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Evangelio 2017

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El año pasado, por estas fechas, salía a la venta Evangelio 2016, una recopilación de las entradas del blog Espiritualidad Digital adaptada a cada día del año que por entonces estaba punto de comenzar.

Puesto que el libro ha tenido una buena acogida, he preparado su continuación para el año próximo: Evangelio 2017. El esquema es el mismo: cada día del año el lector podrá encontrar el texto del evangelio del día y un comentario tomado de mi blog Espiritualidad Digital.

Evangelio 2017 sale a la venta en dos formatos:

La versión digital está disponible, como siempre, en iTunes y en Amazon por el precio de 0,99 €. Cuenta con la ventaja de disponer del texto del evangelio y el comentario sin necesidad de conexión a Internet.

La versión en papel, editada, una vez más por Cobel, podéis adquirirla aquí o solicitarla en las librerías religiosas. Se publica a un precio de 4,95 €, pero hay descuentos disponibles a partir de 50 ejemplares.

Una vez más, espero que este trabajo pueda ayudaros en vuestra oración diaria y en la escucha de esa palabra que Dios pronuncia para nosotros cada día.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

La Santa Misa y el Divino Protocolo

La Santa Misa y el Divino Protocolo           portadapapelweb

    «No puede amarse lo que no se conoce. Muchos cristianos que tienen un conocimiento elemental de Dios y de su Hijo, y que aman realmente a Jesucristo, sin embargo desconocen por completo la esencia de la misa y el significado de sus ritos. Al no conocer, no pueden tampoco amar. Y la misa se vuelve opaca, densa, impenetrable… aburrida. Si fuera una película, diríamos que es preciso ser un héroe para soportar cada domingo la misma película, cuyo comienzo y final son siempre idénticos, en la que no hay acción, ni disparos, ni besos, y en la que lo único que cambia, de un domingo a otro, son unas lecturas difíciles de entender y una homilía que la mayor parte de las veces carece de interés.

    Tenemos muchos héroes en nuestras iglesias los domingos. Pero sería preferible llenar de santos los templos. Por eso, este breve libro quisiera aportar al lector medio un conocimiento básico sobre  la esencia de la misa y el significado de sus ritos. Sé que son miles los libros que han tratado de proporcionar lo que aquí se ofrece. Tomémoslo como un nuevo intento. Y valdría la pena intentarlo un millón de veces hasta conseguirlo, porque es tan precioso el Don que en la misa se derrama, que inspira mucha lástima el que tantas personas salgan del templo sin haberlo gozado.»

(De la introducción de La Santa Misa y el Divino Protocolo)

    Prácticamente, en estos dos párrafos, está todo dicho. Este breve libro quiere ser una ayuda para conocer los distintos ritos que conforman la Santa Misa, como una guía para recorrer la celebración eucarística aprovechando cada instante. Está escrito pensando en un cristiano a quien los sacerdotes conocemos bien: el feligrés de misa de doce. Pretenden estas páginas ayudarle a disfrutar de la celebración dominical y a abrirle horizontes que lo inviten a ir más allá, a una relación de verdadera pasión por la Eucaristía. Que lo consigan o no está por ver. He tratado de hacer amena la lectura, sazonándola con toques de humor, pero sin renunciar a calar hondo en los momentos en que es necesario.

    La edición digital está disponible en las plataformas habituales: iTunes y Amazon, por el precio de 2,99 €. La edición impresa corre a cargo de la editorial Cobel, y podéis adquirirla aquí por el precio de 12,50 €.

    Si este libro pudiera ayudar a alguien, al menos, a gozar un poco más y un poco mejor del acontecimiento más relevante en la vida de un cristiano, daré por bien empleado el tiempo y el trabajo que me han costado escribirlo. Espero que así sea…

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Evangelio 2016

Evangelio 2016

   No es tan difícil escuchar a Dios. Lo que ocurre es que mucha gente ignora que a Dios se lo escucha con los ojos.

   Por ejemplo: cada día del año nos regala el Señor unas palabras, un discurso con el que su voz marca esa hoja del calendario. Si no las escuchamos, la jornada siguiente habrá otras, pero ésas las habremos perdido. Me estoy refiriendo al evangelio de la misa diaria. De poco aprovecha escucharlo con el oído durante la celebración eucarística, si antes no lo hemos escuchado con los ojos y con la fe mediante una lectura atenta y meditada de esas palabras.

   Este libro quiere ser una ayuda para quienes desean escuchar a Dios cada jornada. Contiene la lectura del evangelio correspondiente a todos los días del año 2016. Y, junto a esa lectura, unas breves palabras que puedan ayudar a su meditación.

   Está escrito, principalmente, para seglares que viven y trabajan en este mundo y en este tiempo, en 2016. Por eso se publica en papel –la magnífica edición de Cobel puede tenerse en la cómoda, junto a la cama– y en formato digital –para hacer fácil su lectura en el tren, en el metro o en el autobús (conductores de automóvil, abstenerse, por favor)–. Bastan cinco minutos para leerlo cada día o cada noche. Las restantes 23 horas y 55 minutos del día… Dependerá de cómo se hayan empleado y aprovechado, con la ayuda de Dios, esos cinco minutos.

    Los textos están tomados de artículos de mi blog «Espiritualidad digital» (www.espiritualidaddigital.com)

   La edición en papel la podéis adquirir en la web de la editorial Cobel al precio de 5,95 € o en vuestra librería más cercana (si no está allí, encargadla y la traerán). La edición digital la tenéis en las plataformas de iTunes y Amazon, como de costumbre, al más que asequible precio de 0,99 €.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Una invasión sin conquista previa

   Hace un año, en este mismo blog, publiqué un artículo llamado «Olor a guerra en Europa. Cuestiones morales». Lo he releído antes de escribir éste. Muchas de las cuestiones que allí se consideraban pueden retomarse ahora, un año después.

   La cáscara del huevo con yema de oro que constituía el Viejo Continente se ha quebrado definitivamente. Y no ha sido por la fuerza de las armas. Realmente, no era necesaria tanta presión. La pérdida de las raíces espirituales de Europa con su consiguiente crisis de identidad y la debilidad inherente a nuestros sistemas democráticos han logrado que la mera presión migratoria baste para hacer caer los muros de nuestra Jericó particular. En lugar de armas se han empleado los medios de comunicación, los cuales, con el disparo de una sola fotografía perfectamente preparada y certera han hincado emocionalmente de rodillas a la mayoría de los europeos. En este punto me pierdo: uno tiene la impresión de que todo este movimiento mediático está muy bien orquestado y previsto, con sus tiempos medidos y sus eslóganes prefabricados. Pero no es fácil, al menos para mí, saber quién dirige la orquesta. Sin duda alguna, hay mucho dinero detrás. No se mueve a tantos millones de personas sin emplear en ello poderosos medios económicos.

   ¿Qué viene ahora? Cualquiera sabe. Pero todo apunta a un cambio de era. Parece que fuéramos a asistir a la islamización de Europa. Quienes ahora entran en el Viejo Continente –y no sólo desde Siria– son una primera oleada. Millones vendrán después, ahora que los muros han caído. Y el principal problema que estas masas migratorias representan no es el económico; es el social y cultural. Se trata de la infiltración de una cultura fuerte en una cultura débil. A las pruebas me remito: el telediario de ayer nos mostraba a una ministra española cubierta con el velo durante una reunión celebrada en Irán. Reto a cualquiera a que me muestre una fotografía de esta misma ministra realizando una genuflexión en las múltiples ocasiones en que ha visitado de manera oficial un templo católico. Nuestro cristianismo nos avergüenza; ellos se sienten orgullosos del Corán. Ellos tienen hijos, y nosotros no. Ellos creen en una trascendencia, y están dispuestos a perderlo todo aquí por alcanzarla, mientras nosotros sólo creemos en un efímero nivel de vida que no estamos dispuestos a abandonar por nada del mundo. La superioridad moral y cultural de nuestros huéspedes es inmensa. Y, por ello, también su fuerza. No necesitan armas para invadirnos sin conquista previa. No seremos nosotros quienes influyamos en ellos, sino ellos quienes acaben por islamizar el terreno que pisen.

   La gran ilusión de Francisco de Asís y de Antonio de Padua (por citar sólo a dos santos bien conocidos) era evangelizar a los musulmanes, incluso a precio de su propia sangre. Pero hace siglos que los cristianos hemos renunciado a ese ideal. Por no evangelizar, no evangelizamos ni al vecino del piso del al lado. ¿Ofreceremos ahora a nuestros huéspedes lo mejor que tenemos, es decir, el Evangelio? Me temo que no. Antes de que estos huéspedes llegasen, ya nos habían convencido de que semejante intentona sería un ataque a su libertad de conciencia y una vuelta a las Cruzadas.

   No acaba ahí la manipulación informativa: el pontificado de Francisco está siendo utilizado por los medios para convencer con malas artes a los europeos de que el catolicismo se disuelve como un azucarillo en las aguas de lo políticamente correcto. Sumen ustedes: el Papa –así nos lo quieren hacer creer– se ha arrodillado ante el nuevo «european way of life», las raíces cristianas de Europa desaparecen, y el aire se llena con un grito: «Welcome, refugees!».

   El panorama no es, precisamente, halagüeño. Si los acontecimientos continúan por el rumbo que actualmente llevan, parece que, en dos generaciones, viviremos en una Europa islámica. Y ser cristiano en una Europa islámica no va a ser algo precisamente tranquilo. En España ya hemos pasado por ello durante siete siglos. No sé cuánto durará ahora, aunque no creo que ni yo ni ninguno de quienes hoy me leen lo veamos terminar en esta vida.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Conquistar almas y aplicar normas

   Escribo con cierto miedo. Siempre lo hago cuando escribo acerca de asuntos que conozco a través de los medios de comunicación. Sé que los datos de que dispongo son incompletos, y que podría sorprenderme si conociera de primera mano tal o cual caso, para después tragarme mis palabras. Pero cuando uno se percata de que la inmensa mayoría de las informaciones de prensa sobre la Iglesia Católica giran en torno a la participación de homosexuales, transexuales y divorciados en los sacramentos, surge cierta rebeldía interior. ¡No es ése el asunto! ¡El cristianismo no es eso!

   Los sacerdotes y obispos estamos pasando ante la opinión pública como aplicadores de leyes o conservadores de piedras. Y vaya por delante que, como institución jurídica, la Iglesia tiene todo el derecho a aplicar sus normas y a conservar sus bienes. Nadie está obligado a formar parte de la Iglesia, como nadie está obligado a jugar un partido de fútbol. Pero quien decide participar en el «juego» sacramental está tan obligado a aceptar sus normas como lo está quien decide saltar al campo de fútbol a aceptar el reglamento. A ningún deportista se le ocurre elevar una protesta porque no le permitan jugar en la Liga de Campeones vestido de chaqueta y corbata, o no le consientan meter goles con la mano. La polémica, de primeras, es absurda. Pero lo peor no es que sea absurda, sino que su relevancia mediática ofrece al mundo una imagen de sacerdotes y obispos como individuos enjaulados en despachos que lucen en sus mesas un crucifijo y un código, ambos con la misma peana.

   Me asustaría más pensar que nos lo hemos creído. No somos aplicadores de leyes, ni conservadores de piedras. Somos pescadores de almas. Nos importan las almas más que las leyes y las piedras. Yo, de buen grado, le regalaría al Demonio todas las piedras si él me entregase las almas, como le regaló Jesús toda una piara de cerdos a los espíritus malignos de Gerasa con tal que liberasen un espíritu cautivo. Y, en cuanto a las leyes… Deberíamos guardar el código en un cajón de la mesa para sacarlo cuando llegase el momento oportuno. Lo primero que debe ver quien venga a visitarnos es el crucifijo.

   Cuando una persona se acerca al despacho parroquial, yo no soy el cobrador de un puesto de peaje, cuyo trabajo consista en explicarle las condiciones, recordarle las normas de circulación, y cobrarle el precio antes de levantar la barrera. Tengo delante a un alma amada por Dios, no a un cliente que me solicita un servicio. Y, antes de preguntarme si esa persona puede o no casarse en la Iglesia, si puede o no bautizar a sus hijos, si puede o no recibir la comunión, debo preguntarme si esa persona conoce y ama a Jesucristo, y cómo puedo acercarle más al Redentor. Todo lo demás vendrá después. Y las leyes habrá que aplicarlas, desde luego, porque no podemos renunciar a ellas sin perderlo todo, pero esas leyes tendrán su momento. ¿Cómo voy a explicarle a quien no ama a Jesucristo ni conoce la Iglesia que no puede recibir la comunión? ¡Si ni siquiera sabe lo que es!

   Una persona que no asiste habitualmente a misa, que no se confiesa nunca, que está divorciada y ha contraído matrimonio civil posteriormente, y que en un funeral al que acude por compromiso se acerca a comulgar no tiene la menor idea de lo que está haciendo. Tendré que ser yo quien repare y haga penitencia por ella, pero no puedo pretender que comprenda la magnitud de su acción.

   Ante todo, no debo situarme a la defensiva, como ante un enemigo que viene a profanar el templo. Antes al contrario, debo dejarme embargar por unas santas ansias de conquista. Cristo quiere invadir ese alma, no alejarla de su Iglesia, y yo tengo que estar al servicio de su dulcísimo plan de invasión. ¿Tenemos verdadero celo de almas, o nos puede el celo por las normas? Primero debo acercarme a esa persona, o dejar que se me acerque. Debo mostrarle el rostro de Cristo de forma que conozca quién es y hasta qué punto es amada por su Redentor. Si, entre tanto, caen algunas leyes, deberé sufrirlo yo, porque ella aún no está capacitada para entenderlo. Si sigo tratando con cariño a esa persona, si no renuncio a conquistar ese alma, sé que un buen día la tendré de rodillas en el confesonario. Y, entonces, sacaré el código del cajón y se lo explicaré punto por punto, sabiendo que ahora lo entenderá. Y hará la penitencia que entonces hice yo por ella, y purificará su alma, y salvará su vida. Todo ello no sería posible si mi primer contacto hubiese sido para defenderme de ella y alejarla.

   No puedo controlar lo que diga la prensa. Pero le pido a Dios, con todas mis fuerzas, que los sacerdotes no dejemos que los medios de comunicación nos indiquen nuestro sitio. No somos aplicadores de normas, sino conquistadores de almas que, una vez conquistadas, las llevan sobre los hombros por el camino empinado hacia el Cielo.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Velando a un Dios dormido

   Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca (Ct 2, 7).

   La Iglesia que peregrina por el mundo es la barca azotada por las olas. El pecado y la muerte la golpean, la zarandean y la cubren. Vivimos la tormenta que no cesa. Y, junto a tantos hombres asustados, esa barca lleva dentro a un Dios dormido. No está muerto, sólo duerme. Míralo en la Eucaristía. ¿No ves allí, en el sagrario, en la custodia, en las manos del sacerdote, a un Cristo silencioso y manso? Como el niño dormido tiene que ser llevado a la cama en los brazos de sus padres, así Jesús, en la Hostia, es llevado al sagrario en volandas por el sacerdote tembloroso, que sabe que entre sus dedos duerme Dios. Si, un día, despertase entre el altar y el tabernáculo, un estallido de luz transfiguraría al propio sacerdote, mientras el pecado y la muerte se tenderían, mansos, en la nada. Pero, día tras día, Jesús se recuesta, dormido, en el altar, entra dormido en los cuerpos y las almas de los fieles, y es llevado dormido a los sagrarios, donde descansa como un niño en una cuna. Entre tanto, la muerte y el pecado cubren la tierra, y es tanto el ruido que provocan, que cualquiera diría que se han hecho con el mundo, y que el día es definitivamente suyo.

   También en mi alma duerme Cristo. Habita en ella; lo sé. Pero allí descansa, porque el alma en gracia es morada de Cristo, y sólo en su morada puede un hombre descansar. Por eso duerme. En ocasiones me preguntan: «¿Qué siente usted mientras celebra la Eucaristía?». Les respondo con la verdad: «Siento unas enorme ganas de fumar. Y, si celebro a última hora de la tarde, siento hambre». Y es que yo a Jesús lo amo con todas mis fuerzas, pero no lo siento, porque duerme y no hace ruido. Sé que está aquí; debo vivir de fe. Pero Él habita el alma en silencio. Un día despertará, y ambos amaneceremos en el Cielo. Mientras tanto, una jauría de perros furiosos rodea su cama y ladra sin cesar. Tentaciones, dolores, urgencias, enfermedades, rebeldías, impaciencias, pasiones que gritan, cansancios que lloran, heridas que se vuelven alaridos… Anda el alma agitada, y es tan sonoro el ruido de los perros que cualquiera diría que hubieran tomado la casa. Sólo Jesús parece descansar allí. Y, sin embargo, mientras Él prolongue su sueño, mi alma es un sagrario.

   Dejad dormir a Dios. No queráis despertarlo. Y no tengáis miedo. Si Dios duerme, ¿por qué andamos nosotros agitados? Su sueño es nuestra paz.

   Cuando le plazca, despertará. Y el día será suyo; Él mismo será el día. Cuidad tan sólo de que, cuando ese momento llegue, no estemos nosotros durmiendo en el pecado. Velemos el sueño de Dios, que un Dios dormido también nos cuida.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Dos parientes lejanos de Pinocho

   Dos bloques de madera. Ambos del mismo árbol, y cortados a la vez. Ambos fueron a parar al mismo taller, y con cada uno de ellos el mismo artista talló una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Idénticas ambas, salvo por leves diferencias que no se aprecian a simple vista. Casualmente, las dos imágenes acabaron expuestas en dos templos vecinos.

   El Sagrado Corazón es siempre el mismo, sea cual sea la madera que lo muestre o el árbol del que salió. Pero, en este caso –y esto no tendría por qué ser relevante– el árbol debió ser talado en el bosque que parió la madera de Pinocho, porque estos bloques de madera tenían vida propia. He escrito que no tendría por qué ser relevante; y es que, por mucha vida propia que tengas, si tallan con ella la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, lo mejor que puedes hacer es abandonarla y entregarla por entero a Aquél cuya faz ha quedado impresa en ti. Pero estos maderos debían estar ocupados en algo cuando se impartió esa lección, y siguieron teniendo vida propia después del policromado.

   El primero de ellos se sorprendió cuando, ya expuesto cerca del presbiterio, una anciana se acercó a él para besarlo. Al no ser muy inteligente (Pinocho tampoco lo era) pensó que lo besaban a él. Cuando, al cabo de los días, hubo recibido más de seiscientos besos, padeció un ataque de algo aún no catalogado, y pensó que, como él era un simple bloque de madera, aquella gente le rendía un culto injusto y humillante para ellos. «¡Qué se habrán creído! –se dijo–. Estas pobres personas han perdido su dignidad. Me están besando a mí, como si fuera yo superior a ellos, cuando no soy nada. No debo permitirlo. Lo mejor que puedo hacer por estos hijos de Adán es impedir que me rindan culto. Así recuperarán su autoestima, y entenderán que yo, un bloque de madera, no soy un ser superior». Y, bajo los efectos de ese ataque de algo aún no catalogado, decidió criar espinas por todo su cuerpo, para que quien quisiera besarlo recibiera un buen pinchazo. Ni que decir tiene que el pobre terminó en un almacén cercano a la sacristía el resto de sus días.

   El segundo bloque de madera experimentó una sorpresa similar a la de su hermano cuando hubo recibido los primeros seiscientos besos. Tampoco él era muy inteligente (como no lo era Pinocho). Pero, en su caso, el ataque que sufrió, catalogado o no, lo movió a creer que aquellas personas lo amaban locamente en cada beso. Primero se creyó guapo. Más tarde, se creyó Dios. Y fue tanta su satisfacción, que de puro gusto comenzó a destilar resina y a volverse pegajoso. Al comprobar que los labios quedaban adheridos a la imagen, e impregnados en algo que no sabía precisamente bien, la gente dejó de besarlo. Y cuando ya no se lo podía ni tocar, porque estaba empapado en satisfacción resinosa, lo acabaron llevando a un almacén cercano a la sacristía, donde permaneció encerrado el resto de sus días.

   Yo creo que, principalmente, la culpa fue del taller. Hay que educar mejor a los bloques de madera. Pero, para ser justos, habrá que decir que el tal Pinocho también se las traía. Las culpas andan muy repartidas.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.