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Olor a guerra en Europa: cuestiones morales (II)

   Hemos bajado la guardia, y el mundo se nos pudre a marchas forzadas. Hace meses escribí que Europa está muy cerca de una guerra, y cada día que pasa me ratifico más en ello. No sé cómo será esa guerra. Hay quien dice que ya ha comenzado. Pero, de ser cierto, desde el 11 de septiembre de 2001 hasta hoy no se habría escrito, de esa contienda, más página que la de un largo prólogo de trece años. Si no se detiene el curso de los acontecimientos, lo peor está por llegar. El atentado de ayer en Francia supone otra línea más, otro «punto y seguido» de esta interminable obertura.

   Lo peor es que es muy difícil tomar partido. No hablo de leyes; hace tiempo que sólo veo en ellas síntomas. Las verdaderas enfermedades, por desgracia, anidan mucho más hondo, en las conciencias de las personas. Y, en ese mundo interior de las conciencias, ni puedo situarme al lado de quienes se sienten con derecho a ofender los sentimientos religiosos del prójimo, ni –mucho menos– puedo aliarme con quienes matan en nombre de Dios.

   No sé si nos damos cuenta de que, en este conflicto, los cristianos –de nuevo– estamos llamados al martirio. Los dos bandos nos tendrán como enemigos, y, si somos coherentes con nuestra fe, a los dos bandos los tendremos que denunciar en voz alta. Como los profetas en tiempos del antiguo Israel, acabaremos perseguidos por ambos.

   Es cierto que no hay proporción entre la caricatura que ofende los sentimientos religiosos y el derramamiento de sangre de los dibujantes. Es mil veces más abominable lo segundo que lo primero. Pero ambos pecados son hijos del mismo demonio: el de la falta de respeto por los semejantes.

   Quisiera decir que, en esta guerra que se nos echa encima, nuestro partido es Cristo. Pero quienes no tienen fe no me entenderían, y a ellos especialmente quisiera hablarles. Por eso, tendremos que reivindicar el partido del hombre, el de la dignidad humana. Tendremos que gritar, a grandes voces, que cada ser humano es una realidad de valor infinito. Y que merece ser tratado con cuidado y con enorme respeto. Que nos destruimos a nosotros mismos cuando derramamos la sangre de un semejante, y también cuando tratamos a patadas algo tan sensible como son sus sentimientos religiosos. Que pervertimos lo más noble cuando tomamos en las manos un arma embriagados de cólera. Que esta guerra es un suicidio colectivo, y que la única muerte digna para quien se encuentre en medio de ella será la del mártir.

   Occidente es hijo del Cristianismo. Pero, desde hace tres siglos, ha renegado de su madre. Y sucedió, también, en Francia. Lo único que podría parar la hecatombe que se avecina es que Occidente vuelva los ojos a su Historia para rectificar sus errores, y que quienes, en nombre de Dios, matan a sus semejantes, se detengan un momento a preguntarse, serenamente, quién es Dios.

José–Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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