• Espiritualidad digital

Ante la Semana Santa: ojos y corazón

   No sé si llegaremos a conocer las oscuras motivaciones que llevaron al copiloto Lubitz a estrellar un avión con 150 personas a bordo. Pero, muy probablemente, si hace tan sólo un año le hubiesen vaticinado que cometería un acto como ése, habría negado cualquier posibilidad de perpetrar semejante abominación, e incluso se habría ofendido con quien realizaba el vaticinio.

   Vengo ahora a las multitudes que, a las puertas del pretorio de Pilato, gritaron enloquecidos pidiendo la muerte cruel de un inocente, del único Inocente de la Historia. Muchos de ellos, quizá meses antes, habían recorrido largas distancias para escuchar las palabras de aquel hombre. También muchos de ellos conocían a enfermos que habían sido curados por Jesús, o incluso los tenían en su propia familia. ¿Estaba también allí, alzando la voz contra el Rey de los judíos, alguno de esos enfermos, sanado por su poder? ¿Por qué no? En todo caso, es muy probable que ninguno de ellos –salvo los sumos sacerdotes, escribas y fariseos– hubiese admitido, un año antes, la posibilidad de estar pidiendo a gritos semejante asesinato.

   No necesito un año. El propio Simón Pedro, horas antes de negar a Jesús, había jurado que lo acompañaría hasta la cárcel y la muerte.

   La Historia, no obstante, está escrita. Pedro negó a Jesús, Jerusalén pidió a gritos la crucifixión de Cristo, y Lubitz estrelló el avión con 150 personas a bordo. Hay algo peor que la semilla del mal sembrada en cada hombre por Adán, y es la ceguera, gran parte de las veces voluntaria y consentida, que le hace negar su propia miseria. Hasta que no nos demos cuenta de que hay una bestia en cada uno de nosotros, seguiremos contemplando la Pasión de Cristo como espectadores conmovidos que nada tuvieron que ver con aquello. Y seguiremos leyendo la prensa como quien asiste al Apocalipsis desde el palco de lujo.

   Personalmente, le pediré al Espíritu Santo, para estos días de Semana Santa, dos gracias necesarias: la de los ojos y la del corazón.

   Necesito ojos para encontrarme en el tumulto y acercar la escena; para verme a mí mismo gritando y exigiendo la crucifixión del inocente; para reconocerme en esa bestia que ha pecado una y otra vez, sabiendo que con ello llevaba a la muerte al Hijo de Dios. Necesito ojos para ver a mi hombre viejo.

   Necesito corazón para horrorizarme ante lo que vea y arrepentirme de lo que hice; para llorar lágrimas de contrición; para abominar para siempre del pecado y amar hasta la muerte a Aquél que fue a la muerte por mí. Necesito un corazón para romperlo y derramarlo, hecho añicos, al pie de la Cruz.

   No quisiera ser, este año, el espectador conmovido de la Semana Santa. Quisiera ser el buen ladrón.

José–Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Entre ángeles y alimañas

   Vivía entre alimañas, y los ángeles le servían (Mc 1, 13).

   Con estas breves palabras describe san Marcos los cuarenta días que Nuestro Señor pasó en el Desierto. Me gusta el estilo de Marcos. Es difícil ser, a un tiempo, tan lacónico y tan expresivo.

   Porque cualquiera que intente practicar el ayuno y la penitencia, cualquiera que procure dejar atrás los consuelos sensibles y las compensaciones terrenas para experimentar el «sólo Dios» en el Desierto habrá de soportar los zarpazos y rugidos de las alimañas mientras goza las caricias de los ángeles.

   Comenzaré por el principio. Hace algunos días, una persona, que me había oído predicar sobre el ayuno, se encaraba conmigo: «Padre, aquello que nos dijo no funciona; no es verdad. He comenzado a ayunar los viernes, y no noto que mi espíritu sea más libre para acercarse a Dios en oración. Lo que noto es un terrible mal humor, un apetito insaciable, y una ansiedad descontrolada hasta que llega la hora de romper el ayuno y poder echarme algo de nuevo entre los dientes».

   Claro. Mientras al cuerpo lo tienes contento, y le aportas las satisfacciones que reclama, el cuerpo se queja poco, salvo que exista algún problema de salud. Con el corazón sucede lo mismo: cuando las necesidades afectivas están cubiertas, uno puede incluso dedicarse a otra cosa, sabiendo que tiene las espaldas bien guardadas. Es cierto que, a largo plazo, tanto el cuerpo como el corazón irán pidiendo cada vez más, y será más difícil satisfacer todas sus necesidades. Pero, a corto plazo, un vientre saciado y un corazón satisfecho sumen al hombre en un estado de «paz animal». El problema es que el «hombre viejo» está contento, y hará lo posible para que Dios no le complique excesivamente la vida. Hay sequedad en la oración, el trato con Dios se convierte en un esfuerzo de voluntad, y, si no aparecen los consuelos sensibles, el hecho de rezar se vuelve una obligación más o menos penosa. Es el torpor espiritual del «joven rico». «¡Que me quede como estoy!», parece decir. Este tipo de personas, satisfechas y aburguesadas, buscan mucho el sentimiento en la oración. Al fin y al cabo, es la única forma de no aburrirse. El problema es que no están dispuestas a dar la vida. ¡Cómo van a darla, si tienen de todo!

   Un buen día, por sugerencia de un sacerdote, o por una gracia actual del Espíritu, una persona «satisfecha» decide salir al Desierto, prescindir de consuelos sensibles, ayunar y buscar verdaderamente a Dios. Y, en primer lugar, descubre el verdadero rostro del «hombre viejo». Con sorpresa constata que ese cuerpo suyo, que apenas le causaba problemas, se convierte en una fiera cuando no se le da lo que pide. La gula, la lujuria y la pereza salen de la espesura como alimañas, atacan con sus zarpas y braman desesperadas. Después viene la ira, incluso el odio hacia los demás, hacia todo el mundo… Y el corazón, privado de su abrigo de sensiblería, tirita y llora. El espíritu se encuentra rodeado de alimañas hambrientas y furiosas. ¿Cómo rezar?

   Es preciso huir. Dar de comer a las alimañas nos llevaría de nuevo al punto de partida y nos alejaría del Desierto. Luchar contra ellas supondría acabar despedazado. Por eso, se hace necesario huir, y huir en la única dirección posible: hacia dentro, hacia el silencio de ese santuario interior que es el alma en gracia. Hay que arrodillarse ante un sagrario, dirigir hacia él los ojos, y rezar desde muy dentro, incluso sin palabras. No debe uno, en ese momento, dejarse alterar por los ruidos, los llantos y los rugidos de las fieras; debe tratar de no prestarles atención, o de oírlos como se escuchan los truenos que caen en el campo mientras anda uno recogido en casa. No debe extrañar que, en medio de la oración, se experimenten sensaciones incómodas, como aburrimiento, ansiedad, hambre o incluso lujuria… No pasa nada. Pero tampoco debe esperar sentir consuelo. No hace falta. Allí, en el hondón del alma, donde se conoce más que se siente, donde todo son tinieblas y la única luz es la verdad, aparecerá el ángel. Y no será un ángel cualquiera. Será el Ángel del Señor. Ese Ángel del Señor es el propio Cristo, que se unirá amorosamente al alma mientras la tormenta arrecia fuera.

   Ya no hay prisa para nada. Pero, si uno no sale de allí, al cabo de los años, las alimañas morirán de hambre. Y, entonces, Cristo lo será todo en todo. Es la hora de los frutos. Si esa hora no llega, tampoco importa. Llegará el Cielo.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Cuaresma, soledad, conversión, ayuno… Descanso

   Entramos en Cuaresma. Porque en Cuaresma es preciso entrar. No basta con llegar y dejar que pase el calendario. Uno abre sus puertas de ceniza, y se introduce en el desierto. Todo queda inundado de silencio. Y no porque callen los ruidos, ni las autopistas, ni las voces de los niños en los parques. Es, sencillamente, que uno, estando presente, se recoge y se cubre de silencio.

   Otra Cuaresma… Mentira. La conozco bien, es la misma de siempre. No ha cambiado. Soy yo quien vuelvo a ella, porque la necesito. Necesito la verdad desnuda de su desierto, y el alimento provechoso de su ayuno. Y, en medio de todo ello, a Cristo, que da sentido a la Cuaresma. Necesito, por encima de cualquier otra cosa, la soledad con Él. ¡Bendito desierto! ¡Huyamos, salgamos de aquí, quedémonos solos y hablemos de Amor!

   Conversión. Así dicho, suena a volver a intentarlo, a topar de nuevo con el mismo muro, a estrellarse otra vez con las mismas limitaciones y miserias. Y cansa. Pero también es mentira. Conversión es mirar a Dios de frente, girarse y entrar en Amor a primera vista. Es retirar los ojos de las criaturas, dejar de intentar mantener en pie la bola del mundo y arriesgarse a que se caiga o se pulverice, actuar como un perfecto irresponsable y devolverle a Dios la mirada. En realidad, convertirse es descansar. Hacer de Dios tu delicia, y dejarle a Él gobernar la Tierra.

   ¡Vamos! Dios nos espera en el desierto. Y aquí ya no se nos ha perdido nada. Lo hemos probado todo mil veces, y lo que no hemos probado es más de lo mismo con otro sabor. ¿Para qué seguir? Ya hemos descubierto que no sacia. Deberíamos perderle el miedo al ayuno. A ver si así, haciendo hueco, limpiamos por dentro y dejamos que todo lo llene Dios. Él sabe mejor que nosotros lo que aprovecha.

   ¡Oh, Dios! Concédenos cuarenta días de Ti. En realidad, Cuaresma significa vacaciones.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Javier Cercas, «El Impostor», y el poder salvador de la verdad

   El Impostor, de Javier Cercas (Random House, 2014), encabeza, a día de hoy, la lista de libros de ficción más vendidos en España. Cualquier amante de la buena literatura y de la lengua de Cervantes debería felicitarse por ello. Es una obra escrita en un delicioso español. Su estilo es ágil, limpio, elegante y –sobre todo– muy sugerente. Logra decir muy bien lo que dice, y, por el camino, alumbrar mundos como quien abre ventanas. Javier Cercas es un magnífico escritor.

   Aunque el libro asegura tener como motivo central a Enric Marco, el hombre que durante años escaló puestos en la sociedad española haciéndose pasar por víctima de los campos de concentración nazis y por combatiente republicano y antifranquista, no estoy seguro de que sea él el personaje principal de la obra. Ni siquiera, después de haber leído el libro, me atrevería a asegurar que la fuerza acusadora de su título acabe siendo monopolio de Marco. Al menos, tal y como se concibe en la mente del autor. Y es que Cercas comparte protagonismo con Enric Marco, habita en su mismo drama, y se siente acechado por los mismos fantasmas que su personaje. Su mundo interior es tan poderoso y omnipresente que pudiera decirse que es él el auténtico protagonista de su obra. Cercas es un escritor unamuniano, atormentado y trágico, que traslada su drama personal a la obra que escribe como si fuera la atmósfera en la que todo se desarrolla. Y este drama me ha parecido tan real, tan sugerente y humano, que, cuando he querido darme cuenta, lo que me movía a pasar ávidamente las páginas del libro no era la historia de Enric Marco, sino el misterio interior de Javier Cercas. Marco ha sido la excusa, el río en el que –según la imagen empleada por el autor– Cercas, como Narciso, ha contemplado su propia imagen. Confío en que, por esta vez, cambie el destino del mito, y esa contemplación haya sido para vida, no para muerte.

   El Impostor, más que una novela o una biografía, es todo un tratado sobre la verdad. Mejor dicho, es un tratado sobre el modo en que Cercas se enfrenta a la verdad, tomando como apoyo la farsa ideada por Marco. El novelista está del todo insatisfecho de su vida; no sólo de la suya propia, sino también de la vida en general, y por eso la rehace a la medida de sus deseos, mediante las palabras, en una ficción novelesca: como al Narciso del mito y al Marco real, al novelista la realidad le mata y la ficción le salva, porque la ficción no es a menudo más que un modo de enmascarar la realidad, un modo de protegerse o incluso de curarse de ella[1]. A lo largo de toda la obra, la misma idea aflora una y otra vez como estribillo, casi como obsesión: la verdad mata, la ficción salva. Para ilustrarla, y tomando pie en la vida de Marco, el escritor recurre al personaje de Don Quijote. Su ficción –su locura– le dio vida, mientras que el momento de su regreso a la verdad fue el momento de su muerte. En lo que creo que se equivoca es en identificar a Marco con Don Quijote. La imagen hubiera sido acertada si Marco hubiese sido el protagonista único del libro. Pero, en ese «cara a cara» entre Marco y Cercas, Marco no es sino Sancho Panza. Cercas es el verdadero Quijote, necesitado de un dócil escudero en el que apoyarse para desfacer su entuerto personal. Ese escudero, Marco, acaba dominado y sometido al autor. Su farsa es su compensación literaria, su ínsula Barataria. Pero el verdadero caballero andante es Javier.

   «La verdad mata, la ficción salva». Pero Cercas quiere salvar a su personaje con la verdad. En un diálogo ficticio entre ambos, el autor le confiesa: Al principio sólo quería comprenderle, pero ahora, a ratos, una parte de mí ya no se conforma con eso; o es la impresión que tengo. Ahora oigo una vocecita que me dice: ¿y por qué no tratar de salvarlo?[2] Paradójicamente, quien ha afirmado el poder mortífero de la verdad desea salvar con ella a quien, mediante la ficción, se ha dado vida a sí mismo. No hay contradicción en ello. Al contrario: en estas palabras se vislumbra la salida al drama vital de Cercas, la clave para que la verdad, en lugar de matar, pueda salvar a un hombre. Esa clave, esa llave que puede abrir la mazmorra de la verdad y librarla de su condena, es la comprensión. Cuando la verdad se comprende, se alumbra la vida.

   He aquí la verdadera cuestión de fondo en toda la obra. Para llegar a ella, debemos comenzar por despojar de su carácter categórico al terrible axioma: «la verdad mata». Más bien, tendremos que decir que algunas personas –el autor es una de ellas– experimentan la verdad como muerte, es decir, se sienten morir en la verdad. La realidad es, para ellos, un laberinto en el que no encuentran salida –no logran comprender–, y el resultado de esa experiencia es la angustia. La ficción, entonces, se muestra como el modo «lícito» de escapar del laberinto. Escribo «lícito» y lo subrayo, porque así lo hace el autor. La mentira –Marco– es ilícita, la ficción –Javier– es lícita y salva. El novelista tiene licencia para mentir, y mintiendo se salva a sí mismo y a los demás. El problema es que usted no era un novelista –le increpa el autor a Marco en ese diálogo ficticio–, y que el novelista puede engañar, pero usted no. La ficción es, en el pensamiento de Cercas, el modo de superar la dramática oposición verdad–mentira. Ante la alternativa de tener que enfrentarse a una verdad que mata o tener que caer en la miseria moral de la mentira y perderse de igual forma, la salida es la ficción. Más que salida, es un escape: cuando uno no logra comprender la realidad, la ficción le permite crear una realidad paralela, confeccionada a su medida, y, por tanto, comprensible y controlable. Uno no se siente perdido en la ficción, porque, en la ficción, uno es Dios, creador y dueño de todas las cosas. ¡Ah, y, también, último criterio de verdad!

   En este punto es donde Cercas y Marco se distancian, y donde a Marco le sienta bien la armadura del Quijote. Él lleva ventaja al escritor, porque ha recorrido hasta el final el «camino salvador» de la ficción. Y ese camino ha terminado devolviéndole, de manera traumática, al laberinto de la verdad. Ahora Marco es Don Quijote. Y, de regreso a la cordura, su siguiente movimiento será terrible: asumir que la verdad mata, y asumir esa muerte de modo heroico.

   Cercas tiene el espíritu de Unamuno: quiere salvarse, quiere sobrevivir, no quiere morir. Pero nada peor podría sucederle que tener ante sí a quien ha llevado hasta el final su lema –«la ficción salva»– y ha fracasado. Quitárselo de encima por la vía de distinguir entre ficción y mentira no es bastante. Cercas no está satisfecho, y quiere comprenderlo. Quiere, a pesar de todo, buscar salvación en la verdad. ¿La hay?

   La hay. Pero, para encontrarla, primero es preciso reconocer el propio fracaso, la propia incapacidad de hallar la salida del laberinto. Eso es también situarse en la verdad, en la de uno mismo. Y tiene otro nombre: humildad. En palabras de Santa Teresa, humildad es «andar en verdad». El humilde se sitúa ante la verdad del mundo y ante su propia verdad para reconocer que la realidad le desborda, que él es pequeño y no puede orientarse a sí mismo, que necesita ayuda. Sólo el humilde es capaz de reconocer que su visión de la realidad no es completa, que no lo ve todo, ni lo sabe todo, ni llegará a saberlo todo si cuenta sólo con sus capacidades. Sólo el humilde es capaz de sacar partido a la ficción, y darse cuenta de que, mejor que refugiarse en un mundo ficticio en el que él es Dios, le ayudará admitir la posibilidad de un Dios superior a él, un Dueño de todo que comprende la realidad porque la ha creado. Dios es el gran novelista, el único que escribe su novela con la verdad. Y yo soy una pequeña parte de esa verdad. Sólo el humilde es capaz de realizar un acto de fe. Ahora escribo «fe» no como la profesión ciega de unas verdades aprendidas, sino como «confianza», esa actitud por la que uno se fía de quien sabe más que él. Estoy hablando de la importancia, no sólo de creer que hay Dios, sino de fiarse de Él para encontrar la salida. Eso conlleva creer que ese Dios me ama. De un Dios que no me amase no sería capaz de fiarme.

   Es ese Dios, Creador y Dueño de todo, quien, viendo al hombre perdido en una verdad que se le había vuelto laberinto y muerte, ha decidido encarnarse, venir Él mismo a la Tierra y proclamar: Yo soy la verdad[3], es decir, la salvación. Y, para todos los Javier Cercas que han tenido la nobleza de tomarse en serio su vida y se han visto incapaces de comprender la realidad; para todos los que, derrotados, se escapaban hacia la ficción o hacia la mentira, ha gritado: «¡No desistáis!», La verdad os hará libres[4].

   Ahora, emulando al autor de El Impostor, soy yo quien imagino frente a mí a Javier Cercas, y me parece que le escuchara increparme: «¡Usted es como yo! También usted ha escogido la ficción. Al fin y al cabo, ¿qué es la religión, sino una ficción institucionalizada para salvar al hombre? La única diferencia entre nosotros es que yo admito que mi ficción es mentira, mientras usted y quienes son como usted se creen su ficción, y llevan siglos queriendo que la creamos los demás. Sálvese usted con su ficción, y déjeme a mí salvarme con la mía».

   No negaré que, en ocasiones, ese pensamiento me ha atormentado. La fe lleva incorporada su dosis de duda, de vértigo. Sin embargo, no hay en ella ni un gramo de ficción. La ficción, como la mentira, es la antítesis de la fe. Y es que la esencia misma de la fe se alcanza cuando uno renuncia a poseer la verdad y, simplemente, se deja iluminar por ella como por una luz que le desborda, le sobrecoge, y le muestra el sentido de lo que hasta entonces no le parecían sino sombras. La fe muestra vida en la misma muerte. Y, bajo esa luz, la propia muerte, asumida por Dios encarnado, se presenta como la puerta de la vida… La salida del laberinto. Cuando se mira con fe a un crucifijo, se pierde el miedo a la verdad.

   Ahora podría Javier Cercas preguntarme: «¿Y cómo está usted seguro de que todo eso no es ficción? Porque lo que usted ha hecho en el párrafo anterior es mostrarme la coherencia interna de su mundo. Mis mundos también tienen su coherencia. Pero dígame cómo está usted seguro de que ese mundo tiene la densidad de lo real». Entonces le contestaría sin dudar: Porque me sostiene. Porque, antes de mí, ha habido santos y mártires a quienes también ha sostenido. Porque soy feliz, como lo han sido ellos. Y la ficción no hace felices a los hombres, sólo los duerme. Únicamente la verdad puede alumbrar vida y gozo en el hombre. Se puede fingir el placer, o puede uno aparentar buen humor. Pero la felicidad no puede fingirse; es patrimonio de la verdad. El agua de las novelas puede entretener mi imaginación, pero jamás podrá calmar mi sed.

   Si tuviera delante a Javier Cercas, o si pensase que él pudiese leer estas líneas, además de darle las gracias y felicitarle por su obra, le diría: «¡No te rindas, Javier! No dejes de buscar vida en la verdad; no desistas. Porque Pablo, y Agustín, y Edith Stein, y Chesterton, y Frossard no desistieron, buscaron incansablemente salvación en la verdad, y la encontraron. El amor a la verdad, aún cuando la verdad se muestre como muerte, es el camino seguro para encontrar a quien realmente da vida, y la da en abundancia[5]».

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.

[1] Parte 2, cap. 7

[2] Parte 2, cap. 8

[3] Jn 14, 6

[4] Jn 8, 32

[5] Cf. Jn 10, 10

Un pulpo a la gallega y una semana romántica

   Hijo, tus pecados están perdonados… ¿Qué es más fácil, decirle a un hombre «tus pecados están perdonados», o decirle «levántate, toma tu camilla y anda»?… Sólo Jesús conocía la respuesta a esa pregunta. Y pensar en ella le provocaba escalofríos. Para sanar a un hombre de la parálisis bastaba su poder de Dios; para perdonar los pecados sería preciso derramar toda su sangre. Unas piernas enfermas recobrarán el movimiento, obedientes, ante la voz de Creador y Dueño de todo; un alma encerrada en su pecado puede rechazar el perdón obtenido por Cristo en la Cruz. Para Dios, curar enfermedades es fácil; perdonar pecados, sin embargo… Jesús temblaba por dentro.

   Desde que, el pasado domingo, Dios Padre nos presentara a su Hijo en el Jordán, nuestros ojos y oídos han quedado presos en Jesús de Nazaret. La humanidad santísima de Cristo, ventana abierta a su divinidad, es sumamente seductora para el hombre que busca a Dios. ¿Quién no lo busca, aún sin saberlo? Uno de los pecados de los que tendremos que dar cuenta será el de haber dedicado más empeño a mostrar al mundo un sistema de normas morales o un modo «piadoso» de vida que el maravilloso rostro humano de Jesús de Nazaret. Cenando el sábado pasado con dos amigos, les comenté mi intención de viajar a Tierra Santa en las próximas fechas. Uno de ellos me decía: «No necesito viajar a Israel. Me basta con conocer el mensaje de Jesús, y para eso no me hace falta visitar los lugares donde estuvo». No respondí nada. Pero pensé en nuestro pecado: hemos difundido más el mensaje de Cristo –preferentemente, su mensaje moral– que su propia persona. ¿Cómo explicarle a mi amigo, ante una ración de pulpo a la gallega, que lo que nos define no es tanto el seguir las enseñanzas de Jesús como el amarlo desesperadamente, y que cualquier enamorado entiende el poder evocador de los lugares donde el romance ha tenido sus momentos más hermosos? Quizá debí hacerlo, pero en ese momento fue más fuerte en mí la sensación de fracaso que el deseo de una enmienda rápida. El caso es que callé y bebí un trago de cerveza.

   Después llegó el domingo, y, con él, esa presentación de lujo, en la que Dios Padre, enviando el Espíritu sobre su Hijo en un lugar tan evocador como el Jordán, nos llamaba la atención sobre Él. No he querido, desde entonces, prestar atención a nada más. Pienso que ni el mejor y más imaginativo de los novelistas hubiera podido, en el culmen de su creatividad, crear un personaje como Jesús. Asombra a las gentes por la autoridad con que enseña. Hasta tal punto impone respeto con su modo de hablar, que unos soldados enviados por los fariseos para prenderlo quedaron paralizados al escucharlo: Jamás hombre alguno habló como este hombre. Y, sin embargo, el mismo que impone temor reverencial con sus palabras será el que se deje escupir, insultar y abofetear por sus enemigos sin pronunciar una sola queja. También es el mismo que, ante el sufrimiento y la debilidad humana, se desmorona y se enternece hasta llegar a tocar con sus manos al leproso –aún sabiendo que contraía con ello su impureza– y sanarlo con una caricia; el mismo que toma de la mano a la suegra de Simón y la levanta de sus fiebres… ¡Qué «obsesión» con tocar, con palpar y llegar al «cuerpo a cuerpo»! Pero ¿acaso no se ha hecho hombre para eso, para tocar al hombre?

   Cuando se mira así la humanidad santísima de Cristo, es el alma la que se enamora. No los sentimientos, ni la carne, sino el alma, lo más elevado del espíritu. Y, entonces, ante ella, la humanidad de Cristo se vuelve transparente a su divinidad. La fe abre horizontes eternos de amor, y ya no quiere uno retirar la mirada por nada de este mundo. La promesa de entrar en su descanso –nos dirá hoy la carta a los Hebreos– es para quienes se adhieren por la fe a los que lo habían escuchado. Tal como nos dijo el Padre: Éste es mi Hijo, el amado. Escuchadlo.

José–Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Olor a guerra en Europa: cuestiones morales (II)

   Hemos bajado la guardia, y el mundo se nos pudre a marchas forzadas. Hace meses escribí que Europa está muy cerca de una guerra, y cada día que pasa me ratifico más en ello. No sé cómo será esa guerra. Hay quien dice que ya ha comenzado. Pero, de ser cierto, desde el 11 de septiembre de 2001 hasta hoy no se habría escrito, de esa contienda, más página que la de un largo prólogo de trece años. Si no se detiene el curso de los acontecimientos, lo peor está por llegar. El atentado de ayer en Francia supone otra línea más, otro «punto y seguido» de esta interminable obertura.

   Lo peor es que es muy difícil tomar partido. No hablo de leyes; hace tiempo que sólo veo en ellas síntomas. Las verdaderas enfermedades, por desgracia, anidan mucho más hondo, en las conciencias de las personas. Y, en ese mundo interior de las conciencias, ni puedo situarme al lado de quienes se sienten con derecho a ofender los sentimientos religiosos del prójimo, ni –mucho menos– puedo aliarme con quienes matan en nombre de Dios.

   No sé si nos damos cuenta de que, en este conflicto, los cristianos –de nuevo– estamos llamados al martirio. Los dos bandos nos tendrán como enemigos, y, si somos coherentes con nuestra fe, a los dos bandos los tendremos que denunciar en voz alta. Como los profetas en tiempos del antiguo Israel, acabaremos perseguidos por ambos.

   Es cierto que no hay proporción entre la caricatura que ofende los sentimientos religiosos y el derramamiento de sangre de los dibujantes. Es mil veces más abominable lo segundo que lo primero. Pero ambos pecados son hijos del mismo demonio: el de la falta de respeto por los semejantes.

   Quisiera decir que, en esta guerra que se nos echa encima, nuestro partido es Cristo. Pero quienes no tienen fe no me entenderían, y a ellos especialmente quisiera hablarles. Por eso, tendremos que reivindicar el partido del hombre, el de la dignidad humana. Tendremos que gritar, a grandes voces, que cada ser humano es una realidad de valor infinito. Y que merece ser tratado con cuidado y con enorme respeto. Que nos destruimos a nosotros mismos cuando derramamos la sangre de un semejante, y también cuando tratamos a patadas algo tan sensible como son sus sentimientos religiosos. Que pervertimos lo más noble cuando tomamos en las manos un arma embriagados de cólera. Que esta guerra es un suicidio colectivo, y que la única muerte digna para quien se encuentre en medio de ella será la del mártir.

   Occidente es hijo del Cristianismo. Pero, desde hace tres siglos, ha renegado de su madre. Y sucedió, también, en Francia. Lo único que podría parar la hecatombe que se avecina es que Occidente vuelva los ojos a su Historia para rectificar sus errores, y que quienes, en nombre de Dios, matan a sus semejantes, se detengan un momento a preguntarse, serenamente, quién es Dios.

José–Fernando Rey Ballesteros, pbro.

¿Nace Dios el 25 de diciembre?

   Vamos a recorrer, en esta última parte del Adviento, el «camino que lleva a Belén», y quizá convendría dedicar unas líneas a la esperanza que llena las cuatro semanas de este tiempo litúrgico, y a evitar ingenuidades que suelen conducir a grandes decepciones.

   Por resumirlo en una sola frase: la esperanza del Adviento no está centrada en el 25 de diciembre. Y con ello quiero decir que no nos ocupamos, durante cuatro semanas, en esperar ilusionados que, a su término, suceda algo maravilloso y todas las expectativas resulten colmadas. Si así fuera, deberíamos contar los advientos por fracasos. ¿A alguno de ustedes se le ha resuelto la vida en un 25 de diciembre? O quizá deberíamos pensar que los advientos pasados no fueron buenos, que acaso no rezamos lo suficiente o no tuvimos suficiente fe, y renovar las esperanzas caídas por si este año fuéramos capaces de aprovechar la nueva oportunidad. Pero –y no quisiera desanimarles–, muy probablemente, el día 26 de diciembre nuestras vidas sigan siendo las mismas, con los mismos problemas y los mismos dolores. No es culpa de nadie. Es, sencillamente, que ni el Adviento ni la Navidad son eso.

   La gracia de la liturgia reside en que, estando fuertemente arraigada en el tiempo, y trenzada en los meses, las estaciones y los días, nos abre a la eternidad. Eso es, precisamente, la liturgia: el desposorio entre los tiempos del hombre y la eternidad de Dios. Por eso, la esperanza anunciada y vivida en el Adviento no mira hacia delante en la línea temporal, como espera un niño el día de su cumpleaños, sino que mira hacia arriba, hacia los Cielos, de donde vendrá la salvación. Se nos dice «¡El Señor viene! ¡El Señor está cerca!», y ello no significa que vaya a venir el 25 de diciembre, sino que Él es el que siempre «está viniendo», el que siempre se acerca y desea encontrar abiertas las puertas y ventanas del alma. Y, aunque ya ha venido en el tiempo para redimir al hombre, y ya ha venido a nuestras almas cada vez que recibimos los sacramentos o nos recogemos en oración, sigue viniendo, como la lluvia que no cesa de caer, y quiere ser recibido a cada instante. La única irrupción «a fecha fija» que se nos anuncia en estos días es la que tendrá lugar al fin de los tiempos, o la que sucederá el día de nuestra muerte… Pero desconocemos cuál es esa fecha. Tan sólo se nos invita a estar preparados para gozarla hoy mismo.

   ¿Nace Dios el 25 de diciembre? Más bien diremos que, el 25 de diciembre, celebramos que Dios nace. No sólo recordamos que nació, al modo en que se añoran tiempos pasados. En la liturgia, el recuerdo tiene un misterioso poder de actualización de lo recordado. El «memorial» que es la santa Misa trae ante nosotros realmente la ofrenda del Calvario. Del mismo modo, el memorial litúrgico de la Navidad nos lleva, si nos dejamos conducir, al misterio del nacimiento del Salvador, y lo sitúa real y místicamente ante nuestras almas. Volviendo a la pregunta: ¿Nace Dios el 25 de diciembre? Más bien, tendremos que decir –como antes dijimos que Cristo es el que siempre está viniendo– que Cristo es el que siempre «está naciendo», y que el 25 de diciembre la Iglesia reúne a sus hijos ante el pesebre donde se recuesta el Salvador recién nacido. En la vida terrena de Cristo, Dios y hombre verdadero, cada momento desposa tiempo y eternidad, merced al misterio sobrecogedor de la Encarnación. Él siempre está naciendo, Él siempre es niño, Él siempre es joven, Él renueva sus milagros cada día, y Él –¡también!– siempre está muriendo en la Cruz para salvarnos, como celebramos durante la Semana Santa y presenciamos en cada misa.

   Ya lo veis: la realidad de la vida cristiana es mucho más rica que el hecho de esperar milagros a fecha fija. Vivimos inmersos en el tiempo, que fluye sin detenerse, pero nuestros gozos, nuestras ilusiones y esperanzas están en la eternidad. El Señor viene, el Señor nace, el Señor muere y resucita. Merced a la liturgia, todo ello sucede hoy y sucederá mañana. Cristo es, definitivamente, Señor de la Historia. Suyo es el tiempo y la eternidad.

José-Fernando Rey Ballesteros, pbro.