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Amar al mundo desde dentro (VI): Mortificación y templanza

    Una de las primeras herejías en aparecer, y de las últimas en marcharse –aún sigue entre nosotros- fue la gnosis. En la incipiente Iglesia surgió como el fruto de la filtración de la cultura griega en la espiritualidad cristiana, y pronto dio lugar incluso a varios evangelios apócrifos. De acuerdo con esta doctrina, la carne y todo lo que conlleva es malo en sí mismo, mientras sólo el espíritu libera de ella al hombre. La purificación que el ser humano estaría llamado a realizar en esta tierra consistiría en desligarse cada vez más de lo carnal y elevarse por la vía del espíritu hasta dejar atrás esa “cárcel del alma” que llamamos cuerpo. A esta herejía le nacerían, en muy poco tiempo, varias hijas, como el docetismo o el modalismo, que niegan –como era de esperar- la Encarnación del Verbo Divino y la dejan reducida a una mera apariencia o a un simple modo de manifestación de la Divinidad. Para los gnósticos, las actividades carnales como comer y beber, o la unión carnal entre hombre y mujer son malas en esencia, y sólo permisibles como una etapa del camino hacia la perfecta purificación, donde nada de eso será necesario.

    Pero la herejía es siempre enemiga de la verdad. La carne es obra de Dios, y, aunque ha sido fuertemente herida por el pecado del hombre, también ha sido asumida por el propio Dios y por Él redimida. El Verbo Divino, aunque fue célibe –por motivos que ahora llevaría mucho tiempo explicar- comió, bebió, y fue incluso acusado de comilón y borracho (Mt 11, 18). Para que nadie dude de que los placeres carnales son buenos y santos en sí mismos, san Pablo exhortará a los Corintios: ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para gloria de Dios (1Cor 10, 31). Difícilmente podría dar gloria a Dios una actividad que constituyese un pecado.

    Ya quedó explicado en el artículo anterior: el problema no reside en comer, beber, o unirse carnalmente, sino en ser arrastrado por la concupiscencia, fruto del pecado, que anula la voluntad del hombre y le vuelve esclavo de la carne. Por eso el cristiano aprende a moderar, con la virtud de la templanza, los placeres carnales, de modo que pueda conservar, entre él y las demás criaturas, esa distancia que ponga a salvo su libertad. Jesús comió y bebió, pero jamás se lo vieron ebrio ni harto de comida. Y –no lo olvidemos- Jesús también ayunó, porque tanto valor divino da el cristiano al ayuno como a la comida.

    La virtud de la templanza se concreta, muchas veces, en ejercicios sencillos pero constantes de mortificación, que moderan la atracción de lo carnal sazonando con la Cruz todo cuanto lleva a cabo un hijo de Dios. No es una contradicción, aunque pueda parecerlo: porque la carne es buena, la crucificamos. Y la crucificamos para redimirla, precisamente porque es buena y porque ha sido herida por el pecado. Por eso la crucificamos con cariño, y con cariño deben realizarse los ejercicios de mortificación, que nunca nacen del odio a la carne, sino del deseo de sanación.

    Tal como prometí, anoto aquí algunos ejemplos de mortificaciones sencillas, que puedan servir a cualquiera para hacer presente en su vida el misterio de la Cruz, incluso –y especialmente- cuando goza de los placeres carnales. Suelo sugerir a quienes me preguntan que realicen, cada día un número concreto de mortificaciones –no muchas- y que, para unirlas a la Cruz de Cristo, las ofrezcan con Él a Dios Padre en reparación por todos los pecados cometidos en el mundo. Además de las que aquí anoto, el lector puede idear otras que sean más acordes con su modo de vida, pero recuerde siempre que estas mortificaciones no deben dañar a la salud. Se trata de dar muerte a la concupiscencia, no a la carne misma.

    La primera del día: levantarse de la cama al primer sonido del despertador. Es el sacrificio de las primicias. Y conlleva, obviamente, prescindir de esa función tan simpática del snooze que tienen algunos de estos artefactos para que sigas durmiendo hasta que, pasados quince minutos, te vuelvan a despertar.

    Mortificaciones relativas a la comida: Evitar comer entre horas. Comer siempre un poco menos de lo deseado. Comer un poco de algo que nos resulte desagradable. Prescindir de cuando en cuando de lo que nos resulte más agradable…

    Mortificaciones relativas a la bebida: Retrasar cinco o diez minutos el vaso de agua que deseamos. No beber, en las comidas, hasta el segundo plato. Evitar el alcohol en ciertos días o a ciertas horas. No refrescar demasiado el agua en verano.

    Mortificaciones relativas al tabaco: Establecer una cantidad de tabaco para fumar a lo largo de día, y ceñirse a ella. También se puede dejar de fumar, pero cuando se consiga habrá un campo menos de mortificación.

    Mortificaciones relativas a las cosas: Restringir el tiempo de televisión, y no encenderla nunca sin saber lo que se va a ver. Prescindir de ciertos programas. Establecer una hora fija para levantarse del sillón de la TV. Acotar el tiempo que se pasa frente al ordenador. Marcar como favoritos las páginas por las que se pueda navegar sin peligro y no salir de ellas. Tener un tiempo fijo de conexión a Internet al día y no sobrepasarlo nunca. Marcar determinadas horas del día como “horas sin ordenador”.  Salir a la calle sin el teléfono móvil. No excederse de un número concreto de llamadas a lo largo del día. Eliminar el sonido de las notificaciones de SMS o Whatsapp y nunc responder al momento…

    Mortificaciones relativas a las personas: Dedicar más tiempo a quienes peor nos caen. Escuchar y no cortar las frases del interlocutor. No quejarse ni hacer comentarios negativos. No hablar de uno mismo si no le preguntan. No dar la propia opinión si no se la piden. Sonreír aunque no apetezca. Disimular los propios dolores o achaques…

    Creo que es suficiente con este repertorio. Cada cual elija cuatro o cinco prácticas del muestrario, y, después, procure cumplirlas cada día. Al igual que los días de fiesta se puede disminuir el número de mortificaciones, los viernes conviene hacer alguna más, o alguna especial más centrada en el ayuno. Pero cada cual lo vea con su confesor.

    En la próxima entrega, si Dios quiere, hablaremos de la más valiosa de las mortificaciones: la mortificación interior.

José-Fernando Rey Ballesteros

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