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¿Quedarán sacerdotes en 2035?

   A nadie se le oculta que, a día de hoy, en España, es mucho mayor el número de sacerdotes que mueren o se retiran a causa de la edad a lo largo de un año que el de aquéllos que reciben las sagradas órdenes ese mismo año. La proporción, en muchos lugares, es de 3 ó 4 bajas por cada alta. El dato lleva a muchos a preocuparse cuando lanzan su mirada veinte o treinta años hacia delante… ¿Podrán los sacerdotes españoles de 2035 cuidar del rebaño con la debida atención? Quienes ahora nos encontramos –según las estadísticas– a mitad de camino, ¿llegaremos vivos a esa fecha, o habremos muerto a causa de un infarto de miocardio provocado por el exceso de trabajo? Sé que los números, así, en bruto, parecen más que preocupantes.

   Sin embargo…

   Lo que escribo a partir de ahora lo escribo apoyado, exclusivamente, en los datos que recojo desde mi pequeño observatorio. Soy párroco español, y trabajo en la provincia de Madrid. Hablo y me reúno con párrocos españoles que trabajan en España. Por tanto, mis palabras tienen un valor relativo y opinable. Son las conclusiones de quien, a lo largo de veinte años de sacerdocio, ha observado cómo se mueve el paisaje a su alrededor en un sentido muy determinado, y se atreve a presumir que ese movimiento continuará, más o menos acelerado, en la misma dirección. Por tanto, rebus sic stantibus

   El número de asistentes a la misa dominical, que descendió drásticamente en los últimos veinte años del siglo pasado, ahora permanece, más o menos, estable. El feligrés que venía a misa por guardar las apariencias, prácticamente, ha desaparecido. Ha dejado de venir, porque, en 2015, venir a misa ya no suscita aprobación social, ni, desde luego, resulta nadie estigmatizado por no ir a misa. Las personas que vienen a misa los domingos en España son personas de fe. Su formación doctrinal, en términos generales, es muy escasa –¡culpa nuestra!–, pero su fe está viva.

   El número de bodas ha descendido estrepitosamente desde el comienzo de la crisis económica. La inmensa mayoría de quienes vienen a la parroquia a casarse llevan años conviviendo. En muchos casos, acuden a la boda acompañados de sus hijos. No son asiduos de la misa dominical, y, para ellos, el matrimonio eclesiástico tiene el aliciente de la belleza formal –mucho más lucida que la frialdad de un juzgado– o de la satisfacción de unos padres –abuelos– que son personas de fe. Para estos «contrayentes», la boda no supone novedad alguna en sus vidas. Ya conviven, ya tienen hijos… Se trata, simplemente, de un acto social bastante oneroso. Por eso, la aparición de la crisis económica ha conllevado la práctica desaparición de las bodas.

   El número de bautizos desciende lentamente. Hasta hace unos años, la pila bautismal era paso obligado para todo niño que nacía en España. Hoy ya no lo es. Quienes se acercan a bautizar a sus hijos son cada vez menos. Y, en gran parte de los casos, el bautismo es una forma de dar satisfacción a los abuelos. En mi parroquia, sólo 1 de cada 100 niños bautizados es hijo de padres asiduos a la misa dominical. No exagero. Y preveo que, con el paso de los años, sólo ese niño (1 entre 100) será traído por sus padres para recibir el bautismo.

   En cuanto a la primera comunión, también desciende lentamente el número de niños que la recibe cada año. Si las cosas siguen evolucionando como hasta ahora, dentro de poco hacer la primera comunión no estará bien visto, como ya no está bien visto venir a misa o casarse en la iglesia. No me extrañaría nada que, al cabo de unos años –no muchos– tan sólo acudan a recibir su primera comunión los hijos de las familias que asisten a la misa del domingo. A ojo de buen cubero, otro 1%.

   Frente a estos datos, a lo largo de estos veinte años he observado cómo, poco a poco, crece el número de personas que asisten a misa diariamente. También puedo decir que son personas cada vez más jóvenes. Si, a finales del siglo pasado, la persona de misa diaria se identificaba con la viejecita vestida de negro que se arrimaba al san Antonio de la iglesia, hoy día la misa de los días laborables se nos llena de padres y madres de familia, trabajadores y amas de casa. En los últimos diez años, me ha sorprendido gratamente ver cómo cada vez más niños vienen con sus padres a misa todos los días. Doy los datos de mi parroquia: en 2002 eran 6 las personas que asistían a misa los días laborables. Hoy son entre 30 y 60.

   También es mucho mayor el número de feligreses que se acerca al sacramento de la Penitencia. Ha bastado con que los sacerdotes ocupásemos unos confesonarios que llevaban años vacíos (desde el postconcilio) para que los feligreses acudieran, no diré en masa, pero sí en grandes cantidades. En mi parroquia, el confesor no puede rezar ni una avemaría en el confesonario antes de las misas ni durante las misas. El tráfico de penitentes es constante.

   Apuntados todos estos datos, pasemos a los pronósticos. Tal como yo lo veo, en 2035 habrá muchas menos bodas, bautizos y comuniones. El árbol de la Iglesia española habrá visto caer todas sus hojas secas (con excepción de las que hayamos podido recuperar en cursillos de bautismo o matrimonio, así como aprovechando las primeras comuniones de los niños). El trabajo del sacerdote estará centrado en ese pequeño porcentaje de feligreses que tienen fe, y ello redundará en una mayor atención a la formación doctrinal y espiritual de esas personas. Tendremos una cristiandad mucho menos numerosa, pero mucho mejor formada y más comprometida con Dios. Y de esa cristiandad, de esas familias, nacerán vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. También espero, de esa cristiandad, que sea la que se inflame en un impulso apostólico que la lleve a cristianizar de nuevo España como hicieron con el mundo los primeros Doce.

   Pero, volviendo al futuro próximo, yo no tendría miedo. La Iglesia producirá, como hasta hoy, exactamente el número de sacerdotes que necesita y merece. Y ese número crecerá conforme crezca esa verdadera Iglesia. Tan sólo deseo que nosotros, los sacerdotes de 2015, nos dediquemos a ser lo que somos, sacerdotes de Jesucristo. Y podamos dejar el pluriempleo que conlleva trabajar de gestores de actos públicos para entregarnos por entero al ministerio.

   Dicho sea, todo esto, con toda reserva…

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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Tratados de san Pedro Damián (Volumen I), ya a la venta

San Pedro Damián

   El siglo X ha sido uno de los más oscuros en la Historia de la Iglesia. Con razón ha sido llamado «siglo de hierro». La corrupción moral anidó en la jerarquía eclesiástica de tal forma que es milagro el que la Esposa de Cristo sobreviviese a una época como aquélla.

   Este milagro, que comenzaría a mostrarse como un atribulado amanecer de reforma moral durante el pontificado de Gregorio VII (1073-1085), comenzó a realizarse, antes que en la cúpula de las jerarquías eclesiásticas, en la base del mismo Templo, en personas sencillas que, iluminadas por Dios, fueron llamadas a sanear todo el edificio a través de su vida penitente y de su santidad personal. Ya en el siglo X surge san Romualdo, a quien tanto debe el autor de estos tratados. Y en el siglo XI, además de los recién nacidos los monjes de Cluny, despunta la figura de san Pedro Damián.

   Canonizado en 1828 por León XII, y nombrado doctor de la Iglesia, sus muchos escritos han permanecido escondidos al público español, salvo para aquéllos que estuvieran dispuestos a leerlos en el latín original. Esta traducción de sus tratados es un intento de poner en manos de los cristianos de habla española el espíritu de un santo en el que Dios quiso mostrar al mundo que una vida penitente y entregada a Él puede renovar la Iglesia de manera escondida, silenciosa y –desde luego– eficaz.

   Para la traducción me he servido de los textos de la Patrología Latina de Migne. Los pasajes confusos he procurado aclararlos en notas al pie. También he reseñado a pie de páginas las citas bíblicas, que muchas veces son inexactas o imprecisas en el original. No obstante, he mantenido en el cuerpo del texto la cita original, consignando en las notas la cita exacta. También aclaro, cuando es necesario, en notas, algunos datos históricos que puedan ayudar al lector a comprender el contexto en que está escrito cada tratado.

   En este primer volumen ofrezco los seis primeros tratados del santo. Quisiera dedicar un segundo volumen exclusivamente al Liber Gomorrhianus, dada la importancia de este opúsculo. El resto de tratados irán siendo publicados en los restantes volúmenes, agrupados según permita su extensión.

   Estos seis primeros tratados son, sobre todo, de carácter dogmático y moral. Todos ellos están fuertemente arraigados en los problemas de la Iglesia en el s. XI: los restos de las herejías arriana y monofisita, que enturbiaban la comprensión de los misterios de la Trinidad y la Encarnación, las disputas con el judaísmo, y la corrupción del clero a causa de la simonía y el nicolaitismo. El sexto tratado, el más extenso de todos los escritos por el santo, aborda con verdadera profusión de datos y argumentos la perversa y extendida costumbre de la simonía, esto es, el comercio con las órdenes sagradas.

   Agradezco al P. Diego Isaac Cadena Vallejo, C.S.J. la traducción de la Vida del santo escrita por su compañero y discípulo san Juan de Lodi. Ha sido una contribución francamente útil para enriquecer los prolegómenos de este primer volumen.

   He procurado hacer la traducción lo más accesible que he podido al lector medio, aunque para ello haya tenido que despegarme ligeramente, en algunas ocasiones, del texto literal. No obstante, ha sido mi intención, en todo momento, no omitir nada de lo dicho por el santo, ni añadir nada a sus palabras.

   El libro se encuentra, de momento, sólo en formato digital. Está disponible en las plataformas de iTunes y Amazon por el precio de 9,99 €. Confío en que pueda ser de ayuda para quienes buscan, en nuestros padres en la fe, las huellas de un camino que, aún hoy, sigue siendo el más recto para llegar a Dios: la santidad personal.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro

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¿Por qué tanta avemaría?

   «Por las noches, cuando rezo, al rezar mi segunda avemaría, (un saludo, al fin y al cabo, aunque seguido de unos ruegos) me pregunto si la Virgen no me dirá un día (¡vaya susto!): “¡Que ya te he oído! ¿Por qué te repites? ¿Piensas, acaso, que ando distraída o te ignoro? ¿Por qué me saludas tantas veces, y luego me pides una y otra vez lo mismo? Pareces un niño desconfiado o cabezota que espera conseguir lo que quiere a base de insistir e insistir. Con una vez que lo pidas, siempre que lo hagas sinceramente, me basta y me sobra”.»

   Copio este párrafo de una carta que he recibido, porque quien la ha escrito ha tenido la feliz ocurrencia de pensar en lo que hace cuando reza, y de buscar sentido a sus plegarias. No es tentación el hacerse preguntas. Lo que es pecado es la soberbia de darlas por respondidas incluso antes de formularlas.

   Quisiera responder a este buen amigo desde aquí, donde podáis leer la respuesta quienes alguna vez os habéis formulado la misma pregunta, y también quienes nunca os la habéis formulado, pero quizá os la formuléis algún día. Cuanto se hace en la Iglesia tiene pleno sentido. Pero sólo preguntando se llega a conocer el porqué.

   Lo primero que habría que decir es que somos demasiado prácticos. Y, cuando se trata de amor, el sentido práctico a veces está de sobra. No todo lo que se hace en el amor persigue un fin productivo o inmediato. El avemaría, como las demás oraciones, no está destinada a proporcionar una información a la Virgen, o a ponerla al día de algo que Ella no sepa, como hacemos cuando hablamos entre nosotros y nos intercambiamos datos de experiencia. Si el cometido del avemaría fuese informar de algo a la Madre de Dios, la salutación angélica sería ociosa. La Virgen ya conoce todo lo que allí le decimos, ya se lo digamos una, tres, o mil veces.

   Pero, en el amor, las palabras son caricias. Especialmente en ese amor en que el rostro del ser amado está oculto y no es asequible ni a las manos ni a los ojos. Cuando no podemos ver al ser amado ni abrazarlo, las palabras se vuelven ofrendas. Cada palabra pronunciada con cariño es un «te quiero», y el corazón, rendido a la Señora, no se cansa de manar avemarías como no se cansa de amar.

   Sé que, en ocasiones, nuestras avemarías son casi mecánicas, y, mientras las pronunciamos, el pensamiento anda enredado en mil asuntos que, aparentemente, nada tienen que ver con lo que decimos. Pero, cuando hay amor, los labios se desligan del pensamiento y se enlazan derechos al corazón. Desde luego que es mejor pensar lo que decimos, pero, aún cuando no lo hagamos, nuestras avemarías llegan a la Virgen como besos filiales. También las madres, muchas veces, acarician al niño que tienen en brazos sin ser muy conscientes de lo que hacen. Pero el niño es consolado, de todas formas, por la caricia de su madre.

   No os canséis nunca de rezar avemarías. Os aseguro que no hay una sola de ellas que no haga sonreír a la Inmaculada.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

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«La Resurrección del Señor», nueva edición en papel y digital

La resurrección del Señor        La resurrección del Señor

   «La resurrección del Señor» se publicó en abril de 2000, en la editorial Palabra. Quince años después, ve la luz esta reedición en la editorial Cobel. Como complemento, se publica también ahora la versión digital, a la venta en las plataformas de iTunes y Amazon.

   Se trata de un recorrido en oración por el «Día de los días», ese domingo en que la tumba de un hombre (Jesús de Nazaret) fue abierta desde dentro. No era sólo la puerta de un sepulcro la que se abría: la Historia misma se rasgaba y quedaba abierta para siempre hacia lo eterno.

   El libro guiará al lector a través de ese «domingo sin ocaso», desde aquellas horas de madrugada, en las que un sepulcro vacío gritó la primera noticia, hasta las últimas horas de la noche, cuando en la mesa de los apóstoles se sentó a cenar con sus amigos el propio Jesús resucitado. Entre ambos momentos, tendrá lugar el encuentro de María Magdalena y los discípulos de Emaús con el Señor. Y en cada palabra, en cada gesto, se alumbrarán luces capaces de cambiar por completo nuestras vidas y abrirlas a Jesucristo, Señor del tiempo y de la eternidad.

   Esta reedición trata de ser un complemento a «Cristo en su Pasión», publicado el año pasado. La lectura de ambos libros introducirá al lector en los misterios centrales de nuestra Fe: la muerte y resurrección de Cristo.

   Podéis adquirir la edición en papel en la editorial Cobel por el precio de 16,95 €

   La edición digital de iTunes podéis obtenerla por el precio de 3,49 €

   La edición digital de Amazon está disponible al precio de 3,49 €

   Confío en que este nuevo lanzamiento de «La resurrección del Señor» pueda ayudaros a vivir esta Pascua y a disfrutar de toda su alegría durante los cincuenta en que la Iglesia saborea las luces emanadas del costado abierto de Jesús resucitado.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

¿Cómo no creer que Cristo vive?

   Hace apenas diez días, un avión se estrellaba en los Alpes franceses causando la muerte a las 150 personas que transportaba. Los medios de comunicación hicieron que la noticia fuera conocida en todo el mundo en apenas unas horas. Nadie la puso en duda, a pesar de que ninguno de quienes la conocieron estuvo allí en el momento de la colisión. La inmensa mayoría de la población mundial cree en Andreas Lubitz, el copiloto que, según se nos ha contado, estrelló voluntariamente el avión. No he escuchado a nadie decir que la noticia es falsa, ni que el personaje es una creación de las aerolíneas para ofrecer a la opinión pública un chivo expiatorio. En todo caso, y aunque el suceso ha llenado las páginas de la prensa durante diez días, lo más probable es que dentro de dos meses nadie hable de ello. Si, más adelante, algún cineasta tiene la ocurrencia de producir una película sobre la tragedia, quizá la recordemos como recordamos el Titanic. Nadie llora hoy por el Titanic.

   Hace cerca de dos mil años, un judío crucificado por Roma y enterrado en un huerto salió de la tumba, y salió hacia «el otro lado», hacia la eternidad. No había medios de comunicación, y la noticia la transmitieron unos ángeles. Los pocos que la conocieron, al escucharla, no la creyeron hasta haber visto en persona al mismo Jesús que había muerto. Cuando lo contaron a los demás, tampoco les creyeron. Y, dos mil años después, encontramos la Historia partida en dos en torno a ese judío, y medimos los años antes y después de Cristo. Hace menos de dos meses, 21 hombres se dejaron cortar la cabeza en Siria por negarse a abjurar de esa noticia. Y, durante estos dos mil años, son millones los hombres y mujeres que se han dejado matar antes que negar que Cristo vive, millones quienes se han conservado vírgenes y célibes por su Amor, millones los sagrarios que en todo el mundo reciben cada día homenajes rendidos de adoración y lágrimas de almas tiernamente enamoradas. A día de hoy, el nombre de Cristo sigue levantando pasiones de fuego. Algunos –muchos– lo aman desesperadamente, y otros –también muchos– lo odian a Él y a todos los que pronuncian su nombre.

   Si un accidente de aviación con ciento cincuenta muertos anunciado en horas a todo el mundo por los medios de comunicación resulta olvidado en dos meses, ¿cómo explicáis que una noticia tan poco conocida y negada en el primer momento por quienes la escucharon haya causado y esté causando semejante conmoción en la Historia y en la Tierra entera? Lo cierto es que Jesús de Nazaret, si no hubiese resucitado realmente, jamás debió haber pasado a la Historia. Más motivo hubieran tenido para poblar las páginas de los libros personajes como Pilato o Caifás, quienes, al fin y al cabo, desempeñaron cargos públicos de cierta importancia. Y, sin embargo, si Pilato o Caifás son conocidos es merced al nombre de Jesús de Nazaret. Si, sin haber estado allí, creéis que Andreas Lubitz estrelló el avión, ¿necesitáis haber estado allí para creer la noticia que durante dos mil años gritan la Historia, los santos, las vírgenes, los mártires y todos los sagrarios del mundo? ¿Acaso no veis que, si no hubiese realmente resucitado Cristo, ni habría habido Iglesia, ni santos, ni mártires, ni quien escribe estas líneas iría vestido con las ropas que se viste cada mañana, las mismas que cientos de miles de sacerdotes en todo el mundo? ¿Cómo explicáis todo esto? ¿Qué ha sucedido?

   Os repetiré lo que ha sucedido, gritaré de nuevo la noticia: Jesús de Nazaret ha resucitado, ha ingresado corporalmente en la eternidad. Y, al quedar abiertas las puertas que separaban lo temporal de lo eterno, se ha desatado una fuerza descomunal; una fuerza que, entrando en los corazones y en las almas de los hombres, es capaz de renovar el mundo y purificar la Historia. Nosotros mismos, llenos de su presencia por el Espíritu, hemos sido convertidos en otros cristos, porque Él vive en nuestras almas en gracia. ¡Alegraos! Cristo ha resucitado y, habitando realmente en la eternidad, está aquí, entre nosotros, muy cerca y muy alegre.

   ¡Feliz Pascua!

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Ante la Semana Santa: ojos y corazón

   No sé si llegaremos a conocer las oscuras motivaciones que llevaron al copiloto Lubitz a estrellar un avión con 150 personas a bordo. Pero, muy probablemente, si hace tan sólo un año le hubiesen vaticinado que cometería un acto como ése, habría negado cualquier posibilidad de perpetrar semejante abominación, e incluso se habría ofendido con quien realizaba el vaticinio.

   Vengo ahora a las multitudes que, a las puertas del pretorio de Pilato, gritaron enloquecidos pidiendo la muerte cruel de un inocente, del único Inocente de la Historia. Muchos de ellos, quizá meses antes, habían recorrido largas distancias para escuchar las palabras de aquel hombre. También muchos de ellos conocían a enfermos que habían sido curados por Jesús, o incluso los tenían en su propia familia. ¿Estaba también allí, alzando la voz contra el Rey de los judíos, alguno de esos enfermos, sanado por su poder? ¿Por qué no? En todo caso, es muy probable que ninguno de ellos –salvo los sumos sacerdotes, escribas y fariseos– hubiese admitido, un año antes, la posibilidad de estar pidiendo a gritos semejante asesinato.

   No necesito un año. El propio Simón Pedro, horas antes de negar a Jesús, había jurado que lo acompañaría hasta la cárcel y la muerte.

   La Historia, no obstante, está escrita. Pedro negó a Jesús, Jerusalén pidió a gritos la crucifixión de Cristo, y Lubitz estrelló el avión con 150 personas a bordo. Hay algo peor que la semilla del mal sembrada en cada hombre por Adán, y es la ceguera, gran parte de las veces voluntaria y consentida, que le hace negar su propia miseria. Hasta que no nos demos cuenta de que hay una bestia en cada uno de nosotros, seguiremos contemplando la Pasión de Cristo como espectadores conmovidos que nada tuvieron que ver con aquello. Y seguiremos leyendo la prensa como quien asiste al Apocalipsis desde el palco de lujo.

   Personalmente, le pediré al Espíritu Santo, para estos días de Semana Santa, dos gracias necesarias: la de los ojos y la del corazón.

   Necesito ojos para encontrarme en el tumulto y acercar la escena; para verme a mí mismo gritando y exigiendo la crucifixión del inocente; para reconocerme en esa bestia que ha pecado una y otra vez, sabiendo que con ello llevaba a la muerte al Hijo de Dios. Necesito ojos para ver a mi hombre viejo.

   Necesito corazón para horrorizarme ante lo que vea y arrepentirme de lo que hice; para llorar lágrimas de contrición; para abominar para siempre del pecado y amar hasta la muerte a Aquél que fue a la muerte por mí. Necesito un corazón para romperlo y derramarlo, hecho añicos, al pie de la Cruz.

   No quisiera ser, este año, el espectador conmovido de la Semana Santa. Quisiera ser el buen ladrón.

José–Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Entre ángeles y alimañas

   Vivía entre alimañas, y los ángeles le servían (Mc 1, 13).

   Con estas breves palabras describe san Marcos los cuarenta días que Nuestro Señor pasó en el Desierto. Me gusta el estilo de Marcos. Es difícil ser, a un tiempo, tan lacónico y tan expresivo.

   Porque cualquiera que intente practicar el ayuno y la penitencia, cualquiera que procure dejar atrás los consuelos sensibles y las compensaciones terrenas para experimentar el «sólo Dios» en el Desierto habrá de soportar los zarpazos y rugidos de las alimañas mientras goza las caricias de los ángeles.

   Comenzaré por el principio. Hace algunos días, una persona, que me había oído predicar sobre el ayuno, se encaraba conmigo: «Padre, aquello que nos dijo no funciona; no es verdad. He comenzado a ayunar los viernes, y no noto que mi espíritu sea más libre para acercarse a Dios en oración. Lo que noto es un terrible mal humor, un apetito insaciable, y una ansiedad descontrolada hasta que llega la hora de romper el ayuno y poder echarme algo de nuevo entre los dientes».

   Claro. Mientras al cuerpo lo tienes contento, y le aportas las satisfacciones que reclama, el cuerpo se queja poco, salvo que exista algún problema de salud. Con el corazón sucede lo mismo: cuando las necesidades afectivas están cubiertas, uno puede incluso dedicarse a otra cosa, sabiendo que tiene las espaldas bien guardadas. Es cierto que, a largo plazo, tanto el cuerpo como el corazón irán pidiendo cada vez más, y será más difícil satisfacer todas sus necesidades. Pero, a corto plazo, un vientre saciado y un corazón satisfecho sumen al hombre en un estado de «paz animal». El problema es que el «hombre viejo» está contento, y hará lo posible para que Dios no le complique excesivamente la vida. Hay sequedad en la oración, el trato con Dios se convierte en un esfuerzo de voluntad, y, si no aparecen los consuelos sensibles, el hecho de rezar se vuelve una obligación más o menos penosa. Es el torpor espiritual del «joven rico». «¡Que me quede como estoy!», parece decir. Este tipo de personas, satisfechas y aburguesadas, buscan mucho el sentimiento en la oración. Al fin y al cabo, es la única forma de no aburrirse. El problema es que no están dispuestas a dar la vida. ¡Cómo van a darla, si tienen de todo!

   Un buen día, por sugerencia de un sacerdote, o por una gracia actual del Espíritu, una persona «satisfecha» decide salir al Desierto, prescindir de consuelos sensibles, ayunar y buscar verdaderamente a Dios. Y, en primer lugar, descubre el verdadero rostro del «hombre viejo». Con sorpresa constata que ese cuerpo suyo, que apenas le causaba problemas, se convierte en una fiera cuando no se le da lo que pide. La gula, la lujuria y la pereza salen de la espesura como alimañas, atacan con sus zarpas y braman desesperadas. Después viene la ira, incluso el odio hacia los demás, hacia todo el mundo… Y el corazón, privado de su abrigo de sensiblería, tirita y llora. El espíritu se encuentra rodeado de alimañas hambrientas y furiosas. ¿Cómo rezar?

   Es preciso huir. Dar de comer a las alimañas nos llevaría de nuevo al punto de partida y nos alejaría del Desierto. Luchar contra ellas supondría acabar despedazado. Por eso, se hace necesario huir, y huir en la única dirección posible: hacia dentro, hacia el silencio de ese santuario interior que es el alma en gracia. Hay que arrodillarse ante un sagrario, dirigir hacia él los ojos, y rezar desde muy dentro, incluso sin palabras. No debe uno, en ese momento, dejarse alterar por los ruidos, los llantos y los rugidos de las fieras; debe tratar de no prestarles atención, o de oírlos como se escuchan los truenos que caen en el campo mientras anda uno recogido en casa. No debe extrañar que, en medio de la oración, se experimenten sensaciones incómodas, como aburrimiento, ansiedad, hambre o incluso lujuria… No pasa nada. Pero tampoco debe esperar sentir consuelo. No hace falta. Allí, en el hondón del alma, donde se conoce más que se siente, donde todo son tinieblas y la única luz es la verdad, aparecerá el ángel. Y no será un ángel cualquiera. Será el Ángel del Señor. Ese Ángel del Señor es el propio Cristo, que se unirá amorosamente al alma mientras la tormenta arrecia fuera.

   Ya no hay prisa para nada. Pero, si uno no sale de allí, al cabo de los años, las alimañas morirán de hambre. Y, entonces, Cristo lo será todo en todo. Es la hora de los frutos. Si esa hora no llega, tampoco importa. Llegará el Cielo.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.