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Amar al mundo desde dentro (VII): La mortificación interior

    Para hablar de mortificación interior, quizá convenga primero aclarar a qué nos referimos cuando decimos «interior». Porque, muchas veces, empleamos esa palabra para señalar la zona más honda del alma del hombre, el «santuario interior» donde Dios habita en las almas en gracia. Ahora, sin embargo, tomaremos como frontera la expresión corporal por la que el hombre se comunica con el entorno, y llamaremos «interior» a todo lo que sucede «de puertas para dentro» en el ser humano, antes de ser comunicado. Tan interior es un pensamiento, como una emoción o un dolor de cabeza, y dejan de serlo cuando se transmiten a los demás mediante una palabra o un gesto. En ese momento se convierten en «exteriores».

    Centremos la atención en el rostro. El rostro del hombre es el mayor panel de comunicación a nuestro alcance para enviar mensajes al exterior. Del rostro brotan las palabras, las miradas, las sonrisas, las muecas y los gestos. A través del rostro hacemos saber al mundo lo que sucede dentro de nosotros, y a través del rostro, también, nos convertimos en protagonistas ocasionales de la vida de quienes reciben nuestros mensajes.

    El santo que vive en medio del mundo, y que ama apasionadamente al mundo, sabe que está allí con una misión: anunciar el Amor de Dios a quienes no lo conocen. Y descubre en su propio rostro el más adecuado medio de difusión del mensaje que ansía transmitir. Dice san Pablo: Con el rostro descubierto, reflejamos como en un espejo la gloria del Señor (2Cor 3, 18). No es fácil, porque el “yo” no se deja arrebatar tan fácilmente su medio de expresión. Cuesta menos trabajo quitarle el teléfono móvil a un adolescente que arrebatarle el rostro al hombre viejo. Con el adolescente, si eres su padre, quizá tengas que forcejear un poco, pero al hombre viejo tienes que matarlo por falta de oxígeno. Por eso hablamos de «mortificación interior».

    Supongamos que una persona te ha infligido un daño grave, te ha traicionado, o calumniado, y de repente la ves acercarse por la calle o te la encuentras en una reunión. El hombre viejo, herido, luchará por hacerse con el control del rostro y mostrarle una mala cara o dirigirle unas palabras hirientes. Te hará creer que, si no le dejas expresarse, morirás de quemazón. Es a lo que nos referimos con la frase «si no lo digo, reviento». Pero tú caes en la cuenta de que a esa persona Cristo la ha perdonado y la ama. Entonces, con la ayuda de Dios, tienes que dejar que el hombre viejo «reviente», hacerte con el panel publicitario, y sonreír mientras saludas con cariño a aquél a quien desearías estrangular. Realmente te sientes morir por dentro, pero, a la vez, puedes decir, con razón, que Cristo vive en ti (Cf. Gál 2, 20).

    Podríamos poner infinidad de ejemplos: una sonrisa cuando te duele la cabeza, no quejarte ante las inclemencias del tiempo, tratar con especial cariño a quien te resulta desagradable, bromear cuando te has levantado de mal humor, callar cuando quisieras decir un chiste que te haría protagonista, escuchar con atención cuando deseas hablar…

    Por último, respondamos a una pregunta: ¿Es esto hipocresía? No. La hipocresía es mostrar en el rostro ser mejor de lo que uno es con el fin ser honrado por los hombres. Esto es santidad: preferir anunciar a los hombres el Amor de Cristo en lugar de anunciarles nuestras pobres emociones, para que sea Él el amado, mientras nosotros nos escondemos.

José-Fernando Rey Ballesteros

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