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Las llagas de la Iglesia sangran en Granada

   Cuando, hace cinco años, inauguré este blog con el título «De un tiempo a esta parte», lo hice a conciencia, pensando en «un tiempo» –el tiempo de Dios– y en «esta parte» –nuestra historia, el día a día en que vivimos inmersos–. Me propuse abordar, en la misma página, los misterios eternos y la actualidad rabiosa, dejando que se iluminasen mutuamente.

   Toda esta explicación viene a cuento para decir que, muy a mi pesar, me veo obligado a escribir sobre los sucesos que están teniendo lugar en la diócesis de Granada, y que supongo de sobra conocidos por todos vosotros. Recalco el «muy a mi pesar». Ojalá jamás tuviera que escribir líneas como éstas. Pero callar sería vivir en otro mundo. Cualquier cristiano que encienda un televisor o se asome a las páginas de un periódico se siente herido por lo que allí encuentra. ¿Cómo no hablar de ello?

   En ellos –en vosotros– pienso: en los cristianos «corrientes», que rezan en su casa y van a misa a su parroquia los domingos. ¿Qué sentirán cuando el domingo que viene se acerquen a la iglesia de su barrio? ¿Cómo mirarán a sus sacerdotes? Pienso en las madres que traen a sus hijos a nuestras catequesis. ¿Habrán relacionado los supuestos abusos cometidos por ministros de Dios en Granada con lo que pueda suceder cuando sus niños cruzan las puertas de los salones parroquiales? Pienso en los padres y madres de nuestros monaguillos. ¿Se habrán sentido inquietos al saber que las supuestas víctimas de esos terribles abusos eran, precisamente, monaguillos? ¿Tendrán la fuerza y la fe suficiente esos padres para seguir fiándose de nosotros? Pienso también en los padres de los niños que, después de la Misa Mayor, corren a nuestras sacristías a recibir un caramelo de manos del sacerdote. ¿Seguirán esperándoles tranquilos en el templo pensando que sus hijos van a recibir sólo la bendición de Dios y un dulce?

   No escribo todo esto en un exceso de preocupación. Me consta que muchos de nuestros feligreses de domingo dedican más horas –con diferencia– a la televisión que al templo. Y no siempre siguen la actualidad en la cadena televisiva de la Conferencia Episcopal. Si yo fuera padre de familia y estuviese sometido a semejante bombardeo de noticias sobre el caso de Granada, creo que no podría evitar pensar en los sacerdotes de mi parroquia… Eso me preocupa.

   Antes de plasmar por escrito mis sentimientos en torno a casos tan graves, quisiera plasmar mis desconsuelos. No me consuela el pensar que estas perversiones no suceden sólo en la Iglesia, sino que se dan también en otro tipo de ámbitos como colegios, gimnasios o campamentos de verano. Por el mensaje que proclamamos, por la gracia que hemos recibido de lo Alto, y –sobre todo– por el carácter sagrado del sacramento del Orden Sacerdotal, la gente espera mucho más de nosotros, los sacerdotes. Y lo espera con toda razón. Tampoco me consuela el pensar que los sacerdotes pervertidos, comparados con los sacerdotes entregados a Dios y al prójimo, son un porcentaje mínimo, y que por cada oveja negra hay cien pastores –de quienes nadie habla– que dedican su vida generosamente a su ministerio. No me consuela en absoluto este pensamiento porque, aunque sea verdad –y puede que lo sea– un pequeño tumor, insignificante por su tamaño en comparación con el resto del cuerpo, supone una enfermedad –a veces mortal– para todo el organismo. Los pecados de los sacerdotes que abusan sexualmente de los niños me afectan y me manchan a mí y a todos los demás presbíteros. En este sentido, comprendo muy bien la postración del Arzobispo de Granada ante el altar de la Catedral. Ningún sacerdote ni obispo podemos desentendernos de culpas tan graves como si fueran algo ajeno a nosotros. Por último, tampoco me consuela la cautela de quienes alegan la presunción de inocencia y nos piden que esperemos a los jueces antes de llorar o de juzgar. En primer lugar, la mera suposición de faltas tan graves ya es un daño irreparable. En segundo lugar, lo peor de las noticias que atestan nuestros telediarios no es el daño que unos sacerdotes de Granada hayan podido hacer, sino el que noticias como ésa ponen en pie un sinfín de casos probados y demostrados que se han ido sucediendo en el seno de la Iglesia a lo largo de los últimos años. Sean culpables o inocentes los llamados «Romanones», la acusación ha despertado a todos nuestros fantasmas. Y esos fantasmas, por desgracia, existen y claman contra nosotros. Son los mejores y más temibles fiscales en casos como éste. Ellos son los que me duelen. ¿Cómo voy a consolarme presumiendo la inocencia de tres personas cuando ya se ha demostrado la culpabilidad de tantos?

   Siento un dolor inmenso. Siento unos grandes deseos de pedir perdón por semejantes escándalos. No pido perdón por los «pecados de la Iglesia»; la Iglesia es inmaculada y santa, y ni siquiera nuestros pecados pueden manchar el traje virginal de la Esposa de Cristo, nacida en las aguas del costado del Salvador. Como sacerdote, pido perdón por los pecados de mis hermanos sacerdotes que han roto su vínculo sagrado con la Iglesia cuando se han lanzado a atrocidades semejantes. Siento una indescriptible lástima por el cuerpo mancillado y la confianza defraudada de las víctimas; por el dolor de sus padres; y por el dolor causado al Corazón taladrado de Cristo con semejantes ofensas. Siento un incontenible deseo de hacer penitencia. Siento vergüenza. Siento ganas de llorar. Y, con todo, no me siento mejor que los culpables. Respecto a ellos, desconozco todo sobre sus vidas; Dios los juzgará. Pero también yo debería ser más santo, y cuando escribo esto sí sé de lo que hablo.

   Muchos cristianos que acuden regularmente a sus parroquias y veneran a sus presbíteros se habrán preguntado cómo es posible que unos sacerdotes cometan semejantes infamias. A ellos –y a todos– les pediré que oren para que los sacerdotes tengamos vida espiritual, seamos almas de oración, frecuentemos el sacramento del Perdón, y contemos, también nosotros, con un director espiritual a quien nos sometamos. Porque el sacerdote, bendecido con el celibato, renuncia a formar una familia carnal, y desde ese momento no tiene en este mundo nada ni a nadie más que a Cristo. Pero si ese sacerdote no reza, si no cuenta con la ayuda de otro sacerdote amigo que lo anime a ser santo, si no se confiesa con frecuencia, y no ama hasta la locura el sagrario de su parroquia… Entonces ese sacerdote puede caer en abismos insondables de perversión y de tinieblas.

   Vosotros, los laicos, sois hijos de Dios. Merecéis sacerdotes santos, muy santos. Orad día y noche por nosotros, para que Dios os dé lo que, como hijos suyos, os pertenece: unos sacerdotes enamorados de Cristo, que lo hagan presente en medio de su pueblo.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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