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PERSECUCIÓN NOCTURNA

 

    Noche cerrada y mar agitado por las olas… Parece que se los traga la muerte, y los apóstoles tiritan mientras intentan mantener la barca a flote. Y, de repente… Jesús, sereno, caminando sobre las aguas. Soy yo, no temáis. Los ojos de aquellos hombres, empapados de tinieblas, se fijan en Él y una extraña y sosegada claridad los baña en Dios. «¡Sube, Maestro! ¡Quédate con nosotros!». Pero, antes de que pudieran atraparlo, la barca, al fin, besa la tierra. Paz.

    El sufrimiento, la enfermedad, el pecado… La vida tiembla y no ves la luz. ¿Quién conoce un momento de calma que dure más de dos horas? Y, en medio de la tormenta, se te ocurre ir a misa y tus ojos se fijan en el Señor… ¡Qué sosiego! Le dices: «¡Quédate conmigo!», pero, diez minutos después del «podéis ir en paz» se ha marchado. Decides convertir la vida en amorosa persecución, y rezas cada mañana y casi lo tocas con el alma. Suéltame, que todavía no he subido al Padre (Jn 20, 17). Vuelves a misa, y de nuevo rezas a la mañana siguiente, y se te vuelve a escapar. Pero ya no tienes más que un deseo en tu alma: alcanzarlo. Cuando te quieres dar cuenta, has llegado a la orilla, que es el Cielo. Ahora ya es tuyo para siempre. Ha valido la pena.

(TP02S)

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