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La verdadera epidemia

   Al igual que millones de españoles, sigo con atención todas las noticias que se precipitan en los medios digitales (los impresos, por razones obvias, son más tranquilos) sobre la ya conocida como «crisis del ébola» en nuestro país. Y, aunque se nos ha dicho que no nos encontramos en riesgo de epidemia, un servidor, sin entender nada de medicina, se atreve a pensar que el riesgo no es tal porque la epidemia hace mucho años que se ha cebado con nosotros. Y entenderán ustedes que me refiero a una epidemia mucho peor que la del ébola.

   La noticia no es la enfermedad en sí misma. Esa enfermedad lleva años segando vidas en el continente africano sin ocupar puestos de portada en nuestros medios de comunicación. La noticia es que el ébola está en España, y que se ha producido un primer contagio en nuestro país. Es decir: lo que llena de preocupación no es tanto que la infección exista, como el que la infección esté cerca. El español se siente hoy más amenazado que hace cuatro meses. Ésa es la cuestión principal.

   Antes de este primer contagio, han muerto en España dos personas a causa del ébola. Eran dos misioneros cuyas vidas, mucho antes de contraer la infección, habían sido entregadas para gloria de Dios y para bien de los más necesitados. Han muerto en silencio, como quien consuma la vocación más noble del ser humano y se entrega hasta la extenuación. Y, mientras morían, la principal preocupación de muchos españoles era si su muerte nos ponía en riesgo a todos…

   Ahora resulta contagiada una persona que no contaba con ello. Nos ha cogido a todos de sorpresa. Al fin y al cabo, el misionero es un ser que da la vida. Pero los demás nos dedicamos a vivirla, y vemos en este contagio a alguien más cercano a nuestro modo de estar en el mundo que resulta alcanzado por la enfermedad. El riesgo, entonces, nos parece mayor, y en proporción crece el tipo de letra y el número de columnas de los titulares. De algún modo, la noticia se resume así: «¡Cuidado! ¡Está más cerca!»

   En definitiva: tenemos miedo. Y tenemos miedo por nuestras vidas. Alguien lanzó el grito en un medio de comunicación: «Todos somos Teresa». Es verdad. Eso no se dijo respecto a los dos misioneros. Debían ser gente especial. Pero Teresa… Es como nosotros. Y eso es lo que nos asusta. Todos podemos morir contagiados.

   Nuestra principal preocupación no son los miles que han muerto en África, ni las personas que desinteresadamente los cuidan… Ni tampoco nos sirven las noticias para calibrar la fragilidad de la vida presente y lanzar los ojos más allá. No he leído llamamientos a la oración, ni he visto páginas dedicadas a cómo atender espiritualmente a los enfermos.

   Tan sólo estamos asustados porque podemos morir de algo con lo que no contábamos, y porque sólo creemos en esta pobre vida que ha de terminar de todas formas.

   La epidemia no llegará. Lleva tiempo aquí. Y la infección letal se llama egoísmo y ceguera espiritual. Lo peor es que el virus ha entrado en nosotros con tanto sigilo que ni siquiera podemos detectarlo. Vamos sin protección.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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