tal lo estoy haciendo?». Ahora entiendo que esta es realmente la pregunta. ¿Qué tal lo estoy haciendo? ¿Cómo crees que lo estoy haciendo? Mis propias respuestas a estas preguntas importaban poco. Encomendé mi destino a todos aquellos que conocí. No tenía ni idea del modo en que ese escrutinio continuo y minuto a minuto por parte de mis conciudadanos me iba a superar y cómo iba a influir en mi propia autoestima.[1]

    Imaginen por un momento que un sacerdote, a la hora de preparar su predicación dominical, se guiara por las pautas descritas en las líneas que les acabo de copiar. Quizá no tengan que imaginar demasiado: esa escena, importada de las películas americanas y cada vez más frecuente en nuestro país, del párroco que sale, aún revestido, a la puerta de la iglesia al finalizar la misa para recibir los parabienes –o los rapapolvos– de los feligreses por su homilía es más que significativa. Supongan, igualmente, que un seglar pensase que su testimonio como cristiano entre los paganos dependerá de «cómo les caiga», de si su vida o sus palabras agradan a quienes le rodean… Creo, de corazón, que no podría sucedernos nada peor.

    La diferencia entre el ámbito de la política y el de la vida religiosa es insalvable. Y la razón de que así sea es que, mientras el político –o el comerciante– tiene que agradar a los electores –o clientes­–, el hombre religioso tiene, como único deber, el de agradar a Dios. Quienes somos discípulos de un crucificado, que fue tenido por loco y blasfemo, deberíamos pensárnoslo dos veces antes de intentar medir nuestra popularidad o de pensar que fracasamos cuando nuestro mensaje no es del agrado de los hombres.

    No obstante, la pregunta de Ed Koch –¿qué tal lo estoy haciendo?– es enormemente válida, y muy necesaria. Deberíamos formularla cien veces al día… A solas, delante de un sagrario. Allí obtendríamos la única respuesta que nos debe importar.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

 

[1] Fuego y cenizas, Michael Ignatieff. Taurus, 2014. Cap. 3

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