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La santidad laica (a don Manuel Cruz)

    Aún a costa de hacerles trabajar en verano, les ruego que, antes de seguir adelante con las presentes líneas, lean detenidamente este artículo del catedrático de Filosofía Manuel Cruz, publicado en el diario El País el pasado día 19. Si ya lo han leído, pasemos al párrafo siguiente.

    Por desgracia, no creo probable que el señor Cruz llegue a conocer lo que ahora escribo, pero créanme que me gustaría. Su postura es la de quien se encuentra ante las ruinas de un edificio demolido, y se pregunta por qué no puede ponerse de nuevo en pie él solito.

    Le decepciona al catedrático que los comentarios de los invitados a una boda, horas después del enlace, consistan en preguntarse cuánto tiempo se mantendrán juntos los recién casados. Hace años -recuerda el sr. Cruz- ese mismo tipo de personas hubiera reaccionado, sin duda, de manera bien diferente en idénticas circunstancias: deseando suerte a los contrayentes, instándoles a que fueran padres cuanto antes, sugiriéndoles paciencia para los momentos de crisis o cualquier otra recomendación de parecido tenor. Ahora, en cambio, lo primero que, de manera completamente espontánea, les venía a la cabeza era una consideración acerca del dudoso futuro del compromiso que sus sobrinos acababan de adquirir.

    Hace años, señor Cruz, lo normal era que hombre y mujer celebrasen su matrimonio postrados ante Dios, dueño de la eternidad, y, confiados en Él, recibiesen un sacramento en el que el propio Señor les garantizaba la ayuda del Cielo para permanecer juntos hasta la muerte. Aquellos hombres y aquellas mujeres, en su mayoría, creían en lo eterno y respetaban lo sagrado. Confesaban sus pecados antes de la boda, y comulgaban en gracia durante la misa en la que celebraban su unión. Después, formaban un hogar en el que pecado y gracia se entrelazaban, como en el alma de cada cristiano, y la gracia, normalmente, vencía al pecado a través de un precioso camino de risas y lágrimas en el que esposo y esposa entrelazaban unos dedos llamados a envejecer y arrugarse juntos. A lo largo de esos años, recibían, también confiados en Dios, la bendición de unos hijos a quienes se apresuraban a bautizar. Durante el camino, muchas riñas, muchas dificultades, muchas apreturas, muchas misas, muchos rosarios, muchas confesiones, muchas salidas al campo, muchas enfermedades, y, sobre todo, mucha, muchísima vida entregada.

    Hoy, Dios ha desaparecido del horizonte vital de gran parte de los españoles. Las bodas se celebran en un juzgado, o se representan, con actores, en una finca al estilo Hollywood. No hay bendición, sino poesías, y no hay confesión, ni comunión, ni gracia divina, porque todo ello ha sido retirado cuidadosamente de la escena. Entonces viene el comentario que el señor Cruz escuchó en el ascensor. ¿Y qué esperaba?

    Se lamenta el catedrático de que, al retirar de la escena el factor religioso, hayan desaparecido, como si fueran asociados indisolublemente a la religión, otros valores que él considera necesarios: valores como la generosidad, la entrega o incluso el sacrificio han quedado asociados, con excesiva ligereza por parte de mucha gente (que parece desconocer la existencia del concepto griego de ágape), a posiciones conservadoras, de inspiración inequívocamente religiosa. Y quisiera el señor Cruz recuperar esos valores, sin necesidad de referirlos a Dios. Quizá no se da cuenta de hasta qué punto es ridículo, una vez derribada la escalera de la gracia, pretender que permanezcamos colgados de la brocha de la virtud.

    Entiendo que Manuel Cruz ha descubierto el pelagianismo, y que -al igual que Pelagio- ha olvidado el pecado original. Porque lo que él pide, así, sobre el papel, es hermoso y deseable. «No recen, si no quieren -parece decir-, pero sean generosos y fieles». Esa «santidad laica», que consistiría -aunque el autor tenga reparos a la hora de emplear la expresión- en una obediencia a la Ley Natural, es teóricamente posible, y prácticamente irrealizable, a causa de un dato insoslayable, incluso para un ateo: el pecado original. Es decir: sin la ayuda de la gracia divina, el hombre no puede practicar la virtud de manera prolongada. La naturaleza humana está herida, y con semejante avería no es capaz la voluntad de mantener a raya unas pasiones desordenadas que claman por sus fueros.

    Por tanto, ya son tres quienes claman por la santidad laica: Pelagio, Rousseau, y Manuel Cruz. Frente a ellos, un solo contendiente en el bando contrario, pidiendo a gritos la gracia divina para que el edificio en ruinas vuelva a ponerse en pie: la realidad. La maldita realidad, que siempre tiene la maldita manía de emborronar las teorías hermosas. ¡Qué se le va a hacer!

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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