• Espiritualidad digital

Conquistar almas y aplicar normas

   Escribo con cierto miedo. Siempre lo hago cuando escribo acerca de asuntos que conozco a través de los medios de comunicación. Sé que los datos de que dispongo son incompletos, y que podría sorprenderme si conociera de primera mano tal o cual caso, para después tragarme mis palabras. Pero cuando uno se percata de que la inmensa mayoría de las informaciones de prensa sobre la Iglesia Católica giran en torno a la participación de homosexuales, transexuales y divorciados en los sacramentos, surge cierta rebeldía interior. ¡No es ése el asunto! ¡El cristianismo no es eso!

   Los sacerdotes y obispos estamos pasando ante la opinión pública como aplicadores de leyes o conservadores de piedras. Y vaya por delante que, como institución jurídica, la Iglesia tiene todo el derecho a aplicar sus normas y a conservar sus bienes. Nadie está obligado a formar parte de la Iglesia, como nadie está obligado a jugar un partido de fútbol. Pero quien decide participar en el «juego» sacramental está tan obligado a aceptar sus normas como lo está quien decide saltar al campo de fútbol a aceptar el reglamento. A ningún deportista se le ocurre elevar una protesta porque no le permitan jugar en la Liga de Campeones vestido de chaqueta y corbata, o no le consientan meter goles con la mano. La polémica, de primeras, es absurda. Pero lo peor no es que sea absurda, sino que su relevancia mediática ofrece al mundo una imagen de sacerdotes y obispos como individuos enjaulados en despachos que lucen en sus mesas un crucifijo y un código, ambos con la misma peana.

   Me asustaría más pensar que nos lo hemos creído. No somos aplicadores de leyes, ni conservadores de piedras. Somos pescadores de almas. Nos importan las almas más que las leyes y las piedras. Yo, de buen grado, le regalaría al Demonio todas las piedras si él me entregase las almas, como le regaló Jesús toda una piara de cerdos a los espíritus malignos de Gerasa con tal que liberasen un espíritu cautivo. Y, en cuanto a las leyes… Deberíamos guardar el código en un cajón de la mesa para sacarlo cuando llegase el momento oportuno. Lo primero que debe ver quien venga a visitarnos es el crucifijo.

   Cuando una persona se acerca al despacho parroquial, yo no soy el cobrador de un puesto de peaje, cuyo trabajo consista en explicarle las condiciones, recordarle las normas de circulación, y cobrarle el precio antes de levantar la barrera. Tengo delante a un alma amada por Dios, no a un cliente que me solicita un servicio. Y, antes de preguntarme si esa persona puede o no casarse en la Iglesia, si puede o no bautizar a sus hijos, si puede o no recibir la comunión, debo preguntarme si esa persona conoce y ama a Jesucristo, y cómo puedo acercarle más al Redentor. Todo lo demás vendrá después. Y las leyes habrá que aplicarlas, desde luego, porque no podemos renunciar a ellas sin perderlo todo, pero esas leyes tendrán su momento. ¿Cómo voy a explicarle a quien no ama a Jesucristo ni conoce la Iglesia que no puede recibir la comunión? ¡Si ni siquiera sabe lo que es!

   Una persona que no asiste habitualmente a misa, que no se confiesa nunca, que está divorciada y ha contraído matrimonio civil posteriormente, y que en un funeral al que acude por compromiso se acerca a comulgar no tiene la menor idea de lo que está haciendo. Tendré que ser yo quien repare y haga penitencia por ella, pero no puedo pretender que comprenda la magnitud de su acción.

   Ante todo, no debo situarme a la defensiva, como ante un enemigo que viene a profanar el templo. Antes al contrario, debo dejarme embargar por unas santas ansias de conquista. Cristo quiere invadir ese alma, no alejarla de su Iglesia, y yo tengo que estar al servicio de su dulcísimo plan de invasión. ¿Tenemos verdadero celo de almas, o nos puede el celo por las normas? Primero debo acercarme a esa persona, o dejar que se me acerque. Debo mostrarle el rostro de Cristo de forma que conozca quién es y hasta qué punto es amada por su Redentor. Si, entre tanto, caen algunas leyes, deberé sufrirlo yo, porque ella aún no está capacitada para entenderlo. Si sigo tratando con cariño a esa persona, si no renuncio a conquistar ese alma, sé que un buen día la tendré de rodillas en el confesonario. Y, entonces, sacaré el código del cajón y se lo explicaré punto por punto, sabiendo que ahora lo entenderá. Y hará la penitencia que entonces hice yo por ella, y purificará su alma, y salvará su vida. Todo ello no sería posible si mi primer contacto hubiese sido para defenderme de ella y alejarla.

   No puedo controlar lo que diga la prensa. Pero le pido a Dios, con todas mis fuerzas, que los sacerdotes no dejemos que los medios de comunicación nos indiquen nuestro sitio. No somos aplicadores de normas, sino conquistadores de almas que, una vez conquistadas, las llevan sobre los hombros por el camino empinado hacia el Cielo.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Velando a un Dios dormido

   Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca (Ct 2, 7).

   La Iglesia que peregrina por el mundo es la barca azotada por las olas. El pecado y la muerte la golpean, la zarandean y la cubren. Vivimos la tormenta que no cesa. Y, junto a tantos hombres asustados, esa barca lleva dentro a un Dios dormido. No está muerto, sólo duerme. Míralo en la Eucaristía. ¿No ves allí, en el sagrario, en la custodia, en las manos del sacerdote, a un Cristo silencioso y manso? Como el niño dormido tiene que ser llevado a la cama en los brazos de sus padres, así Jesús, en la Hostia, es llevado al sagrario en volandas por el sacerdote tembloroso, que sabe que entre sus dedos duerme Dios. Si, un día, despertase entre el altar y el tabernáculo, un estallido de luz transfiguraría al propio sacerdote, mientras el pecado y la muerte se tenderían, mansos, en la nada. Pero, día tras día, Jesús se recuesta, dormido, en el altar, entra dormido en los cuerpos y las almas de los fieles, y es llevado dormido a los sagrarios, donde descansa como un niño en una cuna. Entre tanto, la muerte y el pecado cubren la tierra, y es tanto el ruido que provocan, que cualquiera diría que se han hecho con el mundo, y que el día es definitivamente suyo.

   También en mi alma duerme Cristo. Habita en ella; lo sé. Pero allí descansa, porque el alma en gracia es morada de Cristo, y sólo en su morada puede un hombre descansar. Por eso duerme. En ocasiones me preguntan: «¿Qué siente usted mientras celebra la Eucaristía?». Les respondo con la verdad: «Siento unas enorme ganas de fumar. Y, si celebro a última hora de la tarde, siento hambre». Y es que yo a Jesús lo amo con todas mis fuerzas, pero no lo siento, porque duerme y no hace ruido. Sé que está aquí; debo vivir de fe. Pero Él habita el alma en silencio. Un día despertará, y ambos amaneceremos en el Cielo. Mientras tanto, una jauría de perros furiosos rodea su cama y ladra sin cesar. Tentaciones, dolores, urgencias, enfermedades, rebeldías, impaciencias, pasiones que gritan, cansancios que lloran, heridas que se vuelven alaridos… Anda el alma agitada, y es tan sonoro el ruido de los perros que cualquiera diría que hubieran tomado la casa. Sólo Jesús parece descansar allí. Y, sin embargo, mientras Él prolongue su sueño, mi alma es un sagrario.

   Dejad dormir a Dios. No queráis despertarlo. Y no tengáis miedo. Si Dios duerme, ¿por qué andamos nosotros agitados? Su sueño es nuestra paz.

   Cuando le plazca, despertará. Y el día será suyo; Él mismo será el día. Cuidad tan sólo de que, cuando ese momento llegue, no estemos nosotros durmiendo en el pecado. Velemos el sueño de Dios, que un Dios dormido también nos cuida.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Dos parientes lejanos de Pinocho

   Dos bloques de madera. Ambos del mismo árbol, y cortados a la vez. Ambos fueron a parar al mismo taller, y con cada uno de ellos el mismo artista talló una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Idénticas ambas, salvo por leves diferencias que no se aprecian a simple vista. Casualmente, las dos imágenes acabaron expuestas en dos templos vecinos.

   El Sagrado Corazón es siempre el mismo, sea cual sea la madera que lo muestre o el árbol del que salió. Pero, en este caso –y esto no tendría por qué ser relevante– el árbol debió ser talado en el bosque que parió la madera de Pinocho, porque estos bloques de madera tenían vida propia. He escrito que no tendría por qué ser relevante; y es que, por mucha vida propia que tengas, si tallan con ella la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, lo mejor que puedes hacer es abandonarla y entregarla por entero a Aquél cuya faz ha quedado impresa en ti. Pero estos maderos debían estar ocupados en algo cuando se impartió esa lección, y siguieron teniendo vida propia después del policromado.

   El primero de ellos se sorprendió cuando, ya expuesto cerca del presbiterio, una anciana se acercó a él para besarlo. Al no ser muy inteligente (Pinocho tampoco lo era) pensó que lo besaban a él. Cuando, al cabo de los días, hubo recibido más de seiscientos besos, padeció un ataque de algo aún no catalogado, y pensó que, como él era un simple bloque de madera, aquella gente le rendía un culto injusto y humillante para ellos. «¡Qué se habrán creído! –se dijo–. Estas pobres personas han perdido su dignidad. Me están besando a mí, como si fuera yo superior a ellos, cuando no soy nada. No debo permitirlo. Lo mejor que puedo hacer por estos hijos de Adán es impedir que me rindan culto. Así recuperarán su autoestima, y entenderán que yo, un bloque de madera, no soy un ser superior». Y, bajo los efectos de ese ataque de algo aún no catalogado, decidió criar espinas por todo su cuerpo, para que quien quisiera besarlo recibiera un buen pinchazo. Ni que decir tiene que el pobre terminó en un almacén cercano a la sacristía el resto de sus días.

   El segundo bloque de madera experimentó una sorpresa similar a la de su hermano cuando hubo recibido los primeros seiscientos besos. Tampoco él era muy inteligente (como no lo era Pinocho). Pero, en su caso, el ataque que sufrió, catalogado o no, lo movió a creer que aquellas personas lo amaban locamente en cada beso. Primero se creyó guapo. Más tarde, se creyó Dios. Y fue tanta su satisfacción, que de puro gusto comenzó a destilar resina y a volverse pegajoso. Al comprobar que los labios quedaban adheridos a la imagen, e impregnados en algo que no sabía precisamente bien, la gente dejó de besarlo. Y cuando ya no se lo podía ni tocar, porque estaba empapado en satisfacción resinosa, lo acabaron llevando a un almacén cercano a la sacristía, donde permaneció encerrado el resto de sus días.

   Yo creo que, principalmente, la culpa fue del taller. Hay que educar mejor a los bloques de madera. Pero, para ser justos, habrá que decir que el tal Pinocho también se las traía. Las culpas andan muy repartidas.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Fuego que calienta, ilumina y quema

   El Espíritu es fuego porque calienta, es fuego porque ilumina, y es fuego porque quema.

   Como el fuego, el Espíritu calienta a quien se acerca a Él. No es un calor cualquiera, sino calor de Hogar, porque es aire de Cielo. Muchas personas experimentan esa sensación al convertirse y acercarse a la Iglesia después de muchos años de ausencia, o al ser recibidos en ella por primera vez: «¡Me siento en casa!» Otros, que llevan años gozando de ese calor, no lo advierten hasta que un pecado o una rebeldía los aleja de Dios. Entonces sienten frío en el alma.

   Como el fuego, el Espíritu ilumina a quien abre los ojos bajo su resplandor. Se ve la Tierra con luz de Cielo, y cada cosa, cada persona, cada acontecimiento adquiere color y relieve. Todo resplandece, hasta lo que el mundo considera «malas noticias». Y uno experimenta la sensación de haber estado ciego cuando no distinguía más que bultos en cosas y personas, cuando todo se valoraba por su peso y su tacto, pero se desconocía el brillo de la verdad. Especialmente, el don de Ciencia nos hace ver cuanto nos rodea de un modo nuevo.

   Pero, sobre todo, el Espíritu, como el fuego, quema. No quema a todos, sino a quienes se dejan quemar por Él. Porque muchos, que del Espíritu reciben luz y calor, saben quedarse a la distancia justa para beneficiarse de ellos sin quemarse. Se vive mejor con Dios que sin Dios. Y si, además, después te espera el Cielo para siempre, acercarse al Espíritu Santo es la mejor decisión para quien desea vivir bien, hoy y eternamente. Pero acercarse demasiado y quemarse supone morir. Y eso no es de todos. Abrasarse, perderlo todo, dejar que el «yo» quede reducido a cenizas, arriesgar la posición económica, la estima de los hombres, el prestigio, el descanso y las seguridades terrenas son apuestas demasiado fuertes, además de «innecesarias» para la mentalidad de un burgués cristiano. Pero hay algunos –aún quedan algunos– que se enamoran. Y entonces, olvidando prudencias y cautelas, se arrojan a la hoguera, se queman por completo, y queman cuanto tocan con el fuego del Amor de Cristo. Son los santos.

   Si quieres contarte entre ellos, tan sólo mide la distancia que te separa de la Hoguera. Porque tienes luz y calor. Pero tienes muchas más cosas, que perderás si te arrojas al fuego. A cambio… ganarás a todo un Dios.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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¿Quedarán sacerdotes en 2035?

   A nadie se le oculta que, a día de hoy, en España, es mucho mayor el número de sacerdotes que mueren o se retiran a causa de la edad a lo largo de un año que el de aquéllos que reciben las sagradas órdenes ese mismo año. La proporción, en muchos lugares, es de 3 ó 4 bajas por cada alta. El dato lleva a muchos a preocuparse cuando lanzan su mirada veinte o treinta años hacia delante… ¿Podrán los sacerdotes españoles de 2035 cuidar del rebaño con la debida atención? Quienes ahora nos encontramos –según las estadísticas– a mitad de camino, ¿llegaremos vivos a esa fecha, o habremos muerto a causa de un infarto de miocardio provocado por el exceso de trabajo? Sé que los números, así, en bruto, parecen más que preocupantes.

   Sin embargo…

   Lo que escribo a partir de ahora lo escribo apoyado, exclusivamente, en los datos que recojo desde mi pequeño observatorio. Soy párroco español, y trabajo en la provincia de Madrid. Hablo y me reúno con párrocos españoles que trabajan en España. Por tanto, mis palabras tienen un valor relativo y opinable. Son las conclusiones de quien, a lo largo de veinte años de sacerdocio, ha observado cómo se mueve el paisaje a su alrededor en un sentido muy determinado, y se atreve a presumir que ese movimiento continuará, más o menos acelerado, en la misma dirección. Por tanto, rebus sic stantibus

   El número de asistentes a la misa dominical, que descendió drásticamente en los últimos veinte años del siglo pasado, ahora permanece, más o menos, estable. El feligrés que venía a misa por guardar las apariencias, prácticamente, ha desaparecido. Ha dejado de venir, porque, en 2015, venir a misa ya no suscita aprobación social, ni, desde luego, resulta nadie estigmatizado por no ir a misa. Las personas que vienen a misa los domingos en España son personas de fe. Su formación doctrinal, en términos generales, es muy escasa –¡culpa nuestra!–, pero su fe está viva.

   El número de bodas ha descendido estrepitosamente desde el comienzo de la crisis económica. La inmensa mayoría de quienes vienen a la parroquia a casarse llevan años conviviendo. En muchos casos, acuden a la boda acompañados de sus hijos. No son asiduos de la misa dominical, y, para ellos, el matrimonio eclesiástico tiene el aliciente de la belleza formal –mucho más lucida que la frialdad de un juzgado– o de la satisfacción de unos padres –abuelos– que son personas de fe. Para estos «contrayentes», la boda no supone novedad alguna en sus vidas. Ya conviven, ya tienen hijos… Se trata, simplemente, de un acto social bastante oneroso. Por eso, la aparición de la crisis económica ha conllevado la práctica desaparición de las bodas.

   El número de bautizos desciende lentamente. Hasta hace unos años, la pila bautismal era paso obligado para todo niño que nacía en España. Hoy ya no lo es. Quienes se acercan a bautizar a sus hijos son cada vez menos. Y, en gran parte de los casos, el bautismo es una forma de dar satisfacción a los abuelos. En mi parroquia, sólo 1 de cada 100 niños bautizados es hijo de padres asiduos a la misa dominical. No exagero. Y preveo que, con el paso de los años, sólo ese niño (1 entre 100) será traído por sus padres para recibir el bautismo.

   En cuanto a la primera comunión, también desciende lentamente el número de niños que la recibe cada año. Si las cosas siguen evolucionando como hasta ahora, dentro de poco hacer la primera comunión no estará bien visto, como ya no está bien visto venir a misa o casarse en la iglesia. No me extrañaría nada que, al cabo de unos años –no muchos– tan sólo acudan a recibir su primera comunión los hijos de las familias que asisten a la misa del domingo. A ojo de buen cubero, otro 1%.

   Frente a estos datos, a lo largo de estos veinte años he observado cómo, poco a poco, crece el número de personas que asisten a misa diariamente. También puedo decir que son personas cada vez más jóvenes. Si, a finales del siglo pasado, la persona de misa diaria se identificaba con la viejecita vestida de negro que se arrimaba al san Antonio de la iglesia, hoy día la misa de los días laborables se nos llena de padres y madres de familia, trabajadores y amas de casa. En los últimos diez años, me ha sorprendido gratamente ver cómo cada vez más niños vienen con sus padres a misa todos los días. Doy los datos de mi parroquia: en 2002 eran 6 las personas que asistían a misa los días laborables. Hoy son entre 30 y 60.

   También es mucho mayor el número de feligreses que se acerca al sacramento de la Penitencia. Ha bastado con que los sacerdotes ocupásemos unos confesonarios que llevaban años vacíos (desde el postconcilio) para que los feligreses acudieran, no diré en masa, pero sí en grandes cantidades. En mi parroquia, el confesor no puede rezar ni una avemaría en el confesonario antes de las misas ni durante las misas. El tráfico de penitentes es constante.

   Apuntados todos estos datos, pasemos a los pronósticos. Tal como yo lo veo, en 2035 habrá muchas menos bodas, bautizos y comuniones. El árbol de la Iglesia española habrá visto caer todas sus hojas secas (con excepción de las que hayamos podido recuperar en cursillos de bautismo o matrimonio, así como aprovechando las primeras comuniones de los niños). El trabajo del sacerdote estará centrado en ese pequeño porcentaje de feligreses que tienen fe, y ello redundará en una mayor atención a la formación doctrinal y espiritual de esas personas. Tendremos una cristiandad mucho menos numerosa, pero mucho mejor formada y más comprometida con Dios. Y de esa cristiandad, de esas familias, nacerán vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. También espero, de esa cristiandad, que sea la que se inflame en un impulso apostólico que la lleve a cristianizar de nuevo España como hicieron con el mundo los primeros Doce.

   Pero, volviendo al futuro próximo, yo no tendría miedo. La Iglesia producirá, como hasta hoy, exactamente el número de sacerdotes que necesita y merece. Y ese número crecerá conforme crezca esa verdadera Iglesia. Tan sólo deseo que nosotros, los sacerdotes de 2015, nos dediquemos a ser lo que somos, sacerdotes de Jesucristo. Y podamos dejar el pluriempleo que conlleva trabajar de gestores de actos públicos para entregarnos por entero al ministerio.

   Dicho sea, todo esto, con toda reserva…

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

“La

¿Por qué tanta avemaría?

   «Por las noches, cuando rezo, al rezar mi segunda avemaría, (un saludo, al fin y al cabo, aunque seguido de unos ruegos) me pregunto si la Virgen no me dirá un día (¡vaya susto!): “¡Que ya te he oído! ¿Por qué te repites? ¿Piensas, acaso, que ando distraída o te ignoro? ¿Por qué me saludas tantas veces, y luego me pides una y otra vez lo mismo? Pareces un niño desconfiado o cabezota que espera conseguir lo que quiere a base de insistir e insistir. Con una vez que lo pidas, siempre que lo hagas sinceramente, me basta y me sobra”.»

   Copio este párrafo de una carta que he recibido, porque quien la ha escrito ha tenido la feliz ocurrencia de pensar en lo que hace cuando reza, y de buscar sentido a sus plegarias. No es tentación el hacerse preguntas. Lo que es pecado es la soberbia de darlas por respondidas incluso antes de formularlas.

   Quisiera responder a este buen amigo desde aquí, donde podáis leer la respuesta quienes alguna vez os habéis formulado la misma pregunta, y también quienes nunca os la habéis formulado, pero quizá os la formuléis algún día. Cuanto se hace en la Iglesia tiene pleno sentido. Pero sólo preguntando se llega a conocer el porqué.

   Lo primero que habría que decir es que somos demasiado prácticos. Y, cuando se trata de amor, el sentido práctico a veces está de sobra. No todo lo que se hace en el amor persigue un fin productivo o inmediato. El avemaría, como las demás oraciones, no está destinada a proporcionar una información a la Virgen, o a ponerla al día de algo que Ella no sepa, como hacemos cuando hablamos entre nosotros y nos intercambiamos datos de experiencia. Si el cometido del avemaría fuese informar de algo a la Madre de Dios, la salutación angélica sería ociosa. La Virgen ya conoce todo lo que allí le decimos, ya se lo digamos una, tres, o mil veces.

   Pero, en el amor, las palabras son caricias. Especialmente en ese amor en que el rostro del ser amado está oculto y no es asequible ni a las manos ni a los ojos. Cuando no podemos ver al ser amado ni abrazarlo, las palabras se vuelven ofrendas. Cada palabra pronunciada con cariño es un «te quiero», y el corazón, rendido a la Señora, no se cansa de manar avemarías como no se cansa de amar.

   Sé que, en ocasiones, nuestras avemarías son casi mecánicas, y, mientras las pronunciamos, el pensamiento anda enredado en mil asuntos que, aparentemente, nada tienen que ver con lo que decimos. Pero, cuando hay amor, los labios se desligan del pensamiento y se enlazan derechos al corazón. Desde luego que es mejor pensar lo que decimos, pero, aún cuando no lo hagamos, nuestras avemarías llegan a la Virgen como besos filiales. También las madres, muchas veces, acarician al niño que tienen en brazos sin ser muy conscientes de lo que hacen. Pero el niño es consolado, de todas formas, por la caricia de su madre.

   No os canséis nunca de rezar avemarías. Os aseguro que no hay una sola de ellas que no haga sonreír a la Inmaculada.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

“La

¿Cómo no creer que Cristo vive?

   Hace apenas diez días, un avión se estrellaba en los Alpes franceses causando la muerte a las 150 personas que transportaba. Los medios de comunicación hicieron que la noticia fuera conocida en todo el mundo en apenas unas horas. Nadie la puso en duda, a pesar de que ninguno de quienes la conocieron estuvo allí en el momento de la colisión. La inmensa mayoría de la población mundial cree en Andreas Lubitz, el copiloto que, según se nos ha contado, estrelló voluntariamente el avión. No he escuchado a nadie decir que la noticia es falsa, ni que el personaje es una creación de las aerolíneas para ofrecer a la opinión pública un chivo expiatorio. En todo caso, y aunque el suceso ha llenado las páginas de la prensa durante diez días, lo más probable es que dentro de dos meses nadie hable de ello. Si, más adelante, algún cineasta tiene la ocurrencia de producir una película sobre la tragedia, quizá la recordemos como recordamos el Titanic. Nadie llora hoy por el Titanic.

   Hace cerca de dos mil años, un judío crucificado por Roma y enterrado en un huerto salió de la tumba, y salió hacia «el otro lado», hacia la eternidad. No había medios de comunicación, y la noticia la transmitieron unos ángeles. Los pocos que la conocieron, al escucharla, no la creyeron hasta haber visto en persona al mismo Jesús que había muerto. Cuando lo contaron a los demás, tampoco les creyeron. Y, dos mil años después, encontramos la Historia partida en dos en torno a ese judío, y medimos los años antes y después de Cristo. Hace menos de dos meses, 21 hombres se dejaron cortar la cabeza en Siria por negarse a abjurar de esa noticia. Y, durante estos dos mil años, son millones los hombres y mujeres que se han dejado matar antes que negar que Cristo vive, millones quienes se han conservado vírgenes y célibes por su Amor, millones los sagrarios que en todo el mundo reciben cada día homenajes rendidos de adoración y lágrimas de almas tiernamente enamoradas. A día de hoy, el nombre de Cristo sigue levantando pasiones de fuego. Algunos –muchos– lo aman desesperadamente, y otros –también muchos– lo odian a Él y a todos los que pronuncian su nombre.

   Si un accidente de aviación con ciento cincuenta muertos anunciado en horas a todo el mundo por los medios de comunicación resulta olvidado en dos meses, ¿cómo explicáis que una noticia tan poco conocida y negada en el primer momento por quienes la escucharon haya causado y esté causando semejante conmoción en la Historia y en la Tierra entera? Lo cierto es que Jesús de Nazaret, si no hubiese resucitado realmente, jamás debió haber pasado a la Historia. Más motivo hubieran tenido para poblar las páginas de los libros personajes como Pilato o Caifás, quienes, al fin y al cabo, desempeñaron cargos públicos de cierta importancia. Y, sin embargo, si Pilato o Caifás son conocidos es merced al nombre de Jesús de Nazaret. Si, sin haber estado allí, creéis que Andreas Lubitz estrelló el avión, ¿necesitáis haber estado allí para creer la noticia que durante dos mil años gritan la Historia, los santos, las vírgenes, los mártires y todos los sagrarios del mundo? ¿Acaso no veis que, si no hubiese realmente resucitado Cristo, ni habría habido Iglesia, ni santos, ni mártires, ni quien escribe estas líneas iría vestido con las ropas que se viste cada mañana, las mismas que cientos de miles de sacerdotes en todo el mundo? ¿Cómo explicáis todo esto? ¿Qué ha sucedido?

   Os repetiré lo que ha sucedido, gritaré de nuevo la noticia: Jesús de Nazaret ha resucitado, ha ingresado corporalmente en la eternidad. Y, al quedar abiertas las puertas que separaban lo temporal de lo eterno, se ha desatado una fuerza descomunal; una fuerza que, entrando en los corazones y en las almas de los hombres, es capaz de renovar el mundo y purificar la Historia. Nosotros mismos, llenos de su presencia por el Espíritu, hemos sido convertidos en otros cristos, porque Él vive en nuestras almas en gracia. ¡Alegraos! Cristo ha resucitado y, habitando realmente en la eternidad, está aquí, entre nosotros, muy cerca y muy alegre.

   ¡Feliz Pascua!

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.